La casa dice que somos diez Capítulo 1
3%
La casa dice que somos diez

La casa dice que somos diez

Por Hector Valnera

© inepub.com

Capítulo 1

Mi madre diseñó una casa con siete patios para que nadie pudiera vivir allí sin mirar el cielo.

Doce años después de enterrarla, mi padre había cubierto los patios con vidrio blindado y reducido toda la casa a una única puerta.

Aparqué frente a ella a las ocho y treinta y dos. El salpicadero del coche todavía mostraba el último mensaje de Nico.

Ven. Esta vez necesito que no te vayas.

Lo había enviado aquella mañana, después de tres meses respondiendo a mis llamadas con monosílabos y a mis mensajes con un pulgar levantado.

No había explicado qué necesitaba ni por qué debía ser aquella noche.

Tampoco mencionó la votación, los abogados de mi padre o los cuatro correos de Elena marcados como urgentes.

Nico sabía qué clase de invitación conseguiría hacerme volver.

Apagué el motor.

La casa emergía de la ladera como una pieza de granito pulido.

Desde la carretera todavía podían verse dos de los muros de piedra clara proyectados por mi madre, pero las ampliaciones de mi padre los habían rodeado con placas oscuras, persianas metálicas y superficies sin juntas.

La parte nueva parecía construida para proteger la antigua o para impedir que escapara.

En los planos originales se llamaba Casa de los Siete Patios . Mi padre la había rebautizado Casa Cero después de la reforma.

Cero riesgo.

Cero dependencia exterior.

Cero nombres que no hubieran sido previamente autorizados.

Una luz blanca recorrió la matrícula. El portón se cerró detrás de mi coche antes de que la puerta principal se abriera. Sobre el marco apareció mi nombre.

NORA VARELA

Debajo, una flecha me indicó dónde debía colocar la mano.

—También me alegro de verte —dije.

Apoyé la palma en el cristal. La pantalla midió mi temperatura, comprobó mi pulso y comparó mi rostro con una fotografía tomada ocho años antes, cuando todavía trabajaba para Varela Biotech y fingía que las reuniones familiares tenían un orden del día.

La puerta se deslizó con un susurro.

Julián Serrano me esperaba dentro del vestíbulo blanco.

No llevaba uniforme, pero nadie habría podido confundirlo con un invitado. Traje oscuro, espalda recta, auricular transparente y las manos libres. Nunca sostenía nada que pudiera impedirle actuar con rapidez.

—Buenas noches, señora Varela.

—Nora.

—El protocolo exige que deposite el móvil y las llaves.

A su lado había nueve compartimentos transparentes. Cinco contenían teléfonos. En el sexto reconocí la funda verde de Nico.

—No recuerdo ese protocolo.

—Se actualizó en mayo.

—Me sorprende que no hayáis instalado una bandeja para la dignidad.

Julián no sonrió. Tampoco parecía ofendido.

—Puede conservarla mientras no emita señal.

Entregué el móvil, pero guardé las llaves del coche en el bolsillo.

—También las llaves.

—El coche está fuera de la casa.

—Dentro del perímetro.

—Entonces podéis detenerlo cuando intente huir.

Julián sostuvo mi mirada durante dos segundos. Después cerró el compartimento con el teléfono y me entregó una pulsera negra.

—Identificación temporal. Le permitirá entrar en las zonas comunes. El ala privada conserva las autorizaciones anteriores.

—¿Y mi antiguo dormitorio?

—Su habitación está preparada.

La frase produjo una incomodidad mayor de la que merecía. No había dormido allí desde el entierro de mi madre. Durante años, mi padre había enviado fotografías para demostrar que mantenía el cuarto igual. Luego dejó de enviarlas, y yo supuse que lo había convertido en otra cosa.

Levanté la muñeca.

—¿Esto también mide el pulso?

—Solo confirma su identidad.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Sí —admitió—. También mide el pulso.

Al fondo del vestíbulo, seis trajes rojos colgaban detrás de una lámina de vidrio. Eran prendas técnicas, de cuerpo entero, con filtros en el cuello y visores negros plegados sobre el pecho. Mi padre había escogido el único color capaz de convertir un armario de emergencias en una amenaza.

Sofía Ortega apareció por una puerta lateral mientras yo los observaba.

Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y una tableta bajo el brazo. Había una mancha gris en la manga de su camisa. No parecía suciedad doméstica; tenía el mismo tono del polvo que se acumulaba alrededor de los filtros industriales.

—Llegas antes de lo que esperaba —dijo.

—Llego doce años tarde, según mi padre.

Sofía me abrazó con un solo brazo. Olía a metal frío y jabón.

Nos conocíamos desde la primera reforma. Ella tenía entonces veintiséis años y trataba a la casa como una paciente cuya familia se empeñaba en empeorar el diagnóstico. Había conservado ese modo de observar las paredes: nunca miraba una superficie, sino lo que circulaba detrás.

—¿Problemas? —pregunté, señalando la tableta.

—Comprobaciones.

—Julián dice que cambiaron el protocolo.

—Tu padre cambia los protocolos cuando se aburre.

Julián continuaba a nuestro lado.

—O cuando resulta necesario —añadió.

—Nadie te estaba contradiciendo —respondió Sofía.

Lo dijo sin ironía. Era una de las pocas personas capaces de incomodar a Julián mediante la literalidad.

Una señal luminosa pasó de verde a azul sobre la puerta interior.

—Ya puedes entrar —dijo Sofía.

—¿El análisis ha confirmado que sigo siendo de la familia?

—Eso no lo mide la casa.

Antes de que avanzáramos, alguien habló por el auricular de Julián. Él se volvió ligeramente, escuchó y presionó dos dedos contra el dispositivo.

—Recibido.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—El señor Varela ha preguntado si había llegado.

—Podrías decirle que el reconocimiento facial ha detectado un parentesco probable.

Julián informó de mi llegada sin reproducir el comentario.

Sofía abrió la segunda puerta.

El aire cambió al cruzarla.

El vestíbulo olía a desinfectante y tejido sintético.

El Átrio Azul conservaba el olor húmedo de los patios de mi madre: tierra, hojas de limonero, madera y el agua inmóvil del estanque.

La cubierta de vidrio mantenía el jardín a una temperatura distinta del resto de la casa.

Durante un instante sentí en la cara la tibieza de los veranos de mi infancia.

Después escuché el cierre hermético a mis espaldas.

La casa de mi madre aún estaba allí. Había que aprender a reconocerla debajo de las correcciones.

El átrio ocupaba el centro del edificio. Siete corredores curvos partían de él sin ofrecer una visión completa de las habitaciones siguientes. Ana Varela detestaba los pasillos rectos. Decía que una casa no debía revelar de una vez todo lo que sabía.

Mi padre había conservado las curvas e instalado dentro de cada muro una compuerta de acero.

Las luces del jardín atravesaban paneles de vidrio azul y proyectaban manchas sobre el suelo.

El antiguo patio permanecía bajo una cúpula transparente, rodeado por una pasarela de piedra.

Los árboles habían crecido hasta casi tocar el techo.

Entre ellos, las cámaras de seguridad eran pequeñas articulaciones negras.

Mi padre estaba junto al estanque.

Adrián Varela cumplía setenta y cuatro años en diciembre, pero seguía ocupando los espacios como si la edad fuera una concesión que se hubiera negado a firmar.

Vestía camisa blanca sin corbata y sujetaba una copa de vino que apenas había probado.

Tenía el cabello completamente gris, la piel clara y la misma postura de las fotografías tomadas cuando fundó el primer laboratorio.

Al verme, dejó la copa sobre el borde del estanque.

—Sabía que vendrías.

Me abrazó antes de que pudiera decidir cómo recibirlo.

Mi padre nunca daba abrazos breves. Extendía el gesto hasta obligar al otro a participar. Sentí su mano en mi nuca y el perfume que usaba desde que yo era niña, mezclado ahora con un olor médico, casi imperceptible.

—Nico lo sabía —dije al separarme—. Tú enviaste a dos abogados.

—Los abogados no significan que no quisiera verte.

—Significan que querías mi firma.

—También.

La sinceridad era una herramienta que mi padre utilizaba cuando resultaba más eficaz que mentir.

Me observó de arriba abajo.

—Estás más delgada.

—Tú sigues diciendo eso.

—Porque sigues estándolo.

A pocos metros, sobre una mesa lateral, había una taza de porcelana azul junto a la cafetera. La taza preferida de mi madre. Mi padre la había colocado en el mismo lugar durante años, incluso después de que el café acumulado dejara una mancha oscura en el fondo.

Aquella noche estaba limpia.

—El jardín está precioso —dije.

—Sofía quería sustituir los limoneros.

—Uno de ellos tiene un hongo —explicó ella.

—Ana los plantó.

—Precisamente por eso intento que los otros seis no mueran.

Mi padre acarició una hoja amarillenta.

—No morirá.

Sofía no respondió. Consultó la tableta y se alejó hacia el corredor de servicio.

Adrián esperó a que desapareciera.

—Tiene demasiado apego a las normas.

—Pensaba que eso te gustaba.

—Me gusta cuando son las mías.

Elena apareció al otro lado del jardín.

Mi hermana llevaba un traje gris y el cabello recogido en una coleta baja. No había una arruga en la chaqueta ni una sombra de cansancio bajo los ojos, aunque llevaba cuatro semanas negociando una venta que afectaría a más países de los que yo era capaz de enumerar.

Se acercó sin prisa.

—Pensábamos empezar a las nueve.

—Son las ocho y cuarenta y uno.

—Por eso todavía no hemos empezado.

Nos besamos en la mejilla. Su perfume tardó más que el contacto.

—¿Has leído la documentación? —preguntó.

—Buenas noches a ti también.

—Te mandamos la versión definitiva esta mañana.

—La versión definitiva de esta mañana o la versión definitiva de las seis de la tarde.

—La de las seis incluye dos correcciones fiscales y una aclaración sobre las patentes secundarias.

—Entonces he leído la penúltima verdad.

Vi cómo apretaba los dientes antes de contestar. Elena llevaba años intentando decidir si mis frases eran ataques o una enfermedad que debía tolerar.

—No vamos a revisar la operación desde el principio porque te hayas mantenido fuera durante cinco años.

—No os pedí que esperarais.

—Precisamente.

Mi padre levantó una mano.

—Todavía no.

Elena miró hacia él.

—La gente de Aureon está conectada desde Bruselas.