La casa dice que somos diez CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

El atrio había dado nombre al primer proyecto de Ana.

No por el color de las paredes, que habían sido blancas, sino por el agua.

Una lámina de pocos centímetros cubría el suelo y corría sobre piedra gris hasta un canal central.

Las personas entraban en la casa por pasarelas separadas, de modo que tenían que elegir cómo aproximarse unas a otras.

Cuando mi madre dejó de poder confiar en sus pies, vació el estanque. Dijo que estaba cansada de ver a la gente mirar al suelo.

Después de su muerte, mi padre levantó las piedras y llenó la cavidad con fibras ópticas, sensores de presión y conductos de seguridad.

La luz azul que ahora ascendía desde las juntas no se reflejaba en agua alguna.

El canal central seguía abierto, seco, reducido a una cicatriz de piedra que dividía el atrio.

Nico dejó caer la carpeta dentro.

Las hojas se extendieron por el fondo del canal. Algunas tenían fotografías; otras, capturas de historiales clínicos, mensajes impresos o páginas de redes sociales. Nico se arrodilló y empezó a ordenarlas.

—¿Qué haces? —preguntó Elena.

—Poniéndolos donde se vean.

—Ahora necesitas descansar.

—Tengo veinte años, no cinco.

—Tienes setenta y dos mil plaquetas.

—Y tú noventa y cuatro. Si vamos a comportarnos según la cifra, tampoco puedes dar órdenes.

Elena buscó ayuda en Tomás, aunque Tomás no estaba allí para dársela.

Me agaché junto a Nico. En la primera hoja había una mujer de pelo corto sentada sobre el manillar de una bicicleta. No miraba a la cámara. Se reía de algo que sucedía fuera de la imagen.

Nombre: Lucía Torres Segura.

Cuarenta y un años.

Debajo de la fotografía, alguien había impreso un resumen médico. Hemorragia intracraneal. Trombocitopenia aguda. Fallecimiento nueve días después de la administración.

En la esquina superior aparecía un sello gris:

CAUSALIDAD NO DETERMINADA.

La segunda hoja pertenecía a Damián Requena.

Veintisiete años. Compartía la mutación de Nico y había entrado en el programa de acceso ampliado después de que su enfermedad dejara de responder al tratamiento convencional.

En su fotografía llevaba una camisa demasiado grande y sostenía un pez con ambas manos.

Murió en Valencia.

La tercera era Pilar Sanz Calvo, cincuenta y seis, profesora de historia. Su ficha no indicaba que estuviese muerta. Registraba una estancia de dieciocho días en cuidados intensivos, dos cirugías y una pérdida parcial de visión.

—No son veintisiete muertos —dije.

—Todavía no —respondió Alma por los altavoces de la clínica.

La costura amplificó el ruido de su respiración. Inés le pidió que no hablara.

Alma ignoró la orden.

—Son veintisiete casos con el mismo patrón. Once fallecieron. Cuatro siguen hospitalizados, o lo estaban cuando pude acceder a sus datos. Ocho recibieron el alta con secuelas. De los otros cuatro, la empresa interrumpió el seguimiento o cambió el identificador.

Gabriel dejó de presionarse la servilleta contra la nariz.

—Eso no es exacto.

Nico levantó la cara.

—¿Qué parte?

—No pertenecían al mismo protocolo. Ni recibieron la misma formulación.

—Todos recibieron Lázaro-7.

—Lázaro-7 no es una única formulación. Hubo tres vectores, dos vías de administración y varias modificaciones en la secuencia reguladora. Algunos pacientes tenían patologías que podían provocar alteraciones hematológicas por sí mismas.

Alma soltó un sonido que podía haber sido una risa si no le hubiese dolido.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La presentación que hiciste para el comité.

Gabriel arrugó la servilleta.

—Hice una revisión de causalidad.

—Dividiste veintisiete casos en siete grupos.

—Porque eran clínicamente distintos.

—Los dividiste hasta que ningún grupo fue lo bastante grande para producir una señal estadística.

—No puedes sumar poblaciones distintas para conseguir el resultado que deseas.

—Y tú no puedes separarlas hasta conseguir el resultado que deseas.

—No fue lo que hice.

Alma giró la cabeza para verlo a través de las dos paredes de cristal.

—Cambiaste el criterio de trombocitopenia grave de cincuenta mil a veinte mil después del tercer caso.

Excluiste las hemorragias ocurridas pasadas setenta y dos horas porque el protocolo original sólo contemplaba reacciones agudas.

Clasificaste dos muertes como progresión de la enfermedad de base aunque las autopsias describían daño vascular generalizado.

Gabriel abrió la boca.

—Las autopsias no eran concluyentes.

—Nunca lo son cuando el patrocinador decide qué pregunta debe responder el patólogo.

Mi padre se interpuso entre él y el canal.

—Basta de esta representación.

Nico sostuvo la hoja de Lucía Torres.

—Di su nombre.

—¿Qué?

—Si crees que fue su enfermedad, di su nombre y explícalo.

—No voy a participar en esto.

—Lucía Torres Segura.

La casa recogió la voz de Nico y la devolvió desde varios altavoces. El nombre llegó desde el corredor, desde la clínica y desde el techo del atrio. Durante un instante pareció que otra persona lo había pronunciado detrás de nosotros.

Adrián bajó la vista hacia la fotografía.

—No la conocí.

—Eso no impidió que cobraras por su tratamiento.

—La empresa no cobra a los participantes de un ensayo.

—A ella no. Al fondo que compró el acceso.

Elena se acercó.

—Nico, necesitas sentarte.

—Damián Requena —continuó él—. Pilar Sanz Calvo. Saúl Ibáñez. Miriam Otero. Hye-jin Park.

—Nico.

—¿Cuántos tengo que leer hasta que uno te suene?

Elena lo agarró por el antebrazo.

Él se apartó con tanta brusquedad que golpeó el borde del canal. La piel se abrió a la altura del codo. Fue un corte pequeño, apenas una línea, pero la sangre brotó de inmediato y descendió hasta su muñeca.

Elena palideció.

—No te muevas.

Sacó un pañuelo del bolsillo y se lo presionó sobre la herida. Nico intentó retirarse de nuevo, pero ella no lo soltó.

—Puedes odiarme dentro de cinco minutos —dijo—. Ahora deja el brazo quieto.

Nico apretó la mandíbula. No volvió a apartarse.

El pañuelo blanco se volvió rojo entre los dedos de Elena.

Gabriel, a pocos pasos, continuaba sangrando por la nariz.

Mi padre observaba las hojas esparcidas en el canal. Algunas habían quedado boca abajo. Las fotografías visibles formaban una fila irregular a sus pies.

—Todo tratamiento de este tipo produce acontecimientos adversos —dijo—. No hay medicina avanzada sin riesgo. Ni hay innovación posible si se juzga cada resultado desde el beneficio de saber cómo terminó.

—Hablas como el informe anual —dije.

—Hablo como alguien que ha llevado un tratamiento desde una hipótesis hasta salvar una vida.

Miró a Nico.

Elena siguió comprimiéndole el corte.

—La primera versión le salvó la vida —dijo Alma—. Nadie está negando eso.

—Todo lo que vino después existe gracias a esa primera versión.

—No. Todo lo que vino después existe porque decidiste que salvar a un niño no era suficiente.

La frase llegó por los altavoces limpia y serena.

Mi padre cruzó el canal sin pisar las hojas.

—Ana murió porque llegamos tarde. Tres años tarde, quizá dos. Cuando funcionó con Nico, entendí lo que habíamos tenido delante. No iba a guardar aquello para una sola familia.

—Lo convertiste en otra cosa.

—Lo convertimos en un tratamiento que podía fabricarse.

—Lo convertisteis en un producto que tenía que cumplir una fecha.

Gabriel se sentó en el banco más cercano. La servilleta ya no bastaba; Julián le entregó una compresa del botiquín del atrio.

—El escalado era necesario —dijo Gabriel—. El vector original requería semanas de producción para un solo paciente. Costaba más de dos millones por dosis y no podía replicarse de forma estable.

—Por eso cambiasteis la cápside —dijo Alma.

—Entre otras cosas.

—Y aparecieron las hemorragias.

—Aparecieron en una población con enfermedades complejas.

—También han aparecido en vosotros cinco.

Gabriel miró a mi padre, después a Elena. En ninguno encontró la respuesta que necesitaba.

—El lote interno fue administrado en condiciones distintas.

—Sí —dijo Alma—. Sin patologías de base que os permitan culpar a los muertos.

Desde la clínica llegó una alarma breve.

Inés apareció al otro lado del cristal, comprobó la bolsa conectada a Tomás y silenció el aviso. La transfusión había terminado.

—¿Cuánto ha subido? —pregunté.

—Todavía no lo sé.

—¿Cuándo lo sabrás?

—En quince minutos.

—¿Y si no sube?

Inés no contestó enseguida.

—Entonces significa que las está destruyendo más deprisa de lo que podemos reponerlas.

Mi padre se volvió hacia Alma.

—Has tenido tus datos. ¿Qué propones?

—Acceder al respaldo original.

—¿Y después?

—Comprobar la composición exacta del L7-4B, compararla con las secuencias de los lotes anteriores y recuperar los estudios que Gabriel no incluyó en el informe.

—No había estudios concluyentes.

—Había un modelo animal con la misma destrucción plaquetaria.

Gabriel dejó caer la compresa.

Nadie habló.

Alma se incorporó en la camilla. Inés puso una mano sobre su hombro para impedirlo.

—Los macacos del grupo C —continuó Alma—. Cuatro de seis desarrollaron trombocitopenia. Uno murió por una hemorragia pulmonar.

—Fue una contaminación bacteriana —dijo Gabriel.

—Eso escribiste.

—Eso mostró el cultivo.

—Un cultivo realizado después de cuarenta y ocho horas con la muestra mal conservada.

—No tenías autoridad para revisar ese estudio.

—Yo era la directora clínica.

—No eras responsable de preclínica.

—Ésa fue la ventaja de repartir los datos. Cada persona sabía lo suficiente para no poder decir que no sabía nada y demasiado poco para detenerlo por sí sola.

Tomás abrió los ojos en el cubículo.

—Yo vi el estudio.

Su voz llegó debilitada por el altavoz.

Inés se volvió hacia él.

—No hables.

—Si espero a que me des permiso, puede que ya no tenga presión sanguínea.

Mi hermano intentó sonreír. Sólo un lado de la boca obedeció.

Me acerqué al cristal.

—¿Cuándo lo viste?

—La noche antes de firmar el informe de seguridad.

Elena cerró los ojos.

—Tomás —dijo.

—No, Elena.

—Estabas de acuerdo con la evaluación.

—Estuve de acuerdo en que no era concluyente. No es lo mismo.

—Firmaste.

—Sí.

Lo dijo sin protegerse.