La casa dice que somos diez Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

La segunda puerta permaneció cerrada detrás de mí. Elena ya esperaba junto a Nico. Mi padre estaba a unos pasos. Gabriel se había quedado dentro con Tomás.

Sofía se acercó desde el corredor.

—He iniciado el cierre del Ala Violeta. Tenemos cuatro minutos para retirar cualquier objeto imprescindible.

Recordé la carpeta escondida en mi dormitorio.

—Necesito entrar.

—¿Para qué?

—Documentos.

—¿Qué documentos?

—Personales.

Julián apareció al final del corredor.

—Nadie entra en el ala hasta que termine la inspección.

—Sofía acaba de decir que se cerrará en cuatro minutos.

—Precisamente.

—Hay información que necesito sacar.

—Puede esperar.

—No cuando cierres la puerta.

—La recuperará después de que sepamos qué está ocurriendo.

Nico se colocó a mi lado.

—Son míos.

Elena lo miró.

—¿Qué son?

—Papeles.

—¿Qué papeles?

—Los nombres.

No necesitó explicar más.

Mi hermana perdió el color que todavía conservaba.

—¿Los has traído aquí?

—Sí.

—¿Dónde están?

—En la habitación de Nora.

Elena avanzó hacia el corredor.

Julián le bloqueó el paso.

—He dicho que nadie entra.

—Es documentación robada a la empresa.

—Son fotografías de personas muertas —dije.

—No sabes de dónde proceden.

—Por eso necesito conservarlas.

—Entrégamelas.

—No las tengo.

—¿Y esperas que permita que una persona escondida en la casa llegue antes que nosotros?

La posibilidad hizo que Nico mirara hacia el Ala Violeta.

Si Alma estaba detrás de los muros, quizá la carpeta no representaba nada para ella. Si la décima persona era alguien enviado por mi padre o Elena, dejar los documentos allí equivalía a entregarlos.

Sofía consultó el temporizador.

—Tres minutos.

—Yo entraré —dijo Julián—. Indíqueme dónde están.

Nico negó con la cabeza.

—Voy contigo.

—No.

—No sabes dónde buscar.

—Me lo dices.

—Quiero ver que no haces copias.

Julián lo observó.

—No voy a negociar contigo.

—Entonces no te digo dónde están.

—Nicolás —dijo Elena.

—Son míos.

—Los datos pertenecen a la empresa.

—Los muertos pertenecen a sus familias.

Mi padre se acercó.

—Julián, acompáñalos. Dos minutos. Nadie se separa.

—Señor Varela...

—Dos minutos.

Julián abrió el acceso al Ala Violeta con su pulsera.

—Delante de mí. Los dos.

Nico y yo entramos.

Las manchas de sangre de Tomás continuaban sobre el suelo. La iluminación violeta las oscurecía hasta volverlas casi negras.

La casa comenzó una cuenta atrás:

— Cierre del sector en ciento veinte segundos.

Llegamos a mi antiguo dormitorio. Abrí el armario y retiré la tabla posterior. La carpeta seguía allí.

Nico la tomó.

—¿Eso es todo? —preguntó Julián.

—Sí.

Un sonido llegó desde detrás de la pared.

El mismo roce irregular.

Julián levantó la pistola y nos indicó que retrocediéramos.

—Salga.

Nadie respondió.

—Sabemos que está ahí.

El roce se interrumpió.

La casa anunció:

— Cierre del sector en noventa segundos.

Julián abrió el armario y examinó el hueco del que habíamos sacado la carpeta.

—¿Adónde conduce?

—A un antiguo conducto de agua —respondí.

—¿Puede entrar una persona?

—No desde aquí.

Introdujo la linterna. La luz reveló tablas, piedra antigua y una superficie metálica al fondo.

—Esa placa no estaba cuando éramos niños —dijo Nico.

Julián acercó la mano.

Del otro lado sonaron dos golpes.

Una pausa.

Dos más.

Nico se tensó.

—Alma.

Julián lo miró.

—¿Qué has dicho?

—Es una señal que utilizaba conmigo.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Alma Rojas está detrás de esta pared?

Nico se acercó al armario.

—Alma, soy yo.

Ninguna respuesta.

—Sé que estás ahí.

La casa continuó:

— Cierre del sector en sesenta segundos.

Julián apartó a Nico y golpeó la placa con la empuñadura del arma.

—Alma Rojas, está dentro de una propiedad privada durante una emergencia. Diríjase al acceso más cercano y muestre las manos.

Silencio.

—Si la compuerta se cierra, esta sección puede perder ventilación.

Siguió sin haber respuesta.

Sofía habló por el comunicador:

—Julián, salid ahora. El cierre no puede retrasarse sin reiniciar toda la presurización.

—Tengo contacto probable con el intruso.

—No hay contacto si no responde. Fuera.

La cuenta llegó a cuarenta y cinco segundos.

Nico sujetó la carpeta contra el pecho.

—No se quedará ahí. Conoce la casa.

—Eso intentamos averiguar —dijo Julián.

Nos hizo salir del dormitorio.

Al cruzar el corredor, miré hacia atrás. La puerta del armario continuaba abierta. Detrás de la tabla retirada solo se veía oscuridad.

— Treinta segundos.

Atravesamos el límite del Ala Violeta.

Sofía esperaba junto al panel. En cuanto pasamos, cerró la compuerta. Una lámina gris descendió hasta tocar el suelo y ocultó el corredor, las habitaciones y la sangre de Tomás.

La línea superior cambió a rojo.

— Ala Violeta aislada —anunció la casa.

Julián se volvió hacia Sofía.

—Hay una placa de acceso detrás del armario de Nora.

—No figura en los planos técnicos.

—Existe.

—Entonces pertenece a la construcción original.

—Quiero que la abras desde el anillo.

—Cuando termine de estabilizar la clínica.

—Ahora.

—La clínica mantiene vivo a Tomás. El intruso lleva varias horas respirando sin nuestra ayuda.

Julián se acercó a ella.

—Nico ha identificado a Alma Rojas.

La expresión de Sofía no cambió.

—Nico ha escuchado unos golpes.

—Una señal que ella utilizaba con él.

—Eso reduce las posibilidades. No las elimina.

—¿La ayudaste?

—Ya he contestado.

—Contestaste que no la ayudaste a entrar.

Sofía guardó la tableta bajo el brazo.

—¿Y qué quieres preguntarme esta vez?

Julián no llegó a hacerlo.

Inés golpeó el cristal de la Clínica Roja.

El analizador había terminado.

Entramos en la antesala. Solo Inés salió de la zona presurizada. Se quitó los guantes y los depositó en el contenedor antes de abrir el comunicador.

—Las plaquetas de Tomás están en dieciocho mil.

Gabriel apareció detrás del cristal.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué significa?

—Lo normal está por encima de ciento cincuenta mil. Con dieciocho mil puede sangrar sin lesión y existe riesgo de hemorragia interna.

Nico apretó la carpeta.

—¿Por Lázaro?

—Aún no lo sé.

—¿Puede ser por la persona de la casa? —preguntó mi padre.

—Tomás comenzó a encontrarse mal antes de cualquier posible contacto.

—Eso no descarta una exposición anterior.

—No, pero tampoco la demuestra.

Elena señaló el módulo de extracción.

—Haznos las pruebas.

—Eso intento.

Tomó primero la muestra de Nico. Él se sentó y extendió el brazo sin protestar. Inés eligió una zona alejada del hematoma.

Después pasaron Elena, Adrián y Gabriel. El científico salió de la clínica únicamente para permitir la extracción y volvió con Tomás. Ninguno habló mientras la sangre llenaba los tubos.

Cuando Inés terminó, miró hacia mí.

—¿Tú recibiste Lázaro-7?

—No.

—¿Ninguna dosis?

—Nunca.

Elena se ajustó la manga.

—No quiso.

—No era necesario —dije.

—Tampoco era peligroso.

Miramos a Tomás detrás del cristal.

Mi hermana desvió los ojos.

Inés etiquetó los cuatro tubos.

—El analizador procesará primero a Nico. Después Elena, Adrián y Gabriel.

—¿Cuánto tardará? —preguntó mi padre.

—Unos cuarenta minutos en total.

—¿Qué hacemos mientras?

—Tomás necesita vigilancia. Los demás no se alejan y me informan de cualquier sangrado, mareo, dolor de cabeza o cambio en la visión.

—Tenemos una intrusión —recordó Julián.

—Y yo tengo cinco posibles pacientes.

—Cuatro —corrigió Elena—. Tomás ya está enfermo.

Inés la miró.

—Cinco.

Nico flexionó los dedos del brazo recién pinchado. Una gota de sangre apareció bajo el algodón.

Inés presionó con más fuerza.

—No lo sueltes durante diez minutos.

—Ha sido una aguja.

—Diez minutos.

Sofía regresó al plano de la casa. El punto blanco había reaparecido.

—Julián.

Todos nos acercamos.

La señal se desplazaba lentamente por el límite exterior del Jardín Verde.

—Ha salido de la sección violeta —dijo él.

—Antes de que la cerráramos —respondió Sofía—. Está en el corredor técnico junto al estudio de Ana.

—¿Hay salida hacia el jardín?

—Una compuerta de mantenimiento detrás del muro norte.

—Bloquéala.

Sofía pulsó el control.

La línea no cambió de color.

Lo intentó otra vez.

—No responde.

—¿Por qué?

—Está abierta.

Julián desenfundó la pistola.

En el panel principal apareció una imagen granulada procedente de una de las cámaras del jardín. Al principio solo distinguí las hojas de los limoneros y el reflejo de las luces sobre el cristal.

Después algo se movió entre los árboles.

Una persona cubierta por un traje rojo salió lentamente de detrás del antiguo estudio de mi madre.

Llevaba el visor negro bajado. Una mano permanecía apoyada contra el costado; la otra sujetaba un objeto rectangular contra el pecho.

No miraba hacia la cámara.

Miraba hacia la puerta cerrada del Núcleo Negro.