La casa dice que somos diez Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

—Puedes descansar cinco minutos de ambas cosas.

Mi padre se volvió hacia Sofía.

—¿Podemos abrir la comunicación exterior?

—El canal de emergencia está activo. Las redes convencionales permanecerán bloqueadas mientras las persianas estén cerradas.

—Necesito hablar con San Gregorio.

—Julián puede conectarte desde seguridad.

Elena ya se dirigía al corredor.

—Voy contigo.

—No —dijo mi padre—. Tú te quedas con Nicolás.

—No necesito que nadie se quede conmigo.

—Elena se queda.

Mi hermana obedeció. No porque aceptara la orden, sino porque había visto el sudor en la frente de su hijo.

Nico volvió a frotarse el antebrazo.

Inés lo señaló.

—He dicho que no lo toques.

—Pica.

—Enséñamelo.

—Es el hematoma de la inyección.

—Precisamente.

Nico se arremangó. El morado ocupaba casi todo el interior del brazo. Los bordes amarillentos indicaban que llevaba allí varios días, pero en el centro había pequeños puntos rojos que no había visto antes.

Gabriel se acercó.

—Es una reacción local.

—¿Todos tenéis lo mismo? —pregunté.

Tomás bajó discretamente la manga.

Elena cruzó los brazos.

—Nora, no empieces.

—Solo he preguntado.

—Yo no tengo nada —dijo mi padre.

Gabriel no mostró los brazos.

Inés examinó el hematoma de Nico sin tocarlo.

—¿Ha crecido desde esta mañana?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—Quizá un poco.

—¿Fiebre?

—No.

—Dolor de cabeza, mareo, náuseas.

—Nada.

Tomás intentó levantarse. Tuvo que apoyarse en el estanque antes de conseguirlo.

—Voy a cambiarme esta camisa. Está pegada.

—Te acompaño —dijo Inés.

—Sé llegar a mi habitación.

—Nunca he dudado de tus capacidades geográficas.

Él sonrió, pero permitió que lo sujetara por el brazo.

Los vi desaparecer hacia el Ala Violeta.

Nico se sentó donde había estado su tío.

Yo ocupé el lugar a su lado.

—¿Qué encontraste?

Miró a Elena. Ella hablaba en voz baja con Gabriel, a unos metros.

—Nombres.

—¿De los catorce?

—Veintisiete.

—Elena ha dicho catorce.

—Elena dice lo que puede demostrar la gente que está fuera de la empresa.

—¿De dónde sacaste los demás?

—Pacientes, familiares, grupos privados. Algunos recibieron Lázaro-7 dentro de programas que no aparecen en los informes públicos.

—¿Tienes pruebas?

—Tengo personas.

—No es lo mismo.

Nico giró la cabeza hacia mí.

—Ya hablas como ellos.

La acusación me dolió porque había elegido exactamente la frase que yo habría utilizado en una reunión de crisis.

—Necesito saber qué puedo comprobar.

—Necesitas decidir si vas a firmar antes de comprobarlo.

—No voy a firmar esta noche.

—Eso dices ahora.

—¿Para qué me hiciste venir?

Observó el agua oscura del estanque.

—Porque tú escribiste lo de Alma.

No intenté negarlo.

—Escribí el comunicado.

—Escribiste que había mostrado “un patrón de conducta incompatible con la integridad científica”.

Recordaba cada palabra.

—Me dijeron que había manipulado resultados.

—Te dijeron lo que necesitabas escribir.

—Sí.

No añadí ninguna defensa. Nico parecía preparado para combatirla y la ausencia de resistencia lo dejó momentáneamente sin respuesta.

—Alma intentó ponerse en contacto conmigo —continuó—. Hace tres semanas.

—¿Qué te dijo?

—Que había algo en los datos de Lázaro-7. Algo que Gabriel había encontrado y después quitado del informe.

—¿Volviste a hablar con ella?

—Desapareció.

—Elena dice que robó información.

—Elena también dice que catorce muertos son eventos.

Mi padre regresó acompañado de Julián.

—El incendio está contenido dentro del complejo —anunció—. La nube se desplaza hacia el este. Las autoridades mantendrán el confinamiento hasta evaluar la calidad del aire.

—¿Heridos? —preguntó Nico.

—Tres, ninguno en estado crítico.

—¿Nombres?

—No los tengo.

—Pues pídeles que te los aprendan.

Adrián lo observó con una paciencia que me resultó más inquietante que la ira.

—Todos estamos alterados.

—Yo estaba alterado antes del incendio.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

—Sé que llevas semanas accediendo a información que no comprendes.

Nico se levantó.

—La comprendo cuando tiene nombre y fecha de muerte.

—Nicolás —dijo Elena.

Él la apartó al pasar sin llegar a tocarla.

—Voy a mi habitación.

—El protocolo recomienda permanecer en las zonas comunes —informó Sofía.

—El protocolo no ha cenado con mi familia.

Se marchó por el corredor violeta.

Elena hizo ademán de seguirlo, pero mi padre se interpuso.

—Déjalo.

—Está asustado.

—Está enfadado.

—Puede estar las dos cosas.

Ella se quedó mirando el corredor.

En las paredes del átrio, una línea azul indicaba el flujo del aire. Los árboles de mi madre se movían suavemente bajo la corriente de recirculación. Sobre nuestras cabezas, la cúpula transparente había desaparecido detrás de placas de acero.

Casa Cero ya no tenía cielo.

—La operación queda aplazada —dije.

Elena se volvió.

—La conexión con Aureon sigue abierta.

—Hay un incendio en nuestro laboratorio.

—Precisamente por eso necesitamos completar la licencia antes de que abran los mercados.

—¿Estás escuchándote?

—Si mañana se interpreta que hemos retirado el acuerdo, las acciones caerán antes de que podamos explicar el accidente.

—Estamos encerrados en un búnker porque habéis quemado el lote que pretendíais vender.

—No vendemos lotes. Vendemos patentes, infraestructura y derechos de producción.

—Elena —dijo Gabriel.

Fue la primera vez que la contradijo aquella noche.

Ella lo miró.

—¿Qué?

Gabriel tenía la piel más pálida que durante la cena.

—Deberíamos esperar.

Mi padre se acercó a él.

—¿Por el incendio?

—Por todo.

Una puerta se abrió en el Ala Violeta. Inés apareció sola.

—Tomás se ha tumbado —informó—. Tiene la tensión baja, pero no presenta fiebre. Voy a observarlo.

Gabriel apretó los labios.

—¿Ha sangrado?

Inés lo miró con atención.

—¿Por qué preguntas eso?

—El hematoma de Nico.

—Es una reacción local —dijo Elena.

—Tú no eres médica —respondió Inés.

Mi hermana recibió la frase como una bofetada.

—Lázaro puede producir alteraciones temporales de coagulación —explicó Gabriel—. Están descritas.

—No en el documento que recibí —dije.

—Porque son clínicamente irrelevantes.

—¿También las hemorragias?

—Nadie ha sufrido una hemorragia.

—Todavía —dijo Inés.

El jardín quedó en silencio.

La casa anunció:

— Presión interior estabilizada. Calidad del aire dentro de los parámetros de seguridad.

Sofía miró el reloj.

—A medianoche realizará el censo completo.

—¿Qué significa? —pregunté.

—Comprueba ocupación, consumo respiratorio y distribución de personas para calcular la autonomía.

—Somos nueve —dijo Elena.

—El sistema lo sabe.

Sofía volvió a consultar la tableta.

Vi que miraba dos veces el mismo punto del plano.

—¿Hay algún problema? —pregunté.

—No.

—Has dicho lo mismo en el vestíbulo.

—Y sigue siendo cierto.

Mi padre señaló el corredor azul.

—Terminaremos la reunión en la biblioteca.

—Tomás no está en condiciones de votar —dijo Inés.

—Tomás ya autenticó su participación.

—Autenticar no es votar.

—Puede hacerlo desde la habitación.

—No va a hacerlo esta noche.

Adrián se volvió hacia mí.

—¿Y tú?

—He dicho que no firmaré.

—Has dicho que no firmarías antes de hablar. Estamos hablando.

—No. Estamos esperando a que se disipe una nube tóxica producida mientras destruíais pruebas.

Elena dio un paso en mi dirección.

—Retira eso.

—¿Qué parte?

—No destruimos pruebas.

—Entonces dime por qué las muestras debían desaparecer la misma noche en que pretendíais vender la empresa.

—PorquePorque estaban degradadas.

—¿Y quién autorizó la destrucción?

Nadie respondió.

No necesitaba una confesión.

Miré a mi padre.

Adrián no apartó los ojos.

—Yo —dijo.

Durante años había imaginado aquel tipo de momento: una verdad pronunciada sin abogados, sin comunicados y sin nadie encargado de reducirla a un párrafo aceptable.

No produjo alivio.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque el lote no podía conservarse de manera segura.

—¿Debido a qué?

—Inestabilidad térmica.

—¿Y los pacientes?

—El producto administrado no presentaba esa alteración.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Gabriel miró hacia el jardín.

La respuesta de mi padre había sido demasiado rápida. Gabriel lo sabía. Yo también.

Antes de que pudiera insistir, la voz de la casa volvió a oírse.

— Faltan sesenta segundos para el censo ambiental. Permanezcan en sus zonas actuales.

Sofía levantó la cabeza.

Eran las once y cincuenta y nueve.

Desde el Ala Violeta, Inés llamó a Tomás por el comunicador de pared. Él respondió algo que no alcanzamos a entender. Nico abrió la puerta de su habitación y apareció en la pasarela superior, apoyado en la barandilla.

Julián seguía junto al corredor blanco.

Ocho personas visibles alrededor del átrio. Tomás en su dormitorio.

Nueve.

Las luces azules disminuyeron de intensidad. En el techo, los sensores emitieron pequeños destellos blancos. Uno tras otro, recorrieron el jardín, la pasarela y los accesos cerrados.

El reloj cambió a medianoche.

— Censo ambiental completo —anunció la casa—. Nueve credenciales activas. Diez patrones respiratorios detectados.

Nadie habló.

Sofía miró la tableta.

Julián llevó una mano al auricular.

Mi padre fue el primero en reaccionar.

—Repite el censo.

Los sensores volvieron a encenderse.

Vi sus luces avanzar por el suelo, subir por las paredes curvas y desaparecer detrás del corredor técnico.

— Censo repetido —dijo la casa—. Nueve credenciales activas. Diez patrones respiratorios detectados.

Éramos nueve.

A medianoche, alguien respiraba dentro de la casa sin tener nombre.