Capítulo 4 #3
—Julián —llamó Sofía—, estoy perdiendo tu ubicación.
—Seguimos hacia el sector ámbar.
—No figura una ruta continua.
—Nora dice que sí.
—Nora tenía doce años la última vez que entró.
—Trece —corregí.
Mi voz produjo un eco extraño.
Adelante, algo golpeó la pared.
Julián aceleró.
El pasadizo terminaba en un espacio triangular ocupado por tuberías antiguas. Una escalera de hierro ascendía hasta una trampilla. Julián probó el cierre.
—Está bloqueada desde arriba.
—La despensa —dije—. Probablemente pusieron un armario encima.
—¿Otra salida?
Señalé una abertura baja.
—Conduce al conducto de calefacción del comedor.
—¿Cabe una persona?
—Cuando era niña, sí.
—Alma no es una niña.
—Tampoco yo.
El conducto había sido ampliado durante la reforma. Una tapa metálica estaba apoyada contra la pared.
Alma había pasado por allí.
Julián se agachó y alumbró el interior.
—La veo.
Se introdujo.
Nico se arrodilló para seguirlo.
—Tú no —dije.
—No voy a dejarla sola con él.
—Julián no quiere matarla.
—Quiere el dispositivo.
—También nosotros.
—No para lo mismo.
Desde el otro lado escuchamos la voz de Julián.
—Deténgase.
Un ruido seco.
Después, el sonido de una carrera.
Nico entró en el conducto.
Maldije y fui detrás.
Avanzamos unos cinco metros hasta una rejilla abierta. Salimos detrás de una pared de almacenamiento del Comedor Ámbar.
La mesa seguía puesta. Los platos de la cena permanecían en los compartimentos automáticos y las copas brillaban bajo la luz amarilla.
Alma estaba junto al acceso principal.
La compuerta había descendido antes de que pudiera cruzarla.
Julián se aproximaba desde la despensa.
Ella giró, buscó otra salida y descubrió que la puerta hacia la cocina también estaba cerrada.
—Se acabó —dijo él.
Alma sostenía la unidad de transferencia con la mano derecha. Con la izquierda presionaba el rasgón del traje. La mancha se había extendido hasta la pierna.
—Abre la puerta —ordenó a Sofía.
La respuesta llegó por los altavoces.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No sin abrirle el sector a Adrián.
—Necesito llegar al servidor.
—Ya no.
Alma levantó la cabeza hacia una cámara.
—Sofía.
La manera de pronunciar su nombre confirmó todo lo que ella había negado.
Julián avanzó.
—Coloque el dispositivo sobre la mesa.
—Si te lo doy, Adrián destruirá los registros.
—No voy a entregárselo.
—Trabajas para él.
—Esta noche trabajo para todos los que están dentro de la casa.
—Entonces empieza por Tomás.
Nico salió detrás de la pared.
—¿Sabes cómo ayudarlo?
Alma dio un paso en su dirección.
Julián levantó el arma.
—Quieta.
Ella se detuvo.
—Nico, vuelve con Inés.
—Dime si es Lázaro.
El visor negro ocultaba su expresión.
—Sí.
La palabra quedó suspendida sobre la mesa que todavía conservaba nuestras copas.
—¿Qué hace? —preguntó Nico.
—No aquí.
—¿Por qué estoy perdiendo plaquetas?
—Necesito los datos del servidor para saber si la reacción es reversible.
Elena comenzó a golpear la compuerta desde el otro lado.
—¡Nico!
Alma miró hacia ella.
—Tu madre sabe que hubo otros casos.
—No hables de ella —dijo Nico.
—Elena retrasó el informe.
—He dicho que no hables de ella.
—Si quieres vivir, tendrás que escuchar cosas peores.
Julián aprovechó el momento y se acercó lo suficiente para sujetarla.
Alma giró el cuerpo y golpeó su brazo con la unidad de transferencia. La pistola cayó sobre la mesa, chocó contra una copa y la lanzó al suelo.
Nico retrocedió.
Julián atrapó la muñeca de Alma. Ella intentó soltarse, pero la pierna herida cedió. Ambos chocaron contra el borde de la mesa.
La unidad cayó.
Corrí y la recogí antes de que mi padre pudiera ordenar a alguien que la destruyera.
—Dámela —dijo Julián.
—Primero suéltala.
—Está armada.
—Te ha golpeado con un disco duro.
Alma intentó incorporarse. Julián le inmovilizó los brazos detrás de la espalda.
—Quieta.
—No puedo respirar.
—El traje está funcionando.
—El filtro se dañó en el túnel.
Nico se acercó.
—Déjala levantarse.
—Atrás.
—Se está ahogando.
El visor comenzaba a cubrirse de condensación. Alma intentó girar la cabeza, pero Julián mantenía su cuerpo contra el suelo.
Me arrodillé.
—Voy a abrir el visor.
—No —ordenó Julián.
—Si realmente existe una exposición, el traje ya está roto y llevamos diez minutos respirando el mismo aire.
—No sabemos qué transporta.
—Sabemos que Tomás empezó a sangrar antes de tocarla.
Alma golpeó una vez el suelo con los dedos.
Su respiración llegaba entrecortada a través del filtro.
Julián aflojó la presión lo suficiente para que pudiera incorporarse.
—No haga movimientos bruscos.
Busqué el cierre lateral del visor. Uno de los enganches estaba deformado. Tiré con fuerza.
La pieza no cedió.
—A la izquierda —consiguió decir Alma.
Encontré una pestaña bajo el cuello y la presioné. El visor se abrió con un chasquido.
Una bocanada de aire húmedo salió del traje.
Alma Rojas levantó la cara.
Tenía sangre seca en la sien, el cabello pegado a la frente y la misma expresión con la que cinco años antes había exigido que dejáramos de mentir.
La mujer a la que yo había borrado en tres párrafos respiraba delante de mí.