CAPÍTULO 7
El corazón negro
El aire del Núcleo olía a metal frío y papel viejo.
La biblioteca de mi madre no había desaparecido por completo.
Seguía allí, comprimida entre los servidores.
La mesa de roble ocupaba el centro de la sala; la habían recortado por uno de los lados para dejar pasar una línea de refrigeración.
En la pared norte permanecían tres estantes con libros de arquitectura, protegidos tras un cristal.
Todo lo demás había sido cubierto por paneles negros, bandejas de cables y armarios técnicos.
Ana había proyectado la biblioteca como el lugar donde debían cruzarse todos los caminos de la casa. Se podía entrar desde el Atrio Azul, el estudio, el comedor y el corredor de los dormitorios.
Adrián conservó una sola puerta.
La sala se extendía en dos niveles. Los servidores ocupaban una pasarela elevada alrededor de la antigua mesa.
Debajo había una cavidad técnica donde el suelo original había sido retirado para instalar las baterías, el sistema de refrigeración y el archivo desconectado de la red.
La luz descendía desde el techo en franjas blancas que no alcanzaban las esquinas.
La maqueta de Casa de los Siete Patios continuaba sobre la mesa. Mi madre había colocado figuras diminutas en los espacios: una mujer leyendo en el patio azul, dos niños junto al estanque verde, alguien acostado bajo la pérgola violeta.
En la versión de cartón no existía el Núcleo Negro.
Alma entró detrás de mí. Llevaba una bata de la clínica abierta sobre la ropa térmica y caminaba inclinada para no tensar los puntos del costado. Julián intentó detenerla.
—Todavía está bajo custodia.
—Necesita conectar el dispositivo —dije.
—Puede entregártelo.
—No sabe lo que tiene que buscar.
—Yo sí —dijo Gabriel desde el atrio.
Se había quitado la compresa de la nariz. La hemorragia parecía haberse detenido, aunque tenía los labios manchados. Avanzó hacia nosotros.
Alma apoyó una mano en el marco.
—Tú sabes dónde lo escondiste.
—Sé cómo está organizado el archivo.
—No es lo mismo.
Gabriel aceptó el golpe con una inclinación de cabeza.
Elena quiso acompañarnos. La casa se lo impidió.
—Ocupación máxima recomendada: cuatro personas —anunció—. Riesgo térmico para sistemas críticos.
—Somos cinco —dijo mi padre.
Había entrado sin que nadie lo autorizara.
—Cuatro personas adicionales al ocupante administrador —aclaró la casa.
—Por supuesto —murmuró Nico—. Hasta las matemáticas tienen dueño.
Permanecía en el Atrio Azul, sostenido por Elena. Inés no le había permitido acercarse al frío del servidor. Desde allí podía vernos a través de la puerta abierta. Detrás de él, las fotografías continuaban extendidas en el canal seco.
La voz de Tomás llegaba desde la clínica.
—Dejad entrar a Gabriel.
Inés protestó.
—Conserva el aire.
—Necesitamos a alguien que entienda los archivos.
—Alma los entiende.
—Alma entiende la parte clínica. Gabriel conoce la fabricación.
Gabriel me miró. No pidió permiso. Esperó que yo eligiera.
Dentro del Núcleo ya estábamos Alma, Adrián, Julián y yo. Mi padre contaba como administrador, pero el sistema no había olvidado a Julián.
—Quédate en la puerta —le dije.
—No.
—Puedes vernos desde ahí.
—También puedo tardar demasiado en llegar.
—¿A quién quieres proteger?
Julián observó a Alma, después a mi padre.
—Todavía no lo sé.
Alma avanzó hasta la mesa.
—Si alguien intenta borrar algo, estarás demasiado lejos desde cualquier punto de esta sala.
Julián se apartó. Gabriel ocupó su lugar.
La puerta permaneció abierta.
A la derecha de la maqueta había un módulo de conexión protegido por una tapa transparente. El lector identificó la unidad de Alma antes de que ella la acercara.
—Dispositivo externo no certificado —dijo la casa—. Riesgo de integridad.
—Modo de sólo lectura —ordenó Sofía a través del intercomunicador.
—Credenciales insuficientes.
—Nora —dijo Alma.
Apoyé la pulsera en el lector.
La tapa se abrió.
Dentro había tres puertos distintos. Alma eligió uno ancho, rodeado por un marco amarillo, y extrajo un cable del lateral de la unidad.
—¿Qué contiene? —preguntó Gabriel.
—Veintisiete expedientes, copias de correos, fragmentos del registro de producción y un índice de archivos que obtuve antes de que revocaran mi acceso.
—Te llevaste información clínica identificable.
—Me llevé los nombres porque los códigos se cambiaban cada vez que alguien preguntaba por ellos.
—Podrías haber anonimizado los datos.
—Podríais no haber matado pacientes.
Gabriel la miró.
—No sabes si Lázaro los mató.
—Tú tampoco. Ése es el motivo por el que estamos aquí.
Conectó la unidad.
La pantalla principal del Núcleo se encendió sobre los estantes de mi madre. Al principio sólo mostró una línea blanca. Después apareció el árbol del archivo.
LÁZARO DESARROLLO CLÍNICA FAbrICACIÓN REGULATORIO CONSEJO CONTINGENCIAS
Debajo había cientos de carpetas identificadas por fechas, protocolos y lotes. Varias estaban marcadas con un candado. Otras aparecían atenuadas, como si hubiesen sido borradas sin desaparecer del todo.
—Buscar L7-4B —dijo Alma.
La casa no respondió.
—Las órdenes de voz están restringidas —explicó Gabriel—. El archivo desconectado sólo acepta consultas manuales.
—Para evitar que alguien deje registro de lo que busca —dijo Alma.
—Para evitar inyecciones de comandos.
Se colocó ante el teclado.
Alma no se lo permitió.
—Dime dónde.
—Fabricación. Vectores recombinantes. Escalado. Serie L7. Validación cuatro.
Alma siguió la ruta.
Dentro de la carpeta del lote había tres archivos visibles.
CERTIFICADO DE LIBERACIÓN. DISTRIBUCIÓN INTERNA. DESTRUCCIÓN PROGRAMADA.
Ninguno incluía los datos primarios.
—Falta control de calidad —dijo.
—Debería estar en una subcarpeta.
—No está.
Gabriel se inclinó hacia la pantalla.
—Abre el certificado.
Alma lo hizo.
El documento mostraba las especificaciones finales de L7-4B: concentración, esterilidad, potencia, pureza y nivel de partículas. Todas aparecían dentro del intervalo autorizado. Al final figuraba una firma digital del departamento de calidad.
Gabriel recorrió las cifras con el dedo.
—Esto es lo que recibí antes de la administración.
—¿Y lo creíste? —preguntó Alma.
—No tenía motivo para no hacerlo.
—Había veintisiete.
—De formulaciones anteriores y protocolos distintos.
Alma se volvió hacia él.
—Sigues haciendo grupos.
Gabriel bajó la mano.
Desde la clínica llegó la voz de Inés.
—Necesito el estudio animal. Podéis discutir la caída de la civilización después.
Alma regresó al árbol principal.
—Gabriel.
—Desarrollo. Preclínica. Seguridad de escalado.
Abrió la carpeta.
Contenía estudios de toxicidad, biodistribución, inmunogenicidad y respuesta inflamatoria. Los títulos estaban ordenados por fecha. Alma descendió hasta encontrar un protocolo identificado como C-17.
El archivo aparecía tachado.
—¿Qué significa? —pregunté.
—Excluido del expediente regulatorio —contestó Gabriel.
—¿Borrado?
—No. Apartado de la presentación.
—¿Por qué?
—Por contaminación.
Alma abrió el protocolo.
Seis animales. Misma cápside que Lázaro-7, misma concentración prevista para el escalado humano. El informe describía fiebre, anemia, descenso brusco de plaquetas, alteraciones renales y daño endotelial.
Uno de los animales había muerto.
En la siguiente página aparecía el resultado del cultivo positivo que Gabriel había citado en el atrio. Sin embargo, el informe continuaba durante otras treinta páginas. Había análisis de complemento, coagulación y tejidos. Las conclusiones preliminares no atribuían los hallazgos a una infección.
—Baja hasta los anexos —dijo Alma.
Gabriel no se movió.
—Gabriel.
—Anexo seis.
Lo abrimos.
Las gráficas mostraban un aumento violento de la activación de complemento y una caída paralela de las plaquetas. Bajo la imagen había una nota de la investigadora principal:
PATRÓN COMPATIBLE CON MICROANGIOPATÍA TROMBÓTICA ASOCIADA A AGREGADOS DE CÁPSIDE. SE RECOMIENDA SUSPENDER EL ESCALADO HASTA DETERMINAR ORIGEN.
Inés leyó en silencio desde la clínica.
—Eso explica los riñones de Tomás —dijo al fin.
—¿Qué ocurre con sus riñones? —pregunté.
—La última muestra tiene hemólisis y creatinina elevada. Pensé que podía ser por deshidratación. No lo es.
—¿Puedes tratarlo?
—Busca el protocolo de rescate.
Gabriel señaló otra carpeta.
Había tres versiones.
La primera utilizaba corticoides y transfusión de plaquetas. Los animales no habían mejorado. La segunda añadía recambio plasmático. La tercera incluía un inhibidor del complemento.
Cuatro animales tratados. Tres recuperaron las plaquetas. El cuarto recibió el fármaco demasiado tarde.
El informe no utilizaba aquella expresión. Decía tratamiento iniciado después del umbral de reversibilidad observado.
Era una manera más larga de escribir demasiado tarde.
—¿Qué inhibidor? —preguntó Inés.
Gabriel leyó la ficha.
—Bloqueo de C5. Eculizumab en el modelo final.
—¿Tenemos?
Tomás respondió antes que nadie.
—Sí.
Inés se volvió hacia él dentro del cubículo.
—¿Dónde?
—Armario refrigerado tres. Bandeja inferior.
—He revisado el inventario.
—Está registrado como protocolo renal.
—¿Por qué?
—Porque papá no quería incluirlo en la lista de contingencias de Lázaro.
Mi padre permanecía detrás de nosotros, junto a la puerta. No podía ver su expresión, pero lo oí respirar.
Inés abrió el armario. La cámara de la clínica nos mostró las bandejas mientras ella apartaba cajas y bolsas de suero.
Encontró nueve viales.
—Hay para tres dosis completas —dijo.
Cinco nombres aparecían en la pantalla médica del atrio.
Tomás. Nico. Gabriel. Adrián. Elena.
—Empieza con Tomás —ordenó mi padre.
—Eso ya lo sé.
—Después Nico.
Elena miró hacia el Núcleo.
—Tomás tiene ocho mil. Gabriel cincuenta y seis. Nico estaba en setenta y dos.
—Hace más de una hora —dijo Alma—. Repetid el análisis antes de decidir el orden.
—No necesito que decidas tú —respondió Elena.
—No estoy decidiendo. Estoy intentando que no utilices el parentesco como criterio clínico.
—Es fácil decirlo cuando ninguno es tu hijo.
Alma se llevó una mano al costado.
—He tenido pacientes, Elena.
—No es lo mismo.