Capítulo 27
Testigos
A la mañana siguiente, la casa empezó a existir en papeles.
No lo hizo.
La Casa del Sueño Profundo había sido muchas cosas: edificio, institución, teatro, cárcel, sueño, protocolo, trampa, refugio para cobardías ajenas y propias. Pero al entrar en informes, fotografías, actas, planos incompletos, listados de pacientes y declaraciones cruzadas, no se volvió más pequeña.
Se volvió más vulgar.
Y la vulgaridad, descubrí, podía ser una forma muy eficaz de horror.
Salcedo llegó a las diez con Darío y la doctora Vega. Esta vez no llevaba el abrigo. Lo eché de menos. Hay personas a las que uno empieza a reconocer por detalles absurdos, quizá porque la realidad, cuando se vuelve inestable, necesita agarrarse a cualquier continuidad disponible.
—Traigo información preliminar —dijo.
Otra palabra adulta.
Otra manera elegante de decir: no se haga ilusiones, esto todavía no cierra.
Me incorporé en la cama.
La puerta estaba entornada. El botón rojo seguía al alcance de mi mano. La hoja de la noche descansaba en la mesilla.
No resolver esta noche.
No pedí la carta.
Lucía no me pertenece ni cuando me duele.
No era una hoja hermosa.
Las hojas hermosas tenían demasiada facilidad para convertirse en pruebas falsas de lucidez.
—La intervención en la casa ha confirmado varios elementos materiales —empezó Salcedo—. Hay zonas no registradas en los planos oficiales. Pasillos de servicio, habitaciones tapiadas parcialmente, archivo subterráneo y una conexión antigua entre el ala infantil y la torre.
El cuerpo me oyó antes que la cabeza.
—¿La cinta? —pregunté.
Darío me miró.
No con censura.
—La cinta de Elena Rivas está custodiada. También el aparato reproductor. No se reproducirá de nuevo sin autorización.
No pregunté si Lucía había pedido escucharla otra vez.
No pregunté si había llorado.
No pregunté si había dicho mi nombre.
Fue una victoria pequeña.
—También se han encontrado registros extensos del protocolo —continuó Salcedo—. Consentimientos, grabaciones, guiones de identidad terapéutica, notas clínicas, informes de ciclos y documentos con participación suya previa.
No hacía falta.
Mi participación estaba allí, en archivos, firmas, ideas, frases quizá brillantes escritas antes de que el horror demostrara su talento para obedecer mal a los hombres inteligentes.
—¿Previos? —pregunté.
—No vamos a revisar eso hoy en profundidad.
—Solo necesito saber si son míos.
—Algunos probablemente sí —dijo Salcedo—. Otros requieren análisis. Hay documentos firmados por usted y otros que parecen desarrollar trabajos teóricos suyos.
Qué forma tan limpia de decir semillas.
—No quiero interpretarlos ahora —dije.
A todos un poco, creo.
—Buena decisión.
—No se acostumbre.
—Lo intentaré.
Vega me observaba en silencio. No con orgullo. Mejor. El orgullo ajeno, cuando uno está recién salido de una casa como aquella, puede empujar demasiado. Ella solo tomaba nota de que no me había lanzado sobre los documentos como un hombre hambriento.
Aunque lo estaba.
Quería leerlo todo. Quería encontrar la primera frase donde el protocolo empezó a torcerse. Quería descubrir si la culpa tenía una fecha, una firma, una versión inicial menos monstruosa. Quería señalar una línea y decir: aquí, aquí fue donde dejamos de ayudar y empezamos a construir una cárcel.
Quería volver a ser el hombre que entiende.
No lo hice.
Me agarré a la sábana.
—Hay más —dijo Salcedo.
Siempre había más.
La vida, desde que conocí la Casa del Sueño Profundo, parecía tener una reserva inagotable de “más”.
—En la habitación C-14 se localizó un cuerpo. Todavía no tenemos identificación concluyente.
Lucas.
El nombre no salió.
Se quedó detrás de los dientes.
—El personal lo identificó como Lucas Arozarena —dijo Salcedo—, pero sus registros oficiales indican que Arozarena murió hace dos años. Esos registros presentan irregularidades. Estamos verificando.
—Entonces puede no ser Lucas.
—Puede.
—O puede que la muerte de Lucas no fuera la que figura.
—También puede.
La realidad exterior tenía una crueldad nueva: no ofrecía revelaciones completas, sino posibilidades certificadas.
—No lo cierre usted —dijo Vega en voz baja.
No era orden.
Me di cuenta de que mi cabeza ya estaba levantando paredes. Lucas vivo, Lucas muerto, otro cuerpo, una identidad usada por el protocolo, una habitación preparada para mí, una escena fabricada, una verdad debajo de otra.
—No sé quién era el cuerpo —dije.
—Eso es lo correcto por ahora.
Una palabra cada vez menos satisfactoria y más necesaria.
—Y hay algo sobre la torre —añadió.
La habitación cambió.
No por magia.
La torre era el lugar donde la casa había decidido hablar con voz de final. Allí había estado la cinta. Allí había estado Elena sin estar. Allí había estado la bañera. O no.
—No se ha encontrado ninguna bañera en la torre —dijo Salcedo.
No se ha encontrado ninguna bañera en la torre.
Miré el botón rojo.
No sé por qué.
Quizá porque necesitaba un objeto normal.
—¿Nada? —pregunté.
—Humedad. Filtraciones. Restos de agua en la sala, compatibles con el estado del edificio. No una bañera instalada.
—Pero la cinta estaba.
—Sí.
—El reproductor.
—Sí.
—Y otros la vieron.
Salcedo consultó sus notas.
—Las declaraciones son contradictorias. Usted, Aguirre y Clara Sáenz mencionan una bañera o una forma asociada al agua.
La doctora Insausti habla de agua y una figura, pero no afirma ya la bañera como objeto físico.
Carmen Uranga declaró literalmente: “La bañera estuvo donde tenía que estar, que rara vez coincide con donde ustedes miran después.”
Cerré los ojos.
—Sí. Suena a Carmen.
—Esa frase no ayuda mucho procesalmente.
—A Carmen le preocuparía mucho saberlo.
La broma salió.
No me salvó.
Pero me permitió respirar.
No habían encontrado la bañera.
No habían desmentido la cinta.
No habían cerrado la torre.
No habían demostrado que yo estuviera cuerdo.
No habían demostrado que estuviera loco.
La verdad volvía a ser una habitación con la puerta entornada.
—¿El libro? —pregunté.
Darío soltó aire.
—Adrián.
—Solo una respuesta.
Salcedo me miró.
—No se ha localizado ningún libro físico como el descrito. Sí una sala circular subterránea, con una mesa central, restos de papel deteriorado y humedad. Se está analizando.
Restos de papel.
El mundo se empeñaba en quedarse a medio milímetro de la respuesta.
—Entiendo —dije.
Entender ya no significaba cerrar.
Quizá entender, en adelante, significaría tolerar que algo no terminara de encajar sin fabricarle una pieza.
—Riesgo.
—Medio-alto.
—¿Intención?
—No.
—¿Plan?
—No.
—¿Impulso?
—Construir una teoría donde la bañera existió, no existió, existió para algunos, no para otros, y eso demuestra algo.
Darío casi sonrió.
—Muy específico.
—Mi neurosis tiene buena documentación.
—No la construya ahora.
—No puedo prometer no construirla por dentro.
—Entonces no le ponga muebles.
Aquello fue tan útil que me irritó.
—De acuerdo.
Salcedo cerró la carpeta.
—Hoy necesitamos avanzar con testigos. La doctora Insausti quiere entregar una declaración ampliada y varios archivos. Aguirre ha pedido que se le comunique una frase. Carmen Uranga está declarando de nuevo.
—Mis condolencias al funcionario —dije.
—Ya las ha necesitado.
No pregunté por Clara.
No pregunté por Lucía.
No pregunté por Mikel más allá de esa frase que acababa de anunciarse.
Vega lo notó.
La preocupación no siempre daba derecho.
Esa frase todavía no la había escrito, pero empezaba a existir.
Mikel no pidió verme.
Aquello me dolió más que si lo hubiera hecho.
La culpa ajena, cuando deja de invadir, puede parecer abandono a quien se había acostumbrado a usarla como pared.
Darío me transmitió la frase después de comer.
No entró con solemnidad. Entró con una bandeja de comida horrible que Marina dejó primero sobre la mesa: sopa tibia, pollo hervido y puré con la textura emocional de una rendición.
—Aguirre ha pedido que se le comunique solo esto —dijo Darío—. No una carta. No una visita.
—Qué considerado.
La ironía salió demasiado rápido.
Darío no la recogió.
—Ha dicho: “No voy a pedirle que me deje ser testigo. Voy a demostrarlo estando disponible cuando él lo pida y ausente cuando no.”
Disponible cuando lo pida.
Ausente cuando no.
Mikel había aprendido una cosa.
Pero la había aprendido.
—Eso suena ensayado —dije.
—Probablemente.
—Y aun así…
—Y aun así.
No hacía falta terminar.
Mikel no se metía en mi habitación. No se ofrecía como ancla. No pedía perdón para aliviarse. No convertía su culpa en presencia. Solo dejaba dicho que estaría disponible y que, por primera vez, su disponibilidad no iba a imponerse como una forma de vigilancia.
Qué irritante puede ser alguien cuando empieza a hacerlo mejor.
—No quiero verle hoy —dije.
—Lo sabe.
—¿Lo sabe él?
—Sí.
—Bien.
—¿Bien?
—No. Correcto.
—Correcto.
El pollo hervido seguía allí.
Mirándome con tristeza.
—¿Tengo que comer eso?
—No jurídicamente.
—Qué alivio.
—Clínicamente, algo.
Fue una decisión mediocre.
Insausti no entró en mi habitación.
El verbo empezaba a repetirse casi indecente.
Pidió entregar archivos.
Pidió que constara algo sobre mi participación previa.
Pidió no verme si no era necesario.
Aquella mujer, que había dirigido durante años un edificio entero con la seguridad de quien confunde orden con verdad, ahora pedía.
Salcedo me informó de una parte, con Darío presente.
—La doctora Insausti ha entregado una grabación previa a su ingreso formal en la institución —dijo.
Mi cuerpo se tensó.
—¿De Elena?
—No. De usted.
La habitación se volvió más pequeña.
—¿Mía?
—Sí. Una sesión anterior al protocolo cerrado. Según ella, usted planteaba allí algunas bases de lo que después se convertiría en la inmersión narrativa.
O recordé demasiado sin imagen.
Una voz mía hablando con una lucidez desesperada.
Ideas sobre relato, culpa, identidad, supervivencia. Yo diciendo cosas brillantes porque no sabía cómo no matarme. Yo convirtiendo mi derrumbe en material.