La casa del sueño profundo Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—No quiero verla hoy —dije.

Lo dije deprisa.

Como quien cierra una ventana antes de que entre humo.

—Bien.

—No bien. Peligroso.

—Precisamente.

—También ha declarado que ese consentimiento inicial no exculpa a la institución. Que fue usado después más allá de lo que usted podía revisar o retirar.

Aquello me sorprendió.

No la salvaba.

No la absolvía.

Pero la volvía menos cómoda para mi odio.

—¿Ha dicho eso?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quizá sea verdad.

La verdad tenía esa manía de repartir la incomodidad.

—No quiero perdonarla —dije.

—No tiene que hacerlo —dijo Vega.

—No quiero odiarla de forma útil para mí tampoco.

—Eso será más difícil.

—Gracias por la esperanza.

—De nada.

Salcedo cerró el informe.

—La grabación queda custodiada. No se reproducirá sin valoración clínica y asistencia letrada.

—Gracias.

De nuevo, no sabía a quién.

A todos quizá.

Al hecho de que una prueba pudiera existir sin ser devorada esa misma tarde.

Carmen vino al anochecer.

No la dejaron entrar.

Hay diferencias que la administración todavía no ha aprendido a gestionar.

Apareció con una manta sobre los hombros, una bata del hospital y un andador que parecía odiar con una intensidad muy personal. Detrás de ella venía Marina, con cara de haber perdido una negociación breve y humillante.

—Dice que son cinco minutos —explicó Marina.

—He dicho que sus cinco minutos son una hipótesis juvenil —corrigió Carmen.

—También ha dicho eso.

Carmen señaló la silla.

—¿Va a ofrecer asiento o se ha vuelto usted completamente salvaje en tierra firme?

—Siéntese, Carmen.

—No me dé órdenes con voz de paciente obediente. Me envejece.

Marina miró a Vega, que estaba en la habitación, y Vega asintió con una resignación prudente.

—Cinco minutos reales —dijo Vega.

—La realidad es una convención médica —respondió Carmen.

Era lo más seguro.

Carmen me miró con sus ojos pequeños, oscuros, imposibles de domesticar por bata alguna.

—Está peor —dijo.

—Gracias.

—Pero menos interesante.

—¿Eso es bueno?

—Muchísimo.

Me quedé callado.

Carmen observó la mesilla. La hoja. El vaso de agua. El botón rojo.

—¿Lo ha usado?

—Sí.

—Bien.

—Todo el mundo parece emocionado con que haya pulsado un botón.

—La civilización empezó por cosas más tontas.

—¿Ha declarado?

—Sí.

—¿Pobre funcionario?

—Un niño. Veintiocho años como mucho. Le he visto la vida pasar por los ojos cuando he dicho “ala infantil”.

—¿Ha contado todo?

Carmen me miró.

—No empiece.

—¿Qué?

—A querer saber todo por boca de una vieja antes de que la justicia haga su trabajo aburrido.

—No era eso.

—Sí era eso. Pero peor vestido.

Carmen se acomodó la manta.

—He contado lo suficiente para que busquen donde deben buscar. No lo suficiente para que usted pueda construir otra casa con mis frases.

—Eso ha sido cruel.

—Eso ha sido preventivo.

Vega bajó la mirada para no sonreír.

—La bañera no estaba —dije.

No sé por qué.

Porque necesitaba decirlo ante ella.

Carmen no pareció sorprendida.

—Las bañeras son muy poco de fiar.

—Carmen.

—¿Qué quiere que diga? ¿Que estaba? ¿Que no estaba? ¿Que usted está loco? ¿Que todos lo estamos? ¿Que la casa sabe esconder mobiliario sanitario? No sea vulgar.

—Necesito saber si lo vio.

—Vi agua donde no debía haberla. Vi miedo donde sí debía. Vi a varias personas mirando la misma cosa y llamándola con nombres distintos. Eso ya es bastante para una noche.

—No responde.

—Exacto.

—¿Por qué siempre habla así?

—Porque las respuestas completas suelen convertir a la gente en obediente.

—Mañana quizá vea la grabación mía —dije.

Carmen entrecerró los ojos.

—No debería verla mañana.

—¿Por qué?

—Porque va a creer que el hombre de esa grabación tiene más derecho que usted a decidir qué significa todo esto.

Me quedé quieto.

Darío no estaba, pero habría tomado nota con entusiasmo desagradable.

—¿Qué quiere decir?

—Que tendrá la tentación de obedecer a su versión antigua. Al Adrián brillante, roto, el que pidió algo, el que avisó de algo, el que quizá dijo una frase bonita antes de hundirse. No lo haga.

—¿Y si esa versión tenía razón?

—Escuchar no es obedecer.

No porque fuera nueva.

Porque era exacta.

Carmen apoyó las dos manos en el andador y se levantó con dificultad. Esta vez no la ayudé. Aprendía.

—Una cosa más —dijo.

—¿Solo una?

—No abuse de mi generosidad.

Esperó hasta que la miré.

—Cuando me vaya de esta historia, no me convierta en voz interna.

—¿Qué?

—Ya me ha oído. No quiero aparecer en sus pensamientos como anciana sabia cada vez que esté a punto de hacer una tontería. Bastante trabajo tengo con estar viva. No pienso hacer guardias dentro de su cabeza.

Marina no pudo evitar una sonrisa.

Yo tampoco casi.

—Llame a personas vivas si necesita ayuda. Pulse botones. Declare. Coma cosas horribles. Pero no me use como oráculo. Ni a mí, ni a Elena, ni a Lucía, ni a nadie. Los muertos y los viejos ya cargamos con suficiente propaganda.

No supe qué decir.

Eso, con Carmen, era a menudo la mejor respuesta.

—Gracias —dije al fin.

—Demasiado general.

—Gracias por el vaso.

—No le he lanzado ningún vaso hoy.

—Por el de antes.

—Buen lanzamiento.

—Y por no responder lo de la bañera.

—Eso sí ha sido mérito.

Se dirigió a la puerta.

Marina la acompañó, derrotada pero digna.

Antes de salir, Carmen se volvió.

—Adrián.

—Sí.

—Una puerta abierta no sirve de nada si uno sigue pidiendo permiso a la cerradura.

Luego se fue.

La puerta quedó entornada.

Intenté no convertirla en mandamiento.

No del todo.

Esa noche, las primeras pruebas y los primeros testigos se quedaron conmigo.

No como revelación.

Mikel disponible y ausente.

Insausti entregando una grabación que quizá me implicaba sin absolverla.

Carmen negándose a ser oráculo.

Lucía cerrándome la puerta de su dolor.

Elena, no como símbolo.

La bañera ausente.

La cinta presente.

La sala circular sin libro.

El cuerpo que quizá no era Lucas.

La casa, al otro lado de la marea, intervenida pero no explicada.

Todo eso era demasiado.

Antes, en la Casa del Sueño Profundo, demasiado siempre significaba una cosa: construir un relato hasta que el exceso tuviera forma.

Ahora demasiado significaba pulsar el botón si hacía falta.

No hizo falta.

Pero lo tuve al alcance.

A las dos y media quise pedir la carta de Lucía.

No lo hice.

A las tres quise pedir la grabación mía.

No lo hice.

A las cuatro quise llamar a Carmen mentalmente, imaginándola decir algo brutal y útil.

No lo hice.

Entonces recordé su frase.

No me convierta en voz interna.

—Pesada —murmuré.

No sé si a ella o a mí.

Me hizo gracia.

Cogí la hoja y escribí:

Testigos no son puertas.

Aunque a veces hablen como si lo fueran.

No sé ordenar a Mikel.

No sé ordenar a Insausti.

No sé ordenar a Carmen.

No sé ordenar la bañera.

No sé ordenar la casa.

No sé ordenar a Elena.

Esa última línea estaba mal.

Taché “ordenar a Elena”.

No tengo que ordenar a Elena.

No tenía que ordenarla.

No tenía que ubicarla en un sistema donde todo encajara al final.

Elena podía seguir siendo Elena incluso en mi incapacidad de entender.

Sobre todo allí.

Antes de dormir, pensé en una cosa sencilla.

Elena en el supermercado, comparando dos paquetes de sal como si el destino de Europa dependiera de la granulometría.

—Esta es mejor —decía.

—Es sal.

—Ese es el tipo de comentario que arruina matrimonios.

La recordé riendo.

Afuera, en el pasillo, alguien empujó un carro. Una rueda chirrió. Una enfermera bostezó. Un teléfono sonó una vez y se calló.

La realidad no se explicó.

Y por esa noche, aunque parezca poco, bastó.