Capítulo 16 #2
Clara está sentada en el suelo, con la espalda contra la pared y las rodillas recogidas.
Carmen Uranga permanece en la silla, envuelta en la manta, mirando la bañera con una serenidad que me resulta casi irritante.
Insausti parece haber envejecido diez años desde que subimos.
Arriaga no está. No sé cuándo se fue. Tampoco me importa.
—¿Todos la habéis visto? —pregunto.
Nadie responde enseguida.
Insausti tarda más.
—Sí —dice al final.
Una palabra pequeña.
Un desastre enorme.
—Entonces no era solo mía.
La doctora me mira.
—No sé qué era.
—Qué frase sana.
Carmen Uranga ríe bajito.
—Por fin.
Camino hacia la bañera.
Mikel se mueve por instinto.
—No voy a tocarla —digo.
Miro el agua.
Mi reflejo aparece en la superficie.
Roto por pequeñas ondas.
—¿Cuál es la primera casa? —pregunto.
Carmen Uranga se inclina un poco hacia delante.
—La que hubo antes del sanatorio.
—¿El hospicio?
—Antes.
Insausti vuelve lentamente hacia ella.
—Carmen.
La anciana ni la mira.
—Antes de que los médicos aprendieran a poner nombres largos al encierro, esta casa ya era una casa. Una casa de verdad. Con una familia. Con habitaciones calientes. Con criados. Con niños corriendo por pasillos que aún no sabían que un día serían unidades.
—Eso es historia del edificio —dice Insausti.
—No. Eso es historia de la enfermedad.
—¿Qué enfermedad? —pregunto.
Carmen me mira con sus ojos azules, desteñidos, viejísimos.
—La de creer que una casa puede guardar lo que una persona no soporta.
Mikel se seca la cara con la manga.
—Carmen, ¿qué tiene que ver eso con Elena?
—Con Elena, poco. Con él, mucho.
La anciana me señala.
No con teatralidad.
—Usted no fue el primer Paciente 0 —dice.
Miro a Insausti.
La directora no reacciona.
Pero su falta de reacción, a estas alturas, es una forma de gritar.
—El expediente dice que sí —digo.
—Los expedientes también necesitan dormir.
—¿Quién fue?
—La primera persona a la que esta casa le permitió vivir dentro de una mentira para no morir de una verdad.
—¿Quién? —repito.
Carmen mira la bañera.
—Una niña.
Clara levanta la cabeza.
—¿Del ala infantil?
—No. De la familia original. La hija menor del primer propietario.
Decían que veía a su madre muerta en los espejos.
Decían que hablaba con ella, que la seguía por los pasillos, que no dormía, que gritaba si alguien abría las ventanas.
Su padre mandó cerrar media casa para que no encontrara los lugares donde la veía.
La torre parece enfriarse.
Insausti habla con voz baja:
—Eso son leyendas de la institución.
Carmen la mira al fin.
—No sea vulgar, doctora. Las leyendas son expedientes que sobrevivieron a los incendios.
Me acerco un paso.
—¿Qué le pasó a la niña?
—La madre no había muerto como le dijeron.
El agua de la bañera se agita apenas.
Solo un temblor.
—¿Cómo murió?
Carmen me observa.
—En una bañera.
Qué fácil sería reírse.
Una casa antigua, una madre muerta en una bañera, una niña que ve fantasmas, un sanatorio posterior, un psiquiatra cuya esposa muere en una bañera. La repetición parece demasiado evidente. Demasiado literaria. Demasiado complacida consigo misma.
Y, sin embargo, la vida tiene una tendencia repugnante a reciclar escenarios.
—Eso no puede ser casualidad —dice Clara.
—TICHÉ.
Solo la cicatriz.
—¿Por qué me marcaron con eso? —pregunto.
—No le marcaron —dice Carmen—. La casa no marca desde fuera. Hace subir a la piel lo que ya estaba escrito dentro.
—Eso no es una explicación.
—No. Es una advertencia.
Mikel, que había permanecido en silencio, habla:
—¿Está diciendo que todo esto no empezó con Adrián?
—Por supuesto que no, querido. Los hombres inteligentes siempre creen que inventan sus jaulas.
Mikel acepta el golpe con una dignidad triste.
Insausti se acerca a Carmen.
—Ya basta.
—No.
—Carmen.
—Lleva años usando la casa como si fuera una herramienta —dice la anciana—.
Pero la casa no es una herramienta. Es una costumbre.
Una costumbre muy vieja. La gente trae aquí lo que no soporta y la casa le da habitaciones, voces, repeticiones.
Ustedes lo llamaron protocolo porque así podían facturarlo, evaluarlo y dormir mejor.
Insausti levanta la mano.
No para golpearla.
No sé para qué.
—No sabe lo que dice.
—Sí. Ese ha sido siempre mi problema.
El silencio posterior pesa sobre todos.
Yo miro la bañera.
—Entonces Lucas…
—Lucas entendió que la casa no curaba —dice Carmen—. Solo organizaba los fantasmas. Por eso quiso elegir su verdad antes de que la casa eligiera por él.
—Se suicidó.
—Una forma pésima de independencia. Pero independencia, al fin.
Mikel se estremece.
—¿Y yo? —pregunto.
Carmen me mira.
—Usted hizo algo distinto.
—¿Qué?
—Volvió con una verdad que no le perdona ni le destruye.
—Eso suena demasiado optimista.
—No se preocupe. Aún puede estropearlo.
Esta vez sí.
—Gracias.
—De nada.
Insausti camina hasta el reproductor y saca la cinta de Elena. La sostiene en la mano con cuidado, como si pesara más que un objeto.
—Esto debe quedar custodiado.
—No —digo.
—Es material clínico.
—No. Es su voz.
—Adrián…
—No va a volver al archivo.
Mikel se coloca a mi lado.
Sin decir nada.
Clara también se levanta.
Carmen sigue sentada, sonriendo apenas.
Insausti nos mira a los tres.
Quizá por primera vez entiende que la autoridad no se pierde de golpe. Se pierde así: una persona deja de obedecer, luego otra, luego otra, y cuando quieres darte cuenta sigues teniendo las llaves, pero ya nadie cree que abran lo correcto.
—¿Qué propone? —pregunta.
No tengo respuesta completa.
Pero tengo una primera.
—Que deje de reiniciarme.
—Si se descompensa…
—Me descompensaré.
—Puede hacerse daño.
—Sí.
—Puede intentar matarse.
—Sí.
Decirlo no me rompe.
Pero no me rompe.
—Entonces ¿qué hacemos? —pregunta Insausti.
No como directora.
Quizá por primera vez.
Miro a Mikel.
Luego a Clara.
Luego a Carmen.
Luego a la bañera.
—Testigos —digo.
Insausti frunce el ceño.
—¿Qué?
—Testigos. No ciclos. No relatos fabricados. No ferry. No Arozarena desaparecido. No doctor convocado para investigar lo que no quiere recordar. Testigos.
Mikel baja la mirada.
—Cuando quiera huir de la verdad, alguien me lo dirá —continúo—. Cuando empiece a convertir a Elena en fantasma útil, alguien me lo dirá. Cuando quiera ser monstruo para descansar en el castigo, alguien me lo dirá. Cuando quiera ser inocente, también.
Clara asiente despacio.
Insausti no habla.
—Y si tengo que vivir en esta casa un tiempo, viviré despierto —digo—. O lo más despierto que pueda.
Carmen Uranga murmura:
—Eso ya es más difícil que escapar.
—Me lo imaginaba.
El viento golpea las ventanas.
Pero algo ha cambiado.
Quizá solo en mí.
Quizá esa sea la única forma de salir de cualquier casa: no derribar los muros, sino impedir que sigan decidiendo cómo se llaman las habitaciones.
Entonces suena la radio de Mikel.
Luego una voz del puesto costero.
—Casa del Sueño Profundo, aquí San Telmo. La marea está bajando antes de lo previsto. Repito: el camino empieza a quedar visible.
Todos miramos hacia las ventanas.
Abajo, entre la niebla y la lluvia, una línea oscura empieza a surgir del mar.
El camino de piedras.
La casa no tiene sentido del humor.
Tiene crueldad escénica.
Mikel apaga la radio.
—No tiene que ir.
Lo dice antes de que yo hable.
Miro el camino.
El mar se retira poco a poco, dejando al descubierto las rocas brillantes, resbaladizas, oscuras. La lengua de piedra que conecta la isla con el mundo. El camino que desaparece. El camino que vuelve. El camino de todos mis principios y casi todos mis finales.
Siento una atracción física.
No hacia la libertad.
Hacia el reinicio.
El ferry espera al otro lado de la idea.
La lámpara amarilla.
La primera línea.
Despierto con la sensación de haber muerto mal.
Sería tan fácil.
Empezar otra vez siempre parece más fácil que continuar.
Elena dijo: No me uses más.
Cuando los abro, el camino sigue ahí.
—No voy a cruzar —digo.
El alivio de Mikel es casi visible.
Insausti no dice nada.
Entonces, abajo, en la primera piedra del camino, aparece una figura.
Elena.
La forma de Elena.
Levanta una mano.
El mundo entero parece contener el aliento.
No voy hacia la puerta.
Solo la miro desde la torre.
Y por primera vez, cuando la mujer del camino me hace señas, yo no obedezco.
La figura permanece unos segundos más.
Luego la niebla pasa sobre ella.