La casa del sueño profundo Capítulo 25
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Capítulo 25

La versión sin belleza

La verdad no llegó como una revelación.

Llegó con una bandeja de desayuno.

Después de tantos pasillos, tantas puertas, tantas voces, tantos nombres escritos donde no debían estar escritos, uno espera que la verdad tenga cierta consideración estética. Una luz que parpadea. Una ventana golpeando. Una música inexistente. Al menos un silencio respetuoso.

La verdad llegó con café con leche tibio, dos tostadas blandas, mantequilla en una tarrina diminuta y una manzana que parecía haber sido criada sin afecto.

Marina dejó la bandeja sobre la mesilla.

Un golpe antes de entrar.

La puerta entornada.

—Tiene que comer algo —dijo.

—Me lo dijeron ayer.

—Ayer también era verdad.

—Qué persistente es la realidad.

—Mucho. Por eso cansa.

Miré la bandeja.

No tenía hambre.

Comí media tostada.

No por obediencia.

Bueno, quizá sí.

Pero una obediencia pequeña, razonable, sin puertas ocultas. Obedecer a una tostada no parecía peligroso. La tostada no tenía protocolo. No prometía salvarme. No sabía nada de Elena. No escondía grabaciones en su miga.

Era una tostada.

—¿Ha dormido? —preguntó Marina.

—Algo.

—¿Ferry?

—¿Ya consta en el informe?

—Consta que no quiere que le digamos que está tranquilo. Y que a veces necesita que le recuerden dónde no está.

No está en el ferry.

—No ferry —dije.

—Bien.

—No diga bien con tanta seguridad. Puede provocar falsas esperanzas.

—Entonces: aceptable.

—Mucho mejor.

Marina revisó la tensión, anotó algo y señaló el botón rojo.

—¿Lo ha necesitado?

—No.

—¿Ha querido necesitarlo?

No era clínica del todo. Era más precisa.

—Sí.

—¿Por qué?

Miré el botón.

Rojo. Gastado en un borde. Sin marcas. Sin misterio.

—Para comprobar que seguía funcionando.

—¿Y por qué no lo pulsó?

—Porque no lo necesitaba.

—Eso también cuenta.

No pregunté qué.

Quizá no hacía falta.

Cuando se marchó, me quedé solo con el café, la manzana y la hoja que había escrito durante la noche.

No resolver esta noche.

La letra era mía.

Sin ninguna ambición literaria.

Me pareció casi indecente lo mucho que me sostuvo.

El abogado llegó a media mañana.

Se llamaba Darío Esteban.

Traje azul oscuro, barba corta, mirada sobria y una carpeta que no intentaba parecer menos importante de lo que era. Me saludó con un apretón de manos que no duró demasiado. Eso me gustó. Los apretones largos suelen ser de gente que quiere convencerte de algo antes de abrir la boca.

—Adrián Valtierra —dijo.

—Según varios documentos, sí.

—Soy Darío Esteban. Abogado de guardia designado para esta primera fase. Puede solicitar otro letrado más adelante.

—Qué tranquilizador saber que incluso mi defensa es provisional.

—Casi todo lo es en este momento.

La doctora Vega permaneció en la habitación. Sentada. No de pie. No vigilando desde una esquina como Insausti en sus mejores días de directora del desastre. Sentada junto a la puerta, con una libreta cerrada en el regazo.

La puerta seguía entornada.

Darío colocó su carpeta sobre la mesa.

—Voy a ser claro —dijo.

—Por favor. Las versiones opacas empiezan a resultarme repetitivas.

—La investigación tiene varias líneas. Una afecta a la Casa del Sueño Profundo y a las prácticas aplicadas allí. Otra afecta a la muerte de Lucas Arozarena, o a lo que se creía relacionado con él. Otra afecta a la muerte de Elena Rivas.

El nombre volvió.

Elena.

Esta vez no vino con agua.

Vino con una carpeta.

Fue peor de una forma más pequeña.

—Quiero hablar de Elena —dije.

Darío me miró.

No como quien encuentra una oportunidad.

Como quien detecta un precipicio.

—Lo hará.

—Hoy.

—Sí, pero no de cualquier manera.

—No quiero protegerme.

—Mi trabajo no es impedir que diga la verdad. Es impedir que se destruya de una forma que además contamine la verdad.

—No quiero usar mi estado clínico.

—No debería. Tampoco debería dejar que otros usen su estado clínico para invalidar todo lo que diga.

—No quiero excusas.

—Bien. Entonces tampoco acepte condenas mal formuladas.

Vega intervino por primera vez:

—Adrián, una declaración no es un ritual.

Me giré hacia ella.

—¿Y eso qué significa?

—Que no sirve para purificarse. Ni para castigarse. Ni para hacer justicia poética. Sirve para dejar constancia de hechos, recuerdos, dudas y responsabilidades posibles. Si intenta convertirla en otra cosa, deja de ayudar.

Las cosas que constan no reviven a nadie.

Pero tampoco dependen solo de la memoria de un hombre que había aprendido a fabricar habitaciones.

Darío abrió la carpeta.

—El juez Salcedo vendrá en unos minutos. Será una declaración preliminar, asistida, limitada. No reconstruiremos toda la noche si el equipo médico considera que no está en condiciones. Usted distinguirá entre lo que recuerda, lo que sabe por terceros y lo que interpreta.

—¿Y si no puedo distinguirlo todo?

—Lo dirá.

—¿Y si digo “no sé” demasiadas veces?

—Entonces constará que no sabe.

—Quiero que Lucía sepa que voy a decirlo todo —dije.

Vega me miró con atención.

Darío cerró la carpeta a medias.

—Lucía Rivas está informada de la reapertura de líneas sobre la muerte de su hermana.

El cuerpo me cambió de temperatura.

La hermana de Elena.

La mujer que nunca terminó de creerme buena idea. Una de las pocas personas de aquella época con criterio suficiente para que yo la encontrara incómoda.

—¿Está aquí?

—No en este momento —dijo Darío—. Pero ha sido contactada. Y probablemente vendrá.

No una puerta de la casa.

Una puerta del mundo.

Alguien vivo con derecho a odiarme.

—Quiero verla —dije.

—¿Para qué?

Siempre esa pregunta.

No por qué.

Podría haber dicho: para pedirle perdón. Para que me mire. Para que me diga lo que soy. Para que me dé la versión de Elena que yo ya no puedo reclamar. Para que su odio me ordene.

No dije nada de eso.

O intenté no hacerlo.

—No lo sé.

—Entonces no hoy —dijo Darío.

El enfado subió rápido, limpio, casi cómodo.

—Era su hermana.

—Precisamente.

—Tiene derecho.

—A la verdad. A declarar. A ser informada. A decidir muchas cosas. No necesariamente a ser colocada delante de usted en una habitación de hospital para que su dolor y su culpa se mezclen sin protección.

—No quiero usarla —dije.

—Eso es un buen motivo para no verla todavía.

No verla como forma de no usarla.

Qué mundo tan desagradablemente maduro.

Darío se levantó.

—Cuando Salcedo llegue, empezaremos por una declaración marco. Después, si se mantiene orientado, entraremos en Elena.

La habitación se hizo más pequeña.

—Sí —dije.

No sonó valiente.

Salcedo llegó a las once y veinte.

Lo acompañaba una agente joven, con un ordenador portátil, y un funcionario que colocó una grabadora sobre la mesa auxiliar.

No de casete.

No la cinta de Elena.

No el armario.

No la torre.

Un aparato digital pequeño, negro, inofensivo en apariencia.

Lo miré demasiado.

Vega se dio cuenta.

—¿Quiere que la pongamos fuera de su campo visual?

—Sí.

La agente movió la grabadora al otro lado de la mesa.

Nadie pareció molesto.

Qué raro era el mundo cuando no te obligaba a demostrar que podías soportarlo todo.

Salcedo se sentó.

—Vamos a tomar una declaración preliminar. Queda constancia de que el declarante se encuentra bajo evaluación médica, acompañado por su abogado y con presencia de la doctora Vega. Puede pedir pausa. Su abogado puede pedir pausa. El equipo médico puede interrumpir si lo considera necesario.

No paciente cero.

Una palabra estrecha.

Agradecí su estrechez.

—Diga su nombre completo —pidió Salcedo.

—Adrián Valtierra Arrieta.

—Edad.

—Profesión.

La profesión era una habitación entera.

Psiquiatra forense. Consultor. Paciente. Arquitecto parcial de una jaula. Hombre incapaz de ver su propio caso hasta que otros lo convirtieron en teatro.

—Psiquiatra forense —dije—. Actualmente bajo evaluación médica y judicial.

La agente escribió.

El sonido de las teclas me pareció insoportablemente real.

—Vamos a hablar primero de Elena Rivas. Después, si procede, hablaremos de la institución. ¿Está de acuerdo?

No la casa.

No el protocolo.

Elena.

—Sí.

—Necesito que diferencie recuerdos directos, información recibida después e interpretaciones.

—Lo intentaré.

—Empiece por el accidente.

Elena diciéndome que parara.

No el mar.

No la casa.

No el ferry.

—Habíamos discutido antes de subir al coche —dije—. Yo había bebido. Durante mucho tiempo dije o pensé que fueron dos copas. Recuerdo al menos tres. Quizá más. Tres seguro.

La agente escribió.

Qué poco parecía un número capaz de destruir una vida.

—Elena me pidió que no condujera. Conduje. Discutimos durante el trayecto. Ella me pidió que parara. No paré.

Me quedé ahí un segundo.

No para hacerlo dramático.

Porque la frase no paré necesitaba ocupar aire.

—Hubo una curva. Lluvia. Un camión o vehículo grande. No recuerdo la secuencia técnica con claridad. Impactamos.

—¿Elena murió en el accidente? —preguntó Salcedo.

Brutal por necesaria.

—No.

Años de mentira o de protección o de derrumbe o de relato concentrados en una sílaba.

Elena no murió en el accidente.

—¿Cómo lo sabe?

—Por la cinta de Elena, por información médica referida posteriormente, por lo declarado por Mikel Aguirre y por fragmentos de memoria que han vuelto y coinciden con esos datos externos.

—¿Qué recuerda de urgencias?

Cerré los ojos.

Vega dijo mi nombre.

No volver a la habitación sin testigos.

—Fragmentos —dije—. Elena con una manta térmica. Sangre en la frente. Mikel en el pasillo. Yo alterado. Mucho miedo. Vergüenza. Pánico a las consecuencias. Alcohol. Carrera. Reputación. Matrimonio. Todo mezclado de forma sucia.

—¿Pidió Elena el alta voluntaria?

—No puedo afirmarlo como recuerdo completo. Sé ahora que salió conmigo. Sé que yo la presioné para salir. No sé cuánto decidió ella en estado claro y cuánto cedió por shock, cansancio o miedo a otra discusión.

—¿Llegaron a casa?

—Sí.

La casa verdadera.

La de antes.

No la Casa del Sueño Profundo.

La casa donde Elena todavía estaba viva.

—¿Qué ocurrió allí?

El baño apareció.

No quise entrar.

Pero ya estaba.