La casa dice que somos diez Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Quiero una auditoría clínica independiente antes de autorizar la licencia.

Gabriel levantó la vista.

Elena no se movió.

Mi padre bebió un sorbo de vino.

—La auditoría ya se realizó.

—La pagamos nosotros.

—Todas las empresas pagan sus auditorías.

—No todas eligen a auditores que han trabajado para ellas durante quince años.

—Cuestionar su independencia no equivale a demostrar una irregularidad.

—¿Y Alma Rojas?

La reacción no fue espectacular. Ninguna copa se rompió. Nadie se levantó.

Gabriel dejó de cortar la carne.

Sofía bajó la tableta.

Tomás miró a Elena y Elena miró a mi padre.

Solo Nico continuó comiendo.

—Alma no forma parte de esta reunión —dijo Adrián.

—Fue directora clínica de Lázaro-7.

—Fue despedida.

—Después de informar de eventos adversos.

—Después de extraer información confidencial y alterar protocolos de custodia —precisó Elena.

Conocía aquella frase. La había construido yo.

Cinco años antes, Varela Biotech me pagaba para convertir hechos complejos en oraciones capaces de sobrevivir a una rueda de prensa.

Alterar protocolos de custodia podía significar robar datos, copiar un archivo o negarse a devolver una libreta.

Una buena frase corporativa no mentía. Eliminaba los caminos que conducían a otras verdades.

—¿Dónde está? —pregunté.

—Sus abogados no han respondido —dijo Elena.

—Eso no responde.

—No sabemos dónde está.

—¿La denunciasteis?

—Hay una investigación interna —contestó mi padre.

Nico dejó el tenedor.

—Interna significa que investigáis vosotros.

—Significa que se está determinando qué información sustrajo —dijo Elena.

—La información sobre las personas que murieron.

Inés cerró los ojos.

Tomás apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Nico, no hagamos esto así.

—¿Cómo hay que hacerlo?

—Con los datos completos.

—Llevo semanas pidiéndolos.

—Porque no son documentos para circular sin contexto.

—Los muertos tienen bastante contexto.

Elena apartó la servilleta del regazo.

—No existen muertes atribuidas a Lázaro-7.

—Existen muertos que recibieron Lázaro-7.

—No es lo mismo.

—Claro que no. Una frase sirve para vender y la otra no.

Mi padre se dirigió a mí:

—¿Has estado hablando de esto con él?

—No.

—Me pidió que viniera, pero todavía no me ha contado por qué.

—Porque quería que estuvieras aquí antes de contártelo —dijo Nico.

—¿Contarme qué?

Nico miró a su madre.

Elena empujó la silla hacia atrás.

—La cena ha terminado.

—Todavía no hemos tomado el segundo plato —observó Tomás.

—La gente de Aureon lleva una hora esperando.

—Llevan treinta y siete minutos —dijo Sofía.

Elena le dirigió una mirada que habría despedido a cualquier otra persona.

Sofía recogió la tableta.

—El servidor está listo.

Mi padre se levantó.

—Terminemos la operación. Después hablaremos de lo que Nico crea haber encontrado.

—No es una idea —replicó él.

Adrián rodeó la mesa y se detuvo detrás de su nieto. Puso una mano sobre su hombro.

Nico se quedó rígido.

—Si alguien sufrió por una decisión nuestra, lo sabremos —dijo mi padre—. Y responderemos. Pero no destruiremos veinte años de trabajo por una lista sin verificar.

—¿Cuántos años de trabajo vale una persona?

—No hables como si esto fuera una ecuación sencilla.

—Las ecuaciones son cosa de Gabriel.

Gabriel respiró lentamente.

—La relación entre un tratamiento y un fallecimiento no se establece por proximidad temporal —dijo—. Hay historiales, patologías previas, interacciones...

—¿Cuántos? —pregunté.

Gabriel me miró.

—¿Cuántos qué?

—Fallecidos después de recibir Lázaro-7.

Elena respondió antes que él:

—Catorce eventos fatales dentro de un universo de más de once mil participantes y pacientes observacionales.

Nico soltó una risa breve.

—Eventos fatales.

—Es el término correcto.

—¿Tenían nombres?

Elena palideció.

Tomás se quitó las gafas y se frotó los ojos.

—Claro que tenían nombres.

—Entonces ¿por qué no aparecen?

Mi padre retiró la mano del hombro de Nico.

—Vamos al átrio.

—Aún no he dicho que vaya a firmar —advertí.

—Por eso vamos a hablar.

Sofía ya estaba de pie cuando la casa emitió un tono.

No fue una alarma. Apenas tres notas ascendentes.

Ella consultó la tableta.

—Espera.

—¿Qué ocurre? —preguntó Inés.

—Una alerta en el complejo de San Gregorio.

Gabriel se levantó tan deprisa que golpeó la mesa con la rodilla.

—¿Qué clase de alerta?

—Térmica.

Mi padre y Gabriel se miraron.

Tomás se puso las gafas.

—¿En qué edificio?

Sofía deslizó los dedos sobre la pantalla.

—Producción tres. El sistema ha registrado un aumento brusco de temperatura en la zona de destrucción.

—Eso está automatizado —dijo Elena—. Tendría que haberse detenido.

—Tendría —repitió Sofía.

La tableta de Gabriel comenzó a vibrar sobre la mesa. La recogió y leyó el mensaje.

Su rostro cambió.

—Han perdido el control del horno.

—¿Hay personal dentro? —preguntó Inés.

—El turno de noche es mínimo.

—No te ha preguntado cuánto personal —dije.

Gabriel no contestó.

Sofía amplió un plano.

—El sistema contraincendios está activo. Están evacuando el módulo.

—¿Qué estaban destruyendo? —preguntó Nico.

Nadie respondió.

Mi padre se dirigió a Gabriel:

—¿El lote completo?

Gabriel asintió apenas.

—Incluidas las muestras de retención.

—¿Ordenaste destruirlas? —pregunté.

Adrián me miró.

—Estaban comprometidas.

—¿Por qué?

La segunda señal de la casa fue más grave.

Las luces ámbar parpadearon. En el techo, los paneles de vidrio perdieron transparencia y se volvieron opacos.

La voz del sistema llenó el comedor.

— Alerta exterior recibida. Incidente químico en el complejo industrial de San Gregorio. Esperando confirmación de las autoridades.

Tomás se acercó a Sofía.

—¿Qué puede salir de allí?

—Depende de qué esté ardiendo.

—El lote estaba en el sector de vectores —dijo Gabriel.

Inés dejó de recoger su bolso.

—¿Biológico?

—Los vectores no sobreviven a esa temperatura.

—No te he preguntado si sobreviven. Te he preguntado qué puede salir.

—Disolventes, material de laboratorio, productos de limpieza industrial —enumeró Sofía—. La columna de humo se dirige hacia el norte.

Casa Cero estaba al norte.

Elena buscó su teléfono y recordó que lo había dejado en el vestíbulo.

—Necesito hablar con el centro de operaciones.

—El canal interno sigue abierto —dijo Julián desde la puerta.

—¿Hay heridos?

—No hay víctimas confirmadas.

La frase recorrió la mesa y llegó hasta mí con la misma forma con la que salía en nuestros antiguos comunicados.

No significaba que nadie estuviera herido.

Significaba que todavía no estaban dispuestos a decirlo.

—Quiero los nombres del personal de turno —dijo Nico.

—Ahora no —respondió Elena.

—Precisamente ahora.

Mi padre alzó la voz por primera vez:

—Julián, lleva a todos al átrio. Sofía, prepara el aislamiento.

—La alerta aún no es oficial —dijo ella.

—Prepáralo.

—Adrián —intervino Gabriel—, si cerramos antes de que el sistema termine la renovación de aire...

—Tenemos autonomía para setenta y dos horas.

—No se trata de autonomía. La presión todavía está equilibrándose.

—Hazlo —ordenó mi padre.

Sofía no discutió. Recogió la tableta y salió.

Las luces del comedor pasaron de ámbar a blanco. Dentro de los muros comenzó a moverse algo pesado. No era un solo mecanismo, sino una sucesión de cierres propagándose por la casa.

Elena fue detrás de Sofía.

Tomás sujetó a Gabriel por el brazo.

—¿Por qué estaban destruyendo el lote esta noche?

Gabriel retiró la mano.

—No es el momento.

—Es exactamente el momento —dije.

Mi padre se detuvo en la puerta.

—Las muestras presentaban problemas de estabilidad.

—¿Desde cuándo?

—Recibimos el informe esta mañana.

—¿Antes de convocar la firma?

—La licencia comprende la plataforma completa, no un único lote.

—Un lote que cinco personas de esta mesa llevan dentro.

La mirada de Adrián se desplazó hacia Nico.

Tomás se llevó una mano al antebrazo. El gesto fue rápido, casi inconsciente.

—La dosis administrada la semana pasada superó todos los controles —dijo Gabriel.

—Los controles que firmasteis vosotros —respondió Nico.

Un tercer tono cortó la discusión.

— Orden oficial de confinamiento recibida. Mantengan cerradas puertas y ventanas. Interrumpan toda captación de aire exterior.

En el techo, el vidrio ámbar quedó cubierto por una persiana metálica. La habitación perdió el último reflejo del exterior.

Casa Cero comenzó a sellarse.

Nos reunimos en el Átrio Azul a las once y veintiséis.

Sofía permanecía frente al panel principal, supervisando el cierre de cada sector. Sobre el plano de la casa, las líneas exteriores cambiaban de blanco a rojo.

—Airlock bloqueado —anunció—. Garaje bloqueado. Captación exterior interrumpida. Estamos en recirculación.

—¿La presión? —preguntó mi padre.

—Subiendo. Tardará unos veinte minutos en estabilizarse.

—¿Y el túnel?

Sofía tardó una fracción de segundo en responder.

—Sellado.

—¿Lo has comprobado?

—El sistema confirma las dos compuertas.

Julián entró desde el corredor blanco. Llevaba una radio portátil y una funda con una pistola sujeta a la cintura. Conté nueve personas en el átrio: mi padre, Elena, Tomás, Inés, Nico, Gabriel, Sofía, Julián y yo.

Todos los que debíamos estar en la casa.

—El incendio ha alcanzado el almacén auxiliar —informó Julián—. La carretera comarcal está cortada. La Guardia Civil ha establecido un perímetro de ocho kilómetros.

—¿El personal? —preguntó Nico.

Julián miró a Elena antes de responder.

—Treinta y dos personas evacuadas. Tres trasladadas al hospital.

—¿Nombres?

—Aún no.

—Siempre es aún no.

Elena se acercó a su hijo.

—Necesitamos mantener la calma.

—¿Para qué? ¿Para no alterar las estadísticas?

—No sabes lo que ha ocurrido.

—Sé que estabais destruyendo el lote antes de venderlo.

—Estábamos retirando material inestable.

—Eso es destruirlo con más sílabas.

Tomás se sentó en el borde del estanque.

Tenía la frente húmeda. Inés lo vio y se agachó delante de él.

—¿Te encuentras bien?

—Calor.

—Aquí no hace calor.

—Me he levantado demasiado rápido.

Inés apoyó dos dedos en su muñeca.

—Estoy bien —insistió él.

—Deja que lo compruebe.

—Me resulta difícil discutir con mi hermana mientras mi mujer me toma el pulso.