La casa dice que somos diez CAPÍTULO 6 #5
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CAPÍTULO 6 #5

—Ana Varela diseñó el fideicomiso. La autenticación de sus herederos no depende del administrador de la casa.

Mi padre pareció recibir un golpe que sólo él había visto venir.

Durante años había convertido cada elemento de aquella vivienda en una extensión de su voluntad. Sin embargo, en el centro seguía existiendo una decisión de mi madre que no había conseguido sustituir.

Me dirigí a la puerta.

Adrián no se apartó.

De cerca, parecía más viejo que en el comedor. La luz azul profundizaba los pliegues bajo sus ojos. Una mancha violeta comenzaba a formarse en el cuello, justo donde el borde de la camisa le rozaba la piel.

—Si abres ese archivo —dijo—, Alma se llevará información de pacientes, secretos de fabricación, años de trabajo. No podrás controlar lo que haga con ellos.

—Nunca los controlamos.

—Tú sabes lo que ocurre cuando una historia sale sin contexto.

—Sí. Yo solía fabricar el contexto.

—Puedes arreglar esto.

Por un momento creí que hablaba de Tomás.

—Vota la operación —continuó—. Aureon tiene hospitales, especialistas, acceso a tratamientos que aquí no tenemos. Si cerramos el acuerdo, puedo exigir evacuación médica.

—La casa no tiene comunicación exterior.

—El canal del Núcleo sí.

Alma se incorporó desde la sala de procedimientos.

—¿Tienes un canal operativo?

Mi padre no respondió.

Sofía lo hizo.

—El servidor mantiene un enlace satelital cifrado para continuidad de negocio.

Inés salió al atrio.

—¿Podías pedir ayuda?

—El protocolo exterior prohíbe abrir comunicaciones no esenciales durante el aislamiento.

—Cinco personas con una coagulopatía son esenciales.

—El canal conecta con el centro de respaldo de la empresa. No con emergencias.

—Desde el centro de respaldo pueden llamar a emergencias.

—También pueden interceptar la conexión —dijo Julián—. Si el incidente de San Gregorio es investigado, las autoridades estarán monitorizando los enlaces corporativos.

—Bien —respondí—. Que lo intercepten.

Mi padre me miró.

—No entiendes las consecuencias.

—Empiezo a entenderlas.

—Si las autoridades acceden al servidor antes de que sepamos qué ocurrió, confiscarán todo. No habrá tratamiento, acuerdo ni empresa.

—Habrá pruebas.

—Habrá titulares.

La palabra quedó entre nosotros como algo sucio.

Durante años, ésa había sido mi función: impedir que los muertos se convirtieran en titulares.

Reducirlos a acontecimientos adversos, reclamaciones, desviaciones del protocolo.

Elegir verbos que no admitiesen sujeto. Se había producido una complicación.

Se había registrado un desenlace. No habíamos hecho nada; las cosas habían ocurrido por sí solas.

Saqué la unidad del bolsillo.

La luz verde seguía parpadeando.

—Nora —dijo mi padre.

—Aparta.

—No.

—Entonces dime qué hay dentro que te da más miedo que Tomás.

Su rostro cambió.

No mucho. Lo suficiente.

Alma también lo vio.

—Los registros de fabricación —dijo—. No es sólo el informe de Gabriel.

Gabriel dejó caer la compresa sobre el suelo.

—Adrián.

—Cállate.

—¿Qué hiciste con el lote? —preguntó Alma.

—Nada.

—San Gregorio notificó una desviación de temperatura tres días antes de la administración.

Elena miró a mi padre.

—Me dijiste que se había corregido.

—Se corrigió.

—¿Qué desviación? —preguntó Inés.

—No lo sé sin el respaldo —contestó Alma—. Los registros que recibí terminaban antes del control de liberación. Pero el identificador del lote aparece en una orden de reacondicionamiento.

Gabriel se levantó demasiado deprisa. Se tambaleó y tuvo que apoyarse en el banco.

—No puedes reacondicionar un vector después del control de estabilidad.

—No se reacondicionó —dijo mi padre.

—Entonces abre el archivo.

—No.

La negativa ya no protegía un principio. Protegía un dato.

Elena se puso de pie. Tenía una pequeña mancha de sangre en el blanco del ojo izquierdo.

—Papá —dijo—. ¿Qué hicieron en San Gregorio?

—Lo que debían hacer.

—¿Administramos un lote que había fallado el control?

—No.

—Mírame.

Adrián mantuvo la vista en mí.

—El lote fue liberado.

—¿Por Gabriel?

—Por control de calidad.

Gabriel negó con la cabeza.

—Yo no firmé la liberación de L7-4B.

La casa registró otra alarma en la clínica.

Esta vez Inés corrió antes de que apareciese ningún mensaje.

Tomás se había incorporado y vomitaba sangre en una bandeja. No era mucha, pero había coágulos oscuros entre el líquido. Inés lo sostuvo por los hombros hasta que pudo respirar.

Nico se levantó del banco.

—Tío.

Elena lo sujetó por la cintura cuando volvió a marearse. Él no la apartó.

Inés pulsó el intercomunicador con el antebrazo.

—Voy a iniciar la segunda unidad.

Tomás intentó protestar.

—No te he pedido opinión —dijo ella.

Miró hacia el atrio. Sus ojos encontraron los de mi padre a través del cristal.

—Si impides que abran esa puerta, documentaré que rechazaste acceso a información clínica durante una emergencia vital.

—Inés.

—No soy empleada tuya. No pertenezco a tu consejo. Y no voy a ayudarte a convertir esto en otra frase sin sujeto.

Colgó la bolsa de plaquetas.

Julián se apartó de la ruta.

Mi padre lo vio.

—Te he dado una orden.

—Y la médica acaba de dar otra.

—Ella no dirige la seguridad.

—No. Ella sabe quién se está muriendo.

Adrián seguía bloqueando la entrada. No necesitaba a Julián para hacerlo. El espacio ante la puerta era estrecho; para alcanzar el lector tenía que empujarlo o convencerlo.

Nico se soltó de Elena.

Caminó hacia nosotros despacio, con una mano apoyada en la pared. Se detuvo junto a mi padre.

—Abuelo.

Adrián lo miró.

—Apártate.

—No sabes lo que va a hacer esa mujer con tus datos.

—Tú tampoco.

—Sé lo que esta empresa significa para ti.

—Ése es el problema.

—Significa que estás vivo.

Nico respiró por la boca. Había sangre en sus dientes.

—Hoy no estoy seguro.

Mi padre levantó una mano hacia su rostro. Nico no retrocedió, pero tampoco permitió que lo tocara. Adrián dejó caer el brazo.

Después miró a Elena.

Ella seguía junto al canal seco, rodeada de fotografías. Tenía el ojo manchado y el pañuelo de su hijo entre las manos.

—Elena —dijo.

Esperó que ella le devolviese el orden de las cosas.

Elena no lo hizo.

—Quiero saber qué recibió —respondió.

Adrián se quedó solo frente a la puerta.

No se apartó voluntariamente. Dio un paso hacia Tomás cuando la alarma de la clínica volvió a sonar. Fue un movimiento mínimo, quizá inconsciente, pero dejó libre una parte del lector.

Me deslicé entre él y la pared.

Apoyé la muñeca.

La casa reconoció mi pulsera.

—Nora Varela —dijo—. Heredera con derecho de bloqueo. Se requiere confirmación de propósito.

En la pantalla aparecieron tres opciones:

VOTACIÓN DE CESIÓN. AUDITORÍA REGULATORIA. ACCESO DE EMERGENCIA.

Elegí la tercera.

—El acceso de emergencia quedará registrado y no puede revocarse —advirtió la casa—. La apertura montará el archivo original y habilitará el canal seguro. Confirme.

Mi padre me agarró la muñeca.

No apretó. Sus dedos estaban fríos. Bajo la piel del dorso de su mano aparecían puntos rojos semejantes a los de Tomás.

—Si haces esto —dijo—, no habrá forma de volver atrás.

Pensé en Lucía Torres riéndose fuera de la fotografía.

En el correo de Andrés Otero. En Tomás firmando un informe para que Nico recibiera una dosis.

En Elena eligiendo a su hijo y obligando a otros a pagar el precio.

En Alma atravesando un túnel inundado porque ya nadie estaba dispuesto a recibir sus mensajes.

También pensé en mí, frente a una pantalla, sustituyendo la palabra hostil por desestabilizada y sintiéndome inteligente.

Retiré la muñeca de la mano de mi padre.

—Eso es lo único que me interesa.

Pulsé CONFIRMAR.

Las luces del atrio se apagaron.

Durante tres segundos, Casa Cero quedó reducida al resplandor rojo de la clínica y a las líneas de emergencia sobre el suelo.

Oí el mecanismo de la puerta trabajar dentro de la pared: cerrojos retirándose, conductos de presión igualándose, unidades que no se habían movido en años comprobando unas a otras.

Después, la franja negra se separó del muro.

Un aire seco y frío salió del Núcleo.

La luz interior reveló hileras de servidores, cables sujetos al techo y la antigua mesa de roble de mi madre encajada entre dos armarios técnicos. Sobre ella permanecía la maqueta original de la casa: siete patios abiertos, ninguna puerta sellada.

La unidad de transferencia vibró en mi mano.

—Archivo original montado —anunció el sistema—. Canal seguro disponible. Acceso registrado a nombre de Nora Varela.

Detrás de la puerta, los ventiladores trabajaban con la regularidad de otro pulmón.

Ése sí llevaba años respirando dentro de la casa.

Y todos habíamos decidido no contarlo.