La casa del sueño profundo Capítulo 29
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Capítulo 29

La salida revisable

La propuesta llegó sin solemnidad.

Si alguien hubiera entrado con voz grave, documentos sellados y una frase del tipo ha llegado el momento , quizá mi cabeza habría sabido defenderse.

Me habría puesto sarcástico. Habría encontrado una grieta en la puesta en escena.

Habría convertido la solemnidad ajena en una silla incómoda y me habría sentado encima con aire de superioridad.

La propuesta llegó con la doctora Vega, Darío, un psiquiatra de planta llamado Roldán y una bandeja de comida que alguien había colocado junto a la cama como si el puré gris pudiera asistir a una decisión clínica.

Roldán era un hombre de barba entrecana, gafas rectangulares y expresión de haber hecho las paces con el cansancio hacía años. No parecía interesado en impresionarme. Eso me gustó. O me inquietó. Últimamente ambas cosas eran casi lo mismo.

—La recomendación del equipo —dijo— es mantener observación y tratamiento en unidad abierta.

Ese era el problema.

Las frases que suenan mal permiten oponerse con dignidad. Las que suenan razonables obligan a pensar, y yo seguía considerando el pensamiento una actividad peligrosa cuando no había suficientes testigos cerca.

—¿Unidad abierta? —repetí.

—Sí —dijo Vega—. No una unidad cerrada. No aislamiento. No protocolos especiales. Seguimiento psiquiátrico, apoyo psicológico, control del riesgo, acompañamiento legal y limitación de estímulos vinculados a la causa.

—Qué descripción tan atractiva. Deberían imprimir folletos.

Roldán no sonrió.

Punto para él.

—La alternativa sería prolongar observación en urgencias unos días más o valorar ingreso involuntario si el riesgo subiera.

—Qué abanico de entusiasmos.

Darío, sentado junto a la ventana, intervino:

—La unidad abierta es la opción menos restrictiva que ahora mismo sigue siendo segura.

Dos palabras que, hasta hacía poco, yo habría considerado enemigas.

—¿Y si me niego? —pregunté.

No lo dije como desafío.

No del todo.

Lo dije porque necesitaba saber si la puerta estaba realmente abierta o solo pintada sobre la pared.

Roldán respondió sin molestarse:

—Entonces habría que valorar su riesgo actual, su capacidad de sostener un plan externo y las medidas necesarias. Puede negarse. Pero nuestra recomendación clínica es que acepte.

Aquello me golpeó más que cualquier imposición.

La Casa del Sueño Profundo había perfeccionado el arte de hacer que una puerta pareciera elección cuando ya había decidido por ti.

Allí todo llevaba la forma de tu propia voluntad: usted lo pidió, doctor; usted lo diseñó; usted eligió olvidar; usted quiso entrar.

La libertad era una habitación con cerradura interior manipulada desde fuera.

En esa sala fea de hospital, en cambio, un hombre con barba entrecana me decía que podía negarme.

Y precisamente por eso resultaba más difícil decir que no.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Una semana inicial —dijo Vega—. Revisable.

Otra palabra pequeña.

Otra palabra adulta.

Otra palabra que no prometía redención ni castigo, solo una fecha futura donde alguien volvería a mirar lo ocurrido sin fingir que ya estaba decidido.

—Una semana puede ser una casa —dije.

No sé de dónde salió.

De todas partes.

La semana de observación. La semana terapéutica. La estancia voluntaria. El periodo de contención. Los nombres suaves con los que se empiezan las jaulas cuando nadie quiere llamarlas jaulas.

—Puede serlo si no se revisa.

—Y si usted empieza a quedarse para entenderlo todo.

Quedarme en un lugar hasta que el lugar se volviera sistema. Permanecer junto a un daño hasta descubrirle una estructura. Convertir la habitación en teoría y la teoría en refugio.

—No quiero quedarme hasta entender —dije.

Darío levantó apenas la mirada.

—Eso convendría dejarlo por escrito.

—¿Todo lo que digo contra mí mismo termina en papeles?

—Solo lo útil.

Vega me tendió el lápiz.

No me sorprendió.

La hoja de los últimos días seguía sobre la mesilla, cada vez más parecida a un mapa dibujado por alguien que no confiaba en las carreteras.

Una semana no es una casa si tiene salida, revisión y testigos.

Y si no intento decorarla.

Roldán leyó desde su silla.

—Eso sirve.

—No me diga que sirve. Me dan ganas de convertirlo en método.

—Entonces sirve poco y con supervisión.

Me cayó todavía mejor.

Me molestó bastante.

—¿Por qué tendría que aceptar? —preguntó Vega.

Miré la puerta entornada.

El botón rojo.

La comida gris.

La carpeta de Darío.

La libreta cerrada de Vega.

La cara cansada de Roldán.

—Porque salir hoy sin estructura sería usar la libertad como prueba de orgullo —dije—. Y porque quedarme aquí sin fecha sería usar el miedo como casa. Una semana revisable parece… menos mentirosa.

—Eso es bastante razonable.

—No lo diga con tanto alivio. Parece que esperaba algo peor.

—Siempre espero algo peor. Soy abogado.

Roldán tomó nota.

—¿Acepta voluntariamente el traslado?

—Sí —dije.

Luego añadí, antes de que mi cabeza pudiera convertirlo en gesto heroico:

—Pero quiero que conste que tengo miedo.

—Consta.

No lo dijo como quien consuela.

Lo dijo como quien registra un dato.

Y, aquello me sostuvo más.

Me trasladaron al atardecer.

No en ambulancia.

No con sirenas.

No cruzando marea alguna.

Un celador apareció con una silla de ruedas. Yo dije que podía caminar. Vega dijo que probablemente sí, pero que el traslado no era una prueba de carácter. Darío añadió que, jurídicamente, sentarse cinco minutos no suponía renuncia a la dignidad humana.

La silla avanzó por el pasillo.

Un pasillo normal.

Demasiado normal para lo que yo llevaba dentro.

A ambos lados había puertas con números, carros de medicación, carteles de lavado de manos, una máquina expendedora, una mujer hablando por teléfono con voz baja, un niño con un globo azul atado a la muñeca, un celador que olía a tabaco y una enfermera discutiendo con una impresora que parecía tener convicciones propias.

Nada de aquello sabía nada de mí.

El globo azul no sabía nada de Elena.

La impresora no sabía nada de la bañera.

La máquina expendedora no sabía nada de Lucas, ni de si Lucas era Lucas, ni de si la sala circular había tenido un libro, ni de si TICHÉ era una llave, una marca, una palabra, un error o una forma de llamar destino a lo que no nos atrevemos a llamar culpa.

La máquina expendedora solo ofrecía chocolatinas.

—¿Todo bien? —preguntó Vega, caminando a mi lado.

—No.

—¿Todo tolerable?

—De momento.

—Mejor pregunta.

—Está usted aprendiendo.

—Muchísimo.

El ascensor se abrió.

Las puertas se cerraron.

Puertas cerradas. Caja metálica. Movimiento vertical. Silencio.

El cuerpo, que no lee informes, detectó peligro.

—No es una sala de inmersión —dijo Vega.

No me había preguntado.

Como Laura había dicho en la ambulancia: no está en el ferry.

—No —respondí.

—Es un ascensor.

—También puede fallar.

—Sí.

—Muy tranquilizador.

—La realidad puede fallar sin ser un protocolo.

Aquella frase fue tan buena que decidí odiarla por un rato.

El ascensor llegó.

Las puertas se abrieron.

No hubo pasillo imposible.

Solo otra planta.

El cartel estaba en la pared, azul, con letras blancas.

Nada de latín.

Nada de placas antiguas.

Nada de símbolos tallados en madera.

UNIDAD ABIERTA.

Por primera vez en días, agradecí la falta de imaginación de un rótulo.

La unidad olía a café recalentado, desinfectante y comida de hospital.

Tenía una sala común con televisión, una mesa con puzzles incompletos, libros gastados, plantas de plástico y un ventanal que daba a una calle lateral.

No al mar. No a un patio antiguo. No a una torre.

A una calle con contenedores, motos aparcadas, un kiosco cerrado y un árbol flaco que parecía haber elegido vivir por pura terquedad.

Mi habitación tenía dos camas.

La otra estaba vacía.

Una cama vacía siempre parece esperar a alguien, y yo estaba cansado de los lugares que esperaban.

Roldán, que había subido con nosotros, lo notó.

—Si ingresa alguien más, se le informará antes.

—¿Y si no quiero?

—Se valorará.

—Qué respuesta tan poco romántica.

—Intentamos mantener la planta así.

La puerta de la habitación no tenía cerradura exterior visible. O, al menos, no una de esas cerraduras que hacen declaraciones morales. Había un sistema normal, hospitalario, funcional. Roldán lo explicó con una precisión que agradecí más de lo admisible:

—La puerta puede quedar entornada. Puede cerrarla parcialmente por privacidad. El personal puede entrar si hay riesgo, siempre avisando salvo urgencia. No se cierra con llave desde fuera como medida ordinaria.

—¿Y extraordinaria?

—Si hubiera riesgo grave e inmediato, se aplicarían medidas clínicas proporcionadas. Se le informaría.

La burocracia correcta podía parecer fría, sí.

Pero después de la casa, el frío correcto era casi una manta.

—Quiero la puerta entornada esta noche —dije.

—Constará en el plan.

—Nada de tres golpes.

—Constará también.

—Luz pequeña.

—Sí.

—Botón de llamada funcionando.

Roldán señaló la pared.

Había otro botón.

Más nuevo que el de urgencias.

No parecía peligroso.

—Lo probaremos ahora —dijo.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Ahora?

—Sí. Para que sepa cómo suena y quién viene.

Una prueba real.

No una prueba de la casa.

Roldán pulsó el botón.

El sonido fue breve, más suave que en urgencias.

A los pocos segundos apareció un enfermero en la puerta.

—Soy Óscar. ¿Todo bien?

—Prueba de llamada para ingreso nuevo.

—Cuando pulse, venimos. Si tardamos, vuelve a pulsar o llama.

—¿Y si parece absurdo?

Óscar se encogió de hombros.

—La mitad de la planta pulsa por cosas absurdas. Algunas eran importantes.

No supe qué hacer con eso.

Así que asentí.

El botón funcionaba.

El mundo, al menos en ese punto, había hecho lo que prometía.

Mis cosas cabían en poco espacio.