Capítulo 1 #2
—Esperarán hasta que terminemos de cenar.
—Nosotros dijimos que firmaríamos a las diez.
—Tú dijiste que firmaríamos a las diez.
—Soy la consejera delegada.
—Y yo sigo siendo el presidente.
No elevaron la voz. En mi familia, las guerras importantes siempre se declaraban en un volumen que permitiera seguir sirviendo el vino.
Un golpe suave sonó detrás de mí.
Tomás había entrado en el átrio con dos copas en una mano y una botella en la otra.
—Mi hermana pequeña ha vuelto y ya estamos discutiendo porcentajes. Al menos dejad que se emborrache antes de pedirle dinero.
Me entregó una copa.
Tomás era el único Varela que parecía envejecer de manera ordinaria. Tenía cuarenta y tres años, barba mal recortada y una arruga profunda entre las cejas que no intentaba ocultar. La chaqueta del traje estaba abierta y la camisa se le había salido ligeramente del pantalón.
Lo abracé.
Él dejó la botella en el suelo para rodearme con los dos brazos.
—Pensé que inventarías una enfermedad —dijo junto a mi oído.
—Hay demasiados médicos aquí. Habríais pedido pruebas.
—Podría haberte falsificado algo.
—Esa oferta ha llegado cinco años tarde.
Tomás se apartó, pero no dejó de sujetarme por los hombros.
—Estás bien.
No era una pregunta. Tampoco una certeza. Lo dijo como quien comprueba que una pieza frágil ha sobrevivido a un transporte demasiado largo.
—Estoy aquí.
—No significa lo mismo.
Inés Mora se acercó y le retiró a su marido una pelusa de la solapa.
—Déjala respirar.
—Nora lleva toda la vida respirando sin permiso.
Inés me besó en la mejilla y sostuvo mi brazo un instante.
Era médica intensivista y tenía la costumbre de tocar a las personas mientras las miraba, como si confirmara que lo visible coincidía con lo que ocurría debajo de la piel.
—¿Has comido algo? —preguntó.
—En el viaje.
—Eso significa que no.
—Significa una bolsa de almendras.
—Voy a fingir que no lo he oído.
—Llevas quince años casada con un Varela. Tu capacidad de fingir debería estar más desarrollada.
Tomás soltó una carcajada. Inés sonrió sin mostrar los dientes.
Elena ya había vuelto a consultar su reloj.
—¿Dónde está Nico?
—En el ala violeta —respondió Inés—. Dijo que necesitaba cambiarse.
—Lleva una hora cambiándose.
—Quizá esté eligiendo una personalidad adecuada para la cena —dije.
—A diferencia de algunos, Nico entiende que esta operación también lo afecta —replicó Elena.
—Lo afecta porque lo habéis convertido en la fotografía de portada.
Tomás me apretó el brazo.
No fue un gesto cariñoso.
El silencio duró apenas un instante, pero todos supimos dónde había caído la frase.
En la página principal de Varela Biotech todavía aparecía una fotografía de Nico a los nueve años. Delgado, pálido, sentado en el césped con un balón entre las rodillas. Bajo la imagen, una frase que yo había escrito:
La vida no debería tener una fecha decidida de antemano.
Durante años había sido la mejor campaña de la empresa. Después se convirtió en una forma de impedir cualquier discusión. Criticar Lázaro significaba señalar al niño de la fotografía y decir que debería haber muerto.
—No vamos a hacer esto en el jardín de mamá —dijo Elena.
—Mamá diseñó el jardín para que la gente hablara.
—No para que utilizaras a mi hijo contra mí.
—No lo estoy utilizando.
—Fuiste tú quien eligió la foto.
Aquello era cierto.
Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos en la pasarela superior.
Nico descendió sin mirar a nadie.
Había crecido diez centímetros desde la última vez que lo vi y se había cortado el pelo casi al ras. Llevaba una camisa negra demasiado grande, las mangas dobladas hasta los codos y ningún interés en parecer el heredero de una empresa.
Se parecía a Elena en la forma de los ojos y a mi madre en la boca.
Durante la infancia había sido tan delgado que cualquier movimiento parecía exigirle una negociación con el cuerpo.
Lázaro había cambiado eso. Todavía quedaba algo cuidadoso en su manera de bajar las escaleras, pero ya no necesitaba apoyarse en la barandilla.
Miró primero a su madre, después a mí.
—Has venido.
—Me lo pediste.
—También te pedí que contestaras.
—Estaba conduciendo.
—Te escribí a las once de la mañana.
—Necesitaba pensar.
Nico llegó al último escalón.
—Tardas mucho en hacer cosas que luego presentas como inevitables.
Elena intervino:
—Nicolás.
—¿Qué? Solo intento hablar en el idioma de la familia.
Tomás se agachó para recuperar la botella.
—Perfecto. Ya estamos todos. Podemos cenar antes de que alguien descubra un secreto de infancia o impugne un testamento.
Nico no apartó los ojos de mí.
—¿Has leído los anexos clínicos?
—He leído lo que me mandaron.
—Entonces no.
—¿Tú sí?
Se frotó el antebrazo izquierdo, cerca del pliegue del codo. Bajo la manga apareció el borde amarillento de un hematoma.
Inés lo vio.
—No lo toques.
—No me duele.
—Entonces será fácil dejarlo en paz.
Nico bajó la manga.
—Hablamos después —me dijo.
—¿Después de qué?
—Depende de cuánto tarde el abuelo en intentar comprarte.
Mi padre recogió su copa del borde del estanque.
—La cena está servida.
El Comedor Ámbar ocupaba el sector oriental de la casa.
En el proyecto original era una habitación larga, abierta hacia uno de los patios.
Mi padre había sustituido las puertas de madera por paneles herméticos y el techo por una estructura de vidrio coloreado que convertía cualquier luz exterior en un resplandor de miel.
Aquella noche la mesa estaba preparada para ocho personas.
Julián permanecía en la sala de seguridad, junto al Airlock Blanco.
El personal de cocina había terminado el servicio antes de nuestra llegada y abandonado el perímetro.
Casa Cero podía recalentar los platos, servir el vino y retirar la vajilla mediante compartimentos ocultos en la pared, pero mi padre seguía considerando vulgar que una máquina apareciera delante de los invitados.
Se sentó en la cabecera. Elena ocupó su derecha; Gabriel Leal, la izquierda.
El doctor Leal había sido profesor de Tomás, socio de mi padre y director científico de Lázaro desde antes de que el tratamiento tuviera nombre.
Era un hombre delgado, de cabello blanco y movimientos lentos.
Cuando yo era niña, me llevaba a los laboratorios los domingos y me enseñaba células a través de un microscopio.
Durante años pensé que la ciencia consistía en mirar algo pequeño hasta que dejara de dar miedo.
Gabriel se levantó para saludarme.
—Nora.
—Doctor.
—Hace tiempo que no me llamas Gabriel.
—Hace tiempo que no me llamas.
Aceptó el golpe con una inclinación de cabeza.
—Siento no haber ido a la presentación de tu libro.
—No he publicado ningún libro.
—Entonces me alegro de no haber faltado.
Tomás rio desde el otro lado de la mesa.
Gabriel parpadeó, desconcertado.
—Elena me dijo que estabas escribiendo.
—Elena no sabe qué estoy haciendo.
—Nadie sabe qué estás haciendo —dijo mi hermana.
Tomé asiento junto a Nico.
Sofía quedó frente a nosotros, con la tableta apoyada contra su copa. No pertenecía al consejo, pero debía supervisar la autenticación y la conexión protegida con Aureon. Julián aparecía en una pequeña imagen muda en la esquina de la pantalla.
Mi padre esperó a que se sirviera el primer plato.
—Antes de discutir —dijo—, quiero brindar.
—¿Por qué exactamente? —preguntó Nico.
Elena le lanzó una mirada.
—Por haber llegado hasta aquí —continuó Adrián—. Dentro de unas horas, Lázaro estará preparado para entrar en diecisiete países. Lo que comenzó en dos habitaciones alquiladas podrá alcanzar a millones de personas.
—A millones de clientes —corregí.
—No existe investigación sin clientes.
—Existen pacientes.
—También pagan —dijo Nico.
Inés posó los cubiertos.
—¿Podemos cenar diez minutos sin convertir cada frase en una declaración?
Tomás levantó su copa.
—Brindo por eso.
Mi padre no lo acompañó.
—Cuando Ana enfermó, nos dijeron que no había nada que hacer. Habían decidido que su muerte era natural y que intentar impedirla era una forma de inmadurez. Después dijeron lo mismo sobre Nicolás.
Nico miró su plato.
—Abuelo.
—Tú estás aquí.
—Estoy sentado a una mesa. No hace falta convertirlo en una campaña.
Mi padre bajó la copa.
—No me avergüenza estar orgulloso de ti.
—Te avergüenza todo lo demás.
Elena se volvió hacia su hijo.
—Basta.
—¿Qué significa “todo lo demás”? —pregunté.
Nico tomó agua.
—Que brinde —dijo—. Para eso has venido.
Mi padre continuaba de pie. Esperó unos segundos y terminó el brindis:
—Por Ana. Por Nicolás. Y por todo lo que todavía podemos evitar.
Todos levantaron las copas.
Yo también.
La vajilla hizo un sonido breve y limpio. En el techo, la luz ámbar se reflejó sobre el vino y por un momento cada copa pareció contener una llama.
La comida avanzó durante algunos minutos sin hablar de la operación.
Tomás contó una anécdota sobre un congreso en Zúrich, Inés corrigió la mitad de los detalles y Nico fingió no escuchar.
Gabriel comía con lentitud, separando los ingredientes antes de llevarlos a la boca. Sofía consultó dos veces la tableta.
A la tercera, le pregunté:
—¿Esperas una invasión?
—Estoy verificando el equilibrio de presión.
—¿Ahora?
—La temperatura exterior ha bajado más rápido de lo previsto.
—¿Eso es peligroso?
—No.
Respondió demasiado deprisa.
Julián apareció en la puerta del comedor.
—Señor Varela.
Mi padre se volvió.
—¿Sí?
—El centro de operaciones pregunta si desea mantener el protocolo de privacidad durante la firma.
—Por supuesto.
—La comunicación exterior quedará limitada al canal de Aureon y a los servicios de emergencia.
—¿Durante cuánto tiempo? —pregunté.
—Hasta que finalice la sesión —respondió Julián.
—¿Mis abogados saben que estaremos incomunicados?
Elena dejó el tenedor.
—Tus abogados no participan en la votación.
—Participan en evitar que firme algo que no entiendo.
—Has tenido tres semanas.
—He tenido siete versiones.
—Las modificaciones están marcadas.
—Las que habéis decidido marcar.
Mi padre intervino antes de que Elena pudiera contestar.
—Nora, si tienes alguna objeción concreta, este es el momento.