La casa dice que somos diez Capítulo 3
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Capítulo 3

Inés llegó antes de que Tomás cayera.

Lo sujetó por el pecho y lo obligó a sentarse contra la pared. Él intentó apartar la mano de la boca, pero ella se la devolvió inmediatamente.

—Inclínate hacia delante. No tragues.

La sangre continuaba saliendo entre sus dedos. Había manchado el cuello de la camisa y formado tres gotas redondas sobre el suelo violeta.

Nico permanecía junto a mí, paralizado.

—Ve a buscar a Gabriel —le ordené.

No reaccionó.

—Nico.

Echó a correr hacia el atrio.

Me arrodillé al otro lado de Tomás. Tenía los ojos abiertos y respiraba deprisa por la nariz. Una línea roja descendía desde una fosa nasal.

—¿Puedes respirar? —preguntó Inés.

Él asintió.

—No hables. Abre la boca.

Tomás retiró la mano. La sangre cubría las encías y los dientes, pero no parecía salir de la garganta. Inés enfocó con la linterna del móvil médico que llevaba en el bolsillo.

—¿Te has mordido?

Negó con la cabeza.

—¿Te duele el pecho?

Otra negación.

—¿Mareo?

Asintió.

—Nora, trae una toalla. La primera puerta a la derecha.

Entré en el dormitorio y regresé con dos. Inés dobló una y se la entregó a Tomás para que presionara la nariz. Utilizó la otra para limpiar la sangre de su boca.

—Despacio —dijo—. No te tumbes.

Tomás señaló el suelo.

—Olvídate del suelo.

Julián apareció primero, con la pistola en la mano. Sofía venía detrás. Al ver la sangre, se detuvo fuera del corredor.

—Guarde eso —ordenó Inés.

—Hay una persona no identificada en esta zona.

—Y hay un paciente sangrando. No necesito que le dispares.

Julián guardó el arma, aunque mantuvo la mano cerca de la funda.

Gabriel, Elena y mi padre llegaron juntos. Nico regresó con ellos.

Elena vio a Tomás y se llevó una mano al pecho.

—¿Qué ha pasado?

—Hemorragia oral y nasal espontánea —respondió Inés—. Necesito trasladarlo a la clínica.

Gabriel se agachó junto a ella.

—¿Ha tosido sangre?

—No. Parece gingival.

—¿Alguna lesión?

—Ninguna visible.

Mi padre se volvió hacia Sofía.

—Abre la Clínica Roja.

Ella no se movió.

—Tengo que cambiar la presión del sector. Tardará dos minutos.

—Hazlo.

Sofía activó el plano de la casa.

—Cuando abra la clínica, el sistema aislará su circulación de aire. Nadie entra después sin autorización médica.

—Inés y Gabriel entran con él —dijo Adrián.

—Yo decido quién entra —replicó Inés—. Gabriel puede ayudar, pero necesito espacio.

Tomás levantó una mano ensangrentada.

—Me emociona que discutáis por mí.

Su voz salió deformada por la toalla.

—He dicho que no hables —dijo Inés.

—Solo quería participar.

Ella le retiró la compresa de la nariz, examinó el flujo y colocó otra limpia.

—¿Cuándo empezaste a sangrar?

—Ahora.

—La camisa ya tenía sangre cuando saliste de la habitación.

—No la había visto.

—¿Cuándo empezaste?

Tomás cerró los ojos.

—Me lavé los dientes después de cenar.

—¿Sangraron las encías?

—Un poco.

—¿Y no me lo dijiste?

—Pensé que había apretado demasiado.

Inés respiró por la nariz. No perdió el control, pero vi cómo su mano se detenía un instante sobre el hombro de su marido.

—¿Algo más?

—Me picaban los brazos.

Le subió las mangas.

El hematoma del antebrazo se había extendido. Los pequeños puntos rojos que yo había visto en el dormitorio llegaban ahora hasta el codo. Había otros en el brazo derecho.

Gabriel acercó la linterna.

—Petequias.

—Ya lo sé —respondió Inés.

—Puede ser una reacción inmune.

—También lo sé.

Elena abrazó a Nico por los hombros. Él intentó apartarse, pero ella no lo soltó.

—Enséñame los brazos —le dijo.

—Ya los has visto.

—Los dos.

—Mamá.

—Ahora.

Nico extendió los brazos. En el izquierdo tenía el hematoma de la inyección; el derecho parecía limpio. Elena recorrió su piel buscando puntos semejantes a los de Tomás.

—No tiene petequias —dijo.

—Todavía no sabemos qué estamos buscando —advirtió Inés.

—¿Crees que es contagioso?

Inés miró a Gabriel antes de contestar.

—No creo nada hasta tener una analítica.

La casa habló:

— Clínica Roja preparada. Presión negativa estable. Acceso médico autorizado.

Sofía señaló el corredor que atravesaba el extremo sur del atrio.

—La ruta está abierta. Después tendré que aislar el Ala Violeta.

—¿Por qué? —pregunté.

—Hay fluidos biológicos en el suelo y una persona no identificada se ha desplazado por el anillo contiguo. Si esto es una exposición, el protocolo exige contener el sector.

—No sabemos si ha habido una exposición —dije.

—El sistema no exige certezas.

—El sistema hace lo que le dices —respondió Nico.

Sofía lo miró.

—Y yo prefiero cerrar un pasillo antes que descubrir dentro de una hora que debí hacerlo.

Julián activó el comunicador de su pulsera.

—Sistema, localiza el patrón adicional.

— Señal respiratoria no identificada fuera de alcance. Última detección: cuadrante oeste, entre el Jardín Verde y el Ala Violeta.

Mi padre señaló las manchas de sangre.

—Ha estado aquí.

—No necesariamente —dijo Sofía.

—La casa la detectó detrás de esta pared.

—Y Tomás empezó a encontrarse mal durante la cena —intervine—. Antes del censo. Antes de que buscáramos a nadie.

Gabriel levantó la cabeza.

—¿Durante la cena?

—Sudaba. Casi se cayó al levantarse.

Inés miró a su marido.

—Dijiste que había sido un mareo.

Tomás apretó la toalla contra la nariz.

—Eso fue.

—¿Cuándo empezaste a sentirte mal exactamente?

Él pensó.

—Antes del incendio.

Elena aflojó los brazos alrededor de Nico.

La información no encajaba con el intruso, la nube exterior o el traje rojo. Tomás ya presentaba síntomas cuando la casa todavía estaba abierta y todos los invitados ocupaban sus lugares autorizados.

Mi padre no permitió que el silencio se prolongara.

—Puede haber estado expuesto en otro lugar.

—No ha ido al laboratorio esta semana —dijo Inés.

—Recibió Lázaro.

La frase de Gabriel apenas superó el sonido de la ventilación.

Todos lo escuchamos.

Inés se volvió hacia él.

—¿La dosis puede provocar esto?

—Las primeras versiones produjeron alteraciones transitorias de coagulación.

—¿Lázaro-7?

—No con esta intensidad.

—Eso no es un no.

—No tenemos datos suficientes.

Nico soltó una risa sin humor.

—Siempre tenemos pocos datos cuando empiezan a molestar.

Tomás intentó levantarse. Sus piernas cedieron antes de quedar completamente extendidas.

Gabriel y yo lo sujetamos. La toalla cayó al suelo.

La sangre de su boca había disminuido, pero sus labios comenzaban a perder color.

—Lo llevamos ahora —ordenó Inés.

Julián se colocó delante.

—Necesito comprobar la ruta.

—Si retrasas el traslado por buscar a alguien que no sabemos dónde está, te apartaré yo misma.

Julián la miró y comprendió que no exageraba.

—Sofía, ilumina el recorrido completo. Bloquea los accesos técnicos.

—Puedo iluminarlo. No puedo garantizar que todas las compuertas respondan mientras equilibramos la clínica.

—Haz lo posible.

Tomás pasó un brazo sobre mis hombros y otro sobre Gabriel. Pesaba más de lo que recordaba. Avanzamos lentamente hacia el atrio, dejando pequeñas manchas rojas en el suelo.

Al cruzar el jardín central, miró los árboles.

—Mamá se enfadaría —murmuró.

—Por la sangre o por la reforma —pregunté.

—Por el suelo.

—Te perdonaría el suelo.

—A ti te perdonaba todo.

—Guarda fuerzas.

—Eso es que ya no quieres escucharme.

No respondí.

Elena caminaba detrás con Nico. Mi padre iba delante, junto a Julián, como si su presencia pudiera despejar el corredor.

Atravesamos el acceso a la Clínica Roja.

La primera puerta se cerró a nuestra espalda antes de que se abriera la segunda. Un indicador mostró la diferencia de presión. Sentí un pequeño tirón en los oídos.

La clínica había sido construida después de la muerte de mi madre y no conservaba nada de ella.

Paredes claras, suelo continuo, armarios sellados y luces capaces de eliminar cualquier sombra. El rojo procedía de los paneles de vidrio que separaban la zona médica del corredor exterior. Desde dentro, las personas al otro lado parecían observadores sumergidos en un líquido oscuro.

Inés señaló la camilla.

—Aquí.

Ayudamos a Tomás a tumbarse. Ella elevó el respaldo para mantenerlo incorporado y conectó los monitores.

El sonido de su corazón llenó la sala.

Ciento veintiséis pulsaciones.

—¿Es necesario que todos escuchemos eso? —preguntó Tomás.

—Sí.

—El mío suele tener mejor ritmo.

—Cállate.

Inés le colocó una vía mientras Gabriel preparaba los tubos para la extracción.

—Hemograma, coagulación completa, función hepática, marcadores inflamatorios —enumeró ella—. Y quiero una muestra separada para comparar con la analítica previa a Lázaro-7.

Gabriel sostuvo el tubo sin insertarlo en el soporte.

—La muestra previa está en San Gregorio.

—Entonces accede al registro.

—El servidor clínico exterior puede no estar disponible.

—Hay un backup en esta casa.

Gabriel miró hacia el cristal rojo. Mi padre estaba al otro lado.

—El Núcleo Negro está bloqueado.

—Desbloquéalo.

—Yo no puedo.

—Pues llama a alguien que pueda.

Tomás abrió los ojos.

—No dejes que papá entre allí.

Inés se inclinó sobre él.

—¿Qué has dicho?

—Nada.

—Has dicho algo sobre Adrián.

—Estoy mareado.

—No tanto como para convertirte en poeta.

Gabriel colocó finalmente el tubo en el analizador.

—El hemograma básico tardará ocho minutos.

—¿Y la coagulación?

—Quince.

—Prepara las muestras de los otros receptores.

Elena estaba junto al cristal. No podía escuchar, pero reconoció su nombre en los labios de Inés y pulsó el comunicador.

—¿Qué necesitas?

Inés se acercó al panel.

—Analíticas de todos los que recibieron Lázaro-7.

—¿Por qué?

—Porque Tomás presenta una hemorragia espontánea siete días después de la administración.

—También hay una intrusión y un accidente químico.

—Por eso quiero datos.

Elena miró hacia Nico.

—Empieza por mí.

—Empezaré por todos.

Mi padre activó su canal.

—¿Es imprescindible?

—Sí.

—No tengo síntomas.

—La ausencia de síntomas es información médica, no una dispensa.

Adrián parecía dispuesto a discutir, pero Inés cortó la comunicación.

—Nora, necesito que prepares el módulo de extracción exterior.

—No sé hacerlo.

—La casa te guiará.

—Eso es lo menos tranquilizador que has dicho esta noche.

—Aprieta un botón y no contamines nada.

Salí a la antesala.