Capítulo 20
Las habitaciones encendidas
El pasillo no termina.
Esa es la primera certeza.
No hay ventanas, no hay esquinas claras, no hay final visible.
Solo puertas a ambos lados y una línea de agua avanzando por el suelo, lenta, brillante, como una vena abierta bajo la casa.
Cada puerta se ilumina al acercarnos. Algunas tienen placas metálicas.
Otras, nombres escritos con tiza. Otras no tienen nada, y quizá por eso resultan peores.
Detrás de cada una se oye algo.
Una radio antigua.
Cubiertos sobre un plato.
Una canción infantil.
La casa ya no susurra desde lejos. Ahora enseña el inventario.
Carmen camina delante, envuelta en su manta, descalza sobre la piedra húmeda.
No tiene frío. Clara va detrás de ella, con los brazos cruzados y la cara todavía rota por lo de su madre.
Mikel camina junto a mí. Insausti cierra la marcha, aunque sospecho que lo hace porque aún no ha aceptado del todo que ya no dirige nada.
—No abramos todas —dice.
Su voz rebota en el pasillo.
Varias puertas parecen escucharla.
—Qué prudente —digo—. Lástima que la casa se haya adelantado unos cuantos años.
—Hay pacientes detrás.
—Hay personas detrás.
Insausti me mira.
No digo que lo haya entendido.
Pero lo oye.
A la izquierda, una puerta se enciende.
En la placa pone:
R. RUEDA.
Clara se queda inmóvil.
—No —dice él.
Clara no aparta la vista de la puerta.
Del otro lado llega el sonido de una cuerda arrastrándose por el suelo.
Después, una voz masculina:
—Clara.
Ella cierra los ojos.
—No le abras —dice Mikel.
—No iba a hacerlo.
Pero no se mueve.
Esa es la mentira.
No quiere abrir.
Quiere que no exista la posibilidad de abrir.
La entiendo demasiado bien.
Insausti se acerca un paso.
—Clara, podemos seguir.
—¿Y dejarlo ahí?
—Rafael real está sedado en el pabellón B.
—¿Y este qué es?
—Una deuda con forma de padre.
Clara suelta una risa amarga.
—Qué bonito.
—No he dicho que fuera bonito, niña. He dicho que era exacto.
La puerta tiembla.
—Clara —repite la voz—. Déjame explicarte.
Clara abre los ojos.
Ya no parece una niña ante una cocina falsa. Parece una mujer muy cansada delante de una puerta que lleva demasiado tiempo cobrándole alquiler.
—No.
La puerta se queda quieta.
—No quiero que me expliques nada aquí —dice ella—. No quiero una versión hecha por la casa. No quiero un padre arrepentido fabricado para que yo pueda perdonarlo sin ensuciarme. No quiero que me pidas perdón con una cuerda en las manos y un decorado detrás.
La cuerda deja de arrastrarse.
—Si algún día hablo contigo —continúa—, será con Rafael Rueda vivo, despierto, vigilado, con médicos, con testigos y con una puerta abierta a mi espalda. No aquí. No así.
Del otro lado no llega respuesta.
Solo una respiración.
Después, la placa metálica se empaña.
Las letras R. RUEDA desaparecen y, aparece otro nombre:
CLARA.
Mikel levanta la mano, pero no la toca.
La placa se apaga.
La puerta queda oscura.
No con llave.
Clara respira como si acabara de correr.
—¿Eso es cerrar una habitación? —pregunta.
—No. Eso es dejar de vivir en ella.
Me gustaría escribirlo.
No tengo bloc.
A veces uno convierte una verdad en nota demasiado rápido y ya empieza a perderla.
A la derecha se enciende otra puerta.
BASTERRA.
Desde dentro llega una voz masculina, la del paciente que me habló por la mirilla.
—Ha vuelto.
Mikel se tensa.
—No hace falta.
—Quizá sí —digo.
Insausti me mira.
—No conoce su caso.
—Sé que cree que todos tenemos una versión enterrada.
—Mató a su hermano.
—Aquí parece un currículum bastante común.
Insausti aprieta los labios.
—Adrián.
—No voy a entrar.
Me acerco a la puerta.
Mikel me acompaña.
No digo nada.
Del otro lado se oye tierra removida. Una pala. Respiración agitada. Luego la voz de Basterra:
—El de arriba siempre miente. El verdadero está debajo.
La placa metálica vibra.
Mi cicatriz arde.
Por un segundo veo tierra bajo mis uñas. No mía. Suya. O de todos. La tentación de cavar hasta encontrar una versión más verdadera de uno mismo es casi elegante. También inútil. Siempre habrá otra capa.
—Basterra —digo.
La pala se detiene.
—Doctor.
—No soy el doctor ahora.
—Claro que sí. Siempre vuelve con una bata distinta.
No puedo evitar una sonrisa breve.
—Puede.
—¿Ha venido a sacarme?
Miro a Insausti.
Su rostro se endurece.
No prometa nada a un interno.
No prometer ayuda, libertad, castigo, comprensión ni secreto.
Qué curioso. Algunas reglas siguen siendo buenas incluso cuando quienes las hicieron han perdido autoridad.
—No —digo.
La puerta queda en silencio.
—He venido a decirle que no sé sacar a nadie. Todavía.
Del otro lado se oye una respiración.
—Entonces ¿para qué viene?
—Para no fingir que usted no está ahí.
La puerta deja de vibrar.
—¿Eso basta?
—No.
—Qué alivio. Odio cuando mienten pronto.
El sonido de la pala se aleja.
La puerta no se apaga.
Pero deja de tirar de nosotros.
—Esa no se ha cerrado —dice Clara.
—No todas se cierran en una frase —responde Carmen—. Algunas solo dejan de morder.
El pasillo se ensancha un poco.
El agua del suelo se divide en dos hilos. Uno avanza hacia delante. Otro se mete por debajo de una puerta blanca sin placa.
De esa puerta sale olor a lavanda.
Insausti cierra los ojos.
—No.
La puerta se ilumina.
No tiene nombre.
No lo necesita.
Del otro lado, Elena canta.
No una canción completa. Apenas unas notas. Una melodía doméstica, distraída, como alguien tarareando mientras dobla sábanas. La reconozco sin reconocerla. Eso es lo que más duele: las memorias pequeñas no vuelven con solemnidad. Vuelven como si hubieran salido a comprar pan.
Mikel se coloca junto a mí.
—No tienes que abrirla.
—Lo sé.
Pero la puerta está ahí.
Y ella canta.
No me llama.
No dice mi nombre.
No pide que la salve.
Esa es la forma más cruel de tentación: no exigir nada.
Apoyo la mano en la madera.
Como una puerta de casa.
—Elena —digo.
La canción se detiene.
Después, su voz:
—Estoy haciendo la cama.
Veo nuestra habitación. La luz de una mañana cualquiera. Elena sacudiendo una sábana blanca. Yo apoyado en el marco, mirándola sin saber que algún día esa imagen se convertiría en una habitación dentro de otra habitación dentro de una casa enferma.
—No voy a entrar —digo.
La puerta no responde.
—No porque no quiera.
El silencio se vuelve más denso.
—No voy a entrar porque tú no estás ahí. Y porque, aunque estuvieras, no tengo derecho a encontrarte solo en el lugar donde no me odias.
La madera se enfría bajo mi mano.
Mikel baja la vista.
Clara llora en silencio otra vez.
Insausti no se mueve.
—No sé vivir con lo que pasó —continúo—. No sé si voy a poder. Pero no voy a seguir pidiéndote que vuelvas para explicármelo mejor.
La voz de Elena tarda en responder.
Cuando lo hace, suena más lejos.
—Entonces haz la cama tú.
No es perdón.
No es absolución.
Es una tarea.
Una cosa pequeña, concreta, viva.
Haz la cama tú.
Me apoyo en la puerta con la frente.
Solo un segundo.
Después retiro la mano.
La puerta blanca se apaga.
Pero se apaga.
—Eso dolió —murmuro.
—Las habitaciones importantes no se cierran dando portazos.
Ahora el pasillo parece menos largo.
O nosotros caminamos de otra manera.
Llegamos a una zona donde las puertas están abiertas, pero oscuras.
Dentro se ven camas, sillones, mesas, trozos de vidas suspendidas: una pensión con manteles doblados, una trinchera embarrada, un salón navideño sin familia, un aula llena de pupitres vacíos, una cocina donde nadie se sienta.
No entramos. No podemos entrar en todas.
Esa es otra verdad incómoda: no se salva a una casa entera en una sola noche, y quien pretende hacerlo suele terminar construyendo otra.
Insausti se detiene ante una puerta de madera oscura.
No tiene placa.
Pero ella la reconoce.
—No —dice.
Carmen sonríe con tristeza.
—Sí.
—¿Qué es?
La puerta se ilumina.
En la madera aparecen letras grabadas, como si subieran desde dentro.
INSAUSTI.
La doctora retrocede.
Por primera vez desde que la conozco, parece no solo asustada.
Una juventud antigua, enterrada bajo décadas de control.
—No voy a entrar —dice.
La puerta se abre sola.
Dentro hay un despacho.
No el suyo.
Uno más pequeño, más pobre, con una mesa metálica, dos sillas, un archivador y una ventana que da a un patio interior. Hay una mujer joven sentada al escritorio. Treinta años, quizá. Pelo recogido, bata blanca demasiado grande, ojos cansados. Insausti, antes de convertirse en Insausti.
Frente a ella, un paciente llora.
No le vemos la cara.
La joven doctora habla con alguien fuera de escena:
—Si le decimos la verdad ahora, se mata.
Una voz masculina responde:
—Si no se la decimos, ¿qué estamos haciendo?
La joven Insausti baja la cabeza.
—Manteniéndolo vivo.
La voz pregunta:
—¿Vivo dónde?
La escena se congela.
La Insausti real no respira.
—¿Primer paciente? —pregunto.
—No.
Su voz suena rota.
—El primero mío.
Carmen se acerca a ella.
—No tiene que entrar.
Insausti la mira, casi con rabia.
—¿Ahora me concede eso?
—No. Se lo recuerdo.
La puerta sigue abierta.
Dentro, la joven doctora levanta la vista.
Mira a la Insausti adulta.
—Funcionó —dice la joven—. No murió.
Insausti aprieta los puños.
—No.
—No murió.
—Dejó de vivir.
La escena tiembla.
—Eso no lo sabíamos —dice la joven.
—Sí lo sabíamos.
—No teníamos alternativa.
—Siempre hay alternativa.
La joven sonríe con una tristeza feroz.
—Eso solo lo dicen los que llegan después.
La alternativa suele volverse visible cuando ya no puede elegirse sin arrasar todo lo construido para sobrevivir a no haberla elegido.
Insausti da un paso hacia la puerta.
Mikel se mueve, pero Carmen le detiene con una mirada.
La doctora no entra.
Se queda en el umbral.
—No voy a absolverte —le dice a su versión joven.
La joven baja la mirada.
—No te lo he pedido.
—No voy a destruirlo todo fingiendo que solo quise ayudar.
—Pero quisiste ayudar.
—Sí.
—Eso importa.