Capítulo 28 #3
—Salida al patio a las once, si mantiene estabilidad.
—¿Con quién?
—Óscar.
—¿Y si quiero ir solo?
Roldán me miró.
No con severidad.
Con realidad.
—Todavía no.
Todavía.
No nunca.
No sí.
Todavía no.
La palabra no me gustó.
Me ayudó.
El patio parecía exactamente igual.
Eso también ayudó.
Las plantas seguían teniendo una tristeza estable.
El cenicero seguía lleno de colillas que alguien debía retirar y nadie retiraba con suficiente entusiasmo.
El banco estaba frío. La pared del fondo tenía una mancha de humedad con forma de país inventado.
En la ventana del segundo piso seguía pegado el dibujo infantil del perro azul.
Carmen no estaba.
No esperé verla.
Eso fue nuevo.
Había una diferencia entre echar de menos y esperar una aparición. Hasta hacía poco, yo mezclaba ambas cosas con una facilidad enfermiza.
Óscar se quedó cerca de la puerta.
—Diez minutos —dijo.
—Qué generosidad.
—Podrían ser cinco.
—Diez es una eternidad.
Me senté.
El aire olía a tabaco, tierra mojada y comida de hospital escapando por alguna rendija del edificio. No olía a mar. No olía a lavanda. No olía a madera vieja. No olía a la casa.
Me quedé mirando la mancha de humedad de la pared.
Mi cabeza quiso darle forma.
Un mapa.
Una isla.
Una puerta.
No.
Era una mancha.
Una mancha bastante fea, además.
—Hoy no voy a preguntar por nadie —dije.
Óscar, desde su sitio, preguntó:
—¿Nadie quién?
—Lucía. Mikel. Insausti. Carmen. Clara. Lucas.
Los nombres salieron en fila.
No como invocación.
Como inventario.
Óscar asintió.
—¿Por qué?
La pregunta correcta.
Siempre.
—Porque no tengo ninguna pregunta funcional.
—Vale.
—Eso no significa que no quiera saber.
—Ya.
—Quiero saberlo todo.
—Normal.
—No diga normal. Me da miedo.
—Entonces: frecuente.
—Peor.
—Humano.
La palabra me irritó.
Quizá porque me tocó.
Humano.
Qué palabra excesiva para alguien que todavía medía su avance en no abrir cajones, no pedir cartas y pelar mal naranjas.
—No sé si llego a tanto —dije.
—Hoy no hace falta.
Agradecí que no lo convirtiera en consuelo.
Diez minutos después volvimos dentro.
No pasó nada.
El patio no se volvió importante.
Carmen no apareció.
Nadie llamó desde una ventana.
La mancha de humedad siguió siendo mancha.
Eso fue lo más parecido a un milagro que recibí aquel día.
La comida fue peor que la naranja.
El puré tenía una textura de arrepentimiento y el pescado parecía haber sido hervido por alguien que no creía en la vida interior de los alimentos.
Comí un poco.
No por virtud.
Por plan.
A las cuatro llegó Darío otra vez.
Esta vez sin carpeta.
Lo miré con alarma.
—No empiece —dijo.
—La carpeta me daba estabilidad.
—Eso es una frase preocupante.
—Lo sé.
Se sentó.
—Salcedo ha pedido que le comunique algo. No requiere respuesta hoy.
—Eso nunca significa nada bueno.
—Significa exactamente lo que he dicho.
—Qué radical.
Darío sacó una hoja doblada del bolsillo interior de la chaqueta.
—Se ha revisado parcialmente la sala circular. Los restos de papel no permiten aún reconstrucción completa. Sí se ha identificado una palabra repetida en varios fragmentos deteriorados.
El cuerpo se preparó.
Uno aprende rápido a odiar las palabras que sobreviven al agua.
—¿Qué palabra?
Darío dudó.
No por teatralidad.
Por prudencia.
—TICHÉ.
La habitación se quedó quieta.
TICHÉ.
Cinco letras.
La palabra no era nueva.
No del todo.
Había estado en la casa como un nombre, una clave, un destino disfrazado de técnica o una técnica disfrazada de destino. Había flotado en documentos, en frases incompletas, en los bordes de algo que Insausti había intentado convertir en método y quizá otros habían entendido de formas aún peores.
—¿Solo eso? —pregunté.
—Por ahora.
Por ahora.
La palabra maldita.
—¿Qué significa en los fragmentos?
—No lo sabemos.
—¿Proyecto? ¿Paciente? ¿Sistema? ¿Clave?
Darío me miró.
—No lo sabemos.
—Pero ustedes tendrán hipótesis.
—Sí.
—¿Y no me las va a decir?
—No.
Me enfadé.
Rápido.
Fácil.
El enfado era una escalera conocida.
—Estoy implicado.
—Precisamente.
—Es mi vida.
—No solo.
Otra vez.
No solo.
La frase que me expulsaba del centro y me salvaba de él.
—Necesito saber si TICHÉ era parte del protocolo —dije.
—No hoy.
—¿Por qué me lo dice entonces?
—Porque mañana puede aparecer en una diligencia y he preferido que no le golpee por sorpresa. Eso es todo. Información mínima. No interpretación.
Información mínima.
No interpretación.
El mundo exterior se estaba especializando en darme cantidades pequeñas de cosas insoportables.
Vega apareció en la puerta. No sabía cuándo la habían llamado. O quizá la puerta seguía entornada precisamente para eso: para que nadie tuviera que irrumpir.
—Riesgo —dijo.
—Medio-alto.
—¿Impulso?
—Exigir todos los documentos sobre TICHÉ.
—¿Intención de hacerse daño?
—No.
—¿Plan?
—No.
—¿Qué puede hacer ahora?
Odié la pregunta.
La odié con cariño incipiente.
—Escribir la palabra sin explicarla —dije.
Vega asintió.
Darío me dio el lápiz.
En la agenda del día escribí:
TICHÉ aparece en restos de papel. No sé qué significa.
Me detuve.
Quise añadir veinte líneas.
No las añadí.
Debajo puse:
No saber no me autoriza a obedecerla.
Darío leyó.
—Eso es bueno.
—No diga eso.
—Eso es útil.
—Peor.
—Eso es admisible.
—Mucho mejor.
La palabra quedó en la hoja.
TICHÉ.
Cinco letras.
No desapareció.
No se movió.
No abrió ninguna pared.
Pero cambió el aire de la habitación.
—¿La había visto antes fuera de la casa? —preguntó Darío.
La pregunta era procesal.
O parecía.
—No lo sé.
—Piénselo con cuidado.
Lo hice.
TICHÉ en documentos. En la casa. En frases. En la boca de Insausti quizá. En el archivo. En el sueño. En las puertas. En mi cabeza.
Fuera de la casa.
No.
O sí.
No podía confiar del todo.
—No como recuerdo fiable —dije.
Darío asintió.
—Eso constará, si se pregunta.
Constará.
Otra vez.
La palabra que no cerraba pero impedía que todo fuera aire.
Aquella tarde me devolvieron el teléfono durante diez minutos.
Supervisado.
No por dramatismo.
Por plan.
Roldán, Óscar y Vega presentes. Darío se había marchado después de dejar la palabra TICHÉ sobre la mesa como quien deja un animal pequeño y venenoso dentro de una caja.
El teléfono estaba cargado.
Notificaciones desactivadas.
Sin noticias.
Sin redes.
Sin mensajes abiertos.
Lo encendí.
No pasó nada.
Qué raro era que un objeto tan peligroso pudiera comportarse con tanta educación.
Revisé contactos útiles.
Darío.
Unidad abierta.
AYUDA AHORA.
No abrí a Elena.
No llamé a Mikel.
No busqué TICHÉ.
Eso fue lo más difícil.
Más que Elena casi.
Porque buscar TICHÉ parecía investigación, no autodestrucción.
Y a veces la investigación era mi forma favorita de autodestrucción.
—Quiero buscar la palabra —dije.
Vega asintió.
—Lo imaginaba.
—No voy a hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque no sería para saber qué hacer. Sería para no soportar esperar.
Roldán dijo:
—Correcto.
—Todos vais a acabar teniendo un vocabulario muy pobre de tanto corregirme.
Óscar sonrió.
Apagué el teléfono antes de los diez minutos.
Lo dejé sobre la mesa.
No lo agarré de más.
Escribí:
No busqué TICHÉ.
Debajo:
La curiosidad también puede ser una puerta.
Me gustó demasiado.
Añadí:
Hoy no la crucé porque estaba vigilado.
Más honesto.
La noche llegó sin pedir permiso.
Como todas.
La unidad abierta apagó algunas luces, bajó voces, cerró puertas a medias. En algún lugar alguien pidió una infusión. Alguien discutió porque quería otro cigarrillo. Un televisor quedó murmurando hasta que Óscar lo apagó. La otra cama de mi habitación siguió vacía.
La puerta quedó entornada.
La luz pequeña encendida.
El plan de noche sobre la mesilla.
No acceso a materiales.
No carta.
No grabación.
No noticias.
Si sube riesgo, botón.
Si aparece TICHÉ como impulso, avisar.
Esa última línea la había añadido Vega.
Me molestó.
Por exacta.
A las once, Óscar pasó ronda.
Un golpe.
—Soy Óscar. ¿Puedo asomar?
—Sí.
—¿Riesgo?
—Medio.
—¿Impulso?
—Mirar la palabra TICHÉ hasta que signifique algo.
—¿Y significa algo ahora?
Miré la agenda.
La palabra escrita en mi letra.
TICHÉ aparece en restos de papel. No sé qué significa.
—Significa que no sé qué significa.
—Eso vale por hoy.
—Qué poco exigente se está volviendo todo.
—No se confíe.
Se fue.
A medianoche pensé en Lucía.
No en la carta.
En Lucía saliendo de una sala después de escuchar a Elena y decidiendo que su dolor no me pertenecía.
No pedí la carta.
A la una pensé en Mikel.
Disponible cuando lo pida.
No lo pedí.
A las dos pensé en Insausti.
La grabación mía.
El Adrián anterior.
El hombre que quizá dijo una frase brillante y peligrosa antes de convertirse en paciente.
No pedí la grabación.
A las tres pensé en Carmen.
No me convierta en voz interna.
—Lo estoy intentando —murmuré.
Nadie respondió.
Bien.
A las tres y media me levanté para beber agua.
No había oído agua.
Solo sed.
La distinción me pareció un avance miserable y enorme.
Bebí.
Volví a la cama.
Al dejar el vaso sobre la mesilla, la luz pequeña cambió de ángulo.
O mi mano movió la agenda.
O el mundo decidió, con una crueldad de gran precisión, que ciertas cosas solo se ven cuando uno ya ha decidido no mirarlas.
Vi el botón rojo.
El nuevo.
El de la unidad abierta.
El que habíamos probado.
El que funcionaba.
El que no era la casa.
El que no era el ferry.
El que no era una puerta, sino una herramienta.
Durante un segundo no entendí qué estaba viendo.
No era tinta.
No era una etiqueta.
No era una marca de fábrica.
Era un arañazo muy fino sobre el plástico rojo, casi invisible, justo en el borde inferior, donde la luz pequeña caía de lado.
Cinco letras.
Torpes.
Pequeñas.
Como hechas con una punta metálica o una uña desesperada.
TICHÉ.
Me quedé inmóvil.
El vaso seguía en mi mano.
El agua se movió apenas.
Al otro lado de la puerta, alguien caminó por el pasillo. Una enfermera, quizá. Un paciente. Una persona viva. El hospital siguió respirando con sus ruidos pobres y reales.
Miré la palabra.
TICHÉ.
En el botón rojo.
No en un sueño.
No en un archivo.
No en la casa.
En la unidad abierta.
En el objeto que debía demostrar que pedir ayuda no era otra puerta.
Durante unos segundos pensé en pulsarlo.
Luego pensé en no hacerlo.
Si pulsaba, vendría alguien. Óscar. Sonia.
Roldán. Una persona viva. Verían el botón.
O no verían nada. Dirían que era un arañazo cualquiera.
Dirían que ya estaba. Dirían que no estaba.
Dirían que mañana lo revisarían. Darío pediría que constara.
Vega preguntaría riesgo. Roldán diría que no interpretara de noche.
Si no pulsaba, la palabra se quedaría conmigo.
Cinco letras.
Nada más.
Todo.
La casa había terminado.
O no.
El protocolo había sido intervenido.
O no.
Yo había salido.
O estaba aprendiendo a soñar con hospitales.
El botón rojo esperaba bajo mi dedo.
No se movía.
La puerta seguía entornada.
La luz pequeña seguía encendida.
Pensé en Elena.
No apareció.
Pensé en Lucía.
No apareció.
Pensé en Carmen.
No apareció.
Pensé en Mikel.
No apareció.
Pensé en la Casa del Sueño Profundo, al otro lado de la marea, con sus archivos, sus pasillos, sus habitaciones vacías y sus puertas que quizá nunca habían necesitado estar cerradas para que obedeciéramos.
Después miré el botón.
Cinco letras.
TICHÉ.
Y por primera vez no supe cuál de las dos cosas era despertar.