La casa del sueño profundo Capítulo 26
88%

Capítulo 26

Lo que no le pertenece

Lucía llegó por la tarde.

No la vi llegar.

La primera noticia no fue su cara, ni sus pasos, ni su voz en el pasillo. Fue Darío entrando en la habitación con la carpeta cerrada y una expresión que no traía buenas ni malas noticias, sino una de esas noticias intermedias que obligan a comportarse mejor de lo que uno puede.

—Lucía Rivas está en el hospital —dijo.

El nombre ocupó la habitación con una autoridad que no necesitaba presencia física.

La hermana de Elena.

La mujer que había conocido a Elena antes que yo, de una forma que yo nunca podría corregir, poseer ni reconstruir.

La mujer que seguramente recordaba cosas inútiles, pequeñas, exactas: cómo se recogía el pelo para cocinar, qué perfume usaba antes de cansarse de él, qué canciones odiaba, cómo pronunciaba ciertas palabras cuando estaba furiosa, qué clase de silencio significaba tristeza y cuál significaba simplemente que no quería hablar con nadie.

Lucía tenía partes de Elena que no habían pasado por mí.

Eso, me dio celos.

Sentir celos de la hermana de una mujer muerta debería estar penado por alguna ley interior. Pero el dolor, descubrí, tiene muy mala educación. Entra donde no debe, se sienta sin permiso y pide café.

—¿Quiere verme? —pregunté.

Darío se sentó.

La gente solo se sienta antes de una respuesta cuando la respuesta necesita peso.

—No.

Tenía derecho a doler.

—Ha venido a escuchar la cinta de Elena —continuó—. Con autorización judicial. Acompañada por una psicóloga y por su representante.

Elena convertida otra vez en voz que otros debían escuchar para que la verdad dejara de depender de mí.

Noté que la mano se me cerraba sobre la sábana.

—¿Ahora?

—En unos minutos.

Miré la puerta entornada.

Al otro lado había pasillo, pasos, una impresora derrotada, voces que no sabían que Lucía iba a escuchar a su hermana muerta en algún cuarto del hospital.

—Quiero estar —dije.

No sonó como petición.

Sonó como impulso.

Darío no respondió enseguida.

Vega, que estaba junto a la ventana, sí me miró.

—¿Para qué? —preguntó.

Ya odiaba esa pregunta.

—Porque Elena era mi mujer.

Vega la dejó caer entre nosotros.

Qué forma tan insuficiente, tan cierta y tan abusiva de decirlo.

Elena había sido mi mujer, sí. Pero no solo. No principalmente en ese momento. No frente a Lucía. No frente a una cinta que quizá pertenecía más a los que la habían perdido sin haber estado en el baño.

—También era su hermana —dijo Darío.

El golpe fue limpio.

—Lo sé.

—No lo ha dicho como si lo supiera.

Porque tenía razón.

Yo quería estar no solo por Elena, sino por mí. Para ver la cara de Lucía. Para medir el daño. Para recibir odio, desprecio, preguntas, una frase que me organizara. Para saber si al escuchar la cinta ella encontraba lo mismo que yo, o algo peor, o algo que me expulsara definitivamente del centro.

Quería usar su reacción.

No como espectáculo.

—No debería estar —dije.

—No.

—¿Ella lo pidió?

—Pidió expresamente que usted no estuviera —dijo Darío.

No era una prohibición médica.

No era una decisión judicial.

Era de Lucía.

No quería que yo estuviera.

—Bien —dije.

—No es bien.

—No.

—Pero es correcto.

—Sí.

Cómo empezaba a odiar esa palabra.

Y cómo empezaba a necesitarla.

Lucía escuchó la cinta a las seis y veinte.

Lo sé porque Marina me lo dijo.

No porque yo preguntara.

Preguntar habría sido una forma de entrar. Educada, preocupada, casi razonable. Pero entrar al fin. Así que no pregunté. Me limité a mirar la revista de decoración que Marina había traído como arma terapéutica contra mis tendencias interiores.

Había un sofá naranja.

El mismo tipo de sofá ofensivo que el día anterior, o quizá todos los sofás horribles pertenecían a una familia extensa y muy segura de sí misma.

Ese tenía cojines verdes, patas cromadas y una mesa de cristal delante, diseñada aparentemente para romper tibias, matrimonios y cualquier esperanza de buen gusto.

—Ese sofá debería declarar —dije.

Marina miró la página.

—Como mínimo.

La voz me salió casi normal.

Lucía estaba a punto de escuchar a Elena y yo podía hablar de sofás.

La culpa, sin embargo, no impide que el cerebro detecte muebles espantosos. Otra crueldad de la vida: no nos concede ni siquiera la dignidad de sufrir de forma pura.

A las seis y veinte, en una habitación que no era la mía, Lucía escuchó la voz de su hermana.

Yo miré un sofá naranja.

Fue una de las cosas más difíciles que hice.

No verla sentada.

No inventarle la cara.

No decidir si lloraba, si se quedaba rígida, si apretaba los dientes, si tapaba la boca con la mano, si odiaba mi nombre en cada pausa de la cinta.

La mente intentó entrar.

Claro que intentó.

Era experta en eso.

La imaginé un segundo con el abrigo puesto, los hombros duros, los ojos fijos en algún aparato pequeño.

La imaginé escuchando a Elena decir lo que yo había escuchado.

La imaginé descubriendo que su hermana no era la imagen fija de una víctima, sino una mujer cansada, lúcida, asustada, viva en la voz.

Miré el sofá.

—Pase página —dije.

Un dormitorio blanco con demasiadas almohadas.

—Eso tampoco es legal —murmuré.

—No debería.

Agradecí que Marina no me dijera que respirara.

A las siete y cuarto entró Vega.

No traía carpeta.

Traía un sobre blanco.

No sellado judicialmente.

Un sobre común.

Mi nombre escrito fuera.

ADRIÁN.

No era la letra de Elena.

Era la letra de Lucía.

Rápida, firme, sin deseo de agradar.

Vega no me lo dio de inmediato.

—Lucía ha dejado esto para usted —dijo.

El corazón se me movió de forma desagradable.

—¿Ha pedido respuesta?

—No.

—¿Ha dicho algo?

—Sí.

—¿Qué?

—Que no es una carta de perdón.

—Bien.

—Y que no necesita respuesta.

No necesita respuesta.

Una carta que no abría conversación.

Una carta con puerta de salida propia.

Vega me tendió el sobre.

El papel no pesaba.

Por supuesto que no pesaba.

Las cosas que pesan de verdad suelen llegar en materiales ridículos.

—¿Quiere leerlo solo? —preguntó.

Miré la puerta.

El botón rojo.

La revista de decoración.

Marina, todavía junto a la silla.

—No.

Vega asintió y se quedó.

Marina hizo ademán de salir.

—Puede quedarse —dije.

No sabía por qué.

Quizá porque una carta que no era perdón no debía leerse rodeado solo de figuras importantes. También hacía falta alguien que hubiera visto el sofá naranja.

Abrí el sobre.

Dentro había una hoja.

Gracias a Dios.

Las frases largas se parecían demasiado a mis escondites.

He escuchado la cinta.

No voy a decirte lo que he sentido. No te pertenece.

Tampoco voy a decirte lo que Elena era. No te corresponde recibirla entera de mi mano.

Solo voy a decirte algo que sí necesitas saber.

Mi hermana no quería morir.

Estaba cansada, asustada, enfadada, confundida y quizá avergonzada, pero no quería morir.

No conviertas su cansancio en deseo de desaparecer.

No conviertas su miedo en destino.

No conviertas su amor por ti en excusa.

Y no conviertas esta carta en una escena importante de tu vida.

Leí la carta una vez.

La tercera no pude.

Las letras empezaron a moverse, pero no porque el papel cambiara. Porque yo temblaba.

No voy a decirte lo que he sentido. No te pertenece.

Esa frase era una puerta cerrada.

Y por primera vez agradecí una puerta cerrada.

No todas las puertas debían abrirse.

No todos los dolores ajenos eran habitaciones para que yo aprendiera algo sobre mí.

Lucía me expulsaba de su reacción.

Me expulsaba de Elena entera.

Me expulsaba incluso de la posibilidad de convertir esa carta en una escena importante de mi vida.

Y, al hacerlo, me daba algo que probablemente no quería darme: un límite limpio.

Mi hermana no quería morir.

Ahí sí me rompí.

No de forma grande.

No con un sollozo dramático.

Una parte de mí había querido creer que Elena, en el fondo, deseaba desaparecer. No de mí solamente. De todo. Del cansancio, del miedo, de la vergüenza, del accidente, del baño, de la vida que yo había convertido en algo de lo que había que escapar.

Si Elena había querido morir, mi espera seguía siendo horrible, pero cambiaba de peso.

Me dejaba un margen.

Lucía no me lo permitió.

Mi hermana no quería morir.

—Riesgo —dijo Vega.

—Alto.

—¿Intención?

Elena no quería morir.

—No.

—¿Plan?

—No.

—¿Impulso?

Miré la carta.

—Usarla para castigarme.

—¿Puede no hacerlo solo?

—No.

Vega extendió la mano.

—¿Quiere que la guardemos por ahora?

Guardar la carta podía parecer quitarme algo.

Pero no era mía.

Lucía lo había escrito.

No tenía que devorarla para respetarla.

—Sí —dije.

—¿Quiere releerla antes?

Quería memorizar cada línea, ponerla en mi cabeza, usarla como látigo, como muro, como mandamiento, como prueba de que Lucía tenía razón y yo no debía volver a tocar ninguna versión de Elena.

—No.

Vega dobló la carta con cuidado.

No la leyó.

No la comentó.

La metió otra vez en el sobre.

—Podemos guardarla en su expediente clínico, con una indicación: no abrir sin petición expresa y acompañamiento.

—Sí.

—¿Así?

Cogió un bolígrafo y escribió delante de mí:

Carta de Lucía Rivas. No abrir sin petición expresa del paciente y acompañamiento clínico/letrado.

Me mostró la frase.

—¿Está bien?

—Sí.

El sobre dejó de ser una puerta inmediata.

Eso, de algún modo, era lo máximo que podía tolerar.

Marina, que había permanecido en silencio, pasó una página de la revista sin mirar.

—Este baño es horrible —murmuró.

Ella se dio cuenta tarde.

—Perdón.

Miré la página.

Un baño caro, con azulejos negros, una bañera independiente y una planta enorme junto a la ventana.

El mundo no iba a retirar todas las bañeras por consideración hacia mí.

Sería logísticamente complicado.

Vega me observó.

—¿Quiere que cierre la revista?

Miré la bañera.

No la de casa.

No la de la torre.

Solo una bañera absurda en un baño mal diseñado.

—No —dije.

La voz me salió baja.

—Déjela.

Durante unos segundos miré la imagen.

No pasó nada.

El agua no subió.

Elena no apareció.

La página siguió siendo página.

Me temblaban las manos.

Pero seguí mirando.

—Esa planta se muere ahí —dije.

—Seguro.

—Demasiada humedad.

—Y demasiado mal gusto.

Pasó la página.

La bañera desapareció.

Aquello también contó.

No sé para qué.

Salcedo volvió por la noche.

No para interrogarme.

Darío estaba con él. Vega también. La habitación empezaba a parecer menos mía y más de todos los límites que impedían que yo me perdiera dentro.

—Lucía ha prestado una primera declaración —dijo Salcedo—. No voy a compartir detalles personales. Solo lo estrictamente necesario para usted en este momento.

La carta sellada ya no estaba sobre la mesilla.

—Ha confirmado llamadas y conversaciones previas con Elena. También ha solicitado que, en la causa y en cualquier comunicación, Elena no sea presentada como parte del protocolo de la Casa del Sueño Profundo, sino como persona fallecida cuya muerte debe investigarse en su contexto propio.

Elena no absorbida por la casa.

Elena no convertida en estímulo.

Elena no reducida a mi culpa clínica.

Lucía seguía protegiéndola.

Incluso de la investigación.

Incluso de mí.

—Tiene razón —dije.

Darío me miró.

—Eso puede constar cuando corresponda. No como gesto emocional ahora.

—De acuerdo.

Me sorprendió lo rápido que lo acepté.

Quizá porque ya empezaba a entender que no todo acuerdo debía convertirse en declaración.

—La cinta queda incorporada bajo custodia. Se restringirá su reproducción. No se usará como material clínico. Y no se reproducirá de nuevo sin autorización judicial.

No se usará como material clínico.

Pensé en Insausti.

En la torre.

En la voz de Elena saliendo de un aparato en una sala que no debía haberla tenido.

No la use, había dicho una parte de mí alguna vez, o quizá lo diría todavía en un documento que aún no habíamos encontrado.

No la use.

La usamos todos.

De formas distintas.

Con excusas distintas.

Con hambre distinta.

—Gracias —dije.

No sabía a quién.

Quizá al procedimiento.

Quizá a Lucía.

Quizá a la frase.

Salcedo se levantó.

—Mañana trataremos la institución. Hoy no más.

Me pareció misericordioso.

Me pareció insoportable.

Las dos cosas.

Cuando se marcharon, Darío se quedó un momento.

—No responda a la carta —dijo.

—Lo sé.

—No escriba una carta que no enviará.

—Eso no lo había dicho.

—Lo estaba pensando.

—No la escriba —repitió—. Ni para usted. Ni para Elena. Ni para Lucía. No esta noche.

—¿Y qué hago con lo que necesito decir?

—Llegar a mañana.

La misma respuesta pobre.

La misma barandilla.

—Todo el mundo está muy empeñado en que llegue a mañana.

—Es una estrategia razonable cuando alguien ha estado viviendo dentro de ayer.

Porque la frase era buena.

Demasiado buena para un abogado.

—Buenas noches, Adrián.

—Buenas noches.

La noche fue larga.

Hay una diferencia.

La carta no estaba en la mesilla. La cinta no sonaba. Lucía no entró. Elena no apareció. La bañera de la revista se había quedado cerrada entre páginas de cocinas feas y sofás condenables.

Pero la frase seguía.

Mi hermana no quería morir.

No pude sacarla de la habitación.

A las dos de la madrugada quise pedir la carta.

No para leerla.

Para sentir otra vez el golpe.

Para castigarme de una forma precisa, autorizada por la hermana de Elena.

No lo hice.

Pulsé el botón rojo.

Marina no estaba. Vino otra enfermera, Sonia.

—Soy Sonia. ¿Puedo pasar?

—Sí.

—¿Qué necesita?

—Quiero pedir una carta que no debo leer solo.

Sonia asintió como si aquella frase fuera tan normal como pedir agua.

—¿Quiere que avise a la doctora?

—No sé.

—¿Riesgo?

—Medio-alto.

—¿Intención?

—No.

—¿Plan?

—No.

—¿La carta es para hacerse daño emocionalmente ahora?

—Dicho así parece idiota.

—No he preguntado si era idiota.

—Sí —dije.

—Entonces no la pedimos.

No la pedimos.

Otra vez el plural.

Qué poco sabía yo de los plurales útiles.

Sonia se sentó en la silla.

—Me quedo diez minutos.

—No tiene que hacerlo.

—Ya lo sé.

No me preguntó por Elena.

No me pidió que respirara.

No intentó convertir la carta en terapia improvisada.

El impulso subió.

No se fue.

—Gracias —dije.

—De nada.

—No la he pedido.

—No.

—Eso no cambia nada.

—Cambia esta noche.

La unidad de medida más honesta que tenía.

Cuando Sonia salió, la puerta quedó entornada.

Me quedé mirando el botón rojo.

No tenía marcas.

Escribí en la hoja:

No pedí la carta.

Lucía no me pertenece ni cuando me duele.

Esa me dolió más.

La dejé también.

Antes de dormir, pensé en Elena.

Una cosa sencilla.

Apareció en una cocina, echando demasiada sal a una sopa y mirándome como si mis objeciones médicas fueran una falta de imaginación.

—La vida ya viene sosa de fábrica —decía.

No la convertí en símbolo.

No le pedí perdón.

No le pedí que me perdonara.

La dejé echar sal.

Y, por un segundo, Elena no fue cinta, ni agua, ni carta, ni caso.

Fue una mujer arruinando una sopa con una alegría obstinada.

Pero no encerró.

Suficiente para que llegara la mañana.

Y la mañana, con toda su grosería, llegó.