La casa del sueño profundo Capítulo 24
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Capítulo 24

Tierra firme

Salir de la Casa del Sueño Profundo no tuvo música.

Después de todo lo ocurrido, una parte ridícula de mí esperaba algo más elaborado: un trueno final, una ventana estallando, una bandada de cuervos saliendo de la torre, Lucas Arozarena aplaudiendo desde una roca o Elena mirando desde el camino con esa clase de tristeza que solo tienen los muertos cuando uno insiste en pedirles funciones dramáticas.

No hubo nada de eso.

Solo agentes revisando horarios de marea, sanitarios ajustando mantas, un juez hablando por teléfono con mala cobertura, pacientes esperando con miedo, personal intentando parecer útil y una casa demasiado grande respirando a nuestra espalda.

La salida, al parecer, se parecía mucho a un trámite.

Quizá por eso daba tanto miedo.

Me hicieron sentarme en el vestíbulo mientras organizaban el traslado. No por mí, dijeron. Por seguridad. Esa frase seguía teniendo talento para irritarme, aunque debo admitir que había empezado a entender la utilidad de algunas seguridades cuando no venían disfrazadas de mentira.

Mikel se quedó cerca.

Insausti hablaba con el juez.

Clara permanecía junto a la ventana, mirando a Rafael Rueda sin mirarlo directamente.

Carmen Uranga dormitaba con la taza vacía sobre las rodillas, como si hubiera decidido que el apocalipsis institucional podía esperar a que ella terminase la siesta.

Yo miraba la puerta.

No el camino.

Era una puerta normal. Madera oscura, bisagras, pomo, cerradura. Una puerta que cualquiera habría cruzado sin escribir mentalmente un tratado sobre identidad, culpa y tránsito. Yo no. Yo ya no podía permitirme esa clase de pobreza simbólica.

La puerta estaba abierta.

Y aun así no me llamaba.

—Señor Valtierra.

El juez se acercó con una agente.

Había recuperado su nombre. Se llamaba Salcedo. O eso ponía en la identificación. Me gustó no necesitar convertirlo en nada más. Salcedo. Juez. Hombre cansado. Suficiente.

—Vamos a iniciar el primer traslado —dijo—. Usted irá en el segundo vehículo sanitario, acompañado por personal médico externo y por un agente. El señor Aguirre irá en otro coche para declarar por separado.

Miré a Mikel.

Él bajó la vista un instante.

Todo lo necesario parecía haber firmado un pacto con lo incómodo.

—De acuerdo —dije.

Salcedo esperó, como si sospechara una objeción más larga. No llegó. Eso también pareció preocuparle.

—¿Se encuentra en condiciones de caminar hasta el camino?

Miré hacia la puerta.

—Sí.

—¿Seguro?

—Señoría, después de las últimas cuarenta y ocho horas, la palabra seguro me parece una superstición rural.

—Entonces reformulo: ¿puede caminar?

—Sí.

—Bien.

La agente anotó algo.

Tal vez “el sujeto ironiza”. Una pena no poder corregirle el estilo.

Insausti se acercó con un sobre transparente en la mano.

Dentro estaba la cinta de Elena, ya etiquetada, sellada y registrada.

Verla convertida en prueba me produjo una náusea rara.

No porque estuviera mal. Al contrario. Porque estaba bien.

Porque al fin su voz salía de la casa dentro de algo que no dependía de mi memoria.

—La cinta irá con el juez —dijo.

—Bien.

—He entregado también los registros de los ciclos.

—¿Todos?

—Los que están localizados.

—Qué frase de usted.

—Sí.

No se defendió.

Ya casi no lo hacía.

Me miró la mano izquierda, la cicatriz donde antes había estado TICHÉ.

—¿Duele?

—Sí.

—¿Mucho?

—Lo justo para no olvidarme de que existe.

—Quizá convenga que la vea un médico.

—Estoy rodeado de ellos. Es parte del problema.

Esta vez sí sonrió un poco.

No fue una sonrisa feliz.

No había felicidad disponible en esa casa, ni siquiera en pequeñas dosis.

—Adrián —dijo—, cuando esté fuera, quizá tenga recuerdos contradictorios.

—Qué detalle tan novedoso.

—Quizá dude de lo que ha pasado aquí.

—Ya dudo.

—Quizá dude de la cinta.

—También.

—Quizá dude de mí.

—Eso lo tengo bastante consolidado.

Bajó la mirada.

—Haga bien.

Aquello me sorprendió.

—¿Qué?

—Dude de mí. De Mikel. De Clara. De Carmen. De la casa. De usted. Pero no dude solo.

—Lo intentaré —dije.

—No basta.

—Lo sé.

—Pero es más honrado.

No hacía falta.

Mikel se acercó entonces.

—Ya están listos.

No me ofreció la mano.

No necesitaba que me llevaran.

Necesitaba que caminaran cerca.

Salcedo hizo una señal.

La puerta principal quedó despejada.

todos miraron.

No exagero. Pacientes, enfermeros, agentes, celadores, médicos.

Todos. Como si mi salida formara parte de un procedimiento que ninguno quería nombrar.

Quizá porque, lo era. Yo no era el primero en cruzar aquella puerta, ni el más inocente, ni el más dañado, ni el más importante.

Pero tal vez era el primero que lo hacía después de decir en voz alta que la casa no podía seguir durmiendo por todos.

O quizá me concedo demasiado.

Sigue siendo uno de mis defectos mejor conservados.

Di el primer paso.

La casa no tembló.

Ninguna voz me llamó.

No olí lavanda.

Al llegar al umbral, me detuve.

No porque quisiera.

Porque el cuerpo lo hizo.

Mikel se detuvo a mi lado.

—¿Qué pasa?

La placa de bronce.

Somnus porta est.

El sueño es una puerta.

Habían colocado debajo, de forma provisional, una hoja escrita a mano. No sé quién. Tal vez Carmen. Tal vez Clara. Tal vez algún enfermero con sentido de la ironía y de la oportunidad.

PERO NO TODAS DEBEN CRUZARSE DORMIDO.

Mi organismo, siempre tan poco decidido en los momentos importantes, optó por ninguna de las dos cosas.

—Nada —dije.

Mikel miró la frase.

Luego a mí.

—Buena enmienda.

—Un poco larga para latín.

—Seguro que Carmen lo arregla.

El aire de fuera me golpeó la cara.

Bajé los escalones del patio despacio. A ambos lados, dos agentes caminaban con prudencia. Delante, un sanitario miraba el suelo, atento a las piedras mojadas. Detrás, Mikel. Más atrás, Insausti, aunque ella no cruzaría en ese traslado. Se quedaba con el juez y el primer equipo de intervención.

La fuente del patio tenía agua de lluvia en el fondo.

La verja estaba abierta.

Más allá, el camino de la marea descendía hacia las rocas.

Esta vez sí.

El camino era estrecho, negro, irregular, resbaladizo. El mar se había retirado a ambos lados, pero no demasiado. Seguía allí, respirando, esperando su turno. No había mujer de vestido claro en la primera piedra. No había guardacostas. No había cadáver. No había cartera abierta.

Solo la posibilidad de caer si uno pisaba mal.

Qué humilde puede ser la realidad cuando deja de esforzarse por parecer destino.

—Vamos despacio —dijo el sanitario.

—Magnífica idea.

El primer tramo fue sencillo.

El segundo, no.

El camino estaba cubierto de algas en algunos puntos.

Las piedras brillaban como lomo de animal.

El viento venía de lado. El mar chocaba contra los bordes y salpicaba espuma sobre nuestros zapatos.

La casa quedaba arriba, cada vez más pequeña y más grande al mismo tiempo.

No sé si eso tiene sentido. Algunas cosas, cuanto más lejos están, más sitio ocupan.

A mitad de camino, me detuve.

No porque hubiera visto algo.

Porque no lo había visto.

Miré a ambos lados.

Elena no estaba.

Y de pronto su ausencia me golpeó con una violencia nueva.

No la ausencia del fantasma.

No la ausencia de la culpa.

La ausencia real.

Elena no estaba en la primera piedra, ni en la torre, ni en la bañera, ni en el espejo, ni en la puerta blanca, ni en la cinta. La cinta tenía su voz. La memoria tenía su imagen. Mi culpa tenía su forma. Pero Elena no estaba.

Una sola vez.

Me faltó el aire.

El sanitario se volvió.

—¿Mareo?

No respondí enseguida.

Mikel llegó a mi lado.

—Adrián.

—Estoy bien.

—No está —dije.

Mikel no preguntó quién.

—No.

—Pensé que si no aparecía sería más fácil.

—No.

—Es peor.

—Sí.

La espuma golpeó la roca.

el mar llenó todos los huecos de la conversación.

—Podemos volver —dijo Mikel.

—¿A la casa?

—Al tramo anterior. A esperar.

No proponía reinicio.

No proponía huida.

Proponía detenerse antes de caer.

La diferencia importaba.

—No —dije—. Sigamos.

Que es mucho más difícil y menos vistoso.

Al llegar al otro lado, un agente me ofreció la mano para subir el último tramo de roca. Dudé. La acepté.

No por debilidad.

Por pura inteligencia geológica.

La expresión siempre me había parecido cursi.

Ese día me pareció una exageración.

La tierra no era firme. Estaba embarrada, húmeda, llena de charcos y marcas de ruedas. Pero no se movía con la marea. No desaparecía bajo el agua. No imponía horarios para decidir si uno podía marcharse.

Me llevaron hasta la ambulancia.

Antes de subir, miré atrás.

La Casa del Sueño Profundo se alzaba sobre el acantilado, oscura, húmeda, con algunas ventanas encendidas. No parecía derrotada. Las casas como aquella no se derrotan en una mañana, igual que los hombres como yo no se curan por haber hecho una llamada.

Pero parecía despierta.

Mikel estaba junto al coche de la Guardia Civil.

Nos separaban diez metros.

—Nos vemos en tierra —dijo.

La entendí igualmente.

—Con testigos —respondí.

Subí a la ambulancia.

La puerta se cerró.

No de golpe.

No como una prisión.

Como una puerta de vehículo.

El motor arrancó.

Ninguna lámpara se balanceó sobre mi cabeza.

No había olor a gasóleo de ferry, sino a desinfectante, plástico y café malo.

El sanitario me puso un tensiómetro.

—Tiene la tensión alta.

—Me habría decepcionado lo contrario.

No entendió el comentario.

Miré por la ventanilla trasera mientras el vehículo avanzaba.

El camino de marea empezó a alejarse.

La casa también.

Durante un instante, en una de las ventanas de la torre, creí ver una figura.

No forcé la mirada.

No todo lo que aparece lejos necesita ser interpretado.

La ambulancia tomó la curva.

La casa desapareció.

Y no desperté en el ferry.

El hospital de tierra firme era feo.

Gracias a Dios.