Capítulo 22
Esta vez llamé
La puerta principal permanece entreabierta.
Una línea de aire frío entra por el vestíbulo y avanza sobre el mármol como un animal prudente. Huele a mar, a lluvia antigua, a algas golpeadas contra la piedra. No huele a lavanda. Eso ya es algo.
Nadie se mueve hacia ella.
Ni los pacientes.
Ni el personal.
La casa entera parece haber entendido que una puerta abierta no siempre es una orden. A veces es solo una pregunta que ha aprendido a esperar.
Insausti sigue en el primer escalón de la escalera principal. Ha pedido perdón. Lo ha dicho delante de todos, con la voz firme y la cara rota de una forma que quizá solo yo he sabido ver porque, por desgracia, llevo demasiados días especializándome en grietas humanas.
No ha bastado.
No tenía que bastar.
Ese es el problema de las disculpas sinceras: llegan desnudas, pequeñas, sin capacidad real de reparar aquello que nombran. La gente espera que el perdón funcione como una llave maestra, pero casi siempre es más parecido a dejar una vela en una habitación quemada. Sirve para ver mejor los restos.
Rafael Rueda está en su silla de ruedas, con una manta sobre las piernas. Clara permanece a varios metros de él. No se miran. O sí, pero solo de forma breve, como quien toca una herida con la punta de los dedos para comprobar si sigue doliendo.
Mikel está a mi lado.
No me toca.
Desde que salimos de la sala circular ha aprendido una nueva forma de cuidado: estar sin sujetar. Es más difícil de lo que parece. La gente que ha llegado tarde suele intentar compensarlo llegando demasiado encima. Mikel, al menos por ahora, resiste esa tentación.
Carmen Uranga se ha sentado en una butaca junto a la pared, como si el vestíbulo fuera el salón de su casa y todos nosotros unos invitados bastante malos.
Tiene la manta sobre los hombros, los pies descalzos y una expresión de cansancio satisfecho.
No feliz. Carmen no parece una mujer diseñada para la felicidad.
Más bien para sobrevivir a ella cuando pase de largo.
—¿Y ahora? —pregunta alguien.
No sé quién.
Una enfermera joven, quizá.
O uno de los pacientes.
O la casa, usando una garganta cualquiera porque le incomoda el silencio.
Insausti mira a todos.
Durante un instante parece a punto de recuperar su voz de directora. Esa voz limpia, ordenada, capaz de convertir un incendio en protocolo, una mentira en contención, una jaula en entorno terapéutico.
—Ahora nadie vuelve solo a su habitación.
El murmullo del vestíbulo cambia.
Algunas personas no saben qué hacer con una orden que suena a cuidado y a pérdida de control al mismo tiempo. Yo tampoco. Llevo años sin saberlo, al parecer.
—Los pacientes con riesgo físico seguirán acompañados por personal —continúa Insausti—, pero no serán aislados sin registro, sin testigo y sin explicación. Las sesiones de inmersión quedan suspendidas. Las habitaciones narrativas quedan cerradas hasta revisión.
Rafael levanta la cabeza.
—¿Y mi hermano?
Su voz es ronca.
No la del Rafael de la puerta. No la de la casa. La suya. Vieja, sedada a medias, llena de un miedo que ya no sabe si pertenece al presente o al comedor de una pensión donde alguien cayó con una cuerda alrededor del cuello.
Insausti baja un escalón.
—Luis está muerto, Rafael.
El vestíbulo entero contiene la respiración.
Clara se queda inmóvil.
Dicha sin música, sin pasillo, sin cuerda, sin pensión falsa, sin Insausti entrando en su voz como si pudiera envolver el golpe con terciopelo.
Una verdad ofrecida de forma torpe.
Quizá esa sea la única manera honrada.
Rafael empieza a temblar.
—No.
—Sí —dice Insausti—. Y ahora no vamos a dejarle solo con eso.
Rafael abre la boca.
Un llanto seco, viejo, feo, casi sin lágrimas. El enfermero que tiene detrás de la silla apoya una mano en su hombro, pero no le dice que todo está bien. Bien. Empiezo a tener una pequeña lista de frases que deberían prohibirse en instituciones psiquiátricas, funerales y matrimonios.
Todo está bien encabeza el ranking.
Clara no se acerca.
Tiene la mandíbula apretada, los brazos cruzados, el rostro empapado de cansancio.
No se acerca.
Y eso, quizá, es su primera forma de libertad.
—¿Dónde los llevamos? —pregunta Mikel.
Insausti observa el vestíbulo. Los pasillos. Las escaleras. Las puertas que ya no parecen del todo obedientes.
—Al comedor principal.
Mikel frunce el ceño.
—¿Todos?
—Todos los que puedan estar allí sin riesgo inmediato. Mesas separadas si hace falta. Personal distribuido. Puertas abiertas. Luz. Registro manual. Nada de interfonos. Nada de cámaras como sustituto de presencia.
—¿Y el pabellón C?
—Celadores y enfermería acompañarán traslado individual. Sin forzar a quien no pueda. Pero ninguna mirilla cerrada sin alguien al otro lado.
No con obediencia.
Me sorprende la diferencia.
Insausti mira a Clara.
—Auxiliar Sáenz.
Clara levanta la vista.
—Esta noche queda relevada de funciones clínicas.
—No quiero irme.
—No le estoy pidiendo que se vaya. Le estoy diciendo que no trabajará como auxiliar. Estará como persona implicada. Si decide quedarse, tendrá acompañamiento y podrá retirarse cuando quiera.
Clara tarda un segundo en responder.
—Me quedo.
Rafael baja la cabeza en su silla.
No dice nada.
Quizá lo ha oído.
Quizá la parte de él que todavía puede entender acaba de recibir demasiadas verdades para una sola noche.
Insausti me mira entonces.
—Adrián.
No me corrige.
No me llama doctor.
Solo mi nombre.
—Usted también debería estar acompañado.
—Lo estoy.
Mikel se mueve apenas.
No sé si por incomodidad o porque la frase le ha tocado.
—Y evaluado médicamente —añade Insausti.
—Por supuesto. Nada dice “nueva etapa” como que Arriaga me ilumine los ojos con una linterna mientras piensa en dosis.
—Arriaga no.
—Vaya. La revolución avanza.
—Yo.
No respondo enseguida.
—¿Como médica o como arquitecta arrepentida?
—Como médica. Lo otro no prescribe.
—No quiero otra sala cerrada.
—No la habrá.
—No quiero otra mentira útil.
—Intentaré no ofrecer ninguna.
—Eso no suena muy seguro.
—Es lo más honesto que puedo prometer.
Otra frase que no intenta ser suficiente.
—Después —digo.
—¿Después de qué?
Miro la puerta principal entreabierta.
El aire del mar sigue entrando.
No me llama.
Me recuerda que hay un mundo fuera. Un mundo que no se cura porque uno decida no pisarlo todavía.
—Después de llamar.
Insausti se queda quieta.
Carmen sonríe desde su butaca, como si hubiera estado esperando esa palabra desde que era niña o desde antes.
—¿A quién? —pregunta Insausti.
A la Guardia Civil.
A un juzgado.
A quien corresponda para decir que en esta casa se ha hecho algo que debe ser visto desde fuera.
A quien corresponda para decir que Elena Rivas no murió en el accidente, que volvió a casa, que hubo una espera, que hubo un retraso, que hubo versiones, que hubo una cinta y una institución que hizo de mi culpa un sistema.
A quien corresponda para decir mi nombre sin esconderme dentro de él.
—A las autoridades —digo.
—La línea exterior era inestable —dice Mikel.
—Entonces volveremos a intentarlo.
—Puede que siga caída.
—Entonces seguiremos intentando.
Y en cuanto sale, entiendo algo pequeño y devastador: eso era lo que no hicimos aquella noche.
Llamar y no colgar.
Entrar y no esperar.
Volver a llamar.
Romper la puerta.
Arriesgar la reputación, la carrera, la comodidad, el amor propio, el nombre, antes que dejar que el agua decidiera por todos.
Mikel lo entiende al mismo tiempo.
Lo veo en su cara.
No dice nada.
La sala de comunicaciones parece demasiado pequeña para una decisión tan grande.
Es una habitación estrecha detrás de administración, con una radio de largo alcance, un panel telefónico, mapas de mareas, un ordenador antiguo y olor a café frío.
La misma sala donde descubrí que la llamada de Insausti a mi móvil había salido de la casa.
La misma donde la realidad ya había empezado a contradecir su propia coartada.
Ahora estamos cuatro personas.
Insausti, Mikel, Carmen y yo.
Clara ha ido al comedor principal con una enfermera mayor que parecía más abuela que sanitaria y que, quizá por eso, me ha dado más confianza que todo el comité clínico de la casa.
Rafael ha sido trasladado allí también, en una esquina aparte, con dos personas cerca.
No junto a Clara. No lejos del todo. Esa distancia intermedia que a veces es lo único que una verdad permite.
Carmen ha insistido en venir.
Insausti ha intentado negarse.
Carmen la ha mirado.
Y aquí está.
—La línea fija vuelve por intervalos —dice Mikel, revisando el panel.
—¿Radio? —pregunta Insausti.
—Interferencias. Pero el puesto costero respondió antes.
—Pruebe primero con ellos.
Mikel se sienta ante la radio.
Tiene las manos grandes sobre los controles. La venda de su mano derecha está manchada. Clara le mordió. Elena murió. Rafael lloró. Lucas colgó. La casa abrió puertas. La vida, en su infinita falta de elegancia, sigue dejando detalles físicos mientras uno intenta discutir con lo metafísico.
—Casa del Sueño Profundo a puesto San Telmo. ¿Me reciben?
—Casa del Sueño Profundo a puesto San Telmo. Solicito comunicación urgente con Guardia Civil y servicios sanitarios. ¿Me reciben?
Después una voz.
—...San Telmo... recibimos parcial... repita...
Mikel mira a Insausti.
—Emergencia en institución psiquiátrica privada de isla San Telmo. Necesitamos intervención externa, asistencia médica, presencia judicial y evacuación escalonada cuando marea y temporal lo permitan.
La voz se rompe.
—...naturaleza de la emergencia...
Mikel me mira.
No por permiso.
Me acerco a la radio.
Él me deja el micrófono.
El aparato pesa menos de lo que debería.
Quizá las cosas importantes siempre pesan menos antes de usarlas.
—Me llamo Adrián Valtierra Arrieta.
Mi voz sale por la radio con un crujido.