Capítulo 5 #3
Alma continuó:
—Le entregué un documento de cuarenta y seis páginas con seis casos graves, alteraciones de coagulación y una recomendación para detener el ensayo. Tres días después, Nora publicó que yo presentaba un patrón de conducta incompatible con la integridad científica.
—Me dijeron que habías modificado los datos.
—¿Quién?
—Gabriel y Elena.
—¿Y les creíste?
—Sí.
—No. Elegiste creerles. Es distinto.
Julián observaba la conversación. Inés no levantó la cabeza de la herida, pero sus movimientos se volvieron más lentos.
—Lo elegí —admití.
Alma parpadeó.
Probablemente esperaba que intentara protegerme con el cargo, la información incompleta o la lealtad familiar. Yo había utilizado esas defensas durante cinco años. Ya no quedaba ninguna que no sonara ensayada.
—Elegí creerlos porque la alternativa significaba admitir que había convertido a Nico en publicidad de algo que podía matar gente. Escribí el comunicado. Sabía lo que iba a hacerte.
—No sabías todo.
—Sabía lo suficiente para preguntar. No pregunté.
Alma apartó la vista.
La condena habría resultado más sencilla que aquel silencio.
Inés terminó el último punto.
—La herida no parece grave. Necesitas mantenerla limpia y evitar esfuerzos.
—Necesito llegar al núcleo.
—Ahora necesitas una analítica.
—Tomás necesita el archivo.
—Y yo necesito que no te abras otra vez por la mitad.
Inés cubrió la sutura y ayudó a Alma a ponerse en pie. El traje rojo permanecía acumulado alrededor de su cintura.
—Vamos a retirarlo por completo y meterlo en una bolsa de aislamiento.
Julián señaló las abrazaderas.
—Continúan puestas.
—No puedo quitarle el traje con las manos detrás.
—Las paso delante.
—Quítalas.
—No.
—Tiene una herida suturada y ninguna arma.
—Manipuló la seguridad.
—Y seguirá pudiendo hacerlo con una infección en la herida si no me dejas trabajar.
Julián abrió una abrazadera y volvió a cerrarla con las manos de Alma delante del cuerpo.
Inés retiró el resto del traje y lo introdujo en un contenedor sellado. Debajo, Alma llevaba pantalones negros y botas de trabajo. Una de ellas estaba cubierta de polvo gris.
Elena seguía observando a Nico desde fuera.
—Sácalo del comedor —pidió.
Sofía respondió:
—El ciclo termina en dos minutos.
—Ha estado junto a ella sin protección.
—Alma no presenta síntomas respiratorios y el traje permanecerá aislado.
—No lo sabes.
—El sistema no ha detectado contaminantes biológicos en el aire.
—El sistema tampoco detectó que la ayudabas.
Sofía dejó de responder.
Inés regresó a la clínica para colocar la muestra de Alma en el analizador. Nico se sentó frente a ella a través del cristal.
Tomás continuaba consciente. Tenía una vía en cada brazo y una mascarilla de oxígeno bajo la nariz. Cuando vio a Alma, intentó incorporarse.
Ella se acercó todo lo que permitía la puerta.
—Tomás.
Él pulsó el comunicador.
—Has elegido una entrada espectacular.
—No era el plan.
—Nada de esto lo era.
—¿Qué lote recibiste?
Tomás miró a Gabriel.
—L7-4B.
Alma cerró los ojos.
—¿Los cinco?
—Sí.
—¿Cuándo?
—El miércoles. Entre las nueve y las once.
—¿La misma vía de administración?
—Sí.
—¿Quién autorizó el lote?
Tomás respiró con dificultad.
—Yo.
Inés se acercó para obligarlo a recostarse.
—Basta.
—Necesita saberlo —dijo él.
—Puede saberlo cuando tu presión deje de caer.
Alma apoyó una mano contra el cristal.
—¿Conservaste una muestra?
Tomás miró hacia mi padre.
—En San Gregorio.
El laboratorio donde se guardaba había ardido.
—¿Y aquí? —preguntó Alma.
—No.
Gabriel se acercó al comunicador.
—La trazabilidad completa está en el backup.
—Por fin una respuesta útil —dijo ella.
—No significa que vaya a permitirte entrar.
—Tú ya elegiste tu posición.
—Mi posición es evitar conclusiones antes de tener pruebas.
Alma señaló a Tomás.
—Tu prueba está tumbada delante de ti.
—Un caso no establece causalidad.
—Cinco receptores del mismo lote pueden hacerlo.
—Solo uno presenta una hemorragia grave.
La casa emitió un tono desde el analizador.
Inés se volvió.
En la pantalla aparecieron cuatro resultados.
Los leyó una vez.
Después volvió a leerlos.
Elena pulsó el comunicador.
—¿Qué ocurre?
Inés tomó la tableta y salió de la zona presurizada. Se detuvo en la antesala, lo bastante cerca del cristal para que todos pudiéramos verla.
—Las plaquetas de Nico están en setenta y dos mil —dijo—. Ya lo sabíamos.
Deslizó el dedo.
—Elena, noventa y cuatro mil.
Mi hermana dejó de respirar durante un instante.
—Adrián, ochenta y nueve mil.
Mi padre no reaccionó.
Inés miró a Gabriel.
—Cincuenta y seis mil.
El científico se apoyó contra la pared.
—Eso puede deberse a una interferencia del analizador.
—Cuatro interferencias en cuatro receptores.
—Necesitamos repetir.
—Repetiremos.
Otra señal apareció.
La muestra de Alma.
Inés leyó el resultado:
—Doscientas cuarenta y ocho mil.
Dentro del rango normal.
Alma se acercó al cristal, con las muñecas todavía unidas por la abrazadera.
—Ya podéis dejar de preguntaros qué he traído a la casa.
Miró a Adrián, Elena y Gabriel.
—Lo llevabais dentro antes de que yo llegara.