CAPÍTULO 6 #3
Inés regresó a la pantalla junto a su cama. Las lecturas de presión continuaban dentro de un margen aceptable, pero ella revisó sus pupilas con una linterna.
—¿Por qué? —pregunté.
Tomás observó el techo del cubículo. Quizá buscaba una formulación médica, una distancia desde la que poder hablar de sí mismo como si fuese un paciente.
—Porque el primer cultivo fue positivo. Porque había seis animales. Porque Gabriel dijo que la caída de plaquetas podía deberse a la infección. Porque el comité regulatorio ya tenía tres retrasos y, si suspendíamos otra vez el protocolo, Aureon se retiraba.
—Eso explica el informe. No la firma.
—La firma fue porque Nico estaba empeorando.
Nico bajó la mirada hacia el pañuelo que su madre presionaba contra su codo.
Tomás prosiguió:
—Sus marcadores habían vuelto a subir. No podíamos producir otra dosis de la formulación original. Quedaba una ventana de semanas, tal vez menos. Elena dijo que si deteníamos Lázaro-7, no habría un protocolo bajo el que tratarlo.
—¿Y tú qué dijiste? —preguntó Nico.
—Que necesitábamos más pruebas.
—¿Y después?
—Firmé.
La palabra quedó suspendida entre nosotros y el cristal.
Mi hermano no lloraba. Tomás nunca había necesitado las lágrimas para parecer arrepentido. Le bastaba esa manera suya de no desviar los ojos cuando ya no podía arreglar algo.
Nico retiró el brazo de las manos de Elena. La herida seguía sangrando, aunque más despacio.
—Me usasteis para aprobarlo.
—Intentábamos salvarte —dijo Elena.
—Ya me habíais salvado.
—Estabas recayendo.
—Entonces podríais habérmelo dicho.
—Eras menor.
—Tenía diecisiete años.
—Eras mi hijo.
—Eso no es una explicación médica médica.
Elena arrugó el pañuelo ensangrentado.
—No. Es la explicación que tengo.
Nico se puso de pie. Se mareó antes de completar el movimiento y tuvo que apoyarse en el hombro de Julián. Elena avanzó, pero él levantó una mano.
—No.
Julián lo condujo hasta el banco. Nico se dejó caer y apoyó la cabeza contra la pared.
—¿Cuándo te llegaron los avisos de Alma? —preguntó.
Elena no respondió.
—Mamá.
—No eran avisos. Eran mensajes enviados desde una cuenta que ya no tenía acceso autorizado.
—¿Cuándo?
—Antes de tu dosis.
El atrio pareció ensancharse alrededor de ella.
—¿Cuánto antes?
—Dos días.
—Cuarenta y seis horas —corrigió Alma desde la clínica.
Elena giró la cabeza.
—Me amenazaste.
—Te envié cinco historiales.
—Dijiste que si tratábamos a Nico, acudirías a la prensa.
—Dije que si administrabais el lote sin revisar esos casos, lo haría público.
—No sabía si los documentos eran auténticos. Habías extraído información de sistemas restringidos. Habías intentado contactar con pacientes directamente.
—Porque bloqueaste el comité.
—Porque estabas desestabilizada.
Alma se quedó quieta.
La expresión de Elena cambió apenas. Había utilizado una palabra estudiada, una de ésas que permiten convertir una acusación en un síntoma. Yo reconocí la técnica porque la había perfeccionado para ella.
—Eso lo escribí yo —dije.
Elena me miró.
—¿Qué?
—Desestabilizada. Fue la palabra que usamos en la primera reunión de crisis. Gabriel dijo obsesionada. El departamento jurídico propuso hostil. Yo dije que cualquiera de las dos podía parecer una represalia, así que elegimos desestabilizada.
Alma me observaba desde la camilla.
Yo conocía su informe. Cuarenta y seis páginas, doce anexos y una tabla que en aquel momento consideré demasiado confusa para un documento que pretendía detener una operación de miles de millones.
Leí las conclusiones, hablé con Elena y recibí un resumen de Gabriel.
No entrevisté a ninguno de los médicos cuyos nombres aparecían en las notas. No llamé a Alma.
Después redacté tres párrafos.
Recordaba el texto entero porque había sido eficaz.
—«Las conclusiones difundidas por la doctora Rojas carecen de base clínica consolidada y responden a una lectura interesada de datos fragmentarios obtenidos fuera de los cauces autorizados» —recité—.
«Varela Biotec mantiene su compromiso con la transparencia, el rigor científico y la seguridad de los pacientes».
Gabriel bajó la cabeza.
Mi padre me miró como si no entendiese por qué estaba colaborando con el enemigo.
—Ese comunicado se publicó después de que Alma vulnerase su acuerdo de confidencialidad.
—Lo sé. Yo añadí esa parte.
Me agaché y recogí otra hoja.
Miriam Otero Funes. Cuarenta y ocho años. La fotografía mostraba a una mujer junto a una tarta, con dos velas en forma de cuatro y ocho. El resumen decía que había muerto de una hemorragia digestiva seis días después de recibir el tratamiento.
En el reverso había una captura de un correo dirigido a la empresa. Lo había enviado su marido.
Solicitaba hablar con alguien que pudiera explicarle qué había ocurrido.
Recordé aquel mensaje.
No el nombre, ni la fotografía. Recordaba el asunto: SOLICITUD URGENTE.
El equipo de atención al paciente lo había reenviado a comunicación porque el hombre amenazaba con publicar el historial de su esposa.
Yo ordené que respondieran mediante el departamento jurídico para evitar que una conversación informal pudiera considerarse reconocimiento de causalidad.
—A éste lo vi —dije.
Alma esperó.
—No el historial. El correo del marido.
—Se llama Andrés.
Asentí.
—Le enviamos una carta.
—Le enviasteis una advertencia.
—Sí.
No había una formulación que pudiese suavizarlo. Había pasado años encontrándolas y, cuando por fin habría agradecido una, ninguna me servía.
—Yo no sabía que había más casos —dije.
—Sabías que podía haberlos —respondió Alma.
—Sí.
—Eso basta.
—Lo sé.
Mi padre dio un golpe con la palma sobre el borde del canal.
—No. No basta. Ninguno de vosotros va a convertir una serie de decisiones tomadas con información incompleta en una confesión colectiva para satisfacerla.
—No necesito que me satisfagan —dijo Alma—. Necesito el servidor.
—Lo que necesitas es una explicación que te absuelva de haber robado datos, manipulado a una empleada y entrado en una propiedad durante una emergencia química.
—No manipulé a Sofía.
Desde el corredor técnico, la voz de Sofía apareció en el sistema.
—Un poco sí.
Todos buscamos la cámara situada en la esquina del atrio.
Sofía continuó:
—Me enseñó los casos que podía enseñarme y dejó que yo imaginara el resto. No me dijo que el túnel estaba parcialmente inundado. Tampoco que el respaldo podía contener material clínico no anonimizado.
—Te dije que era peligroso —respondió Alma.
—Dijiste que estaba despejado hasta la cisterna.
—Lo estaba la última vez que vi los planos.
—Los planos tenían cuatro años.
—¿Podéis discutir esto después? —preguntó Inés.
Había salido de la sala de procedimientos. Se quitó los guantes mientras cruzaba hacia el cubículo de Tomás.
—La herida está cerrada. Alma necesita antibiótico, pero no corre peligro inmediato. Tomás sí.
En la pantalla central apareció el nuevo recuento.
OCHO MIL PLAQUETAS/µL.
Nadie necesitó que Inés explicara la cifra.
—La transfusión no ha funcionado —dijo Elena.
—Funcionó durante unos minutos. Su organismo las ha consumido o destruido.
—Ponle otra.
—Me quedan dos unidades. Si se las doy sin detener el proceso, ganaremos media hora y nos quedaremos sin nada para vosotros.
—Dáselas —ordenó mi padre.
Inés lo miró.
—Tomás es mi marido.
—Entonces no entiendo por qué estamos hablando.
—Porque también soy la médica de esta casa y no voy a actuar como si él fuese el único paciente.
Tomás golpeó el cristal con dos nudillos.
—Hazle caso.
—Cállate —dijo Inés.
—No desperdicies otra bolsa.
—He dicho que te calles.
La voz de Inés se quebró en la última palabra. Apoyó ambas manos sobre la encimera, esperó un segundo y volvió a incorporarse.
—Le he administrado corticoides y antifibrinolítico. Puedo iniciar inmunoglobulina, pero no sé si estamos ante un ataque inmunitario, una alteración de la médula, un consumo vascular o las tres cosas. Necesito saber qué había exactamente en ese lote.
—El servidor no va a darte una respuesta clínica inmediata —dijo Gabriel.
—¿Hay estudios que no están en el informe?
Gabriel tardó demasiado.
—Hay datos preclínicos.
—¿Existe un protocolo de rescate?
—Se ensayaron varias opciones.
—¿Dónde están?
—En el archivo de desarrollo.
—¿Dentro del Núcleo Negro?
Gabriel asintió.
Inés miró a mi padre.
—Abre la puerta.
—No voy a conectar un dispositivo externo a nuestro servidor durante una crisis.
—Entonces copia tú los datos.
—No sé qué está intentando extraer.
—Yo sí —dijo Alma—. Trazabilidad del lote, secuencia final, informes preclínicos y correspondencia regulatoria.
—Y cualquier otra cosa a la que puedas acceder.
—Puedes mirar la pantalla.
—No.
La respuesta fue inmediata. Demasiado inmediata para pertenecer a alguien que todavía evaluaba el riesgo.
Inés se acercó hasta quedar frente a él.
—Tu hijo tiene ocho mil plaquetas.
—Precisamente por eso no voy a permitir que ella improvise un tratamiento a partir de información robada.
—Tu hijo no necesita que le protejas la reputación.
Mi padre bajó la voz.
—No sabes lo que está en juego.
—Sé exactamente lo que está en juego. Está detrás de ese cristal, sangrando por la nariz.
—Si los archivos salen de esta casa sin contexto, Lázaro se termina.
—Si no salen, puede que Tomás también.
Mi padre desvió la mirada hacia el cubículo.
Mi hermano se había quedado dormido o había perdido la conciencia. Inés corrió hacia la puerta y entró. Lo llamó por su nombre, le apretó los hombros, volvió a examinar sus pupilas.
Tomás despertó molesto.
—No grites.
—Te has desmayado.
—Estaba descansando.
—¿Sabes dónde estás?
—En el mausoleo que papá construyó sobre el patio de mamá.
Inés soltó el aire.
—¿Qué hora es?
Tomás buscó la pantalla.
—La una y doce.
—¿Quién es ella?
Señaló hacia mí.
—La peor conductora de Madrid.
—Bien.
—Mejoré.
—Chocaste el coche de tu madre contra un árbol inmóvil —dijo Elena.
—El árbol no estaba señalizado.
Tomás sonrió. La sangre volvió a aparecer entre sus dientes.
Nico se inclinó hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas.
—Quiero entrar al servidor.