La casa dice que somos diez Capítulo 4 #2
34%

Capítulo 4 #2

La voz salió distorsionada por el filtro del traje.

—No te acerques.

Era una voz de mujer.

Nico dejó escapar el aire.

—Alma.

—Vuelve a la clínica.

—¿Qué nos está pasando?

Ella miró hacia la cámara situada sobre el estudio.

—Aquí no.

—¿Es Lázaro?

Julián avanzó un paso.

—El dispositivo en el suelo.

La figura apretó el objeto contra el pecho.

—No.

—No voy a repetirlo.

—Entonces tendrás que pensar algo nuevo.

La distorsión no eliminaba completamente el timbre. Yo había escuchado aquella voz durante reuniones, videollamadas y una conversación final que duró nueve minutos.

Recordé a Alma sentada frente a mí en una sala de comunicación, exigiendo que retiráramos el anuncio de seguridad de Lázaro-7. Yo le pedí pruebas. Ella respondió que las pruebas estaban en los cuerpos y que nuestra obligación consistía en buscarlas.

Tres días después redacté el comunicado que cuestionaba su integridad científica.

—Alma —dije.

El visor se volvió hacia mí.

—Nora.

Mi nombre no sonó como un saludo.

Julián aprovechó la distracción y redujo la distancia.

Alma retrocedió.

—No des otro paso.

—Deje el dispositivo.

—Si Adrián llega al servidor, lo borrará.

—El Núcleo Negro está protegido contra eliminación.

—Pregúntale por las muestras que ardieron esta noche.

—Eso no tiene relación con su presencia ilegal.

—Tiene toda la relación.

Julián avanzó otra vez.

Alma corrió.

No se dirigió hacia los accesos habitables. Atravesó las plantas, saltó el canal estrecho del estanque y alcanzó el estudio de Ana.

Julián fue detrás.

—¡Quedaos aquí!

Nico ya había empezado a seguirlos.

Lo agarré por la camisa.

—Tienes las plaquetas bajas.

—Ella sabe por qué.

—Y no podrá contártelo si te golpeas la cabeza intentando perseguirla.

—Suéltame.

—No.

Se volvió hacia mí con los ojos llenos de una furia que no pertenecía únicamente a aquella noche.

—Llevas cinco años decidiendo cuándo puedes sujetarme.

Aflojé la mano.

Nico se apartó y corrió hacia el estudio.

Lo seguí.

Las puertas originales habían sido sustituidas por paneles transparentes, pero el mecanismo conservaba las manillas de bronce elegidas por mi madre. Una de las hojas estaba abierta.

Julián se encontraba en el interior, apuntando hacia una escalera que descendía bajo el suelo.

—Sofía, bloquea la salida del depósito.

—Estoy intentando localizarla —respondió por el comunicador.

—Ha bajado.

—El sensor no confirma movimiento en el nivel inferior.

—La he visto.

—Entonces el depósito puede interferir con la lectura.

El estudio olía a papel, madera y humedad.

Mi padre lo había mantenido casi vacío. Una mesa de dibujo ocupaba el centro y varias maquetas de la casa descansaban en estanterías protegidas por vidrio. Sobre una de ellas, mi madre había escrito con lápiz los nombres de los siete colores.

Azul para recibir.

Ámbar para compartir.

Verde para crecer.

Violeta para dormir.

Los otros tres nombres habían desaparecido bajo una pieza de metal instalada durante la reforma.

Julián encendió las luces de la escalera.

—Nico, si bajas, te sacaré por la fuerza.

—Ella me ha pedido que vuelva a la clínica. Si quisiera hacerme daño, habría dejado que me acercara.

—También puede necesitar que confiemos en ella.

—Eso es más de lo que habéis permitido hasta ahora.

—Quedaos detrás de mí —dije.

Julián me miró, incrédulo.

—Usted también se queda.

Se internó en la escalera.

Esperamos hasta que desapareció.

Nico contó tres segundos y comenzó a bajar.

—Te pareces demasiado a tu madre —murmuré.

—Ella nunca habría entrado.

—Por eso lo he dicho.

Descendí detrás.

La escalera terminaba en una galería estrecha de piedra. El aire era más frío y olía al agua almacenada bajo el jardín. Una fila de luces se encendió a medida que avanzábamos.

Julián estaba frente a una compuerta circular.

—Está cerrada.

Sofía respondió:

—No he dado la orden.

—¿Puede cerrarse manualmente desde el otro lado?

—Sí.

—Entonces está dentro.

Se acercó al mecanismo lateral y retiró la cubierta.

—Necesito el código.

—No lo fuerces —advirtió Sofía—. Es una compuerta de presión antigua. Si rompes el cierre, puede quedar bloqueada.

—Dame el código.

—Siete, tres, uno, nueve.

Julián introdujo los números.

La luz permaneció roja.

—Código inválido.

—Repítelo.

Lo hizo.

Nada.

—Lo ha cambiado —dijo.

Sofía guardó silencio.

—¿Quién? —preguntó Julián.

—No puedo modificar ese código desde el sistema principal.

—No he preguntado si puedes hacerlo desde el sistema.

—Alguien lo cambió físicamente.

—¿Cuándo fue la última inspección?

—Hace tres semanas.

—¿Quién la realizó?

La comunicación emitió una interferencia breve.

—Yo.

Julián golpeó la compuerta con la palma.

—Alma Rojas. Abra.

No hubo respuesta.

Nico se acercó.

—Déjame hablar.

—No.

—Sabes que es ella.

—Sé que una mujer con información interna ha entrado ilegalmente, ha manipulado la seguridad y se niega a entregar un dispositivo.

—Y yo sé que no me haría daño.

Julián giró hacia él.

—La gente puede quererte y seguir siendo peligrosa.

La frase llegó hasta Nico con una precisión que ninguno de nosotros esperaba.

La luz de la compuerta pasó de rojo a verde.

Julián levantó el arma.

La puerta circular se abrió lentamente.

Al otro lado no había nadie.

Solo una pasarela de metal sobre el antiguo depósito de agua. En el extremo opuesto, otra abertura conducía hacia la oscuridad.

—¿Adónde va? —preguntó Julián.

—Al anillo técnico —respondió Sofía—. Si alcanza la bifurcación, puede llegar al Núcleo Negro o al sector ámbar.

—Cierra ambas rutas.

—El cierre del núcleo ya está bloqueado.

—Entonces la otra.

Un golpe metálico sonó al fondo del depósito.

Julián cruzó la pasarela.

Nico lo siguió.

Cuando apoyó el pie sobre la primera placa, una alarma apareció en su pulsera.

— Usuario Nicolás Varela: alteración cardíaca detectada. Reduzca la actividad física.

—Estoy bien —dijo.

—Vuelve —ordené.

—No.

—Tu cuerpo acaba de enviarte una notificación.

—Mi cuerpo lleva veinte años enviando notificaciones.

Siguió adelante.

La pasarela vibraba bajo nuestros pasos. Debajo, el agua reflejaba las luces en líneas verdes. Las paredes de piedra pertenecían a la construcción original; los conductos metálicos, a las reformas de mi padre.

La casa de Ana y Casa Cero se tocaban allí sin llegar a mezclarse.

Al alcanzar la otra abertura, Julián se detuvo.

Dos corredores se separaban frente a nosotros.

La ruta de la derecha estaba iluminada y llevaba al anillo técnico. La izquierda permanecía oscura.

—Ese corredor no aparece en el plano —dijo Sofía.

Miré la pared.

—Es el antiguo paso del invernadero.

—Se cerró durante la segunda reforma.

—Se cerró la entrada del estudio. No esta.

—¿Adónde conduce?

—Al patio ámbar.

Julián enfocó el suelo.

Había gotas oscuras sobre la piedra.

Sangre.

—Ha ido por aquí.

Nico se agachó.

—Está herida.

—No toques nada —dije.

Julián habló por el comunicador:

—Sofía, bloquea el Comedor Ámbar y abre la entrada desde el atrio. Que nadie cruce.

—Elena no va a aceptar otro cierre con Nico dentro.

—No necesito que lo acepte.

La iluminación del corredor izquierdo se encendió. Bombillas pequeñas, ocultas cerca del suelo, revelaron un pasadizo de piedra con menos de un metro de ancho.

—Mi madre lo utilizaba para transportar maquetas —expliqué—. Sale detrás de la antigua despensa.

—Usted vuelve al estudio con Nico.

—Si Alma conoce el paso, también conoce la salida.

—No pienso discutirlo en un túnel.

—Entonces avanza.

Julián entró de lado.

Nico esperó a que se alejara y se introdujo detrás. No intenté detenerlo otra vez.

El pasadizo obligaba a caminar con un hombro rozando la pared. El aire estaba más caliente y la señal del comunicador se debilitó.