La casa del sueño profundo Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Su voz no es infantil ya.

—No basta.

El agua de la bañera de mi baño se agita.

Mikel se acerca un paso, pero no demasiado.

Estamos aprendiendo incluso dentro del desastre.

—¿Qué quiere? —pregunto a la imagen.

Inés, desde el espejo, sonríe apenas.

—Lo mismo que todos los muertos mal archivados. Que alguien deje de usarme como origen.

—No entiendo.

—Sí entiende. Los vivos adoran encontrar el primer pecado. El primer error. La primera casa. La primera niña. El primer paciente. Así pueden fingir que, si llegan al origen, el resto se explica solo.

El espejo se oscurece a su alrededor.

Solo queda su rostro.

—Pero una casa no se enferma una vez. Se enferma cada vez que alguien le pide que guarde lo que debería decirse fuera.

—Amén.

Insausti la mira.

—No sea irreverente.

—Precisamente estoy siendo reverente.

—No soy el principio. Soy una repetición antigua. Usted tampoco es el final, Adrián.

Mi nombre en su boca no me sobresalta.

Ya casi nada lo hace.

—¿Entonces qué soy?

—Una oportunidad incómoda.

—Eso suena a diagnóstico.

—Lo es.

La imagen del espejo mira a Insausti.

—Doctora.

Insausti se queda inmóvil.

—Usted convirtió una intuición compasiva en una máquina. Las máquinas no saben cuándo parar.

La directora no responde.

Inés mira a Mikel.

—Usted confundió amar con esperar a que otra persona tomara la decisión difícil.

Mikel baja la cabeza.

Inés mira a Clara.

—Usted obedeció porque obedecer le permitía no preguntar quién era.

Clara llora sin sonido.

Por último me mira a mí.

—Y usted convirtió la culpa en misterio porque resolver un misterio siempre parecía más digno que vivir con una vergüenza.

No hay defensa.

No la busco.

El espejo empieza a agrietarse desde el centro.

Una línea fina.

—¿Qué pasa? —pregunta Clara.

Carmen se levanta de su silla.

La anciana parece más alta de pie. O quizá el baño se ha encogido.

—La casa está perdiendo su primera excusa.

—¿Y eso es bueno? —pregunta Mikel.

—Para nosotros, quizá. Para la casa, no.

El espejo se rompe.

Se abre como hielo.

Detrás no hay pared.

Hay un pasillo.

Con puertas a ambos lados.

En el suelo, una línea de agua corre hacia el fondo.

Insausti da un paso atrás.

—Ese pasillo no existe.

—Deberían bordar esa frase en las toallas —digo.

El pasillo huele a carbón, sopa, lavanda y sal.

Todas las épocas de la casa mezcladas.

Al fondo, una luz.

Y una voz.

La del ciclo siete.

—Si has llegado hasta aquí, no busques otra verdad. Busca una salida para los demás.

Mikel me mira.

—¿Era tu voz?

—Sí.

—¿Recuerdas haberlo dicho?

—No.

—¿Importa?

Miro el pasillo.

—Cada vez menos.

Clara se seca la cara.

—¿Los demás?

Desde el pasillo llegan murmullos.

No voces de fantasmas.

Voces de pacientes.

Lucas.

La casa no solo me había encerrado a mí en una ficción funcional.

La casa estaba llena de ficciones funcionales. Habitaciones donde cada dolor tenía su decorado, cada culpa su coartada, cada pérdida su teatro privado. Algunas quizá salvaban vidas. Otras las congelaban. La diferencia, sospecho, era quién tenía la llave y quién podía decir basta.

—Hay que cerrar el protocolo —digo.

Insausti me mira.

—No es tan sencillo.

—Nada lo es. Empiezo a odiar esa excusa.

—Hay pacientes que no sobrevivirían a una confrontación brusca.

—No he dicho que tiremos las paredes abajo con ellos dentro.

—Entonces ¿qué?

Miro el pasillo abierto detrás del espejo.

—Abrimos puertas con testigos.

—Eso ya suena menos estúpido que casi todo lo que han hecho.

—Gracias, Carmen.

—No se acostumbre.

Mikel mira hacia el pasillo.

—Primero hay que salir de aquí.

La bañera empieza a rebosar.

El agua cae al suelo y se extiende hacia nuestros pies.

El móvil vuelve a encenderse.

No lo cojo.

La pantalla se ilumina sola.

Aparece un mensaje.

NO SALGÁIS DEL BAÑO.

Clara traga saliva.

—¿La casa?

—O alguien con pésimo gusto para los SMS —digo.

El agua sube.

No debería subir así. No hay suficiente agua. No hay lógica hidráulica que lo permita. El baño se llena como una habitación sellada en un barco hundido.

Insausti mira la puerta por la que entramos.

—Por el espejo —dice Mikel.

—Sí.

El pasillo detrás del espejo roto espera.

Carmen entra primero.

Lo hace sin pedir permiso.

Mikel me señala.

—Tú.

—Qué caballeroso.

—Qué lento.

Paso por el marco roto del espejo.

No me corto.

O quizá el espejo decide que ya he sangrado bastante por hoy.

Al cruzar, siento un frío seco.

No de agua.

Insausti cruza la última.

El baño queda atrás, llenándose. La bañera, el móvil, los azulejos, el agua subiendo.

Antes de que el pasillo se cierre, miro una vez más.

En el espejo roto, dentro del baño, veo a Elena.

No en la bañera.

De pie junto al lavabo.

No me llama.

Solo me mira.

Esta vez no pregunto nada.

Ella levanta una mano.

No para despedirse.

Para apagar la luz.

El baño queda a oscuras.

Y el pasillo delante de nosotros se ilumina puerta por puerta, como si la casa, derrotada o furiosa, hubiera decidido enseñarnos todas sus habitaciones a la vez.