La casa del sueño profundo Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Paredes blancas sin vocación simbólica, máquinas expendedoras, carteles informativos, fluorescentes cansados, sillas de plástico, una televisión con el volumen bajo y un celador que discutía con una impresora. Me pareció el lugar más hermoso del mundo durante aproximadamente ocho segundos.

Luego volvió a parecerme un hospital.

Lo cual también fue un alivio.

Me hicieron pruebas.

Tensión, pulso, análisis, exploración neurológica, valoración psiquiátrica inicial. Me preguntaron la fecha, el lugar, mi nombre, si tenía ideas autolíticas, si oía voces, si sabía por qué estaba allí. Contesté lo mejor que pude.

No siempre de forma cómoda.

—¿Oye voces ahora? —preguntó una psiquiatra joven, pelo corto, expresión prudente.

Estábamos en una consulta de urgencias. La puerta abierta. Un agente fuera. Una enfermera entrando y saliendo. Testigos, aunque no todos supieran que lo eran.

—No ahora.

—¿Las ha oído recientemente?

—Sí.

—¿Voces identificables?

—Mi esposa muerta. Un paciente oficialmente fallecido. Una anciana que quizá no debería moverse tanto. Mi propia voz en una grabadora apagada.

La psiquiatra dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Voy a necesitar que vayamos despacio.

—Me parece una idea excelente.

—¿Cree que esas voces eran reales?

Miré la puerta abierta.

El mundo exterior.

—Creo que algunas ocurrieron fuera de mí y otras dentro. Creo que la diferencia importa, pero no siempre en el momento en que uno está intentando no ahogarse en una bañera que no existe.

La psiquiatra me observó.

No con burla.

No con miedo.

—¿Se siente en riesgo de hacerse daño ahora?

No como acusación.

No como protocolo vacío.

Como una mano extendida sin tocarme.

Pensé en la torre.

En la cinta.

En el camino.

En Elena diciéndome que no la usara más.

—Sí —dije.

La psiquiatra se enderezó un poco.

—¿Tiene intención inmediata?

—No.

—¿Plan?

—No.

—¿Pero se siente en riesgo?

—Sí.

—Gracias por decirlo.

Gracias por decirlo.

No “todo irá bien”.

No “vamos a estabilizarle”.

Gracias por decirlo.

Quizá el mundo exterior sabía algunas cosas después de todo.

—No quiero que me reinicien —dije.

La psiquiatra frunció el ceño.

—Explíqueme eso.

—No quiero que me duerman dentro de una versión más cómoda. Si tienen que ingresarme, ingrésenme. Si tienen que vigilarme, vigílenme. Si tienen que medicarme, lo hablamos. Pero no quiero otra mentira para sobrevivir a la verdad.

Ella anotó algo.

—Aquí no hacemos terapia de inmersión profunda.

—Me alegra saberlo.

—Y, por lo que me han contado, precisamente vamos a evitar cualquier intervención sugestiva intensa.

—Bien.

—Pero sí podemos ofrecer contención.

Ella lo notó.

—Me refiero a presencia, supervisión, reducción de estímulos, tratamiento si lo acepta o si el riesgo lo exige, y acompañamiento. No a construir un relato.

—De acuerdo.

—¿Quiere que alguien esté presente en las próximas entrevistas?

Pensé en Mikel.

Pensé en Insausti.

Pensé en Carmen.

Probablemente habría aterrorizado al hospital entero y reorganizado urgencias por antigüedad moral.

—Un abogado —dije—. Y un médico externo. Y quizá, más adelante, Mikel Aguirre para algunos tramos. No ahora.

—De acuerdo.

Una frase muy sencilla cuando nadie la usa como trampa.

Me dejaron en una habitación de observación.

No cerrada con llave.

Una habitación normal de hospital, con una cama estrecha, una mesilla, una silla para acompañante y una ventana que daba a un aparcamiento.

Un aparcamiento. Nunca pensé que llegaría a emocionarme un rectángulo de asfalto con coches mal estacionados, pero ahí estaba yo, casi agradecido ante la fealdad funcional del mundo.

La cama estaba hecha.

Una cama de hospital, tirante, correcta, sin carácter.

La miré durante un rato.

Luego la deshice un poco.

Solo un poco.

Después la hice yo.

La enfermera entró justo cuando estaba recolocando la manta.

—¿Necesita ayuda?

—No. Es una indicación terapéutica privada.

Me trajo agua, un zumo y una bandeja con galletas envueltas en plástico.

—El médico vendrá en un rato.

—Gracias.

—Hay un agente fuera. La puerta queda abierta salvo que usted pida privacidad. En ese caso, se queda entornada.

—Entornada está bien.

—¿Quiere que avisemos a alguien?

¿A quién se avisa cuando uno sale de una casa que ha usado a sus muertos para mantenerlo vivo?

No tenía familia cercana esperando una versión sencilla.

No tenía Elena. No tenía una vida intacta al otro lado del teléfono.

Tenía declaraciones pendientes, un posible proceso penal, una institución intervenida, un enfermero que me quería como testigo y quizá como castigo, una doctora que había construido una máquina con mis ruinas, una auxiliar que acababa de descubrir a su padre y una anciana que probablemente estaba insultando a un juez en ese mismo momento.

—No ahora —dije.

La enfermera asintió.

—Pulse si necesita algo.

Dejó el timbre junto a la cama.

Un botón rojo.

Me quedé mirándolo cuando salió.

Pulse si necesita algo.

Una llamada colgada.

Cincuenta y dos minutos.

El botón rojo no era una metáfora.

Era un botón.

Me senté en la cama.

La puerta quedó entornada.

El pasillo sonaba a hospital: pasos, ruedas, avisos por megafonía, una tos, alguien quejándose, una risa breve de enfermeras. Sonidos de un mundo donde la gente seguía sufriendo sin necesidad de convertir cada dolor en habitación narrativa.

No apagué la luz.

No tenía sueño.

Pero no confiaba en él.

El sueño era una puerta.

No todas debían cruzarse dormido.

Cerré los ojos un momento.

Solo un momento.

Y vi a Elena.

No apareció junto a la cama.

La vi en una mañana cualquiera, abriendo una ventana, quejándose de que las habitaciones cerradas cogían carácter de persona resentida.

La memoria dolió.

Pero no me pidió entrar.

No me pidió nada.

Cuando abrí los ojos, la habitación seguía siendo una habitación de hospital.

Entonces llamaron suavemente a la puerta.

Me incorporé de golpe.

El corazón se me subió a la garganta.

No otra vez.

La puerta se abrió un poco.

Era la enfermera.

—Perdón —dijo—. ¿Le molesto?

Una risa rota me salió del pecho.

No pude evitarla.

La enfermera me miró con preocupación.

—¿Está bien?

Miré los tres nudillos de su mano sobre la puerta.

Luego el timbre rojo.

Luego la cama mal hecha.

—No del todo —dije.

—¿Quiere que avise al médico?

Esta vez no esperé cincuenta y dos minutos.

—Sí —dije.

La enfermera asintió y se marchó.

Yo me quedé sentado, respirando.

La puerta seguía entornada.

La luz encendida.

El botón al alcance de la mano.

Y, por primera vez en mucho tiempo, pedir ayuda no sonó como derrota.

Sonó como una llamada que no colgaba.