Capítulo 22 #2
—Soy paciente de la Casa del Sueño Profundo y también psiquiatra forense.
Solicito intervención externa inmediata.
Hay posibles irregularidades clínicas graves, aislamiento de pacientes, manipulación de tratamientos narrativos, una muerte reciente que debe certificarse y revisar, y hechos relacionados con la muerte previa de mi esposa, Elena Rivas, que deseo declarar formalmente.
La estática responde primero.
Luego la voz del puesto costero:
—...repita identificación...
No digo doctor.
No digo paciente.
Digo ambos cuando corresponde.
Insausti está a mi lado, muy quieta.
—¿Se encuentra en peligro inmediato? —pregunta la voz.
Miro a Carmen.
Ella arquea una ceja.
—Es una pregunta compleja.
Mikel cierra los ojos un instante, como si hubiera estado a punto de reír y eso le pareciera una crueldad.
—No hay amenaza armada en este momento —digo—. Hay pacientes vulnerables, personal desbordado y riesgo clínico si no se interviene con cuidado. Necesitamos que no entren como si esto fuera un motín.
Insausti me mira.
—Necesitamos psiquiatría de urgencia, autoridad judicial y equipos de traslado preparados para pacientes desorientados —continúo—. Y necesitamos que conste esta llamada.
Que no sea siete segundos.
Que no se pierda.
Que no pueda convertirse en una versión cómoda dentro de una casa enferma.
—Consta —dice la voz al otro lado, entre interferencias—. Comunicación registrada. Intentaremos coordinar salida con la bajamar. Mantengan línea disponible. Repito, comunicación registrada.
No es alivio.
Pero algo se coloca en su sitio.
Suelto el botón.
La sala queda en silencio.
—Bueno. No se ha muerto nadie por hacer una llamada. De momento.
Insausti suelta aire por la nariz.
Mikel mira al suelo.
Yo dejo el micrófono sobre la mesa con cuidado, como si pudiera romperse hacia atrás en el tiempo.
—Esta vez llamé —digo.
Porque nadie necesita hacerlo.
Después vino lo difícil.
Lo difícil, para mi sorpresa, no fue la aparición de otra puerta ni una voz desde el mar ni un espejo sonriendo fuera de turno.
Lo difícil fue el comedor.
Lo difícil fue la gente.
El comedor principal era una sala amplia, de techos altos, con mesas largas y lámparas colgantes.
Allí habían reunido a unas treinta personas entre pacientes y personal.
Algunos estaban sentados. Otros de pie. Otros caminaban en círculos pequeños, como si sus cuerpos necesitaran comprobar que el suelo seguía teniendo límites.
Nadie gritaba aunque el silencio no era tranquilo.
Era el silencio de una sala esperando que una mala noticia elija destinatario.
En una mesa, una mujer mayor preguntaba una y otra vez por su marido.
Un enfermero no le decía que vendría enseguida.
Tampoco le decía que estaba muerto de golpe.
—Sé que quiere verle. Ahora estoy aquí con usted. Vamos a respirar y después hablaremos de él.
No era perfecto.
Pero no era una mentira.
En otra esquina, Basterra estaba sentado con un celador joven. Tenía las manos sobre la mesa, sucias de algo que no era tierra y quizá nunca lo fue. Miraba el tablero de madera como si debajo hubiera alguien respirando.
Al pasar junto a él, levantó la vista.
—Testigo.
—Basterra.
—El de abajo se calló.
—¿Eso es bueno?
—No lo sé.
—Entonces espere con alguien hasta saberlo.
El celador joven me miró, inseguro.
—Quédese con él —dije.
—Sí.
Basterra sonrió apenas.
—Da órdenes como médico.
—Mal hábito.
—No. Esa fue buena.
Clara estaba junto a una ventana, con una manta sobre los hombros. Rafael se encontraba al otro lado de la sala. No se miraban. O sí. Como antes. Pero ahora había gente entre ambos, y no puertas invisibles.
Mikel fue hacia ella.
Se detuvo a medio camino.
Esperó a que Clara le viera.
Ella lo vio.
Después de unos segundos, le hizo un gesto mínimo con la cabeza.
Entonces Mikel se acercó.
No oí lo que hablaron.
Aprender a no escuchar también forma parte de ser testigo. O eso empecé a sospechar. Uno no tiene derecho a todas las verdades solo porque haya sufrido mucho. Esa es otra forma de saqueo.
Insausti se movía por la sala hablando con el personal, organizando turnos, revisando medicación, pero algo en ella había cambiado.
Preguntaba antes de ordenar. No siempre.
No se transforma una vida entera en media hora, por mucho que la casa se empeñe en montar decorados.
Pero preguntaba más. Miraba más. Se detenía antes de convertir el miedo ajeno en instrucción.
Carmen se había instalado en una silla cerca de la chimenea apagada, como una reina destronada que hubiese decidido quedarse en el palacio para criticar las reformas.
Yo no sabía dónde colocarme.
Ese fue el primer problema verdaderamente nuevo.
Antes siempre tenía un papel.
Hombre que huye.
Hombre que recuerda.
Ahora estaba de pie en un comedor lleno de personas heridas, sin una misión clara salvo no volver a mentirme con demasiada eficacia.
Eso, para alguien como yo, era casi insoportable.
Me acerqué a la ventana.
Afuera, la niebla se movía sobre el patio. La puerta principal seguía entreabierta, vigilada por dos celadores y por el sentido común, que al fin había decidido presentarse. Más allá, el camino de la marea estaría visible durante unas horas.
No lo miré demasiado.
No porque no quisiera.
Precisamente porque quería.
—No va a ninguna parte —dijo Carmen a mi espalda.
—¿El camino?
—La tentación.
La anciana sostenía una taza de caldo entre las manos. No sé quién se la había dado. Probablemente ella lo había ordenado y alguien había obedecido por puro instinto histórico.
—Debería descansar —dijo.
—Me sorprende que no haya dicho algo más críptico.
—Estoy cansada.
—Eso sí que resulta inquietante.
Carmen bebió un sorbo.
—Ha llamado.
—Sí.
—Ha dicho su nombre.
—También.
—Ha admitido que es paciente.
—Y médico.
—Y culpable.
—No con esa palabra.
—No. Todavía se quiere un poco.
—Tiene usted una forma muy particular de consolar.
—No consuelo. Acompaño. El consuelo suele tener demasiadas ganas de cerrar la boca del otro.
No pude discutirlo.
O no quise.
Carmen miró hacia la sala.
—No espere sentirse mejor por haber hecho algo bien.
—Ya me he dado cuenta.
—Bien. Esa decepción es sana.
Me apoyé en el alféizar.
—¿Qué pasa ahora con la casa?
—Lo mismo que con usted.
—Qué mala noticia para la casa.
—Tendrá que vivir sin dormir tanto.
Vivir sin dormir tanto.
La Casa del Sueño Profundo no iba a derrumbarse.
No esa noche. No habría un gran incendio purificador, ni paredes cayendo al mar, ni expedientes volando por el acantilado como aves negras.
La realidad rara vez es tan generosa con los símbolos.
La casa seguiría en pie. Con sus pacientes, sus puertas, sus humedades, sus historias mal cerradas y su personal intentando no repetir lo que había aprendido demasiado bien.
Qué condena tan poco espectacular.
Seguir en pie.
Cerca de la madrugada, Insausti me pidió hablar.
No en su despacho.
Lo hicimos en la biblioteca administrativa, con la puerta abierta y Mikel sentado a unos metros, no como guardia sino como testigo.
Clara estaba en el comedor. Carmen dormía, o fingía, junto a la chimenea.
Arriaga había reaparecido con cara de querer redactar informes hasta esconderse debajo de ellos.
Insausti dejó la cinta de Elena sobre la mesa.
Entre los dos.
No de su lado.
No del mío.
—Debe quedar custodiada —dijo.
—Sí.
—Pero no por mí sola.
—No.
—Cuando llegue la autoridad judicial, se entregará como parte del registro.
—¿Entera?
—Entera.
—¿Sin interpretaciones?
—Con contexto.
—La palabra favorita de los manipuladores cultos.
—Lo sé.
No se defendió.
Ya empezaba a acostumbrarse.
—¿Y yo? —pregunté.
—Usted declarará si puede.
—Puedo.
—No lo sé.
—Yo tampoco. Pero voy a intentarlo.
Insausti bajó la vista a sus manos.
—Es posible que haya consecuencias penales.
—Para mí.
—Sí.
—Para Mikel.
—También.
—Para usted.
—Sí.
—Para la institución.
—Si queda algo llamado institución después de esto, sí.
No hubo satisfacción en oírlo.
Quizá un poco.
Soy humano, no una sentencia moral con zapatos.
Pero no tanta como habría querido el Adrián de ayer. O de hace un ciclo. O de hace siete.
—No sé si Elena murió por mi culpa directa —dije.
Insausti levantó la vista.
—No.
—Pero murió mientras yo decidía qué hacer con mi miedo.
—Sí.
La destrucción te deja sin forma. Que algo te atraviese, en cambio, duele más al principio, pero quizá permite que el aire circule después.
—¿Qué hago con eso? —pregunté.
Insausti tardó en responder.
—No lo sé.
—Está mejorando muchísimo.
—Me temo que sí.
Miró la cinta.
—Creo que hay que dejar de preguntarse qué hacer con la culpa como si fuera un objeto. Tal vez se vive con ella. Tal vez se la vigila. Tal vez se impide que tome decisiones por nosotros fingiendo que es justicia, amor o conocimiento.
—Eso ha sonado casi sabio.
—No se acostumbre.
—Carmen se le está pegando.
Por primera vez, Insausti sonrió de verdad.
Pero de verdad.
Después volvió a ponerse seria.
—No sé si podré seguir dirigiendo este lugar.
—No debería decidirlo usted sola.
—No.
—Eso también es nuevo.
—Sí.
La luz de la biblioteca parpadeó.
Los dos miramos al techo.
Nada más ocurrió.
Casi me dio pena.
Uno se acostumbra rápido a que la realidad dramatice sus transiciones.
—¿Ha sido la casa? —preguntó Insausti.
—O una bombilla.
—¿Y cómo distinguimos una cosa de la otra?
Pensé en Elena.
En el grifo.
En la cinta.
En el ferry.
En la llamada.
—Con testigos —dije.
Poco antes del amanecer, salí al vestíbulo.
Mikel vino conmigo.
No lo pedí.
Tampoco lo rechacé.
La puerta principal seguía entreabierta. Afuera, la lluvia había parado. El cielo estaba pálido sobre el mar. La niebla se retiraba en capas. El camino de piedras era visible, negro, húmedo, irregular, extendido hacia tierra firme como una frase peligrosa.
Nos quedamos en el umbral.
El aire frío me tocó la cara.
No olía a reinicio.
Olía a mar.
Solo a mar.
—Podríamos bajar un poco —dijo Mikel.
—Podríamos.
—Sin cruzar.
—Sin cruzar.
Bajamos los escalones del patio.
El mundo no se rompió.
La casa no apagó las luces.
Elena no apareció en la primera piedra.
Eso, me dolió.
También me alivió.
Las dos cosas caben juntas. Empiezo a sospechar que casi todo lo verdadero tiene esa mala educación.
Llegamos a la verja.
Mikel se detuvo.
—Hasta aquí.
—¿Por mí o por ti?
Miró el camino.
—Por los dos.
Nos quedamos mirando el mar.
Durante un rato no hablamos.
Luego Mikel dijo:
—Voy a declarar.
No le miré.
—Bien.
—Todo.
—Bien.
—Lo de urgencias. Lo de la casa. Lo de Elena. Lo de los minutos.
Los cincuenta y dos.
—Bien —repetí.
—No espero que eso arregle nada.
—No lo hará.
—Lo sé.
El mar respiraba alrededor de las piedras.
—La quería —dijo.
No fue una defensa.
No fue una provocación.
Fue una cosa que necesitaba existir fuera de su cuerpo.
—Lo sé.
—No como debía.
—Nadie lo hizo.
No nos absolvió.
Pero nos dejó quietos.
Mikel se pasó una mano por la cara.
—¿Me odias?
Pensé en ello.
No por generosidad.
—Sí —dije.
—Pero no solo.
—También te necesito como testigo.
Su rostro cambió.
Una carga más justa que la culpa cuando no se usa para esconderse.
—Me quedaré —dijo.
—No por Elena.
—No.
—No por mí.
—No.
—Por lo que hiciste.
—Sí.
El sol empezó a levantar detrás de la niebla.
No de forma hermosa.
De forma pálida, fría, casi burocrática.
Un amanecer sin ganas de convencer a nadie.
Entonces oí pasos detrás de nosotros.
Carmen Uranga estaba en la verja, con la manta sobre los hombros y una taza en la mano.
—Qué dramáticos los dos mirando al horizonte —dijo—. Solo faltan violines y una pulmonía.
—Buenos días, Carmen —dije.
—Eso está por verse.
Mikel soltó algo parecido a una risa.
Carmen miró el camino.
—No ha cruzado.
—No.
—Bien.
—¿Eso significa que he superado la prueba?
La anciana me miró como si acabara de decir una ternura idiota.
—No, hijo. Significa que hoy no ha suspendido.
—Me vale.
—Debería.
Se acercó un poco más.
—Vendrán de fuera.
—Sí.
—Harán preguntas malas.
—Sí.
—Algunos querrán cerrar la casa.
—Probablemente.
—Otros querrán salvarla para no admitir lo que hicieron dentro.
—También.
—Usted tendrá ganas de convertir todo esto en un informe, luego en un caso, luego en una teoría y, si se descuida, en otra casa.
—¿Algún consejo?
—Sí.
Bebió un sorbo de caldo.
—Cuando empiece a explicar demasiado, haga la cama.
Elena.
La puerta blanca.
Haz la cama tú.
El golpe fue suave.
Por eso dolió bien.
—Lo intentaré —dije.
—No basta.
—Ya.
—Pero es más honrado.
La misma frase.
Carmen me la regaló sin solemnidad.
Luego se dio la vuelta y regresó hacia la casa.
Mikel y yo nos quedamos un poco más junto a la verja.
Lo suficiente para ver que el camino seguía allí y que ninguno de los dos tenía que pisarlo todavía.
Cuando volvimos al vestíbulo, la casa estaba despierta.
Y en una casa despierta, descubrí, las sombras no desaparecen.
Solo dejan de mandar a oscuras.