La casa del sueño profundo Capítulo 21
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Capítulo 21

La salida que esperaba demasiado

La puerta nueva no debería existir.

Eso, a estas alturas, resulta casi una formalidad.

Hay muchas cosas que no deberían existir en la Casa del Sueño Profundo y, sin embargo, han demostrado una puntualidad envidiable: bañeras en torres, cocinas dentro de puertas infantiles, muertos con capacidad de conversación, notas escritas por manos que ya no tienen pulso, pasillos que se abren detrás de espejos y habitaciones que conocen tu nombre antes de que tú decidas si todavía te pertenece.

La puerta nueva, al menos, tiene la delicadeza de no fingir normalidad.

No hay marco. No hay bisagras. No hay cerradura.

Es una abertura gris, vertical, suspendida en mitad de la sala circular como una herida en el aire.

Al otro lado se ve el vestíbulo de la casa: el suelo de mármol oscuro, la placa de bronce, la escalera principal, la puerta abierta al patio y, más allá, el camino de la marea emergiendo entre la niebla.

Durante días —o años, o ciclos, o versiones— he pensado que salir significaba llegar a él. Cruzarlo antes de que subiera la marea. Volver al mundo. Denunciar la casa. Huir de Insausti, de Mikel, de Lucas, de Elena, de mí mismo.

Ahora lo tengo delante.

Y no me muevo.

La libertad, cuando aparece justo después de una verdad insoportable, tiene algo sospechoso. Como esas personas que llegan demasiado sonrientes a un funeral y dicen que todo irá bien. Quizá sí. Quizá no. Pero uno desconfía del entusiasmo cuando todavía tiene tierra bajo las uñas.

—Ahora sí puede salir —ha dicho Lucas.

Está al otro lado de la mesa redonda, junto al libro que acaba de registrar una suspensión del protocolo. O un exorcismo administrativo. O una promesa escrita en voz alta. Con esta casa conviene no elegir una sola etiqueta demasiado pronto.

Lucas Arozarena parece más cansado que antes.

No más muerto.

La ropa gris de interno le cuelga del cuerpo. Las gafas redondas reflejan la luz de la puerta. Tiene el rostro afilado, casi transparente, como si la casa lo estuviera usando con menos fuerza o él hubiera dejado de prestarse con tanto entusiasmo.

—¿Eso es una invitación? —pregunto.

—Es una observación.

—Las suyas suelen venir con veneno.

—El veneno también informa de qué parte sigue viva.

Carmen Uranga suelta una risa suave.

—No le dé cuerda, doctor. Lleva años esperando público.

—Y usted lleva años esperando una frase buena para interrumpirme, Carmen.

—No la esperaba. La he ido perfeccionando.

Por un instante, casi parece una conversación entre dos viejos conocidos.

Quizá lo son.

Quizá todos aquí se conocen desde mucho antes de que yo llegara al ferry. O de que creyera llegar.

Insausti sigue con la mano apoyada sobre el libro.

No lo cierra. No lo suelta. La frase que ha pronunciado aún parece vibrar en las paredes: ninguna verdad será administrada como castigo; ninguna mentira será sostenida solo porque sea útil para el personal.

Una frase hermosa. Una frase tardía. Una frase que, en un tribunal decente, serviría menos como defensa que como confesión.

Mikel mira la puerta gris.

No a mí.

A la puerta.

Si Mikel desconfía de una salida, quizá esta vez estemos aprendiendo algo todos.

Clara, junto a él, se frota los brazos. Sigue empapada, temblando, pero hay algo distinto en su cara. No paz. No todavía. Sería insultante llamarlo paz. Más bien una primera forma de propiedad. Como si acabara de recuperar una habitación pequeña de sí misma y no supiera aún qué muebles poner.

—¿Y si es otra trampa? —pregunta.

—Todas las salidas son trampas si uno sale siendo el mismo idiota que entró.

—Qué tranquilizador —dice Mikel.

—No estoy aquí para tranquilizar.

—Eso quedó claro hace bastante.

Insausti levanta la vista.

—La puerta lleva al vestíbulo.

—Eso parece —digo.

—No podemos saber si es estable.

—Tampoco podíamos saber si la bañera de la torre tenía fondo y aun así hemos tenido una experiencia bastante participativa.

Ella me mira.

—Adrián.

—Lo sé.

Y lo sé.

La ironía empieza a volver, pero ya no funciona igual. Antes era una armadura. Ahora parece más bien una herramienta oxidada que aún sirve para levantar alguna tabla sin tocarla con las manos. Útil, sí. Pero no una casa donde vivir.

Me acerco a la abertura.

Mikel se mueve al mismo tiempo.

—No solo.

—No iba a cruzar.

—No he dicho cruzar. He dicho no solo.

Esa diferencia me detiene.

La palabra se ha convertido en una brújula. No apunta al norte, pero al menos impide que gire siempre hacia mí mismo.

—No voy a irme —digo.

Insausti se queda quieta.

Clara me mira.

Lucas sonríe, pero esta vez con menos burla.

—Interesante.

—No me provoque. Estoy teniendo un momento razonablemente maduro y podría estropearlo por orgullo.

—No sería la primera vez.

—Lucas —advierte Carmen.

—Qué mujer tan insistente con mi educación póstuma.

No le hago caso.

Miro el vestíbulo al otro lado de la puerta.

La salida está ahí.

La marea baja.

El mundo exterior.

El mundo donde hay policías, jueces, informes, hospitales no góticos, cafeterías feas, carreteras normales, hombres que no responden a radios poseídas, mujeres que no aparecen en bañeras de torres, habitaciones sin espejos unidireccionales.

Todo eso está al otro lado. O quizá una versión de todo eso.

Y aun así, si salgo ahora, sé lo que ocurrirá.

No con certeza clínica.

Con certeza de cuerpo.

Cruzaré el vestíbulo. Cruzaré el patio. Bajaré hacia el camino. Miraré el agua. Sentiré la cicatriz arder. Quizá veré a Elena al otro lado. Quizá no. Quizá llegaré a tierra firme. Quizá despertaré otra vez en el ferry con jaqueca y una frase ya gastada en la boca.

No porque la casa me reinicie.

Porque yo convertiré la salida en otro principio.

Porque todavía no sé continuar.

—No puedo irme dejando las puertas abiertas —digo.

Insausti baja la mirada al libro.

—No podremos cerrarlas todas esta noche.

—No he dicho cerrarlas. He dicho no dejarlas solas.

Mikel asiente despacio.

Lucas observa con una atención extraña.

—Empieza a comprender la diferencia.

—No se ponga orgulloso. Es desagradable en los muertos.

—No estoy muerto del todo.

—Eso también es desagradable.

Carmen se acerca a la puerta gris y la mira como quien mira una ventana.

—El camino no es salida ni trampa —dice—. Es tentación. La casa lo sabe. Siempre lo supo. Por eso se construyó aquí.

—¿La ubicación fue deliberada? —pregunta Insausti.

Carmen la mira con una mezcla de paciencia y ferocidad.

—Doctora, ninguna familia rica construye una casa en un acantilado aislado por la marea porque le gusten las vistas. La construye para que las decisiones difíciles tengan horario.

Las decisiones difíciles tienen horario.

Miro el camino de piedras.

Cuando la marea baja, se puede salir.

Cuando sube, no.

Un mecanismo perfecto para fingir que la prisión es natural.

—Así que la casa siempre tuvo ciclos —digo.

—La marea enseñó el método antes que los médicos —responde Carmen—. Entrar, cerrar, esperar, abrir, tentar, cerrar otra vez.

Insausti parece golpeada por la idea.

Quizá porque una parte de su protocolo se parece demasiado a una marea con bata blanca.

—No bastará con suspender la Terapia de Inmersión Profunda —dice Clara.

Su voz sale baja, pero firme.

Todos la miramos.

Ella traga saliva.

—Los pacientes tienen que saber qué se hizo. Poco a poco, con ayuda, como sea. Pero saberlo. Y el personal también.

—Habrá consecuencias legales —dice Insausti.

—Sí —responde Clara.

La sencillez de ese sí la hace parecer mayor.

—Para usted también —añado.

Insausti me mira.

—Lo sé.

—No lo digo como amenaza.

—Lo sé.

—Quizá un poco.

—También lo sé.

Por primera vez desde que la conozco, su sonrisa no parece una herramienta. Apenas dura. Pero está ahí. Triste, cansada, sin defensa.

Mikel mira el libro.

—¿Y esto? ¿Qué hacemos con… esto?

No dice “la casa”.

No dice “el libro”.

No dice “los fantasmas”.

Quizá porque ninguna palabra aguanta entera.

Lucas se acerca a la mesa.

—No se destruye.

Mikel le mira.

—¿Por qué no?

—Porque entonces repetirán el gesto fundador de todos los idiotas que han pasado por aquí: creer que quitar de en medio lo incómodo soluciona algo.

—Tiene razón.

—Está disfrutando demasiado diciéndolo —dice Lucas.

—Muchísimo.

Insausti pasa los dedos por la cubierta del libro.

—Hay que custodiarlo.

—No como archivo cerrado —digo.

—No.

—Como memoria.

—Sí.

Me sorprende oírlo.

Pero ella también parece sorprendida de decirlo.

El libro se abre solo.

Las páginas pasan hasta quedar en blanco.

Luego aparece una frase:

LA CASA NO DUERME SI TODOS CALLAN.

Clara la lee en voz alta.

—¿Qué significa?

—Que no hemos terminado.

La puerta gris parpadea.

El vestíbulo al otro lado se distorsiona un instante. La puerta principal sigue abierta, pero ahora el camino de marea ya no conduce a tierra. Conduce a otro corredor. Uno largo, oscuro, con puertas a ambos lados.

—La casa quiere que elijamos —dice Mikel.

—La casa quiere que nos dividamos —responde Insausti.

—Por fin.

—¿Por fin qué?

—Por fin una frase útil, doctora.

El suelo tiembla.

Lo suficiente para que la mesa redonda vibre y el libro cierre una página de golpe. Desde las puertas abiertas alrededor de la sala llegan murmullos más fuertes. Los pacientes, o sus habitaciones, o las versiones que la casa conserva de ellos, empiezan a hablar al mismo tiempo.

—No quiero recordar.

—No quiero dormir.

—¿Dónde está mi hijo?

—La cuerda no era mía.

—Me prometieron que volvería.

—El doctor dijo que era seguro.

—No me abras.

—Ábreme.

—No me dejes solo.

La sala se llena de voces.

Mikel se tensa.

Clara se tapa los oídos.

Insausti intenta acercarse al libro, pero las páginas empiezan a pasar solas, cada vez más rápido. Nombres, fechas, frases, diagnósticos, dibujos infantiles, firmas, consentimientos, marcas de agua, tachones. Demasiado. Toda una institución vomitando su archivo interno.

—No puede sostenerse —dice Insausti.

—¿Qué?