La casa dice que somos diez Capítulo 4
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Capítulo 4

La figura roja permaneció inmóvil frente a la puerta del Núcleo Negro.

En la pantalla, los árboles del Jardín Verde se interponían entre ella y la cámara. Las hojas proyectaban sombras sobre el traje, pero el visor negro reflejaba la luz suficiente para ocultar cualquier rasgo.

El objeto rectangular seguía sujeto contra su pecho.

Julián amplió la imagen.

—¿Qué lleva?

Sofía examinó la pantalla.

—Podría ser una unidad de transferencia.

—¿Para copiar el servidor?

—Si consigue entrar.

Mi padre se acercó al panel.

—No puede.

—La autenticación del consejo montó una copia temporal —dije.

Adrián me miró.

Tomás había confirmado el mecanismo en su habitación, pero yo no pensaba entregarlo como fuente.

—¿Quién te ha contado eso?

—¿Importa?

—Sí.

—Entonces puedes preguntárselo cuando deje de sangrar.

Elena se interpuso entre nosotros.

—¿La copia sigue abierta?

Sofía consultó la tableta.

—La sesión de Aureon se interrumpió con el aislamiento, pero las credenciales continúan activas. El servidor tardará una hora en desmontar la copia si nadie cancela el proceso.

—Cancélalo —ordenó mi padre.

—No puedo hacerlo desde aquí.

—Tienes control de la casa.

—No del backup regulatorio.

—Desbloquea el núcleo.

—Eso le abriría la puerta.

La figura levantó el objeto y lo apoyó contra el panel exterior. Una luz recorrió el rectángulo. Después apareció una frase roja sobre la puerta:

ACCESO DENEGADO

La persona lo intentó otra vez.

AUTENTICACIÓN INCOMPLETA

—Le falta una credencial —dijo Sofía.

Mi padre se volvió hacia mí.

La pulsera temporal seguía ajustada a mi muñeca.

—La suya —añadió Julián.

—Mi participación no está autenticada —dije.

—Pero tu identidad sí —respondió Adrián—. El servidor esperaba nueve credenciales. Tiene ocho.

—¿Puede utilizar mi pulsera?

—No debería —dijo Sofía.

—¿Puede?

—Con acceso al anillo técnico y conocimientos suficientes, quizá.

Elena dio un paso hacia mí.

—Quítatela.

—No.

—Nora.

—Si la pulsera deja de emitir, la persona sabrá que hemos entendido lo que busca.

—Precisamente.

—Y cambiará de estrategia.

—No vamos a permitir que acceda a información protegida.

Nico miró la pantalla.

—Información sobre los muertos.

—No sabes qué contiene el servidor —replicó Elena.

—Por eso quiere entrar.

En la imagen, la figura retiró el dispositivo de la puerta. No parecía sorprendida por el fracaso. Giró la cabeza lentamente hacia la cámara.

Después levantó dos dedos y los apoyó sobre el pecho.

Dos golpes.

Una pausa.

Dos más.

Nico se acercó tanto a la pantalla que casi la tocó.

—Es Alma.

Elena lo agarró del brazo.

—No puedes saberlo.

—Me enseñó a respirar así.

—Cualquier persona puede hacer ese gesto.

—Cualquier persona no sabe que lo hacía conmigo.

La figura bajó la mano.

Julián activó su comunicador.

—Sistema, bloquea todas las salidas del Jardín Verde.

Sofía sujetó su muñeca antes de que confirmara.

—Espera.

Él miró su mano hasta que ella la retiró.

—La compuerta norte continúa abierta —explicó—. Si cierro el jardín ahora, puede retroceder al anillo y perderemos la señal.

—¿Qué propones?

—Abre el acceso desde el Atrio Azul. Entras por allí y la empujas hacia el estudio. Yo cierro detrás.

—¿Cuántas salidas tiene el estudio?

—Una al jardín y otra al antiguo depósito de agua.

—¿El depósito conecta con el anillo?

—Sí.

—Entonces no la empujo hacia el estudio.

Sofía amplió el plano.

—Puedo bloquear la salida del depósito cuando cruces el jardín.

—¿Puedes o crees que puedes?

—Puedo.

Julián la observó durante unos segundos.

—Si esa puerta se abre cuando estoy dentro, asumiré que la has ayudado.

—Si me amenazas durante una emergencia, asumiré que has perdido el tiempo.

Mi padre señaló la pantalla.

—Entra. Recupérala y recupera el dispositivo.

—¿Viva? —preguntó Nico.

Elena lo miró con horror.

—Por supuesto que viva.

La duda había durado menos de un segundo. Aun así, Nico la había escuchado.

Julián comprobó la pistola.

—Nadie más entra. Sofía controla las compuertas desde aquí.

—Necesitarás a alguien que conozca el estudio —dije.

—Ella me guiará.

—Los planos de mi madre no están digitalizados por completo.

—No necesito recorrer una ruina arqueológica.

—El estudio tiene un depósito bajo el suelo y dos accesos que no parecen puertas.

Sofía miró el plano, molesta.

—Los conozco.

—Encontraste uno porque te lo enseñé.

—Y desde entonces figura en el sistema.

—El otro no.

No estaba segura de que continuara existiendo. Mi madre había creado una abertura estrecha entre el estudio y el antiguo invernadero para transportar maquetas sin atravesar el jardín. Durante la reforma, mi padre ordenó cerrar el invernadero, pero nunca vi destruir el paso.

Julián negó con la cabeza.

—Se queda aquí.

La Clínica Roja emitió una señal.

Todos nos volvimos hacia el cristal.

Inés salió a la antesala con una tira de resultados en la mano. Su bata tenía una mancha de sangre cerca del bolsillo.

—La analítica de Nico está lista.

Elena soltó el brazo de su hijo y corrió hacia la clínica.

—¿Cómo está?

—Las plaquetas están en setenta y dos mil.

—¿Eso es peligroso?

—Es menos de la mitad del valor mínimo normal. No está en el nivel de Tomás, pero quiero repetir el análisis en una hora.

—¿Está sangrando?

—El punto de extracción ha tardado más de lo habitual en cerrar.

Elena se volvió hacia Nico.

—Entra en la clínica.

—No.

—No es negociable.

—Tomás necesita espacio.

—Hay dos módulos.

—No estoy enfermo.

—Tienes las plaquetas bajas.

—Y Alma está en la casa.

—Precisamente por eso vas a entrar.

Nico miró a Inés.

—¿Necesito tratamiento ahora?

Ella eligió las palabras con cuidado.

—Necesitas vigilancia, evitar golpes y avisarme si tienes dolor de cabeza, visión borrosa o cualquier sangrado.

—¿Puedo caminar?

—Sí.

—Entonces no voy a encerrarme.

Elena lo sujetó por los hombros.

—No sabes si esa persona te ha expuesto a algo.

—Empecé a perder plaquetas antes de verla.

—No sabemos cuándo entró.

—Yo recibí Lázaro-7 hace una semana. Ella no me ha inyectado nada esta noche.

—Nico —dijo Gabriel desde el interior de la clínica—, aún no podemos establecer una relación.

Él se acercó al comunicador.

—¿Cuánto tienes tú?

Gabriel no contestó.

—Te han sacado sangre. ¿Cuántas plaquetas tienes?

—El resultado todavía no está.

—¿Y mamá? ¿El abuelo?

—Están procesándose.

—Todos recibimos el mismo tratamiento —intervino Elena—. Eso no significa que todos vayamos a presentar la misma reacción.

—Tampoco significa que no.

La figura roja abandonó la puerta del Núcleo Negro.

En la pantalla la vimos retroceder hacia los limoneros.

—Se mueve —advirtió Sofía.

Julián abrió el acceso al Jardín Verde.

La compuerta se deslizó y dejó escapar una corriente de aire húmedo. Él cruzó con la pistola baja, pegado al muro.

La puerta comenzó a cerrarse.

Nico se soltó de su madre.

Elena intentó atraparlo, pero él ya corría hacia el jardín.

—¡Nico!

Llegó a la compuerta cuando solo quedaban unos centímetros. Metió el brazo entre las hojas metálicas.

Sofía interrumpió el cierre antes de que lo aplastaran.

—¡Atrás! —gritó Julián desde dentro.

Nico aprovechó la reapertura y cruzó.

Corrí detrás de él.

Elena agarró mi chaqueta, pero la tela resbaló entre sus dedos. Crucé mientras Sofía volvía a cerrar. Mi hermana quedó al otro lado, golpeando el panel.

—¡Sácalo de ahí!

Sofía miró su tableta.

—Tres personas autorizadas dentro. Una no identificada.

—Abre la puerta —ordenó Elena.

—Si la abro otra vez, pierdo el control del sector.

—Mi hijo tiene un trastorno de coagulación.

—Y está corriendo hacia un hombre armado. Te recomiendo que no le añadas una puerta descontrolada.

El cierre se completó a mi espalda.

Elena continuó hablando a través del comunicador, pero su voz quedó reducida por el cristal y el sonido del aire.

—Nico, vuelve inmediatamente.

Él no se detuvo.

Julián se giró hacia nosotros.

—¿Qué parte de “nadie entra” no han entendido?

—La parte en que vas a apuntar a una persona que conoce a mi sobrino —dije.

—Salgan.

—La puerta está cerrada.

—Sofía, abre.

—Negativo —respondió ella por el comunicador—. La figura está entre vosotros y el acceso. Si abro, puede alcanzar el atrio.

Julián miró hacia las cámaras.

—Tú has dejado entrar al chico.

—Evité que la compuerta le cortara el brazo.

—Ábrela cuando vuelva a solicitarlo.

—Cuando la ruta esté despejada.

Nico avanzó entre los árboles.

—¡Alma!

Su voz se extendió bajo la cubierta de vidrio.

No hubo respuesta.

El Jardín Verde había sido el mayor de los patios de mi madre.

Ella lo concibió como una transición entre la casa y la sierra: árboles frutales, plantas medicinales y un estanque estrecho que recogía el agua de lluvia.

Mi padre cubrió el espacio y sustituyó parte del suelo por conductos de climatización, pero conservó la vegetación.

Los árboles habían crecido sin viento. Sus ramas se inclinaban hacia la luz artificial y formaban corredores que no existían en los planos.

Julián avanzó por el lado izquierdo del estanque.

—Alma Rojas, no queremos hacerle daño. Coloque el dispositivo en el suelo y muestre las manos.

—Eso ha sonado muy sincero —murmuró Nico.

—No se aleje de su tía.

—Ella no sabe adónde vamos.

—Sé que vamos detrás de una persona vestida de rojo —dije—. Es suficiente por ahora.

El visor de Julián proyectaba la imagen térmica sobre una pequeña lente. Barrió el jardín.

—La tengo. Detrás del segundo limonero.

La figura salió antes de que él pudiera aproximarse.

Apareció a unos veinte metros, entre el estanque y el antiguo estudio. El traje rojo estaba rasgado a la altura del costado. Una mancha más oscura se extendía desde la abertura hasta la cadera.

Julián levantó la pistola.

—Quieta.

La figura se detuvo.

—Deje el dispositivo en el suelo.

Nico dio un paso.

—Alma.

El visor negro se orientó hacia él.

La mano izquierda volvió a subir hasta el pecho.

Dos golpes.

—Sé que eres tú —dijo Nico—. No voy a dejar que te hagan nada.

—Nicolás, retrocede —ordenó Julián.

—Ella puede saber qué nos está pasando.

—No sabemos quién es.

—Tú tampoco sabes a quién estás apuntando.

La figura movió la cabeza. Un gesto mínimo.

Después habló.