Capítulo 23 #2
—En esta casa, señoría, me gustaría que casi todas las identificaciones se hicieran dos veces.
El juez apuntó algo a mano.
—Continúe.
Hablé de la cinta de Elena.
De Clara y Rafael Rueda.
De las habitaciones narrativas.
De los pacientes puente.
De las llaves.
No hablé de la casa como si estuviera viva.
No al principio.
No porque ya no lo creyera.
Porque una declaración necesita entrar por puertas que el mundo exterior pueda abrir sin romperse de inmediato.
Dije “episodios compartidos”.
Dije “material audiovisual de origen incierto”.
Dije “alteraciones perceptivas simultáneas”.
Dije “zonas del edificio no registradas en planos actuales”.
Dije “riesgo de manipulación clínica”.
Dije “necesidad de preservar toda prueba física y digital”.
La verdad, para llegar fuera de la casa, tuvo que ponerse ropa aburrida.
No me gustó.
El juez escuchó.
Nadie escucha todo la primera vez.
Pero escuchó lo bastante.
Cuando terminé, tenía la garganta seca y las manos frías. Mikel seguía en la puerta. No había hablado. No había intervenido. Solo estaba.
El juez repasó sus notas.
—Necesitaré tomarle declaración formal con asistencia letrada y valoración médica independiente.
—Sí.
—También debemos considerar su posible responsabilidad penal en la muerte de Elena Rivas.
—Sí.
No me hundió.
—Y la del señor Aguirre.
Mikel habló por primera vez.
—Sí.
El juez le miró.
—Después le tocará a usted.
—Lo sé.
—Y la de la doctora Insausti y el personal responsable del protocolo.
—Sí —dije.
Insausti no estaba en la sala.
Aun así, la frase pareció tocarla en algún lugar de la casa.
El juez cerró la carpeta.
—Voy a ser claro. Hay partes de lo que acaba de contar que son difíciles de aceptar sin verificación.
—No se imagina cuánto le entiendo.
—Pero hay suficientes elementos para intervenir la institución de forma provisional, preservar documentación y solicitar apoyo psiquiátrico externo.
Como si el mundo de fuera todavía existiera sin pedir permiso a la marea.
—También quiero la cinta de Elena Rivas —dijo.
—La tiene Insausti.
—La pediré ahora.
—No deje que se quede a solas con ella.
El juez me miró.
—¿Cree que la destruiría?
Pensé en Insausti.
En su culpa.
En su necesidad de controlar.
En su reciente caída.
—No lo sé.
—Entonces no se quedará a solas con ella —dijo.
El médico se movió, por si acaso.
No hizo falta.
Mis piernas aguantaron.
—Necesito hacer algo antes de que sigan interrogándome —dije.
El juez frunció el ceño.
—¿Qué?
Miré a Mikel.
Luego al pasillo.
—Hacer la cama.
La agente dejó de teclear otra vez.
El juez me observó durante varios segundos.
—¿Eso tiene relevancia clínica?
—Probablemente.
—¿Riesgo de fuga?
—Bajo. Si huyo, Mikel puede tirarme al suelo con bastante solvencia.
Mikel cerró los ojos.
—No está ayudando.
—Lo intento.
El juez suspiró.
—Cinco minutos. Acompañado.
—Gracias.
—Y después vuelve.
—Sí.
Esta vez no dije “lo prometo”.
Algunas promesas tienen demasiadas ganas de convertirse en cuerdas.
Mi habitación seguía igual.
No de una forma grande. No quedaban fuerzas para grandes enfados.
Pero sí con una irritación íntima, casi doméstica.
Después de todo lo ocurrido, después de la torre, la cinta, las puertas, la declaración, el camino de la marea y el mundo exterior entrando con botas mojadas, mi habitación seguía allí, perfectamente capaz de parecer una simple habitación.
La cama estaba deshecha.
La silla junto al escritorio.
La jarra de agua.
La ventana sellada con vistas al acantilado.
El bloc sobre la mesa.
Me acerqué a él.
Mikel se quedó en la puerta.
—No voy a leerlo —dijo.
—Tarde para desarrollar escrúpulos.
—Sí.
No era una defensa.
Era una verdad.
Abrí el bloc.
Todas las páginas seguían blancas.
Durante un instante sentí una pérdida absurda. Las notas desaparecidas. Mis listas. Mis advertencias. Mis frases escritas por mí o por la casa o por alguna zona intermedia. Había querido conservar pruebas. Al final, el papel no conservaba nada.
Me toqué la cicatriz del dorso de la mano.
No todo se escribe fuera.
Cerré el bloc.
Luego hice la cama.
No de forma perfecta.
No sé hacer camas de hotel y, sinceramente, desconfío de quienes las hacen demasiado bien. Estiré la sábana, coloqué la manta, puse la almohada en su sitio. Movimientos pequeños. Torpes. Ridículos. Ninguno devolvía a Elena. Ninguno llamaba antes. Ninguno borraba los cincuenta y dos minutos.
Pero eran míos.
Y no usaban su voz.
Haz la cama tú.
Después me quedé mirando el resultado.
Una cama sencilla.
No un símbolo.
No una absolución.
Mikel seguía en la puerta.
—¿Qué? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Nada.
—No empiece usted también con esa palabra.
—Es que no sé qué decir.
—Eso suele ser un buen principio.
Mikel miró la cama.
—A Elena le habría hecho gracia.
No como cuchillo.
—¿Por lo mal hecha?
—Por lo solemne que está pareciendo algo que odiabas hacer.
Me senté en el borde.
—No recuerdo odiarlo.
—Lo odiabas.
—¿Cómo lo sabes?
—Ella lo dijo una vez.
Hubo un silencio.
Pero tampoco imposible.
—Puedes hablar de ella —dije.
Me costó decirlo.
—No siempre.
—No.
—No para salvarte.
—No.
—No para castigarte.
—No.
—De acuerdo.
Miró la ventana.
—Le gustaba abrir las ventanas por la mañana. Incluso en invierno. Decía que las habitaciones cerradas cogían carácter de persona resentida.
Esa frase sí sonaba a ella.
No como fantasma.
Como mujer viva.
Qué diferencia tan brutal.
—Gracias —dije.
Mikel me miró.
—¿Por qué?
—Por no convertirlo en una confesión.
—Estoy aprendiendo tarde.
—Aquí es una epidemia.
No hablamos más.
No hizo falta.
En el vestíbulo, la intervención ya había empezado a parecer intervención.
Agentes hablando por radio.
Sanitarios revisando pacientes.
Personal del centro entregando listados.
Arriaga explicando cosas con demasiados tecnicismos a un guardia civil que le miraba como se mira a una lámpara que da calambres.
Insausti estaba junto a la mesa principal, entregando carpetas.
Cuando me vio, se acercó.
—Han pedido la cinta.
—Lo sé.
—La he entregado.
—¿Entera?
—Entera.
—¿Copias?
—Hay registros parciales en archivo. También los he señalado.
—Gracias.
No porque no la sintiera.
Porque convivía con demasiadas cosas.
Insausti lo entendió.
—No me dé las gracias todavía.
—No era absolución. Era educación.
—Entonces la acepto.
El juez apareció detrás de ella.
—Señor Valtierra, vamos a trasladarle para evaluación cuando el equipo lo autorice.
—¿Fuera?
—Sí.
El camino volvió a abrirse dentro de mí.
Mikel me miró.
Carmen, desde su butaca, abrió un ojo.
—¿Ahora? —pregunté.
—En cuanto la marea permita paso seguro y haya vehículo preparado.
No como huida.
Con médicos externos.
Con declaración empezada.
Con cama hecha.
No sabía si estaba preparado.
Pero quizá salir no exigía estar preparado.
Quizá exigía no usar la salida para desaparecer.
—Iré —dije.
Mikel bajó la mirada.
Insausti respiró despacio.
Carmen cerró el ojo otra vez.
—Claro que irá —murmuró—. Si no, quién nos va a dar tanta guerra fuera.
El juez no entendió el comentario.
Nadie se lo explicó.
A veces la intimidad empieza justo ahí: en no traducirlo todo para los demás.
Me acerqué a la puerta principal.
El camino de piedras brillaba bajo la marea baja.
Esta vez no vi a Elena.
No vi al guardacostas.
No vi el ferry.
Solo vi el camino.
Y al otro lado, tierra firme.
Lo cual, después de una casa que había convertido cada baldosa en una teoría, ya me parecía bastante.