CAPÍTULO 6 #4
—No —dijeron Elena y mi padre al mismo tiempo.
—Los datos son sobre mí.
—También incluyen información de otros pacientes —respondió Elena.
—Pues dame la mía.
—No funciona así.
—Nunca funciona así cuando pregunto por mi cuerpo.
Alma cerró los ojos. Inés había dejado la puerta de la sala de procedimientos abierta y su voz llegaba ahora directamente.
—Nico, si entras en el Núcleo, no toques la unidad y no te acerques a los sistemas de refrigeración.
—¿Por qué?
—Porque tus plaquetas están bajando y todo lo que hay ahí tiene bordes metálicos.
Elena miró a Alma con una furia que ya no podía separar del miedo.
—No le des instrucciones.
—Alguien debería empezar.
Mi padre se volvió hacia Julián.
—Retira la unidad de Nora.
Julián permaneció junto al banco de Nico.
—¿Con qué autoridad?
La pregunta sorprendió a todos, incluido Adrián.
—La mía.
—Es una disputa sobre información, no una amenaza física.
—Esa mujer irrumpió en la casa y robó propiedad confidencial.
—Alma Rojas irrumpió. Nora llegó invitada y recibió una credencial de accionista.
—Está colaborando con ella.
—Eso tampoco es una amenaza física.
Mi padre se acercó a Julián.
—Te pago para proteger esta casa.
—Me paga para proteger a las personas dentro de la casa.
—Cumple tu trabajo.
—Eso estoy intentando.
No hubo desafío en el tono de Julián. Sólo una precisión profesional que hacía más difícil castigarlo. Mi padre podía despedir a Sofía porque su trabajo consistía en obedecer al propietario. Julián había definido el suyo de otra manera.
—Si intentan acceder al Núcleo sin mi autorización —dijo Adrián—, las detienes.
—Si la casa identifica una intrusión, aplicaré el protocolo.
—Yo te estoy dando la orden.
—Y yo le estoy diciendo cuál es el protocolo.
Mi padre levantó la mano.
No llegó a tocarlo. La dejó suspendida unos segundos y terminó ajustándose el puño de la camisa.
Nico observó el movimiento. Elena también.
—Enséñame la propuesta de la junta —dije.
Mi padre se volvió hacia mí.
—¿Qué?
—La que queríais que votara esta noche.
—No tiene relación con esto.
—Mi autenticación monta el respaldo porque la operación requiere abrir el archivo de propiedad intelectual. Alma planeaba entrar mientras votábamos. Quiero saber qué iba a autorizar.
—Ya recibiste la documentación.
—Recibí un resumen de treinta y dos páginas.
—Tuviste diez días para solicitar los anexos.
—Los solicité. Elena dijo que contenían material sujeto a confidencialidad reforzada y que podría consultarlos aquí.
Elena no lo negó.
Me acerqué a una de las consolas empotradas en la pared azul.
—Casa, mostrar orden del día de la sesión del consejo.
La pantalla se encendió.
—Se requiere autorización del administrador.
—Sofía —dije.
—No tiene autorización para intervenir —replicó mi padre.
La voz de Sofía llegó desde el techo.
—Técnicamente, sigo teniéndola. Para revocar mis credenciales hay que entrar en el Núcleo Negro.
La pantalla cambió.
Apareció el orden del día que nos habían presentado antes de la cena. Cuatro puntos. El último contenía la operación con Aureon.
—Abrir anexos del punto cuatro —pedí.
—Nora —dijo Elena—, no es el momento.
—Tomás tiene ocho mil plaquetas. Me parece un momento excelente para leer la letra pequeña.
La casa solicitó mi pulsera. Apoyé la muñeca contra el lector.
El primer anexo regulaba la cesión de las patentes. El segundo fijaba la composición del nuevo consejo. El tercero establecía el calendario de producción. Pasé por ellos hasta encontrar un documento que no aparecía citado en el resumen.
ANEXO 4.7 RATIFICACIÓN DE ACTUACIONES PREVIAS Y CONTINGENCIAS DE DESARROLLO.
Abrí el archivo.
El lenguaje era denso, deliberadamente circular. Lo leí de pie, avanzando con el dedo por los párrafos. Había escrito suficientes documentos de ese tipo para saber dónde buscar lo que no querían que viese.
Lo encontré en la página diecinueve.
—«Los accionistas reconocen como adecuadamente comunicados todos los acontecimientos adversos materiales conocidos a la fecha de cierre» —leí—. «Y ratifican las medidas de contención, reclasificación, destrucción o preservación adoptadas por la dirección en relación con los lotes de validación».
Elena se acercó a la pantalla.
—Es una cláusula estándar de indemnidad.
—No. Una cláusula estándar no incluye la palabra reclasificación.
—Los abogados de Aureon exigieron protección frente a decisiones previas.
—¿Decisiones como dividir veintisiete casos en siete grupos?
Gabriel cerró los ojos.
Seguí leyendo.
—También ratifica la destrucción de material biológico antes del cierre. El lote que arde en San Gregorio está aquí.
—El lote se destruyó por inestabilidad —dijo mi padre—. No podía conservarse.
—¿Antes o después de que Aureon solicitara una inspección?
Nadie contestó.
Busqué la fecha del documento.
Había sido modificado aquella misma tarde.
La última versión llevaba la firma digital de Elena.
—Queríais mi voto para convertir todo lo ocurrido en una actuación ratificada por el consejo.
—Queríamos cerrar una operación que garantiza la continuidad de Lázaro —dijo ella.
—Sin mi firma, Aureon hereda el tratamiento y también las demandas. Con mi firma, puede alegar que todos los accionistas conocíamos los riesgos.
—No altera la responsabilidad clínica.
—Altera quién puede decir que fue engañado.
Mi padre apagó la pantalla desde su pulsera.
El azul del atrio volvió a ocupar el cristal.
—La operación mantiene viva la empresa —dijo—. Diecisiete años de investigación. Ochocientos empleos. Tratamientos que no existen en ningún otro lugar. Si Aureon se retira, los bancos ejecutan la deuda antes de final de mes.
—Entonces ésa era la elección —dije—. No salvar a Nico o detener el tratamiento. Era salvar la empresa o decir la verdad.
—Sin la empresa, no hay tratamiento para Nico.
—Siempre consigues ponerlo dentro de la frase.
Adrián miró a su nieto.
—Porque sigue vivo gracias a lo que construimos.
Nico levantó la hoja de Damián Requena.
—Él tenía lo mismo que yo.
Mi padre no respondió.
—¿Por qué yo sigo vivo y él no?
—Recibiste otra formulación.
—Entonces sabíais que eran distintas.
—Sabíamos que el escalado introducía variables.
—¿Damián lo sabía?
Mi padre apretó los labios.
Nico dejó la hoja en el banco.
—No quiero volver a oír que hicisteis esto por mí.
Elena se sentó a su lado.
Esta vez no intentó tocarlo.
—Yo sí —dijo—. Yo lo hice por ti.
Nico volvió la cara.
—Eso no lo mejora.
—No. Pero es verdad.
—¿Sabías que podían morir?
Elena mantuvo las manos sobre las rodillas. El pañuelo ensangrentado sobresalía entre sus dedos.
—Sabía que había casos que no entendíamos. Sabía que si deteníamos el protocolo, no recibirías la dosis. Sabía cómo estabas antes del primer tratamiento. Cómo dejaste de reconocerme. Cómo te caías al intentar llegar al baño. Sabía que me pediste que no te dejara convertirte en la abuela.
—Tenía doce años cuando dije eso.
—Yo no he conseguido dejar de oírlo.
Nico tragó saliva. Una gota roja apareció en la línea de su encía.
Elena la vio.
No lo tocó.
—Si tuviera que elegir otra vez —continuó—, te elegiría a ti.
Alma apartó la vista.
Tomás cerró los ojos dentro del cubículo.
Quizá aquélla era la peor parte de Elena: no mentía.
Podíamos arrancarle los comunicados, los comités, las cláusulas y cada una de las palabras que había utilizado para cubrir sus decisiones.
Debajo no encontraríamos indiferencia. Encontraríamos un amor tan concentrado que había perdido la capacidad de reconocer la existencia de los demás.
Nico se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Yo no te pedí que los eligieras a ellos en mi lugar.
—No.
—Ni que trataras mi vida como una deuda que todos tenían que pagar.
Elena dobló el pañuelo con cuidado, ocultando la sangre en su interior.
—No —repitió.
Mi padre volvió a extender la mano hacia mí.
—Dame la unidad.
—Vamos a abrir el respaldo.
—No.
—Inés necesita los estudios.
—Gabriel puede darle la información relevante.
Inés apareció a la puerta de la clínica.
—Gabriel acaba de ocultarme que había un protocolo de rescate.
—No lo oculté —dijo él—. No preguntaste.
Inés lo miró con una calma que hizo retroceder a Julián.
—No vuelvas a decirme eso.
Gabriel bajó la compresa. Tenía sangre en la barbilla.
—El protocolo no funcionó de manera consistente.
—Déjame decidir si es relevante.
—Necesito ver qué lote recibimos.
—Por eso vamos a entrar.
Mi padre se colocó entre la ruta azul y la puerta del Núcleo.
La entrada principal al servidor se encontraba al otro lado del atrio.
Ana había construido allí la biblioteca, en el centro geométrico de la casa.
Cuando Adrián la transformó, tapiaron las ventanas interiores, reforzaron las paredes y cubrieron la madera con paneles negros.
Sólo quedó la puerta, un rectángulo sin tirador rodeado por sensores.
—No abrirás esa sala —dijo.
—No puedes impedir que mi credencial monte el archivo.
—Puedo impedir que llegues al lector.
Julián se movió hacia nosotros, aunque no supe a cuál de los dos pretendía detener.
La casa intervino.
—Advertencia. Elevación de frecuencia cardiaca en seis ocupantes. Se recomienda reducir estímulos y mantener posiciones de reposo.
Nico soltó una risa.
—La casa cree que estamos discutiendo demasiado fuerte.
—La casa cree que vais a desmayaros —dijo Sofía—. Y, por una vez, no se equivoca.
Las luces azules parpadearon. Una sección del suelo se apagó durante medio segundo.
Sofía maldijo por el intercomunicador.
—¿Qué ocurre? —preguntó Julián.
—Los filtros del sector sur están consumiendo más potencia de la prevista. La toma exterior sigue contaminada. Casa Cero ha pasado al segundo banco de baterías.
—¿Cuánto tenemos?
—Si sólo mantenemos aire, doce horas. Con la clínica y todos los sectores sellados, algo menos de ocho.
—¿Y el servidor?
—Tiene alimentación independiente.
Mi padre levantó la vista hacia la cámara.
—Corta el acceso al Núcleo.
—No puedo cortar un acceso que ya está cerrado.
—Desactiva la autenticación de Nora.
—Tampoco puedo.
—Eres la responsable del sistema.