La casa del sueño profundo Capítulo 16
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Capítulo 16

La verdad que respira

La oscuridad cae sobre la torre como una mano.

No se apagan solo las luces.

Se apaga el mundo.

quizá dos, no hay mar, ni piedra, ni sala circular, ni bañera antigua, ni Insausti, ni Mikel, ni Clara, ni Carmen Uranga. Solo oscuridad. Una oscuridad tan cerrada que parece haber estado esperándonos detrás de la luz desde el principio, paciente, educada, con las manos cruzadas en el regazo.

Y en mitad de esa oscuridad, Elena respira.

No sé cómo lo sé.

No como se oye a una persona viva después de salir del agua.

No hay jadeo, ni tos, ni esa lucha desesperada de los pulmones por expulsar lo que no les pertenece.

Es una respiración serena. Demasiado serena.

La respiración de alguien que no necesita aire, pero aun así lo imita para que yo pueda reconocerla.

—Adrián —dice.

Su voz no viene de la bañera.

Viene de todas partes.

O de mí.

O de ese lugar exacto donde ambas cosas dejan de poder distinguirse sin ayuda profesional, y la ayuda profesional en esta casa suele llegar con llaves, jeringuillas y una versión alternativa de tu vida.

He aprendido algo.

No responder a todo lo que lleva su voz.

No abrir todas las puertas.

No seguir todos los caminos de piedra solo porque la marea los deje visibles.

A mi lado, alguien solloza.

Un sonido pequeño, ahogado, humano. Eso me ayuda. Los fantasmas tienen una gran ventaja sobre los vivos: saben aparecer en el centro de la escena. Los vivos, en cambio, tropiezan, lloran, respiran mal, se mojan los zapatos y hacen ruido al tener miedo.

—¿Doctor? —susurra Clara.

No puedo verla.

—Estoy aquí.

—No veo nada.

—Yo tampoco.

Mikel se mueve en la oscuridad.

Oigo sus pasos sobre la lámina de agua que cubre el suelo de la torre. Chapotea. El sonido me atraviesa, pero no me rompe. Todavía no.

—No os mováis —dice.

Su voz tiembla menos que antes.

La culpa, cuando deja de esconderse, a veces se vuelve útil.

—¿Dónde está la bañera? —pregunta Insausti.

—Delante de mí —respondo.

—Apártese.

—No.

—Adrián.

—He dicho que no.

No lo digo por valentía.

Lo digo porque Elena está ahí.

O lo que sea.

La veo sin verla. Sé que está incorporada dentro de la bañera, con las manos en el borde, el pelo pegado al rostro, los ojos marrones abiertos en la oscuridad. Lo sé con esa certeza animal con la que uno nota una presencia en una habitación incluso antes de encender la luz.

—Elige una verdad —repite ella.

El agua se mueve.

No el agua del suelo.

La de la bañera.

Un chapoteo suave.

Un cuerpo cambiando de postura.

El cuerpo de Elena.

No debo llamarlo así.

—No puedo elegir —digo.

Mi voz sale sorprendentemente firme.

—Siempre eliges —responde ella—. Incluso cuando esperas.

Incluso cuando esperas.

La noche del baño fue eso.

No un único acto.

No un gesto violento y definitivo que pudiera llevarse a juicio con una fotografía, un arma y una frase subrayada por un fiscal.

Fue una espera. Una sucesión de segundos cobardes.

Una cadena de no hacer. No llamar. No entrar.

No levantar. No confesar. No aceptar. No perderlo todo.

No ser visto como lo que ya estaba siendo.

La muerte de Elena tuvo muchas manos.

La mía fue la que más tardó en moverse.

—No eres Elena —digo.

En la oscuridad, algo sonríe.

—Eso no contesta.

—Es lo único que necesito contestar primero.

La torre cruje.

El viento golpea las ventanas estrechas. Afuera, el mar ruge contra los acantilados. Abajo, quizá, los internos del pabellón C siguen susurrando que eligen su verdad. O quizá ya se han callado. Quizá toda la casa contiene la respiración para oír qué hago con la mía.

—Elena murió —digo.

Las palabras duelen.

—Murió en la bañera. Después del accidente. Después de urgencias. Después de volver conmigo cuando no debería haber vuelto. Después de llamarte a ti.

No veo a Mikel, pero noto cómo el silencio se mueve hacia él.

—Después de que yo no llamara a tiempo —continúo—. Después de que Mikel no entrara a tiempo. Después de que ella colgara a tiempo de no salvarse.

Clara llora más fuerte.

Insausti no dice nada.

Carmen Uranga se ríe en algún lugar de la oscuridad. Una risa suave, vieja, sin alegría.

—Bien —dice la anciana—. Ahora no lo convierta en absolución.

—No lo es.

—Ni en condena completa.

—Tampoco.

—Entonces empiece a parecer una verdad.

La voz de Elena vuelve:

—¿Y qué eres tú en esa verdad?

Porque ahí está la tentación.

Decir asesino y descansar en el castigo.

Decir inocente y descansar en la negación.

Decir enfermo y descansar en el diagnóstico.

Decir paciente y descansar en el protocolo.

Decir doctor y descansar en la distancia.

Todas son casas.

Todas tienen camas.

Todas tienen puertas que se cierran desde dentro.

—Soy responsable —digo.

No abre ventanas.

Solo cae al suelo y se queda allí, pesada, imperfecta, suficiente.

No víctima de la casa.

No solo víctima de mí mismo.

El agua de la bañera se agita con violencia.

—Adrián, apártate.

No lo hago.

La oscuridad cambia.

No se ilumina, pero adquiere volumen. Empiezo a distinguir formas: las ventanas como heridas grises en el muro, la maquinaria del faro, el contorno de Insausti junto al reproductor, Clara cerca de la pared, Carmen Uranga sentada como una estatua mojada. Y la bañera.

Elena está allí.

Esta vez la veo.

El cuerpo dentro del agua no parece cadáver ni mujer viva.

Parece memoria con forma humana. El vestido claro flota alrededor de sus piernas.

El pelo le cubre parte de la cara. Los ojos marrones me miran sin odio y sin perdón, que quizá sea peor.

El perdón habría sido otra trampa. El odio, otra cama. Esto no me ofrece descanso.

—Responsable —repite ella.

—Sí.

—¿De qué?

—De no haberte salvado cuando todavía podía.

Elena ladea la cabeza.

El agua cae de su pelo al borde de la bañera. Cada gota suena demasiado fuerte.

—¿Y de qué no eres responsable?

No la esperaba.

La culpa, cuando lleva años creciendo sin poda, quiere ocupar todo el jardín. Es más cómoda así. Si todo es culpa tuya, el mundo al menos queda ordenado alrededor de tu desastre. Una forma enfermiza de vanidad, supongo. Incluso destruido, uno quiere ser el centro.

—No soy responsable de que quisieras irte —digo despacio.

Las palabras salen con resistencia.

—No soy responsable de que pidieras ayuda a Mikel. No soy responsable de que tuvieras miedo. No soy responsable de toda tu tristeza.

La figura de la bañera no se mueve.

—No soy responsable de cada cosa que pasó aquella noche —continúo—. Pero sí de lo que hice con lo que pasó. Y de lo que no hice.

Como si le hubieran golpeado en el pecho.

Quizá porque esa frase también le pertenece.

—¿Y ahora? —pregunta Elena.

Porque esta es la parte que ninguna versión quería tocar.

Qué hacer después de recordar.

Qué hacer cuando ya no queda misterio suficiente para seguir escondido.

Qué hacer con una casa entera construida para impedir que una verdad mate a un hombre y que, en el proceso, ha terminado alimentándose de todos los que entraron a sostenerla.

Miro a Insausti.

Su silueta está quieta junto a la consola. No puedo verle bien la cara, pero sé que me mira. La doctora, la carcelera, la arquitecta, la mujer que intentó salvarme con una monstruosidad diseñada a partir de mis propias ideas.

—Ahora salgo de la casa —digo.

Insausti se tensa.

—No puede.

—No he dicho que vaya a cruzar el mar.

—No hay salida.

—Siempre ha sido su error, doctora. Creer que salir era marcharse.

Me habría irritado en otro contexto.

Ahora la acepto. Hay momentos en que la vida, por agotamiento, empieza a hablar como un símbolo. Tampoco pasa nada. La realidad tiene derecho a ponerse dramática cuando lleva demasiado tiempo siendo clínica.

—No voy a reiniciar —digo.

La figura de Elena sonríe apenas.

—Eso ya lo has dicho antes.

—Sí.

—Y siempre volviste al ferry.

—Porque quería una verdad que no doliera.

—Todas dolían.

—Entonces quería una que me dejara desaparecer dentro.

Elena baja la mirada al agua.

—¿Y esta?

—Esta no me deja desaparecer.

—¿Qué te deja?

No en el accidente.

No en la bañera.

No en el expediente.

No en Paciente 0.

Pienso en la cinta.

En la voz de Elena diciendo: Déjame morir una vez. Solo una. La verdadera.

—Me deja vivir con lo que hice —digo.

Pero la casa sí.

La casa entera la oye.

El viento golpea los cristales.

El agua de la bañera se queda inmóvil.

Elena parece cansarse. Su rostro pierde nitidez. Ya no parece una mujer emergida del agua, sino una imagen proyectada sobre vapor. Las manos en el borde se vuelven menos sólidas. Los ojos marrones, sin embargo, permanecen. Eso me destruye. Que justo los ojos sean lo último.

—No me uses más —dice.

No es una súplica.

No es una orden.

Es un límite.

—No.

—Ni para castigarte.

—No.

—Ni para salvarte.

—No.

—Ni para escribir una versión más hermosa.

Ahí casi sonrío.

—Lo intentaré.

—No basta.

—No.

—Pero es más honrado.

Elena empieza a hundirse.

No como un cuerpo.

Como un recuerdo que por fin deja de exigir forma.

El agua le llega al pecho, al cuello, a la barbilla. Durante un instante quiero lanzarme a sacarla, repetir el gesto, reescribirlo, salvarla al fin, demostrar que ahora sí, que esta vez mis manos sirven para algo más que esperar.

No me muevo.

No salvar al fantasma.

No convertirla otra vez en prueba.

No tocarla para perdonarme.

Elena lo entiende.

Creo que lo entiende.

Antes de desaparecer bajo el agua, dice:

—Pregúntale a Carmen por la primera casa.

Y se hunde.

El agua se queda lisa.

La oscuridad se llena de silencio.

No sé cuánto tiempo pasa.

Puede que segundos.

Puede que un ciclo entero.

Entonces las luces vuelven.

No de golpe.

Poco a poco.

Una lámpara primero. Luego otra. La sala circular aparece fragmentada, cansada, empapada. La bañera sigue en el centro, llena de agua quieta. Ya no hay Elena. No hay manos. No hay vestido. No hay ojos.

Solo una bañera.

Mikel está llorando.

No se tapa la cara.