La casa dice que somos diez Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Julián introdujo la mano enguantada y tocó la superficie.

—Grasa.

—Los rieles de servicio utilizan lubricante —explicó Sofía.

—¿Reciente?

—No puedo saberlo.

—¿Puedes abrir la rejilla?

—Desde el otro lado.

Julián volvió a colocar la plancha sin atornillarla.

—¿Cuándo pudo retirar el traje?

Sofía estudió el registro de presión.

—Después del cierre exterior y antes del censo. Entre las veintitrés veintiséis y medianoche.

—¿La persona ya estaba dentro del anillo?

—Si Nora vio seis trajes, sí.

—¿Y cómo abrió el armario sin activar el sensor?

—Anulando el soporte desde mantenimiento.

—Eso requiere conocimientos sobre la casa.

—O instrucciones.

Julián la miró.

—¿Quién conoce el sistema?

—Yo.

—¿Solo tú?

—Los técnicos que participaron en la reforma conocen partes. Nadie externo tiene el plano completo.

—¿Alma Rojas conoce esta casa? —pregunté.

Sofía giró la cabeza demasiado deprisa.

—¿Por qué preguntas por ella?

—Porque desapareció después de denunciar Lázaro, Nico dice que intentó contactar con él y ahora tenemos una persona sin credencial escondida detrás de las paredes.

—Eso no significa que sea Alma.

—No he dicho que lo sea.

Julián cerró la vitrina.

—¿Ha estado aquí alguna vez?

Sofía guardó la tableta bajo el brazo.

—Vino durante la primera fase del proyecto médico. La Clínica Roja todavía estaba en construcción.

—¿Conocía el túnel?

—Conocía su existencia.

—¿Y el Núcleo Negro?

—Todo el consejo sabe que existe un servidor seguro.

—No he preguntado si sabe que existe. He preguntado si sabe llegar.

—Desde el anillo técnico, todas las rutas llevan al núcleo.

Julián presionó el auricular.

—Sistema, informa sobre el patrón adicional.

— Señal respiratoria adicional detectada en el cuadrante norte del anillo técnico.

Sofía amplió el plano.

El punto blanco había dejado el espacio situado entre el jardín y los dormitorios. Ahora parpadeaba detrás de nosotros.

Entre el Airlock Blanco y el Atrio Azul.

Julián levantó la pistola.

La puerta por la que habíamos entrado seguía cerrada. Al otro lado se extendía un corredor vacío.

—¿Existe una salida desde la cámara de mantenimiento? —preguntó.

—Dos. Una detrás del armario y otra junto al panel de control del atrio.

—Entonces podría estar pasando a nuestro lado.

—Detrás del muro —precisó Sofía.

Un sonido metálico llegó desde la cavidad abierta.

No fue fuerte. Una vibración breve, seguida de algo que rozó una tubería.

Julián nos indicó que retrocediéramos.

Se acercó al hueco del armario, apuntó hacia la rejilla y esperó.

Las tuberías continuaron inmóviles.

—Salga con las manos visibles —ordenó—. La casa está sellada. No hay ninguna ruta de salida.

Nada respondió.

—Sabemos dónde está.

El punto blanco de la tableta parpadeó una vez y desapareció.

Sofía golpeó la pantalla con el dedo.

—Ha salido del alcance.

—¿Dónde reaparecerá?

—No lo sé.

—Tienes el plano.

—El aire no sigue el plano, Julián. Las paredes están llenas de motores, agua y conductos. El sistema separa una respiración de las vibraciones cuando puede, no cuando se lo ordenamos.

Él no bajó el arma.

—¿Puedes cerrar el anillo por sectores?

—Sí.

—Hazlo.

—Si cierro todas las compuertas técnicas, puedo atrapar a esa persona junto a un conducto de presión o dentro de una sección sin ventilación.

—Es un intruso.

—Sigue siendo una persona.

—Una persona que entró ilegalmente en una instalación privada y se oculta durante una emergencia química.

—Eso no elimina su necesidad de oxígeno.

Julián se volvió hacia ella.

—Cierra las compuertas que no comprometan la ventilación.

Sofía tocó la pantalla. Cuatro líneas del plano cambiaron de azul a naranja.

Dentro de los muros se activaron pequeños motores. Escuchamos las compuertas desplazándose a diferentes distancias.

—He dividido el anillo en tres secciones —dijo—. Si cruza una puerta, quedará registrado.

—¿Y si ya está en una de ellas?

—Esperamos a que el sistema vuelva a detectarla.

—¿Cuánto?

—Respirar ayuda.

No supe si pretendía tranquilizarlo o advertir a quien pudiera escucharnos detrás de la pared.

Julián ordenó que regresáramos al atrio.

Antes de salir, miré de nuevo los cinco trajes. El vacío entre ellos parecía más visible que las prendas rojas.

Alguien había esperado a que la casa se cerrara para vestirse.

Cuando regresamos, mi padre y Elena discutían junto al panel de comunicaciones. La voz llegaba amortiguada por el jardín, pero reconocí la postura de mi hermana: los brazos rígidos junto al cuerpo, la barbilla ligeramente elevada. Elena no necesitaba gesticular cuando estaba furiosa.

—No podemos emitir un comunicado antes de saber qué ha ardido —decía.

—El mercado abrirá en menos de ocho horas —respondió Adrián.

—Precisamente. Si Aureon se entera por una alerta pública de que destruimos el lote durante la negociación, suspenderán la operación.

—No destruimos el lote durante la negociación. La eliminación estaba programada.

—Para mañana.

Gabriel estaba sentado a pocos metros, con las manos enlazadas.

—¿La adelantaste? —preguntó Elena.

Mi padre vio que nos acercábamos.

—¿Habéis encontrado a alguien?

—Un traje de descontaminación ha desaparecido —informó Julián—. El intruso accedió a la vitrina desde el anillo técnico.

Nico dejó de mirar el panel.

—Es rojo.

—Todos los trajes lo son —dijo Elena.

—Solo lo estaba diciendo.

—¿Había señales de entrada forzada? —preguntó Adrián.

—La persona conocía el sistema o recibió ayuda.

La mirada de Julián se detuvo en Sofía.

Mi padre siguió la dirección.

—¿Qué significa eso?

—El sensor del traje fue anulado desde mantenimiento —explicó ella.

—¿Quién puede hacerlo?

—Cualquier técnico que sepa dónde cortar.

—¿Cuántos lo saben?

—Tendría que revisar el equipo de cada reforma.

—Revísalo.

Sofía no se movió.

—Estamos buscando a una persona dentro de una casa sellada mientras arde un laboratorio. La lista de instaladores de hace seis años puede esperar.

Adrián dio un paso hacia ella.

—No decides qué puede esperar.

—En lo que afecta al funcionamiento de la casa, sí.

—Yo pagué esta casa.

—Y yo evito que te asfixies dentro.

Julián se interpuso sin tocar a ninguno.

—Continuaremos la búsqueda. Necesito revisar el Jardín Verde y el acceso exterior del Ala Violeta.

—Voy contigo —dijo mi padre.

—Usted se queda.

—Ya hemos tenido esta conversación.

—Y no ha cambiado nada.

Adrián miró a Sofía.

—¿Alma Rojas conocía el anillo técnico?

El nombre inmovilizó a Gabriel.

Sofía sostuvo la mirada de mi padre.

—Sabía que existía.

—¿Puede estar aquí?

—Cualquier persona con pulmones puede ser la décima respiración.

—¿La ayudaste a entrar?

Elena se volvió hacia Sofía.

Julián permaneció quieto.

Yo observé su mano derecha. No se acercó a la pistola, pero los dedos se separaron ligeramente.

—No —respondió Sofía.

—Mírame cuando contestes.

Ella levantó la barbilla.

—No ayudé a Alma a entrar en esta casa.

La frase era precisa. Demasiado para una pregunta sencilla.

Había escrito suficientes negativas corporativas para reconocer las palabras colocadas alrededor de un agujero.

Mi padre también.

—Julián —dijo.

—No voy a interrogarla delante de todos.

—No te he pedido que la interrogues.

—Entonces permita que continúe trabajando.

Nico se colocó junto a Sofía.

—Si es Alma, quizá deberíamos escucharla antes de dispararle.

—Nadie va a disparar a nadie —dijo Elena.

Todos miramos el arma de Julián.

Él la guardó en la funda.

—Nora, vuelva con los demás.

—Dijiste que conocía la casa antigua.

—Ahora conozco la entrada utilizada para retirar el traje. No voy a exponerla durante la inspección del anillo.

—Hace cinco minutos era útil.

—Hace cinco minutos no sabíamos que el intruso podía desplazarse detrás de nosotros.

—No quiero quedarme aquí.

—No se lo estoy preguntando.

La frase habría provocado una discusión en cualquier otro momento. Entonces escuché a Inés llamarme desde el corredor violeta.

—Nora.

Su tono no era de alarma, pero bastó para que dejara a Julián.

—¿Qué ocurre?

—Tomás pregunta por ti.

Miré hacia mi padre. Él ya había vuelto al panel con Elena.

Seguí a Inés.

El Ala Violeta conservaba más elementos de la casa original que los otros sectores.

Las puertas eran de madera oscura y los techos más bajos. Mi madre había utilizado vidrios de color ciruela en las ventanas interiores para que la luz nocturna no resultara completamente negra. Cuando éramos niños, Tomás decía que allí nunca llegaba la madrugada.

Mi antiguo dormitorio era la tercera puerta a la izquierda. Permanecía cerrada.

Tomás ocupaba la habitación situada enfrente. Estaba tumbado sobre la cama, con la camisa abierta y un paño húmedo sobre la frente. Había dejado la chaqueta en el suelo.

—Qué aspecto tan digno —dije.

—He pensado que te resultaría reconfortante encontrar a alguien peor que tú.

Su voz sonaba normal, aunque tenía los labios secos.

Inés me entregó una botella de agua.

—Haz que beba.

—Soy adulto —protestó él.

—Entonces puedes obedecer sin convertirlo en una cuestión identitaria.

Se dirigió hacia la puerta.

—Voy a la Clínica Roja a buscar el tensiómetro manual y algo para las náuseas.

—No tengo náuseas.

—Tampoco tenías mareo hasta que casi te caes.

—Me he levantado rápido.

—Eres médico. Busca una mentira mejor.

Inés salió y cerró la puerta.

Le tendí la botella.

—Bebe.

—Sois muy autoritarias.

—Nos enseñó papá.

Tomó dos sorbos y me devolvió el agua.

En su brazo izquierdo había un hematoma semejante al de Nico, aunque más oscuro. Pequeñas manchas rojas se extendían hacia la muñeca.

—¿Eso es normal? —pregunté.

Tomás se bajó la manga.

—Bastante.

—No te he preguntado si es frecuente.

—Es una reacción conocida. La aguja atravesó un vaso.

—A Nico le ocurrió lo mismo.

—A Nico siempre le salen hematomas.

—Gabriel ha preguntado si sangrabas antes de que nadie mencionara una hemorragia.

Tomás apoyó la cabeza contra la pared.

—Gabriel lleva cuarenta años imaginando catástrofes que luego evita. Es su manera de parecer tranquilo.

—¿Qué había en el informe de Alma?

—Nora.

—Nico dice que Gabriel retiró algo.

—Nico ha leído documentos incompletos.

—Otra persona que utiliza la falta de contexto para no contestar.