Capítulo 20 #2
—No basta.
La joven Insausti llora.
La real también.
Una lágrima le baja por la mejilla. Una sola. Muy educada. Muy suya.
—No basta —repite.
El despacho se oscurece.
La puerta queda cerrada.
Insausti se queda quieta, respirando despacio.
Nadie dice nada.
Ni siquiera yo.
Hay momentos en que la ironía sería una falta de higiene.
Ahora el pasillo desemboca en una sala circular.
No la torre.
No el faro.
Un lugar subterráneo, aunque no hemos bajado. Las paredes están cubiertas de puertas pequeñas, como archivadores verticales. En el centro hay una mesa redonda. Encima, un libro enorme.
El libro está abierto.
Las páginas están en blanco.
—Esto no estaba en ningún plano.
—Claro que estaba. Solo que no en los vuestros.
En la primera página aparece una frase.
No escrita con tinta.
EL RELATO ES EL CONTENEDOR.
Debajo aparece otra, letra a letra:
PERO NO DEBE SER LA TUMBA.
El agua se extiende sobre el papel sin mojarlo.
Las páginas empiezan a pasar solas.
Cientos de nombres.
Algunos reconocibles. Otros no.
Clara Rueda Sáenz.
Insausti se sobresalta al ver su nombre.
—No soy paciente.
Carmen la mira.
—Qué frase de paciente.
El libro se detiene en una página.
Mi nombre está arriba.
ADRIÁN VALTIERRA ARRIETA.
Debajo hay varias líneas:
La última palabra parece recién escrita.
Mikel lee su página cuando aparece.
MIKEL AGUIRRE.
La segunda vez parece más firme.
Clara lee la suya.
CLARA RUEDA SÁENZ.
Insausti no quiere mirar la suya.
La página aparece igualmente.
IRENE INSAUSTI.
La doctora cierra los ojos.
El libro no se detiene.
Pasa hasta una página sin nombre.
Solo una línea:
CASA DEL SUEÑO PROFUNDO.
Debajo aparecen muchas palabras, una encima de otra, como diagnósticos, como epitafios.
La última palabra queda brillando.
Entonces todas las puertas de la sala circular se abren.
No muestran habitaciones.
Rafael en su camilla.
Basterra ante un agujero de tierra.
Una mujer mayor sentada frente a una mesa puesta para un marido muerto.
Un chico joven en un aula vacía.
Una anciana mirando el mar desde una cama.
Lucas de pie junto a una de las puertas, con las gafas redondas y la ropa gris.
—No puede ser.
—Esa frase empieza a perder fuerza, Mikel.
Insausti da un paso hacia él.
—¿Qué eres?
Lucas mira el libro.
—Una página que nadie arrancó del todo.
—Te vimos muerto.
—También a Adrián. También a Elena. Esta casa tiene una relación muy flexible con la muerte.
—No eres Lucas —digo.
Él me mira.
—No entero.
—¿Qué quieres?
—Lo que quise siempre.
—¿Destruir la casa?
—No sea vanidoso, doctor. Las casas como esta no se destruyen. Se dejan sin coartadas.
Mira a Insausti.
—Abra el protocolo.
—No.
—Sí.
—Podría matarles.
—Seguir así también.
—No todos pueden soportar su verdad.
—Nadie ha hablado de arrojarles la verdad a la cara como una piedra. Hablo de dejar de dormirles dentro de mentiras que otros administran.
—Por una vez, el muerto tiene razón.
Lucas inclina la cabeza.
—Siempre la tuve, Carmen. Lo que pasa es que mi forma de decirla era bastante criminal.
—También es verdad.
Lucas vuelve a mí.
—Usted no tenía que cruzar el camino. Ese era el primer examen.
—No lo crucé.
—Lo sé. La casa se disgustó mucho. Muy orgullosa de usted.
—Me conmueve recibir aprobación de una página que nadie arrancó del todo.
—Está recuperando el sarcasmo. Buen signo. Mientras no lo use como habitación permanente.
El libro se cierra de golpe.
El sonido retumba en la sala circular.
Las puertas con pacientes permanecen abiertas.
Todos nos miran.
No a mí solamente.
Insausti entiende antes que nadie.
—No puedo hacerlo sola.
—Exacto.
La casa cruje.
Le molesta esa palabra.
Porque una casa enferma se alimenta de personas solas dentro de habitaciones privadas.
Esa era la salida.
No la marea.
No el ferry.
No la negación.
Insausti se acerca al libro.
—Si abro el protocolo, las realidades asistidas empiezan a caer.
—No todas a la vez —dice Carmen—. Si lo hace bien.
—No sé si sé hacerlo bien.
Mikel se coloca a su lado.
—Entonces no lo haga sola.
Lucas se queda al otro lado de la mesa, sonriendo con tristeza.
Insausti apoya la mano sobre el libro.
—No puedo prometer que esto salve a nadie.
—Bien —digo—. Empezar sin promesas parece saludable.
Abre el libro.
Las páginas están otra vez en blanco.
Insausti respira hondo.
—Suspendo la Terapia de Inmersión Profunda como sistema cerrado.
Todas las estructuras narrativas pasan a revisión con testigos externos e internos.
Ningún paciente será confrontado sin acompañamiento.
Ninguna verdad será administrada como castigo.
Ninguna mentira será sostenida solo porque sea útil para el personal.
La casa tiembla.
Las puertas de los pacientes parpadean.
Rafael abre los ojos en su camilla.
Basterra deja la pala.
La mujer de la mesa vacía mira hacia una ventana que no estaba.
Lucas cierra los ojos, como si al fin oyera una música que llevaba años desafinada.
—Y ningún muerto será usado para mantener vivo a alguien que no quiere despertar.
Elena.
La puerta blanca del pasillo, en algún lugar detrás de nosotros, se cierra.
O con el dolor justo.
Entonces, de la nada, aparece una puerta nueva en la sala circular.
No tiene madera.
No tiene pomo.
Es una abertura de luz gris.
Al otro lado se ve el vestíbulo de la Casa del Sueño Profundo.
La puerta principal abierta.
Y más allá, al fondo del patio, la niebla levantándose sobre el camino de la marea.
Lucas me mira.
—Ahora sí puede salir.
Mikel se tensa.
Insausti baja la vista.
Yo miro la abertura.
El camino está visible.
El mundo exterior espera.
Pero ya no parece una salida.
Parece una pregunta.
Y esta vez, por primera vez, no sé si quiero responderla todavía.