La casa dice que somos diez Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

—Elena ha dicho que llevaba semanas desaparecida.

—Elena lleva semanas intentando encontrarla.

Guardé la fotografía de Lucía dentro de la carpeta.

—¿Por qué no me contaste esto antes de venir?

Nico se apoyó en el escritorio.

—Porque podías reenviárselo a mamá.

—No trabajo para la empresa.

—Eso no significa que hayas dejado de protegerla.

—Llevo cinco años fuera.

—Sí. Te fuiste justo después de ayudarles a destruir a Alma.

La precisión del golpe me hizo cerrar la carpeta.

—Creí lo que me dijeron.

—Te pagaban para creerlo bien.

—Tenía documentos.

—Tenías frases.

—No conoces lo que ocurrió.

—Tú tampoco. Esa es la diferencia.

Quise recordarle que yo lo había acompañado a hospitales, dormido en sillas junto a Elena y aprendido a desinfectarme las manos antes de tocarlo. Quise preguntarle quién había escrito la frase que convenció a inversores de financiar el tratamiento que le permitió llegar a los veinte años.

Todo habría sido cierto.

También habría sido una forma de cobrarle por seguir vivo.

—¿Por qué me llamaste? —pregunté.

Nico bajó la mirada hacia la carpeta.

—Porque tienes los votos.

—Elena también.

—Mamá nunca detendría Lázaro.

—Es comprensible.

—No he dicho que no lo sea.

Se sentó en la cama que había sido mía.

—Cuando era pequeño, pensaba que Lázaro era una persona. Todos decían que iba a salvarme y yo imaginaba a un tío enorme entrando en la habitación.

—Nunca me lo contaste.

—Tú hiciste la campaña antes de preguntarme qué imaginaba.

La luz violeta endurecía su rostro. Aun así, pude ver al niño de la fotografía durante un instante.

—No quiero que destruyan el tratamiento —continuó—. Quiero saber qué les hizo a esas personas.

—¿Y si lo que les hizo también está ocurriéndote a ti?

Se cubrió el hematoma.

—Entonces quiero saberlo más deprisa.

Llamaron a la puerta.

Nico escondió la carpeta bajo la almohada.

Elena entró sin esperar respuesta.

Nos miró a los dos.

—¿Qué hacéis aquí?

—Una reconciliación familiar —dijo Nico—. Estaba a punto de resultar conmovedora.

—Julián ha ordenado permanecer en el atrio.

—Tú tampoco estás allí.

—Estoy buscando a mi hijo.

—Todos me encuentran. Es una de las ventajas de ser la imagen de la empresa.

Elena se acercó.

—Enséñame el brazo.

—Inés ya lo ha visto.

—Quiero verlo.

—Sigue siendo el mismo.

—Nico.

Él extendió el brazo. Elena levantó la manga y observó el hematoma.

Su rostro no cambió, pero pasó el pulgar cerca de los puntos rojos sin tocarlos.

—¿Tienes algún otro síntoma?

—No.

—¿Seguro?

—Mamá.

—Solo quiero saberlo.

—Estoy bien.

Ella mantuvo la mano alrededor de su muñeca unos segundos más. Después se volvió hacia mí.

—¿Qué te ha enseñado?

—Nada.

Nico me miró.

Elena también.

No estaba acostumbrada a que yo mintiera mal. Durante años me había pagado precisamente por lo contrario.

—No puedes utilizarlo contra la familia —dijo.

—¿Qué significa eso?

—Significa que está asustado, ha recibido información incompleta y tú has llegado dispuesta a interpretar cualquier cosa como una prueba de que hiciste bien en marcharte.

—No necesito demostrarlo.

—Entonces deja de comportarte como si todos tuviéramos que pedir perdón porque tú no soportaste quedarte.

Nico retiró el brazo.

—No habléis de mí como si no estuviera aquí.

—Esto no es sobre ti —dijo Elena.

Él rio.

—Todo Lázaro es sobre mí cuando os conviene.

La casa emitió dos notas graves.

La voz del sistema llenó el dormitorio.

— Señal respiratoria adicional detectada en el cuadrante oeste. Jardín Verde.

Elena se volvió hacia la puerta.

Nico sacó la carpeta de debajo de la almohada y me la entregó.

—Guárdala.

—¿Dónde?

Señaló el antiguo armario de mi habitación.

—Mamá no sabe que hay un hueco detrás.

Elena ya había salido al corredor.

Abrí el armario. En la pared posterior seguía la tabla suelta que Tomás y yo utilizábamos para esconder dinero, cigarrillos y cartas. Tiré de ella y guardé la carpeta dentro.

El hueco era pequeño y olía a madera vieja.

Mi madre lo había dejado al reformar un conducto de agua. Nunca se lo contó a mi padre.

Cerré la tabla.

Desde algún punto detrás de la pared llegó una vibración.

Nico la escuchó.

Nos quedamos inmóviles.

Algo avanzaba por el anillo técnico.

No eran tuberías ni compuertas. El sonido poseía un ritmo desigual: roce, pausa, roce. Una persona intentando moverse sin hacer ruido.

Nico acercó el oído al armario.

—Está aquí.

Le hice una señal para que retrocediera.

El roce se detuvo.

Durante unos segundos, la pared separó dos respiraciones conscientes de estar demasiado cerca.

Después escuchamos tres golpes suaves.

Nico me miró.

Dos golpes rápidos.

Una pausa.

Otros dos.

Se llevó los dedos al pecho y repitió el gesto.

—Es ella —susurró.

Antes de que pudiera preguntar cómo estaba tan seguro, un grito atravesó el corredor.

La voz de Inés.

Salimos de la habitación.

Tomás había conseguido llegar hasta la puerta de su dormitorio. Se apoyaba en el marco con una mano. Con la otra se cubría la boca.

La sangre se filtraba entre sus dedos.

Intentó decir algo, pero al abrir los labios una línea roja descendió por su barbilla y cayó sobre el suelo violeta.