Capítulo 23
La primera declaración
El mundo exterior llegó tarde.
El mundo exterior casi siempre llega tarde a las casas donde pasan cosas importantes.
Primero llegan el miedo, la culpa, las versiones, los silencios, los muebles movidos de sitio, los vasos rotos, los grifos abiertos, las llamadas colgadas y las manos que no se mueven cuando deberían.
El mundo exterior llega después, con botas mojadas, carpetas plastificadas, preguntas razonables y esa expresión tan propia de los profesionales que entran en un desastre ajeno: una mezcla de autoridad, cansancio y prudente deseo de no haber aceptado guardia esa mañana.
Los vimos aparecer desde el vestíbulo, cuando la marea dejó el camino lo bastante despejado.
Tres vehículos al otro lado.
Dos todoterrenos de la Guardia Civil.
Un coche más pequeño, oscuro, con un hombre de abrigo largo que bajó el último y miró la isla como si la isla acabara de deberle explicaciones por escrito.
El camino de piedras brillaba bajo la luz pálida del amanecer. La niebla se había retirado casi por completo, aunque aún quedaban jirones bajos entre las rocas, como restos de un sueño mal ventilado.
Nadie dijo nada durante unos segundos.
Treinta personas, quizá más, guardando silencio en el vestíbulo de una casa que había vivido de silencios demasiado bien alimentados.
Yo estaba junto a la escalera.
No junto a la puerta.
Si me colocaba demasiado cerca de la salida, podía confundirme. O el cuerpo podía hacerlo por mí. Había aprendido, a golpes, que el cuerpo conserva hábitos más antiguos que las decisiones. Uno puede decir “no voy a cruzar” y aun así sentir en las piernas el principio de una huida.
Mikel estaba a unos pasos.
O no solo.
También miraba el camino con una rigidez que no intentaba disimular. Supongo que él también tenía sus rutas de fuga. No todas daban al mar.
Insausti permanecía en el centro del vestíbulo, con la cinta de Elena metida en un sobre transparente que había encontrado en administración. La sostenía con ambas manos. No como prueba. Todavía no. Como algo que estaba a punto de dejar de pertenecerle, y quizá por eso pesaba más.
Clara estaba cerca de una mesa, hablando con una enfermera.
Rafael Rueda seguía sentado en una esquina, con dos personas junto a él.
No había vuelto a llamar a Clara. Ella tampoco se había acercado.
Esa distancia era una cuerda tensa entre ambos, pero al menos ya no estaba escondida dentro de una sala de terapia.
Carmen Uranga dormitaba en una butaca.
Con Carmen, la diferencia era más filosófica que médica.
—Ya vienen —dijo Mikel.
—Eso parece.
—¿Estás preparado?
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Si hubieras dicho que sí, habría empezado a preocuparme.
La puerta principal se abrió del todo.
El aire frío entró con los primeros agentes. Dos guardias civiles, un médico de emergencias, una mujer con maletín sanitario, otro hombre con una cámara colgada al cuello y el del abrigo oscuro. La realidad exterior entró oliendo a lluvia, barro, café de termo y burocracia.
Fue casi conmovedor.
El hombre del abrigo oscuro se presentó como juez de guardia.
No retuve el nombre al principio.
No porque no me importara.
Porque mi mente, supongo, todavía estaba seleccionando qué partes del mundo merecían entrar sin ser convertidas en símbolo.
Un juez con abrigo largo y cara de haber dormido poco era una figura demasiado peligrosa para una mente acostumbrada a construir escenarios.
Podía convertirlo en salvador, verdugo o administrador de otro ciclo.
Preferí dejarlo en hombre con abrigo.
Insausti se adelantó.
—Soy la doctora Irene Insausti, directora médica de la institución.
El juez la miró.
Luego miró el vestíbulo.
Luego a los pacientes.
Luego a mí.
a mí.
Quizá porque todas las casas tienen un centro de gravedad, incluso cuando nadie lo señala. Quizá porque yo seguía llevando en la cara la expresión poco recomendable de alguien que ha discutido con demasiados fantasmas y no ha ganado a ninguno.
—Necesito un informe inicial —dijo.
Insausti abrió la boca.
Ella me miró.
La vieja Insausti habría hablado primero. Habría tomado el control. Habría colocado las piezas en un orden clínico, prudente, administrable. Habría dicho “situación de descompensación institucional”, “incidencias simultáneas”, “pacientes vulnerables”, “posible fallecimiento en unidad cerrada”.
La nueva Insausti, o la Insausti cansada, o la Insausti sin suficientes puertas para esconderse, cerró la boca.
—Creo que debe empezar por él.
El juez me miró de nuevo.
—¿Nombre?
Me llevó un segundo responder.
No porque lo hubiera olvidado.
Porque ahora el nombre era una habitación en la que había que entrar despierto.
—Adrián Valtierra Arrieta.
—¿Trabaja aquí?
Casi me reí.
No lo hice.
—No exactamente.
El juez levantó las cejas.
—Vamos a intentar que las respuestas exactas empiecen cuanto antes.
—Soy psiquiatra forense. También he sido paciente de esta institución.
No con violencia.
Los agentes se miraron.
El juez no.
Buen hombre con abrigo.
—¿Puede declarar?
—Sí.
Mikel dio un paso.
—Debería ser valorado antes.
—Puedo declarar —repetí.
—Está agotado, pero orientado. Ha sufrido episodios disociativos recientes. Aun así, considera importante declarar ahora y yo no voy a impedirlo.
El juez la miró.
—¿Usted es su médica?
—Sí.
—¿Y directora del centro?
—Sí.
—¿Y está implicada en los hechos que él quiere denunciar?
Insausti tardó apenas un segundo.
—Sí.
El juez cerró los ojos un instante.
Muy de madrugada.
Luego señaló una sala lateral.
—Necesito un espacio tranquilo. Dos agentes en la puerta. Médico disponible. Nadie solo con nadie. Y quiero que empiecen a identificar a cada paciente y miembro del personal.
—Sí.
El juez se volvió hacia mí.
—Usted viene conmigo.
Miré a Mikel.
No para pedir permiso.
Para dejar constancia.
—Estoy aquí.
—Lo sé.
Y, por primera vez, la frase no me molestó.
La sala tranquila resultó ser la biblioteca administrativa.
Una estancia con estanterías, archivadores, mesa larga y chimenea apagada. El mismo lugar donde Insausti me había explicado el caso de Lucas Arozarena cuando yo todavía creía haber llegado a investigar la desaparición de un paciente y no la arquitectura completa de mi propia negación.
El juez se sentó frente a mí.
A un lado, una agente tomó notas en un ordenador portátil.
Al otro, el médico de emergencias me observaba con la discreción imposible de quien intenta evaluar a alguien sin parecer que le evalúa.
Mikel se quedó en la puerta, fuera de la mesa.
El juez permitió su presencia después de que yo la pidiera.
Pedir un testigo sin sentir que me hacía más débil.
—Antes de empezar —dijo el juez—, necesito saber si entiende dónde está.
—En la Casa del Sueño Profundo. Isla de San Telmo. Biblioteca administrativa. Sábado por la mañana, aunque admito que los últimos dos días han hecho un trabajo admirable para desacreditar el calendario.
La agente levantó la vista.
El juez no sonrió, pero casi.
—¿Sabe quién soy yo?
—Juez de guardia. Ha dicho su nombre, pero no lo he retenido. No porque esté desorientado. Porque estaba intentando no convertirle en una figura literaria.
La agente dejó de teclear.
Mikel bajó la mirada.
El juez me estudió.
—¿Eso suele pasarle?
—Últimamente, sí.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy intentando declarar antes de explicarlo demasiado.
El juez asintió despacio.
—Entonces empiece.
Qué verbo tan sencillo.
Mi cuerpo quiso volver al ferry.
Una contracción pequeña en el pecho, un eco de motor bajo los pies, una lámpara balanceándose, una jaqueca perfecta para introducir una historia desde el principio correcto.
No empezaría por el mar.
No empezaría por el ferry.
No empezaría por la llamada de Insausti.
No empezaría por Arozarena.
Elena había dicho: esta vez no empieces por el mar.
Así que empecé por el baño.
—Mi esposa se llamaba Elena Rivas —dije—. No murió en el accidente de coche.
La agente tecleó.
El sonido de las teclas me pareció indecente.
—Sobrevivió al accidente. Fue atendida en urgencias. Después volvió conmigo a casa. Yo había bebido. Conducía yo. Hubo una discusión. Ella quería dejarme. Había llamado a Mikel Aguirre, que ahora está en la puerta.
El juez miró brevemente a Mikel.
Mikel no se movió.
—En casa discutimos —continué—. Elena cayó en el baño.
Había agua en la bañera. Había pastillas.
Hubo una llamada a emergencias de siete segundos que no prosperó.
Yo tardé en pedir ayuda. No sé si empujé, si bloqueé, si no actué, si dejé que pasaran los minutos porque tenía miedo de perderlo todo.
Sé que pude llamar antes. Sé que no lo hice. Sé que, cuando llamé, ya era tarde.
Mi voz no se rompió.
A veces uno desconfía de su propia firmeza, como si el dolor verdadero exigiera siempre espectáculo. Pero no. Algunas verdades salen secas porque han llorado antes en otras habitaciones.
El juez no me interrumpió.
La agente siguió escribiendo.
El médico dejó de fingir que no me miraba.
—Después de su muerte —continué—, mi memoria se fragmentó.
Construí versiones contradictorias. La doctora Insausti y esta institución aplicaron sobre mí un protocolo llamado Terapia de Inmersión Profunda.
En parte basado en trabajos teóricos míos.
En parte autorizado por mí en estados que deberán revisarse legalmente.
Ese protocolo me hacía vivir dentro de relatos controlados.
En uno de ellos, yo llegaba a la casa como psiquiatra externo para investigar la desaparición de Lucas Arozarena.
—¿Quién es Lucas Arozarena? —preguntó el juez.
—Un paciente real. O lo fue. Oficialmente muerto hace dos años por suicidio en el pabellón C. Esta noche encontramos un cuerpo que parecía suyo, también ahorcado, en una habitación de aislamiento.
La agente dejó de teclear un segundo.
—¿Parecía suyo? —preguntó el juez.