La casa dice que somos diez Capítulo 2
14%

Capítulo 2

Julián fue el único que creyó a la casa de inmediato.

Llevó una mano a la pistola y se colocó entre nosotros y el corredor que conducía al Airlock Blanco. No preguntó si el sistema podía haberse equivocado. Tampoco miró a Sofía buscando confirmación.

—Nadie se mueve.

Nico continuaba en la pasarela superior. Inés permanecía en el Ala Violeta con Tomás. Los demás estábamos distribuidos alrededor del jardín, demasiado separados para parecer una familia y demasiado cerca para fingir que no teníamos miedo.

Mi padre alzó la vista hacia los sensores del techo.

—Localiza el patrón no identificado.

La casa respondió:

— El censo respiratorio no proporciona identificación personal.

—No he pedido un nombre. He pedido una ubicación.

— Señal respiratoria adicional detectada entre los sectores verde y violeta. Precisión insuficiente.

Sofía amplió el plano en su tableta. Sobre la casa aparecieron nueve puntos azules y uno blanco que parpadeaba detrás de los muros del jardín.

—Está en el anillo técnico —dijo.

Julián se acercó.

—¿Cómo ha entrado?

—Hay tres accesos: el Airlock, el garaje y el túnel de mantenimiento.

—Los tres están sellados.

—Ahora.

Julián la miró.

—¿Has revisado el historial?

—Lo estoy haciendo.

Deslizó el dedo por la pantalla. El punto blanco desapareció y reapareció unos metros más al norte.

—¿Se ha movido? —preguntó Elena.

—El sistema está refinando la lectura.

—¿Se ha movido?

—No puedo saberlo todavía.

Mi padre se volvió hacia Julián.

—Revisa toda la casa.

—Necesito que todos permanezcan en un sector seguro.

—No existe un sector seguro mientras alguien pueda desplazarse detrás de las paredes.

—Precisamente por eso necesito saber dónde está cada uno de ustedes.

Adrián dio un paso hacia él.

—Esta es mi casa.

—Y mi responsabilidad mientras dure el aislamiento.

Mi padre no acostumbraba recibir órdenes. Durante algunos segundos pareció estudiar a Julián como si acabara de descubrir una función desconocida en un objeto que había comprado hacía años.

—Haz tu trabajo —dijo finalmente.

Julián presionó el auricular.

—Sistema, bloquea las puertas interiores de los sectores negro y rojo. Mantén abierto el acceso al Atrio Azul desde las alas habitables.

— Autorización de seguridad reconocida. Núcleo Negro bloqueado. Clínica Roja bloqueada.

—¿Y nosotros? —preguntó Nico desde arriba.

—Todos al atrio —respondió Julián—. Incluido tú.

—Tomás no puede levantarse —dijo Inés por el comunicador.

Su voz salió de uno de los paneles de pared. Julián se acercó.

—Doctora Mora, cierre la puerta y permanezca con él. No abra hasta que yo se lo indique.

—La habitación no tiene cierre de seguridad.

—El Ala Violeta sí.

—Entonces nos estarías encerrando con todos los dormitorios vacíos.

Julián miró a Sofía.

—¿Puede aislar una sola habitación?

—No sin activar el protocolo médico.

—No lo actives —ordenó mi padre.

Inés volvió a hablar:

—Puedo cerrar la puerta. Si alguien entra, procuraré preguntarle qué tal está antes de dejar que nos mate.

—Inés —dijo Elena.

—Seguimos aquí.

La comunicación terminó.

Julián indicó a Nico que bajara. Mi sobrino obedeció con una lentitud deliberada. Al llegar al atrio, se colocó junto a mí y cruzó los brazos.

—¿Crees que es Alma? —susurró.

—No lo sé.

—La casa no inventa pulmones.

—También puede contar dos veces.

Sofía levantó la cabeza desde el otro lado del estanque.

—No puede.

Todos la miramos.

Ella sostuvo la tableta contra el pecho.

—Los sensores no cuentan cuerpos. Detectan movimientos respiratorios y consumo de oxígeno. El sistema compara ambas mediciones antes de confirmar el censo.

—¿Y puede saber si alguien está vivo, pero no dónde? —pregunté.

—El anillo técnico tiene paredes, tuberías y motores entre los sensores. Puede saber que hay una respiración adicional sin ubicarla con precisión.

—¿Por qué no hay cámaras?

—Las hay —dijo Julián.

Sofía tardó en responder.

—Dos están fuera de servicio.

El punto blanco volvió a parpadear.

Julián se acercó tanto que casi tocó la pantalla.

—¿Desde cuándo?

—A las diecisiete cuarenta y ocho el sistema registró una interrupción de mantenimiento.

—¿La autorizaste tú?

—Estaba revisando los conductos.

—Eso no responde.

—Mi credencial figura en el registro.

Elena avanzó hacia ella.

—¿Había algún técnico contigo?

—No.

—Entonces ¿por qué hay diez personas?

—Porque una entró sin credencial.

—Eso ya lo sabemos.

—Pues me estás pidiendo que responda a la pregunta equivocada.

Elena abrió la boca, pero mi padre intervino:

—Sofía, ¿puede alguien entrar por el túnel sin quedar registrado?

—No durante el aislamiento.

—Antes.

—Si conoce el código exterior y tiene autorización para abrir la primera compuerta, sí. La lectura de ocupación total solo se activa cuando la casa se sella.

—¿Quién tiene autorización?

—Tú. Julián. Yo.

Elena miró a los tres.

—¿Alguien abrió el túnel?

Mi padre no contestó. Julián negó con la cabeza.

Sofía observó el plano.

—No.

La respuesta llegó tarde. No mucho; lo suficiente para que yo la oyera separada de la pregunta.

—Revisaré el Airlock y el acceso al garaje —dijo Julián—. Sofía viene conmigo.

—Yo también —anunció mi padre.

—No.

—No voy a esconderme en el jardín.

—Si hay un intruso, usted puede ser el objetivo.

—Eso no me convierte en un inválido.

—Lo convierte en la persona cuya seguridad me pagan por garantizar.

Nico soltó una risa seca.

—Por fin alguien ha encontrado la manera de explicárselo.

Adrián ignoró el comentario.

—Nora conoce la casa antigua —dijo—. Algunas entradas de servicio se conservaron durante la reforma.

—Sofía conoce todas.

—La mayoría —dije.

Sofía me miró.

—Todas las que siguen existiendo.

—Eso pensabas sobre el patio de la biblioteca hasta que encontraste la cisterna.

—Una cisterna no respira.

—¿Puedo ir o preferís descubrir otra parte de la casa que mi madre ocultó en los planos?

Julián evaluó la posibilidad. Yo no representaba una ayuda evidente, pero mantenerme en el atrio tampoco garantizaba que obedeciera.

—Detrás de mí en todo momento —dijo—. Si ordeno que se detenga, se detiene. Si digo que vuelva, vuelve.

—No prometo nada sobre la gramática, pero lo intentaré.

Sacó la pistola.

El arma modificó el aire más que la décima respiración. Hasta entonces, alguien se escondía dentro de la casa. Con la pistola en la mano de Julián, alguien podía morir allí.

Mi padre me sujetó por el brazo antes de que me marchara.

—No te separes de ellos.

—Creía que esta era la casa más segura de Europa.

—Lo es.

—Entonces uno de los dos no ha entendido la palabra segura.

Me soltó.

Atravesé el corredor detrás de Julián. Sofía caminaba a mi lado, pendiente de la tableta. Cuando dejamos atrás el jardín, miré una vez hacia Nico.

Él levantó dos dedos y señaló sus propios ojos.

Mira.

El gesto no pertenecía a nuestra infancia. Había aprendido a desconfiar mientras yo estaba fuera.

El Airlock Blanco estaba separado del resto de la casa por dos puertas curvadas. La primera se cerró detrás de nosotros y una luz recorrió el suelo antes de permitir que se abriera la segunda.

Julián mantenía la pistola baja.

—¿La casa puede bloquear las puertas con nosotros dentro? —pregunté.

—Sí —respondió Sofía.

—¿Y abrirlas desde fuera?

—Depende de quién lo intente.

—La clase de respuesta que tranquiliza a cualquiera.

Entramos.

Mi teléfono continuaba dentro del sexto compartimento. Los demás móviles seguían en sus casillas, salvo el de Julián, que llevaba consigo. Las llaves de los coches, las carteras y dos ordenadores formaban una colección de objetos inútiles a pocos metros de sus propietarios.

La puerta exterior mostraba una línea roja en todo el contorno.

AISLAMIENTO ACTIVO

Julián inspeccionó el vestíbulo, comprobó los armarios inferiores y se agachó para examinar la junta de la entrada.

Sofía consultó el registro.

—No se ha abierto desde las veinte treinta y dos.

—Mi llegada —dije.

—Sí.

Julián señaló los compartimentos.

—¿Se puede acceder a ellos desde el anillo técnico?

—A los objetos, no. Al sistema de refrigeración y a los sensores, sí.

—¿Y a los armarios?

—Algunos tienen panel posterior.

Me acerqué a la vitrina de emergencias.

Cinco trajes rojos colgaban detrás del vidrio.

Los conté otra vez.

—Había seis.

Sofía levantó la vista.

—¿Qué?

—Cuando llegué. Había seis trajes.

Julián se colocó a mi lado.

—¿Está segura?

—Me quedé mirándolos mientras intentabas confiscarme las llaves.

Sofía abrió el inventario en la tableta.

—El sistema registra seis unidades.

—El sistema puede venir a contarlas.

Julián pasó su pulsera por el cierre. La lámina de vidrio se desplazó y dejó escapar un olor a plástico nuevo. Revisó los cinco trajes, separándolos uno a uno.

Detrás del último había un espacio vacío y dos enganches abiertos.

—¿Cuándo se actualiza el inventario? —preguntó.

—Cuando se retira una unidad, el sensor del soporte envía la modificación.

—No la ha enviado.

Sofía se agachó y tocó el enganche.

—Está anulado.

Julián enfocó el hueco con una linterna.

—¿Desde aquí?

—No. El cable va por detrás.

—Entonces alguien ha accedido desde el corredor técnico.

Se acercó al fondo del armario y retiró los cinco trajes. Detrás apareció una plancha blanca con cuatro tornillos. Uno de ellos estaba fuera de lugar, apenas inclinado.

Julián intentó moverlo con los dedos.

—Herramientas.

Sofía abrió un cajón y le entregó un destornillador.

—¿Ese panel comunica directamente con el anillo? —pregunté.

—Con una cámara de mantenimiento —dijo—. Desde allí se revisan los sensores de temperatura.

—¿Cabe una persona?

—No por el panel.

—Pero sí al otro lado.

No respondió.

Julián retiró los tornillos. La plancha se inclinó hacia nosotros y dejó visible una cavidad estrecha, llena de cables y tuberías. En el polvo acumulado sobre la base había una marca limpia, como si algo hubiera sido arrastrado recientemente.

Sofía acercó la tableta al hueco.

—No detecto movimiento.

—Luz —pidió Julián.

Ella activó una tira instalada dentro de la cámara. El espacio se iluminó hasta una rejilla metálica situada al fondo. La rejilla estaba cerrada, pero uno de sus bordes tenía una mancha oscura.