Capítulo 17
La casa que no quería dormir
La figura desaparece entre la niebla.
No se desvanece como un fantasma.
Eso habría sido demasiado generoso. Demasiado claro.
La niebla simplemente pasa por encima de ella y, cuando se aparta, la primera piedra del camino está vacía.
No hay vestido claro. No hay pelo oscuro.
No hay mano levantada. Solo roca mojada, espuma y esa línea resbaladiza que baja y sube con el humor del mar.
Elena ya no está.
O lo que llevaba su forma.
O la parte de mí que todavía necesitaba verla llamándome desde fuera.
Me quedo junto a la ventana de la torre, con la mano apoyada en la piedra fría, esperando sentir algo parecido al alivio.
La verdad tiene una pésima política de recompensas.
Uno cree que, si hace lo correcto, si no cruza el camino, si no obedece al fantasma, si no se lanza otra vez hacia el principio de la historia, el mundo debería concederle al menos una respiración limpia.
Una tregua. Un segundo de paz que permita decir: bien, ha servido de algo.
Lo único que siento es cansancio.
Un cansancio enorme, antiguo, como si todos los ciclos que no recuerdo se hubieran despertado dentro de mis huesos al mismo tiempo.
—Ha desaparecido —dice Clara.
Está a mi lado, aunque no la he oído acercarse.
Tiene el rostro pálido, los ojos todavía húmedos y el uniforme empapado hasta las rodillas.
Parece muy joven. No sé cuántos años tiene, pero en ese momento parece demasiado joven para haber participado en una casa que enseña a la gente a vivir dentro de mentiras con calefacción.
—Sí —digo.
—¿Era ella?
Miro el camino.
La niebla vuelve a cerrarse.
—No lo sé.
Antes habría intentado responder de otra manera. Una frase ingeniosa, quizá. Algo sobre la dificultad diagnóstica de las apariciones costeras. Pero ya no puedo. No porque me falten ganas de esconderme en la ironía. Ganas me sobran. Siempre sobran ganas de volver a una habitación conocida.
Lo que falta es permiso.
Elena me lo ha quitado.
No me uses más.
—Quería que cruzara —dice Clara.
—Sí.
—¿Y si era una salida?
—Entonces acabo de perderla.
Clara me mira.
—No parece preocupado.
—Estoy demasiado ocupado intentando no estar muerto.
Mikel se acerca despacio. Lleva la cara aún marcada por la confesión, por la cinta, por Elena, por todo lo que ya no puede esconderse bajo el uniforme gris. Al mirar el camino, su expresión cambia. No hay alivio. Hay reconocimiento.
—Antes siempre bajaba —dice.
No me mira al decirlo.
—¿Siempre?
—Casi.
—¿Y tú me seguías?
—Casi.
—¿Y me detenías?
—A veces.
—¿Y otras?
Mikel tarda en responder.
—Otras llegaba tarde.
Pienso en la playa. En el cadáver con mi ropa. En la cartera seca. En la primera piedra del camino. En el Adrián del ciclo siete intentando cruzar de noche, encontrado en las rocas. Quizá todos mis intentos de huida han dejado un cuerpo en algún lugar, aunque no siempre fuese físico.
—No voy a bajar —digo.
—Lo sé.
—No lo sabes.
—No. Pero quiero creerlo.
—Eso suena muy poco clínico.
—Estoy intentando mejorar.
Insausti permanece junto a la bañera. No se ha acercado a la ventana.
No ha mirado el camino. O quizá lo ha mirado antes que todos y ha decidido que, por una vez, no le correspondía narrarlo.
Tiene la cinta de Elena en la mano, pero ya no la sostiene como material clínico.
La sostiene como se sostiene algo prestado por una muerta.
Carmen Uranga sigue sentada en la silla, envuelta en la manta, con esa serenidad suya de persona que ha vivido tantas grietas que ya no se molesta en señalar cada una.
—La casa está despierta —dice.
Quizá porque todos sabemos que tiene razón.
El silencio posterior parece confirmar sus palabras.
No el silencio de antes, denso, vigilante, institucional.
Este es distinto. Más nervioso. La Casa del Sueño Profundo ya no parece una estructura inmóvil asentada sobre el acantilado.
Parece un animal viejo al que le han tocado una herida escondida bajo el pelaje.
Abajo, en algún lugar del edificio, se oye una puerta cerrarse.
Luego un grito.
Mikel se vuelve hacia la escalera.
—Pabellón C.
La radio de su hombro chisporrotea antes de que pueda tocarla.
—Control a doctora Insausti. Tenemos apertura de puertas en ala norte. Repito, apertura no autorizada de puertas en ala norte.
Insausti se incorpora.
—¿Qué puertas?
La voz de la radio llega con interferencias.
—No solo pabellón C. También B. Y... y habitaciones antiguas.
—¿Qué habitaciones antiguas?
—No constan en el plano.
Carmen Uranga suspira.
—Ya era hora.
Insausti la mira.
—¿Qué significa eso?
La anciana se arropa mejor con la manta.
—Que la casa ha entendido que ya no le sirve mantener a cada uno en su cuarto.
La radio vuelve a sonar.
Esta vez no es el operador.
Es una voz infantil.
—El que despierta, pierde.
Clara se lleva una mano a la boca.
Mikel arranca la radio del hombro y baja el volumen, pero la voz sigue saliendo, más baja, distorsionada.
—El que despierta, pierde.
Insausti camina hacia la puerta.
—Hay que evacuar las zonas abiertas.
—No —dice Carmen.
La directora se vuelve.
—No voy a discutir con usted en mitad de una emergencia.
—Por eso ha discutido siempre tan mal con las emergencias. Nunca espera a que terminen de decirle qué son.
—Doctora, si se han abierto puertas de pacientes, hay riesgo real.
—Lo sé.
—Necesitamos bajar.
—Lo sé.
Clara mira hacia la bañera.
—¿Y eso?
Todos seguimos su mirada.
El agua de la bañera vuelve a moverse.
Una ondulación leve.
Como si algo, debajo, hubiera respirado.
Mikel da un paso hacia mí por puro instinto.
—No voy a acercarme —digo.
—Bien.
—Me encanta que nuestra relación haya avanzado hasta este nivel de confianza.
Pero algo en su boca se mueve, quizá el intento fallido de una sonrisa.
Insausti guarda la cinta de Elena dentro del bolsillo interior de su chaqueta.
—Bajamos todos juntos.
—No —dice Carmen.
—Carmen.
—Yo no bajo.
—No voy a dejarla aquí.
La anciana la mira con una ternura casi cruel.
—Doctora, lleva años dejándome aquí de muchas formas distintas. No finja ahora una delicadeza tardía. Yo me quedo en la torre.
—No.
—Sí.
—No está segura aquí.
Carmen mira la bañera.
—Querida, llevo más de ochenta años sin estar segura en ninguna parte.
La cifra me hace mirarla.
—¿Ochenta?
—Algunos envejecemos por fuera. Otros por expediente.
—¿Cuántos años tiene?
—Los suficientes para haber oído la primera mentira de esta casa cuando todavía olía a sopa y carbón.
Insausti se acerca a ella.
—Carmen, escúcheme. Si hay apertura de puertas, no puedo garantizar...
—No quiero garantías. Quiero que baje y vea lo que ha hecho con esta casa creyendo que la estaba controlando.
No de forma dramática.
De forma justa.
La directora no contesta.
Carmen me mira entonces a mí.
—Usted también tiene que bajar.
—¿Para ver qué?
—La primera casa.
—Dijo que estaba antes del sanatorio.
—Y sigue debajo.
—¿En el sótano?
—No. Debajo del relato.
—He tenido días mejores para los acertijos.
—No es un acertijo. Es una dirección. Baje a donde no fue médico, ni paciente, ni marido. Baje a donde solo queda la niña.
—El ala infantil.
—La puerta está abierta ahora.
Mikel mira a Insausti.
—Si las puertas antiguas se han abierto, el ala infantil puede estar conectada.
—No hay conexión directa —dice ella.
—Los planos nuevos son una forma muy moderna de ignorancia.
La radio de Mikel emite un golpe seco.
Los tres golpes.
Pero esta vez vienen de la radio, de la bañera, de la puerta de la torre y quizá de las paredes al mismo tiempo.
La casa llama desde todas partes.
Me miro la mano izquierda.
La cicatriz se ha enrojecido.
No forma TICHÉ.
—Bajamos —digo.
Insausti me mira.
—No está en condiciones.
—Nadie lo está.
Carmen Uranga cierra los ojos, satisfecha.
—No crucéis puertas si os llaman por el nombre equivocado —dice.
—Muy reconfortante —respondo.
—Y, Adrián.
Me detengo en la puerta.
—¿Sí?
La anciana abre los ojos.
—Si vuelve a ver a Elena, no le pregunte si le perdona.
—¿Qué le pregunto?
Carmen sonríe con tristeza.
—Nada. Ya le ha dicho bastante.
Bajamos por la escalera de la torre.
Esta vez no hay apagón.
Eso, resulta peor. La luz funciona. Los escalones están donde deben. La barandilla está fría. Mikel delante, Insausti detrás, Clara entre ambos y yo en medio. Una procesión perfectamente razonable hacia una emergencia perfectamente imposible.
A mitad de camino empezamos a oír voces.
Al principio parecen murmullos dispersos. Luego se ordenan en frases, fragmentos de conversaciones, risas, llantos, nombres. Vienen de abajo, de los pasillos, de las paredes. Voces de pacientes. Voces de personal. Voces que reconozco y voces que no.
—No era mi hermano, era mi sombra.
—La puerta da al comedor si no miras atrás.
—Yo elegí mi verdad.
—No despiertes al niño.
—La casa sabe.
Clara se detiene.
—¿Qué pasa?
Ella mira hacia el tramo inferior.
—Esa voz.
—¿Cuál?
Baja un escalón más.
—Clara —dice Insausti.
La joven vuelve la cabeza.
Tiene los ojos muy abiertos.
—Es mi madre.
Mikel aprieta la mandíbula.
—No.
—La he oído.
—No.
—Ha dicho mi nombre.
Insausti baja la voz:
—Clara, recuerde la instrucción de Carmen.
No cruzar puertas si os llaman por el nombre equivocado.
Clara traga saliva.
—No era el nombre equivocado.
—Precisamente por eso —digo.
No con gratitud.
Bien. El miedo a veces escucha mejor que la confianza.
—Siga bajando —digo—. Con nosotros.
Al llegar al pasillo principal, la casa ha cambiado.
No de arquitectura.