CAPÍTULO 6
Los nombres de los muertos
La casa necesitó ocho segundos para decidir que Alma decía la verdad.
Durante ese tiempo, el sistema hizo circular el aire del Comedor Ámbar por los filtros de emergencia, analizó las partículas adheridas al traje rojo y comparó su sangre con los resultados de los demás. Lo anunció con la misma voz que utilizaba para avisar de una puerta abierta.
—Contaminación atmosférica no detectada. Patrón hematológico no compatible con exposición común.
Alma seguía sentada al extremo de la mesa, con las muñecas sujetas por una brida de Julián.
Había dejado el casco en el suelo. El pelo, oscuro y endurecido por el sudor, se le pegaba a las sienes.
Bajo la luz ámbar, la herida del costado parecía más profunda de lo que Inés había calculado desde el otro lado del cristal.
Mi padre miró la pantalla donde aparecían los seis resultados.
Cinco cifras anormales y una normal.
Ni siquiera entonces abandonó su silla.
—Podría haber manipulado su muestra.
Inés levantó la cabeza.
—La extraje yo.
—Puede haber tomado algo antes de entrar.
—¿Algo para fabricar doscientas cuarenta y ocho mil plaquetas?
—No sabemos qué ha hecho.
—Sabemos lo que no ha hecho —dijo Inés—. No ha traído esto.
Elena se había sentado junto a Nico, aunque él había colocado la silla lo bastante lejos para que no pudiese tocarlo sin inclinarse.
Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la vista fija en su resultado: noventa y cuatro mil.
Aún no sangraba. Al lado de su nombre, la casa había añadido una recomendación discreta: repetir análisis en sesenta minutos.
Gabriel se limpiaba la nariz con una servilleta. La retiraba cada pocos segundos para comprobar si había aparecido sangre. En el centro de la tela ya se extendía una mancha del tamaño de una moneda.
Julián no había soltado a Alma.
—Quitadle esto —dijo Inés, señalando la brida—. Necesito tratar la herida.
—Puede tratarla con las manos inmovilizadas.
—Puedo coserla así, sí. También puedo cosértela a ti mientras haces el pino. No significa que sea una buena idea.
Julián buscó a mi padre con la mirada.
Adrián no le dio ninguna orden.
El sistema acababa de sustituir la luz ámbar de la puerta por una franja blanca.
—Ciclo de contención finalizado —anunció—. Circulación interior autorizada por ruta azul.
La casa nos devolvía una parte de sí misma. El Jardín Verde y el Ala Violeta continuaban aislados; la cocina había quedado incorporada al perímetro ámbar y el pasillo del sur permanecía bloqueado por la posible contaminación del traje. Para llegar a la Clínica Roja debíamos cruzar el Atrio Azul.
Antes de levantarse, mi padre extendió una mano hacia mí.
—Dame la unidad de transferencia.
El dispositivo descansaba sobre la mesa, junto a mi plato intacto. Era un rectángulo negro, algo más grueso que un teléfono, con los bordes dañados por el golpe que había recibido durante el forcejeo en el jardín. En uno de los laterales parpadeaba una luz verde.
Apoyé la palma encima.
—No.
—Contiene información sustraída a la empresa.
—Contiene información sobre personas que la empresa decidió no contar.
—No sabes lo que contiene.
—Por eso queremos abrirlo.
—Por eso debe quedar bajo custodia.
Alma habló sin mirar a ninguno de los dos.
—Si se lo das, no habrá nada que custodiar dentro de diez minutos.
Mi padre sonrió apenas. No había humor en el gesto.
—Sigues atribuyéndome capacidades extraordinarias.
—No. Te atribuyo permisos de administrador.
Julián se acercó a la mesa.
—Puedo guardarla hasta que determinemos qué hacer.
—¿En nombre de quién? —pregunté.
—En nombre de la seguridad de todos los que estamos dentro.
—La seguridad de cinco de ellos depende de lo que haya ahí.
Señalé el dispositivo, pero Julián observó mi pulsera. Comprendía que la unidad no servía sin mi autenticación. También comprendía que quitármela no resolvería nada: el cierre estaba calibrado a mi temperatura, a mi pulso y a una lectura subcutánea que la casa había tomado al entrar.
—Déjala —dijo Inés—. Primero voy a ocuparme de que nadie se desangre mientras discutís la propiedad intelectual.
Cortó la brida de Alma con las tijeras de emergencia.
Alma se frotó las muñecas. No me dio las gracias. Yo guardé la unidad en el bolsillo interior de la chaqueta y acompañé a los demás hacia el Atrio Azul.
La ruta que la casa nos permitía atravesar no coincidía con ninguno de los recorridos que yo recordaba.
Las puertas del corredor principal estaban cerradas, de modo que el suelo iluminó un desvío por la antigua galería de servicio, detrás de los paneles acústicos del comedor.
Caminamos en fila entre paredes estrechas, tuberías de ventilación y armarios técnicos.
Mi madre había diseñado la casa sin pasillos ciegos.
Decía que un hogar no debía obligar a nadie a retroceder para encontrar una salida.
Cuando su enfermedad empezó a endurecerle las piernas, convirtió esa idea en una regla: ningún desnivel sin rampa, ninguna habitación con un único acceso, ninguna puerta que no pudiera abrirse a mano.
Adrián conservó las rampas.
Eliminó las salidas.
En el cruce con el corredor norte vimos a Sofía detrás de una mampara. La casa no le permitía incorporarse a nuestra ruta. Permanecía dentro de la franja técnica, con una tableta contra el pecho y el rostro iluminado por las lecturas del sistema.
—La atmósfera del traje está limpia —dijo a través del intercomunicador—. Había residuos de fertilizante, hongos, óxido, combustible y agua estancada. Todo coincide con el túnel de la cisterna.
—No te he pedido un informe —contestó mi padre.
—La casa sí. Si no valido los datos, no abre la clínica.
Marcó algo en la tableta. La puerta roja, al final del corredor, se desbloqueó.
Mi padre se detuvo ante la mampara.
—Cuando salgamos de esto, no volverás a trabajar para mí.
—Si salimos, puedes mandarme una carta.
—Podrías haberlos matado a todos.
Sofía miró a Alma. Después miró a Nico.
—Pensé que ya lo estabais intentando vosotros.
Elena dio un paso hacia el cristal, pero Nico le cerró el camino con el cuerpo.
—Sigue andando, mamá.
No alzó la voz. Elena obedeció.
La Clínica Roja ocupaba lo que había sido el patio de música.
Mi madre lo había concebido como un hueco abierto, con un piano protegido por un alero y bancos de piedra que conservaban el calor al anochecer.
Durante los veranos, Tomás tocaba mal las mismas cuatro canciones y yo fingía no escuchar desde la planta superior.
Ahora un techo electrocrómico cubría el patio.
El piano había sido sustituido por dos cubículos de aislamiento, una sala de procedimientos y un puesto central de monitorización.
El antiguo suelo de arcilla seguía allí, visible sólo en una estrecha franja junto a la pared.
Todo lo demás era resina roja, acero y vidrio.
Tomás estaba en el primer cubículo.
Inés había elevado el respaldo de la cama para reducir la presión en su cabeza. Tenía una vía en cada brazo y una bolsa de plaquetas conectada a una de ellas. La sangre seca le oscurecía las encías. Al vernos, levantó dos dedos a modo de saludo.
—Habéis tardado —dijo.
Su voz llegaba por un altavoz situado sobre el cristal.
—Estábamos decidiendo a quién pertenecen tus plaquetas —contesté.
—Aparentemente, a nadie.
Inés hizo entrar a Alma en la sala de procedimientos.
Cerró la puerta y activó la presión negativa antes de cortar el traje a la altura del costado.
Debajo, Alma llevaba ropa térmica empapada, pegada a una herida de unos seis centímetros.
No parecía causada por un arma. El borde irregular y las partículas oscuras incrustadas en la piel confirmaban su relato sobre el túnel.
Nico se acercó al cristal.
Alma lo vio y, durante un instante, dejó de ser la mujer que había irrumpido en la casa para robar un servidor. Su boca se abrió en una sonrisa cansada.
—Has crecido.
—Eso suele pasar en nueve años.
—Contigo nunca fue seguro.
Elena se volvió hacia su hijo. Nico mantuvo los ojos en Alma.
—¿Fuiste tú quien me enseñó la señal?
Alma asintió mientras Inés irrigaba la herida.
—Te daban ataques de pánico antes de las punciones. No querías que tu madre lo supiera porque ella se ponía peor que tú.
—Dos golpes. Una pausa. Dos golpes.
—Inspirar, sostener, soltar.
—Creí que lo había inventado Tomás.
Desde el cubículo, mi hermano levantó una mano.
—Me apropié del método. Era joven y no respetaba la propiedad intelectual.
Alma se rio. El gesto le abrió la herida y tuvo que apretar los dientes.
Elena permaneció inmóvil entre ambos cristales.
Había algo obsceno en la facilidad con que los tres recuperaban una intimidad de la que ella había sido excluida. No porque no hubiese estado presente en aquellos años, sino porque los había vigilado con tanta atención que nadie se atrevía a mostrarle miedo.
Inés inyectó anestesia alrededor de la herida.
—Necesito espacio —dijo—. Nora, llévate a todos al atrio. Julián puede quedarse en la puerta. Quiero a los cuatro que recibieron Lázaro sentados, sin moverse y sin hacer nada heroico. Sobre todo tú, Gabriel.
—No estaba planeando nada heroico.
—Tampoco lo accidental.
Mi padre se negó a salir.
—Quiero oír lo que diga.
—La sala tiene audio.
—Quiero verla.
—Yo quiero un hospital, un hematólogo, seis unidades más de plaquetas y una ambulancia al otro lado de esa puerta. Como ninguno de los dos va a obtener lo que quiere, sal.
Adrián miró a Tomás. Mi hermano tenía los ojos cerrados, pero no dormía. Una nueva línea de sangre descendía desde su fosa nasal hasta el labio.
Mi padre salió.
El Atrio Azul se encontraba a pocos metros de la clínica, aunque la ruta autorizada nos obligó a rodear el antiguo estudio de mi madre. Entramos por el lado oeste, frente a la gran puerta del airlock.