La casa dice que somos diez Capítulo 2 #3
20%

Capítulo 2 #3

—No estoy trabajando contigo.

—Tampoco yo contigo.

Tomás cerró los ojos.

Durante unos segundos solo se escuchó el aire circulando por la rejilla del techo.

—No firmes esta noche —dijo.

Me senté en el borde de la cama.

—No pensaba hacerlo.

—Aunque papá te prometa una auditoría.

—¿Por qué?

—Porque ahora tenemos un incendio. Cualquier decisión puede impugnarse alegando presión o información incompleta.

—Esa es la respuesta de un abogado.

—Es la respuesta de alguien que quiere ganar tiempo.

—¿Para qué?

Abrió los ojos.

—Para saber qué ha ocurrido.

—Tú firmaste el informe de seguridad.

—Sí.

—Entonces ya deberías saberlo.

Tomás miró la puerta, como si comprobara que Inés no había regresado.

—Los datos no llegan juntos —dijo—. Un hospital informa de una trombosis. Otro, de una hemorragia digestiva. Un paciente muere dos meses después y la causa figura como fallo multiorgánico. Si nadie une los expedientes, parece que son enfermedades distintas.

—Alma los unió.

No respondió.

—¿Cuántos eran?

—No lo sé.

—Elena dice catorce. Nico dice veintisiete.

—Elena habla de los casos incluidos en el informe. Nico incluye personas sin causalidad demostrada.

—¿Y tú?

Tomás se frotó la cara.

—Yo firmé que no existía una señal estadísticamente significativa.

—No es lo mismo que decir que Lázaro era seguro.

—En investigación clínica nunca puedes decir que algo es completamente seguro.

—Pero dejaste que yo lo dijera.

No se defendió.

Antes de abandonar la empresa, yo había redactado discursos, anuncios y respuestas para inversores.

Seguridad demostrada. Perfil de riesgo excepcional.

Una nueva era en medicina regenerativa. Los médicos revisaban cada texto.

Tomás había corregido comas en frases cuya conclusión ahora fingía no reconocer.

—Creíamos que las alteraciones pertenecían al proceso de adaptación —dijo—. En las primeras versiones desaparecían después de unas semanas.

—¿Y en Lázaro-7?

Miró otra vez el hematoma bajo la manga.

—Deberían desaparecer.

—No es una respuesta.

—Es la única que tengo.

—¿Por qué recibiste la dosis?

Una sonrisa cansada apareció en su rostro.

—Porque queda mal vender una terapia que ninguno de sus creadores quiere utilizar.

—Eso no convierte el riesgo en aceptable.

—No. Solo lo distribuye entre personas con buenos abogados.

A pesar de todo, me reí.

Él también, pero la risa terminó en una tos seca.

Le entregué la botella.

—¿Recuerdas cuando entrábamos en mi habitación desde el patio? —preguntó.

La pregunta me sorprendió.

—Papá pensaba que la puerta estaba cerrada.

—Mamá nunca ponía cerraduras en los patios.

—Decía que las casas necesitaban caminos alternativos.

Tomás observó el techo violeta.

—Después de que murió, papá cerró primero las puertas y luego construyó otras detrás.

—¿Por qué estás pensando en eso?

—La casa dice que hay diez personas. Si Sofía no encuentra una entrada, quizá seguimos buscando una puerta donde mamá dejó un camino.

—La casa ha sido reformada cuatro veces.

—Los muros nuevos pesan más. No significa que los antiguos hayan desaparecido.

La frase quedó entre nosotros.

—¿Crees que es Alma?

—No.

—Has contestado demasiado rápido.

—Alma no es estúpida. Entrar aquí durante una reunión del consejo sería ponerse en manos de Julián.

—El servidor está aquí.

Tomás dejó de mover la botella.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Todo el consejo sabe que existe.

—El backup regulatorio está aislado. Necesitaría nuestras credenciales para acceder.

—Las habéis autenticado esta noche.

Me miró con una atención que no había mostrado desde que entré.

—¿Nico te dijo eso?

—No.

—¿Sofía?

—Tampoco.

—Entonces ¿cómo sabes que la autenticación abre el backup?

No lo sabía.

Había unido la presencia de Alma, la votación y el servidor. Pero la alarma en la voz de Tomás convirtió la suposición en algo más útil.

—Acabas de decírmelo.

Cerró los ojos.

—Mierda.

—¿Cuánto tiempo permanece abierto?

—No está abierto. Monta una copia temporal para verificar los anexos de la operación.

—¿Y alguien desde el anillo técnico podría acceder?

—Necesitaría llegar al Núcleo Negro.

—Julián lo ha bloqueado.

—El bloqueo controla las entradas habitables. El mantenimiento tiene una puerta propia.

—¿Sofía puede abrirla?

—Sofía puede abrir cualquier cosa en esta casa.

La puerta se abrió.

Inés regresó con un pequeño maletín.

—¿De qué habláis?

—De los defectos arquitectónicos de la familia —respondió Tomás.

—Entonces necesitaremos una noche más larga.

Inés se sentó junto a él y le colocó el brazalete del tensiómetro.

Yo me levanté.

—Voy a hablar con Nico.

—Nora —me llamó Tomás.

Me detuve.

—No dejes que papá entre en el Núcleo Negro antes de que sepamos quién está ahí.

—¿Por qué?

El brazalete comenzó a inflarse alrededor de su brazo.

—Porque si alguien ha venido a buscar los datos, él puede decidir que es más seguro destruirlos.

Inés dejó de mirar el tensiómetro.

—¿Qué datos?

Tomás apoyó la cabeza contra la pared.

—Luego.

—No —dijo ella—. Ahora.

Salí antes de escuchar la respuesta. No fue cobardía. Llevaba años abandonando habitaciones justo antes de que la verdad adquiriera una forma que pudiera comprometerme.

La diferencia era que aquella vez sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Encontré a Nico en mi antiguo dormitorio.

Había entrado sin encender la luz. La iluminación violeta del corredor atravesaba las láminas de vidrio y recortaba su silueta junto al escritorio.

La habitación no seguía igual.

Mi padre había conservado la cama y la estantería, pero retirado los libros, la ropa y los objetos que demostraban que alguien había vivido allí. Parecía una reconstrucción realizada a partir del testimonio de una persona poco observadora.

Nico sostenía una carpeta de cartón.

—Julián ha dicho que nos quedáramos en el atrio —dije.

—Tú tampoco estás allí.

—Estoy buscando a un joven desobediente.

—Lo has encontrado.

Cerré la puerta.

—¿Qué tienes?

Abrió la carpeta sobre el escritorio.

Dentro había hojas impresas, fotografías y capturas de conversaciones. En la primera página aparecía una lista de nombres. Junto a cada uno había una edad, una fecha y un código formado por letras y números.

Conté veintisiete líneas.

—¿De dónde ha salido esto?

—De familiares, grupos de pacientes y una persona del programa de seguimiento.

—¿Quién?

—No quiere que diga su nombre.

—Entonces no puedo comprobar la fuente.

—Puedes comprobar a los muertos.

Pasé la primera hoja.

Una mujer de treinta y cuatro años sonreía junto a una bicicleta. Lucía Torres Segura. Debajo de la fotografía alguien había escrito: Nunca tuvo problemas de coagulación antes del tratamiento.

En la página siguiente aparecía un hombre mayor con dos nietas. Después una profesora, un músico y una mujer embarazada de seis meses. No eran expedientes clínicos. Eran fotografías elegidas por personas que todavía los querían.

—¿Todos recibieron Lázaro-7?

—Eso dicen las familias.

—Necesitamos los registros.

—Por eso Alma buscó el servidor.

Lo miré.

—¿Te dijo que vendría?

—No. Me escribió que no votáramos antes de revisar el lote siete. Le pregunté dónde estaban las pruebas. Contestó: “Donde Adrián guarda todo lo que no confía a los demás”.

—Casa Cero.

—Eso pensé.

—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella?

—Hace tres días.