La casa del sueño profundo Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Discutimos. Ella quería dejarme. Creo que lo dijo con claridad. Dijo que no podía más. Que no quería seguir conmigo. Mencionó a Mikel o yo lo mencioné. No recuerdo el orden. Recuerdo celos. Rabia. No contra ella solo. Contra lo que su decisión decía de mí.

—¿Ella entró en el baño?

—Sí.

—¿Usted la siguió?

—Sí.

—¿Ella le pidió que no la tocara?

La garganta se cerró.

No me toques.

—Sí.

—¿La tocó?

Darío se movió apenas.

No para impedirme responder.

Para recordarme que la precisión importaba.

—Sí —dije—. La sujeté por los brazos. No sé con qué fuerza. Más de la que debía. Ella intentó apartarse. Recuerdo agua. Recuerdo que resbaló o cayó. No puedo afirmar que la empujara deliberadamente. Tampoco puedo afirmar que mi contacto no contribuyera a que cayera.

Vega me miró.

No preguntó todavía.

Me dejó terminar el tramo.

—Sé que estaba invadiendo su espacio. Sé que ella quería que me apartara y no lo hice.

El silencio posterior no fue largo.

—Después de la caída, ¿qué hizo?

No hice lo que debía.

Fácil es peligroso.

—Concreto, cuando pueda.

—Salí del baño en algún momento. No sé cuánto tiempo exacto. Recuerdo estar en el pasillo. Recuerdo escuchar agua. Recuerdo pensar en mí. En lo que pasaría si constaba el accidente, el alcohol, la pelea. Es horrible, pero creo que fue así. Pensé en mí mientras ella estaba en peligro.

La agente tecleó.

No levantó la vista.

Se lo agradecí.

—¿Sabía que estaba en peligro vital?

—No lo sé —dije—. No sé si lo sabía con claridad o si elegí no saberlo. Pero debía haberlo sabido. Había señales suficientes para entrar, llamar, pedir ayuda. No lo hice a tiempo.

—¿Cuánto tiempo pasó antes de la llamada?

—La reconstrucción inicial habla de cincuenta y dos minutos. No sé cuánto de ese tiempo fue determinante médicamente. No sé en qué minuto murió. No sé si una llamada anterior la habría salvado. Pero sé que llamé tarde.

Cincuenta y dos minutos.

En la casa habían sido cifra, condena, puerta, rumor.

Allí era dato.

El dato no dolía menos.

Dolía con menos teatro.

—¿Mikel Aguirre estuvo en la casa? —preguntó Salcedo.

—Sí. Según su propia confesión y lo que sé ahora, estuvo fuera antes de entrar.

Oyó o intuyó parte de lo que ocurría y no intervino a tiempo.

Luego entró. No llamó inmediatamente. Yo pude haberle intimidado o presionado para que no lo hiciera, o para que temiera quedar implicado.

No recuerdo la frase exacta con claridad.

—Que conste que lo último es una hipótesis compatible con declaraciones de terceros, no recuerdo directo.

—Así consta —dijo Salcedo.

—No quiero reducir mi responsabilidad por la suya —añadí.

Darío me miró.

—Eso es valoración.

—Que conste como valoración —dije.

Vega seguía en silencio.

Su silencio no era ausencia.

—¿Intentó reanimarla? —preguntó el juez.

—Sí. Cuando ya era tarde o casi. Recuerdo sacarla del agua. Compresiones. Respiración. Gritos. No recuerdo la secuencia completa. Recuerdo que entonces, cuando ya no podía protegerme de lo evidente, quise hacer todo demasiado deprisa.

Otra vez silencio.

Después Salcedo formuló la pregunta.

La que antes o después tenía que llegar.

—¿Mató usted a Elena Rivas?

El mundo se estrechó.

No por la casa.

Por la lengua.

Hay preguntas que no caben en la boca y aun así deben pronunciarse.

¿Mató usted a Elena Rivas?

Si decía sí, podía mentir por exceso y convertirlo todo en una condena cómoda. Si decía no, podía mentir por miedo y dejar a Elena sola otra vez en el agua. Si decía no sé, podía parecer que escapaba. Pero quizá escapar de una falsa precisión era lo único decente.

—No lo sé en términos jurídicos —dije despacio—. No sé si mi conducta encaja como acción directa, omisión, negligencia, homicidio, encubrimiento de mí mismo o una cadena de responsabilidades. Eso deberán determinarlo ustedes, los peritos y los jueces.

—Pero en términos humanos soy responsable de haber conducido borracho.

De haberla presionado para salir de urgencias.

De haberla seguido al baño cuando quería estar lejos de mí.

De tocarla cuando me dijo que no la tocara.

De no llamar a tiempo. De pensar en mí cuando ella necesitaba ayuda. Eso puedo decirlo sin embellecerlo.

La grabadora siguió encendida, fuera de mi mirada.

Por primera vez no quise romperla.

No para salvarme.

No para hundirme.

Para que no volviera a depender solo de mi cabeza.

Vega preguntó entonces:

—¿Riesgo ahora?

Salcedo no protestó.

La declaración se detuvo alrededor de esa palabra.

—Alto —dije.

—¿Intención de hacerse daño?

—No inmediata.

—¿Plan?

—No.

—¿Impulso?

Miré la puerta.

El botón rojo.

La manzana sin comer.

—Convertir esto en castigo suficiente.

—¿Puede no hacerlo solo?

—No.

—Entonces paramos unos minutos.

Darío apoyó la mano sobre su carpeta.

—Pausa.

Salcedo la concedió.

La agente registró la interrupción.

Marina apareció después de que Vega la llamara. Un golpe. Su nombre. Agua. Silla.

No me atraganté.

La puerta siguió entornada.

El hospital siguió sonando.

Alguien discutía con una impresora en el pasillo.

La vida, incluso en mitad de una declaración sobre una muerte, conservaba su talento para lo ridículo.

Me molestó que ayudara.

La segunda parte fue más breve.

O quizá yo tenía menos fuerza para medirla.

Hablé de la cinta.

No de su contenido entero.

Solo de su existencia.

De Elena dejando una voz que no debía convertirse en prueba para mi redención.

Hablé de la Casa del Sueño Profundo como institución que había usado mi culpa, mis teorías, mi desesperación y mis consentimientos fragmentarios para construir un sistema donde yo podía investigar mi propia responsabilidad sin declararla fuera.

Darío me hizo repetir varias veces:

—Eso es interpretación.

—Eso es hecho documentado.

—Eso es recuerdo.

—Eso no lo sé.

Aprendí a odiarle con una gratitud creciente.

Salcedo preguntó por Insausti.

Dije que había dirigido, sostenido y ocultado partes del protocolo.

También dije que yo había participado antes de perder la posibilidad real de revisar lo que había pedido.

—¿Se considera autor del protocolo? —preguntó.

—De algunas ideas previas, sí. Del sistema cerrado que se aplicó después, no puedo afirmarlo así. Sería demasiado simple. Y probablemente demasiado cómodo para algunos.

Darío no intervino.

Salcedo preguntó por Mikel.

—Fue testigo —dije—. Ancla. Carcelero. Cómplice de omisiones. También alguien que evitó que yo me matara más de una vez. No sé cómo ordenar todo eso.

—No tiene que ordenarlo hoy —dijo Salcedo.

—¿Eso constará?

—Si quiere, puede constar que no sabe ordenarlo hoy.

—Quiero.

La agente escribió.

No sé ordenarlo hoy.

Quizá era una de las frases más honestas de mi vida.

Después preguntaron por Carmen.

No pude evitarlo.

—Carmen Uranga es paciente, testigo, archivo vivo y una de las pocas personas de la casa que parecía entender que una puerta abierta no sirve de nada si todos siguen obedeciendo las cerraduras.

Darío cerró los ojos.

—Valoración poética.

—Que conste como tal —dije.

Salcedo casi sonrió.

—Constará de forma más sobria.

—Lo imaginaba.

Finalmente, la declaración terminó.

No con una frase poderosa.

No con alivio.

No con caída.

Salcedo apagó la grabadora.

La verdad no hizo ruido especial al detenerse.

—Continuaremos cuando el equipo médico lo autorice —dijo.

—Sí.

—Ha distinguido razonablemente hechos, recuerdos e interpretaciones.

No era elogio.

Me sostuvo más que cualquier consuelo.

Darío cerró la carpeta.

—Ha sido suficiente por hoy.

Otra palabra pequeña.

Cuando todos salieron, Vega se quedó.

—Riesgo.

—Alto, pero menos… disperso.

—¿Intención?

—No.

—¿Plan?

—No.

—¿Qué necesita?

—No estar solo un rato.

—Eso se puede.

Marina entró con una silla y una revista vieja.

—Me han dicho que haga compañía sin conversación profunda —dijo.

—Una especialidad muy infravalorada.

—Traigo decoración.

—Perfecto. Nada estabiliza más que muebles ajenos horribles.

Se sentó junto a la puerta.

Abrió la revista.

Durante varios minutos solo se oyeron páginas.

Yo miré la manzana.

No la comí.

Luego miré la hoja de la noche.

No resolver esta noche.

Cogí el lápiz y añadí una línea:

Hoy dije parte de la verdad sin hacerla hermosa.

Marina pasó una página.

—Este sofá es espantoso —murmuró.

El sofá era, en efecto, espantoso.

Naranja, bajo, con cojines verdes y una mesa de cristal delante que parecía diseñada para romper tibias y amistades.

Pero me reí.

Marina no dijo nada.

Pasó otra página.

La puerta siguió entornada.

El botón rojo permaneció al alcance de mi mano.

No lo pulsé.

No porque no pudiera.

Porque en ese momento no hacía falta.

Y esa diferencia, mínima y enorme, fue lo único parecido a una victoria que admití aquella mañana.