La casa del sueño profundo Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Después de una vida entera, después de una muerte, después de una casa, después de un protocolo, después de una declaración, después de Lucía, Mikel, Insausti y Carmen, mis pertenencias inmediatas cabían en una bolsa de hospital, una carpeta, una hoja con frases torcidas y un sobre que no debía abrir sin compañía.

La carta de Lucía quedó guardada en el cajón superior, dentro de su sobre marcado.

No la puse sobre la mesilla.

No la escondí debajo de la almohada.

No la devolví.

La hoja donde había escrito sobre Elena también quedó allí, pero no en el mismo sobre. Separada. Cercana, pero no mezclada.

La mesilla quedó con un vaso de agua, el lápiz y la lista.

—Parece poco —dije.

Vega estaba en la puerta.

—¿Poco qué?

—La mesilla.

—¿Quiere poner algo más?

Podía poner la carta.

El teléfono si lo tuviera.

Un objeto de Elena.

Una mandarina, si el universo insistía con los cítricos.

—No —dije—. Quiero tolerar que parezca poco.

—Eso también es una tarea.

—Todo es una tarea aquí.

—Sí.

—Qué agotador estar vivo.

No lo dije como dramatismo.

Lo dije como dato.

Vega no lo negó.

—Lo es.

—¿Y ese es el gran descubrimiento terapéutico?

—Uno de los menos vendibles.

Roldán entró de nuevo con el plan de noche impreso.

No en voz baja.

No administrado por memoria ajena.

Rondas con aviso verbal.

No acceso a materiales de la causa durante la noche.

Carta de Lucía custodiada.

Si sube riesgo: botón.

Si impulso de pedir carta/grabación/declaración: avisar.

Si escucha agua, golpes o desorientación: avisar.

—Parece un contrato con mi peor versión.

Roldán lo pensó.

—Más bien con su versión cansada.

—La cansada es peligrosa.

—Por eso el plan.

Me tendió un bolígrafo.

—¿Firma?

El cuerpo volvió a la grabación que todavía no había visto. A los consentimientos. A los documentos firmados antes de que la voluntad empezara a convertirse en coartada.

Roldán pareció entenderlo.

—Puede no firmar. Podemos dejar constancia verbal. O puede firmar añadiendo una línea: revisable mañana.

La salida de emergencia de la tinta.

Cogí el bolígrafo.

Miré mi firma.

No temblaba demasiado.

—Bien —dijo Roldán.

—No se exceda.

—Aceptable —corrigió.

—Mucho mejor.

Darío se marchó antes de cenar.

No sin dejarme una advertencia, naturalmente.

Los abogados se van del todo solo en la imaginación popular.

—Mañana no habrá declaración extensa —dijo—. Salcedo quiere ampliar sobre documentos, pero he pedido que sea breve y dependiendo del informe médico.

—Gracias.

—No lea noticias.

—No tengo teléfono.

—Cuando lo tenga, tampoco.

—Qué controlador.

—Sí.

—¿Lucía?

No pude evitarlo.

O pude y no lo hice.

Darío me miró.

Vega, desde la puerta, también.

Reformulé antes de que Darío contestara:

—¿Hay algo sobre Lucía que deba saber hoy por motivos legales o clínicos?

Darío tardó un segundo.

Luego asintió, casi imperceptiblemente.

—No.

Pero de forma limpia.

—Gracias.

—Esa ha sido una buena reformulación.

—Todos me tratáis como un perro que acaba de aprender a no morder el sofá.

—No diría sofá —dijo Darío—. Diría estructura narrativa.

—Peor.

—Mucho peor.

Se acercó a la puerta.

—Descanse.

—Qué orden tan ambiciosa.

—Entonces: intente no empeorar por escrito.

—Eso sí puedo intentarlo.

Cuando se fue, la habitación quedó más silenciosa.

Vega también se marchó al poco, después de confirmar que Roldán quedaba como referencia nocturna y que Óscar pasaría durante el turno.

—No soy su única referencia —dijo.

Lo dijo como si fuera una buena noticia.

Uno se acostumbra rápido a convertir a una persona razonable en pared de carga.

—No concentrar poder —dije.

—Exacto.

—Ni siquiera si el poder es amable.

—Sobre todo entonces.

Me dejó esa frase y se fue.

Intenté no escribirla.

Ni siquiera si es amable.

Luego añadí, para rebajarla:

Especialmente si trae café malo.

La primera noche en la unidad abierta fue mala, pero no tuvo revelaciones. Oí agua dentro de mí, no fuera. Pulsé antes de que la memoria mandara demasiado. Óscar comprobó el baño conmigo: ducha, lavabo, suelo seco. No había bañera. A veces un dato pobre bastaba para llegar a la mañana.

Por la mañana, Roldán entró con Óscar.

—Me han contado lo del baño seco —dijo.

—Empiezo a tener una biografía muy poco digna.

—A mí me parece una buena intervención.

—Eso confirma mis peores temores sobre la psiquiatría.

—¿Cómo está ahora?

—Cansado.

—¿Riesgo?

—Medio.

—¿Impulso principal?

—Hacer como si todo esto fuera progreso.

—¿Y no lo es?

El baño seco.

La grabación no vista.

La carta no pedida.

Mikel no llamado.

Carmen no convertida del todo en oráculo.

Elena no ordenada.

—Es algo —dije.

—Algo sirve.

—No basta.

—No tiene que bastar.

—Tiene que alcanzar.

—Exacto.

Me sostuvo igual.

Roldán me entregó una agenda de día.

No una escaleta.

No un destino.

Sin declaraciones extensas.

Una salida breve al patio si el riesgo se mantiene.

Plan de noche.

Miré la hoja.

—Parece poco.

—Lo es.

—Bien.

Esta vez lo dije yo.

Y no me sonó del todo falso.

Antes de desayunar, abrí el cajón superior con Roldán presente.

No toqué la carta de Lucía.

No toqué la hoja de Elena.

Solo comprobé que seguían allí.

—¿Para qué lo hizo? —preguntó.

—Para saber que no necesito tenerlas encima de la mesilla para que existan.

—Eso parece importante.

—Sí.

—¿Lo va a escribir?

Casi dije que sí.

Luego miré la mesilla.

—No —dije—. Ahora no.

Roldán no sonrió.

Pero pareció satisfecho.

La mesilla quedó con el vaso, el lápiz y la agenda. Nada más. No parecía una victoria. Parecía poco. Por primera vez, quizá, poco no me pareció una amenaza.

Capítulo 29

TICHÉ

La mañana empezó con una naranja regular.

No buena.

No mala.

Regular.

Eso me pareció casi ofensivo, pero también justo.

La vida no podía permitirse amanecer siempre con símbolos perfectos, frutas memorables o revelaciones escondidas en la pulpa.

A veces amanecía con una naranja difícil de pelar, demasiado blanca por dentro y con un sabor que no justificaba el esfuerzo.

La pelé mal.

Muy mal.

La piel se rompió en trozos grandes, se me quedó parte blanca bajo las uñas y una gota de zumo cayó sobre la hoja de la agenda del día. No sobre la carta de Lucía. No sobre Elena. No sobre un informe. Sobre una agenda con horarios pobres y útiles.

9:30 — Revisión médica.

11:00 — Salida breve al patio.

13:00 — Comida.

16:00 — Conversación con abogado.

Noche — Plan habitual.

Plan habitual.

Qué expresión tan rara para un hombre que hacía una semana todavía vivía dentro de un edificio donde las noches tenían mareas, cintas, puertas y muertos con excelente sentido de la oportunidad.

Mordí un gajo.

Regular.

—¿Qué tal? —preguntó Óscar desde la puerta.

Un golpe antes.

Su nombre.

Espera.

Todo correcto.

—La naranja tiene aspiraciones muy modestas.

—Entonces encaja en el plan del día.

—Eso ha sido cruel.

—Funcional.

Me tomó la tensión, revisó la hoja, preguntó por el riesgo.

—Medio —dije.

—¿Intención?

—No.

—¿Plan?

—Comer una naranja mediocre y no convertirla en nada.

Óscar miró la fruta.

—Ambicioso.

—Muchísimo.

No preguntó por Elena.

No preguntó por la casa.

No preguntó por la bañera.

No preguntó si había soñado con el ferry.

Solo anotó lo que tenía que anotar y señaló el botón rojo de la pared.

—¿Lo necesitó anoche?

—No.

—¿Quiso necesitarlo?

Pensé.

—Un poco.

—¿Por qué?

Miré el botón.

Rojo.

Nuevo.

Normal.

—Para comprobar que seguía ahí.

—¿Y?

—Seguí yo también.

Óscar asintió.

—Vale.

No dijo bien.

Mejor.

Cuando salió, la habitación quedó tranquila.

La otra cama seguía vacía. El cajón superior guardaba la carta de Lucía y la hoja de Elena, separadas.

El cajón inferior no guardaba nada todavía; el teléfono seguía custodiado fuera durante la noche.

La mesilla tenía el vaso de agua, la agenda, un lápiz y los restos de la naranja.

Parecía poco.

Cada vez me parecía menos poco.

Quizá uno empieza a salir de una casa cuando deja de necesitar que la mesilla sea un tribunal.

La revisión médica fue breve.

Roldán preguntó.

Vega escuchó.

Yo respondí.

No declaré.

No interpreté.

No intenté colocar cada síntoma en una arquitectura de sentido.

Dormí cuatro horas.

Me desperté dos veces.

Pensé en la carta de Lucía, pero no la pedí.

Oí agua dentro, no fuera.

No pulsé porque bajó.

Si subía, habría pulsado.

—Eso último es importante —dijo Vega.

—Todo el mundo se emociona con cosas muy pequeñas.

—Las grandes no le han tratado especialmente bien.

No pude discutirlo.

Roldán revisó el plan.

—Hoy no habrá declaración. Salcedo ha aceptado posponer la ampliación hasta que haya informe de estabilidad más claro.

—La justicia parece razonable. Me inquieta.

—No se acostumbre —dijo Darío, que había entrado justo a tiempo para parecer más teatral de lo que seguramente pretendía.

Traía carpeta.

Por fin.

La ausencia de carpeta el día anterior me había parecido una forma de desnudez profesional.

—Buenos días —dijo.

—Provisionales.

—Siempre.

Se sentó y abrió la carpeta solo un poco.

—Vengo con tres cosas. Una: no hay nuevas diligencias hoy. Dos: Lucía mantiene su petición de no contacto directo por ahora. Tres: la grabación previa de Insausti queda custodiada y no se reproducirá sin autorización médica y letrada.

Tres cosas.

Tres límites.

Tres puertas que no iban a abrirse aquel día.

—Gracias —dije.

—¿Por cuál?

—Por no traer una cuarta.

Darío casi sonrió.

—La cuarta sería: no lea noticias cuando le devuelvan el teléfono.

—Eso ya estaba en el aire.

—Me gusta poner cosas en papel.

—Lo sé.

Vega intervino:

—¿Riesgo al oír lo de Lucía?

Pensé.

Lucía no quería contacto.

No era castigo.

O sí.

O no solo.

Pero no era una adivinanza que yo tuviera derecho a resolver.

—Medio —dije—. Impulso de preguntar por qué.

—¿Va a preguntar?

Miré a Darío.

—No.

—Buena elección —dijo él.

—No la llame buena. Está hecha con los dientes apretados.

—Las mejores decisiones legales suelen empezar así.

Roldán cerró la agenda.