Capítulo 21 #2
—La suspensión. No así. Hay demasiadas estructuras activas.
—Entonces haga lo que dijo —dice Clara—. Con testigos.
—No hay suficientes.
Carmen levanta una mano.
—Sí los hay.
Todos la miramos.
Ella señala las puertas.
—Ellos.
La idea tarda en entrar.
—Los pacientes —dice Mikel.
—Las personas —corrige Carmen.
—No puedo pedirles que sean testigos unos de otros en este estado.
—No les pida que curen a nadie —dice Carmen—. Pídales que no dejen solo al que está al lado.
La casa tiembla otra vez.
La puerta gris se estrecha.
El vestíbulo al otro lado empieza a perder nitidez.
—Se cierra —dice Clara.
—No importa —respondo.
Y, por primera vez, lo creo.
La salida puede cerrarse.
Yo no tengo que correr hacia ella.
Qué cosa tan extraña.
Qué libertad tan poco espectacular.
Insausti respira hondo.
Luego se coloca frente al libro.
—Necesito acceso al sistema de pabellones.
Mikel se toca la radio.
—La red está caída.
—No hablo de la red.
Mikel la entiende antes que yo.
—El libro.
—Sí.
—No sabemos cómo funciona.
—Tampoco sabíamos cómo funcionaba el resto y eso no nos impidió empeorarlo.
—Esa sí que debería bordarla en las toallas.
Insausti coloca ambas manos sobre el libro abierto.
—Si esto es un contenedor narrativo, responde a formulaciones.
—¿Quiere darle órdenes a una casa embrujada usando lenguaje clínico? —pregunto.
—Quiero usar el idioma que ayudó a enfermarla.
No está mal.
La doctora cierra los ojos.
—Registro general de la Casa del Sueño Profundo.
Protocolo de revisión colectiva. Apertura parcial de habitaciones activas con acompañamiento recíproco.
Ninguna escena privada sin testigo. Ninguna reconstrucción sin salida visible.
Ninguna voz de muerto sin identificación como memoria, deseo o defensa.
El libro tiembla bajo sus manos.
Las voces bajan un poco.
No se callan.
—Sigue —dice Carmen.
Insausti abre los ojos.
—Cada paciente conservará derecho a no mirar. Cada verdad será ofrecida, no impuesta. Cada mentira útil será nombrada como tal antes de ser retirada. Ningún profesional quedará fuera del registro. Ningún cuidador será tratado como invisible. Ningún muerto será convertido en herramienta terapéutica.
La puerta blanca de Elena, en algún lugar del pasillo anterior, se cierra del todo.
No lo oigo.
Algo en mi pecho se afloja y duele al mismo tiempo.
Mikel me mira.
Quizá también lo ha sentido.
Clara se acerca a Insausti.
—Añada algo.
La doctora la mira.
—¿Qué?
Clara traga saliva.
—Ningún familiar será usado como parte de un protocolo sin saber quién es.
Insausti cierra los ojos.
—Sí.
Apoya más las manos sobre el libro.
—Ningún familiar será privado de su nombre para proteger la comodidad del sistema.
La puerta de Rafael, entre las muchas abiertas, emite un golpe sordo.
Más bien como una respuesta.
Clara tiembla, pero no retrocede.
—Y ningún testigo podrá ocultar una espera que causó daño.
Insausti le mira.
Él sostiene la mirada.
La directora repite:
—Ningún testigo podrá ocultar una espera que causó daño.
Mikel también lo sabe.
No lo hace para absolverse.
Lo hace para quedarse donde duele.
Me toca a mí.
Lo entiendo antes de hablar.
Pero lo entiendo.
—Y ningún culpable podrá esconderse dentro de la investigación de su propia culpa —digo.
La página se oscurece un segundo.
Luego la absorbe.
Insausti la repite:
—Ningún culpable podrá esconderse dentro de la investigación de su propia culpa.
Lucas aplaude una vez.
—Muy bien.
—No me felicite. Me dan ganas de empeorar.
—Lo sé.
—Ahora la casa tiene que responder.
Durante unos segundos no ocurre nada.
Luego las puertas alrededor de la sala empiezan a cambiar.
No se cierran.
No se abren más.
Aparece una pequeña luz junto a cada una. Una luz tenue, como una lámpara de mesilla al otro lado de una noche larga. En algunas puertas, los murmullos se calman. En otras, no. Algunas siguen temblando. Otras parecen respirar con menos angustia.
La casa no se cura.
No esta noche.
Pero deja de gritar.
Al menos un poco.
El libro se queda abierto en una página final.
VIGILIA.
Insausti la lee.
—Vigilia.
—Lo contrario del sueño profundo.
—No se puede mantener a todos despiertos —dice Mikel.
—No —responde Carmen—. Pero se puede dejar de llamar descanso al encierro.
La puerta gris, la que mostraba el vestíbulo y el camino, se estabiliza de nuevo.
Ya no muestra la salida.
Muestra la sala principal de la Casa del Sueño Profundo.
Pacientes y personal reunidos.
No físicamente quizá.
No lo sé.
Hay enfermeros, celadores, médicos, internos en pijama gris, mujeres con batas, hombres descalzos, ancianos, jóvenes. Algunos lloran. Otros miran sin entender. Otros parecen furiosos. Otros simplemente están ahí, que en esta casa ya es un acto considerable.
La puerta nos llama.
No hacia fuera.
—Ahí empieza —dice Insausti.
—¿Qué?
Ella mira el libro.
—La vigilia.
Lucas se aleja un paso.
Su figura parece menos sólida.
—Yo no iré.
—¿Por qué?
—Porque algunas páginas no sirven para el día siguiente.
—¿Está muriéndose otra vez?
—Qué obsesión tan humana con clasificar mis salidas.
—Costumbre profesional.
—Me quedaré donde me corresponde. En el registro. En la advertencia. En el margen incómodo. Es un lugar noble para un hombre poco recomendable.
Carmen le mira con una ternura que no esperaba.
—No fue noble todo lo que hizo, Lucas.
—No. Por eso me conformo con el margen.
Me tiende algo.
No lo había visto en su mano.
El fragmento de espejo.
El que me dio en la sala de juegos.
—No lo quiero —digo.
—No es para mirarse. Es para recordar que ningún reflejo merece obediencia absoluta.
Esta vez no corta.
Lucas mira hacia la puerta gris.
—Vaya, doctor.
—No soy doctor ahora.
—Lo sé.
—Por eso.
No con humo.
No con luz.
Simplemente deja de estar.
Como una frase que por fin encuentra punto.
—Dramático hasta el final.
—¿Ha muerto? —pregunta Clara.
La anciana se encoge de hombros.
—Ha hecho algo parecido, pero con más vanidad.
Mikel mira la puerta gris.
—Vamos.
Insausti coge el libro.
O intenta cogerlo.
Está fijo a la mesa.
—No se lleva la casa bajo el brazo, doctora.
—Necesitaremos el registro.
—El registro se queda. Ustedes vuelven.
—¿Volveremos aquí?
—Si hacen las cosas bien, no solos.
Insausti asiente despacio.
Es una promesa.
No de las peligrosas.
De las que pesan.
Cruzamos la puerta gris.
No sé qué esperaba.
Nada de eso ocurre.
Solo un paso.
Y estamos en el vestíbulo.
O uno suficientemente compartido.
La puerta principal está cerrada. El camino de la marea no se ve desde aquí. La placa de bronce brilla bajo las lámparas. Somnus porta est.
El sueño es una puerta.
Miro la frase.
—Habrá que cambiar eso.
Carmen aparece a mi lado.
—No. Habrá que añadir otra.
—¿Cuál?
La anciana sonríe.
—Pero no todas las puertas deben cruzarse dormido.
No está mal.
En el vestíbulo, frente a nosotros, empiezan a reunirse personas.
Como en la visión.
Rafael Rueda aparece en una silla de ruedas empujada por un enfermero. Está pálido, desorientado, pero despierto. Clara se queda rígida al verlo. Mikel permanece a su lado sin tocarla.
Rafael la mira.
No la reconoce al principio.
Luego algo cambia.
No sé si una memoria, una intuición o una culpa.
—Clara —susurra.
Ella no se mueve.
—No ahora —dice.
Su voz tiembla, pero no se rompe.
—No aquí. No así.
Rafael baja la cabeza.
Por primera vez, obedece.
Basterra aparece detrás, escoltado por dos celadores. Mira el suelo como si buscara debajo a alguien. Luego me ve.
—Doctor.
—Testigo —corrijo.
Basterra sonríe apenas.
—Todavía suena raro.
—A mí también.
Insausti sube el primer escalón de la escalera principal.
No hasta arriba.
Es una posición nueva para ella. Más visible, sí. Pero menos inaccesible.
Mira a todos.
Durante un momento parece que va a pronunciar un discurso institucional.
—Hemos sostenido mentiras creyendo que algunas salvaban vidas —dice—. Algunas quizá las salvaron. Otras las detuvieron. A partir de ahora, nadie atravesará una verdad a solas. Y nadie será obligado a vivir dentro de un relato que no pueda ser revisado.
Un murmullo recorre el vestíbulo.
Esperanza, quizá, pero muy poca. La esperanza honesta siempre entra tarde y sin hacer ruido.
—No tengo derecho a pedir confianza —continúa Insausti—. Así que no la pido. Pido testigos. Pido tiempo. Pido que nadie cierre una puerta sin que otra persona sepa qué queda dentro.
Entonces Carmen Uranga alza la voz:
—Y pida perdón, Irene. Que tampoco se hernia una.
El vestíbulo entero se queda inmóvil.
Insausti la mira.
Durante un segundo creo que se enfadará.
Baja la cabeza.
—Y pido perdón.
Pero algo cambia.
Quizá porque, por una vez, nadie pretende que baste.
La casa cruje.
No de forma amenazante.
Casi como si respirara con dificultad.
Miro hacia la puerta principal.
Sigo sintiendo el camino fuera.
El reinicio posible.
Mikel se coloca a mi lado.
—¿Quieres salir?
No debería serlo.
Pienso en Elena haciendo la cama.
En su voz en la cinta.
En la bañera.
En los cincuenta y dos minutos.
En la mujer del camino levantando una mano.
En mí no obedeciendo.
—Sí —digo.
Mikel se tensa.
—Pero no ahora.
—¿Cuándo?
Miro el vestíbulo lleno de personas despiertas a medias, heridas enteras, verdades peligrosas.
—Cuando salir no sea otra forma de huir.
No me toca.
Al otro lado del vestíbulo, la puerta principal se abre sola.
Solo lo suficiente para dejar entrar aire del mar.
No una orden.
No una trampa.
Por primera vez, la Casa del Sueño Profundo no parece cerrarse sobre mí.
Parece esperar a que decida sin empujar.
Eso, de todo lo ocurrido, quizá sea lo más extraño.