La casa del sueño profundo Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Inserto la llave antigua en una cerradura que no había visto, más baja, casi oculta bajo una placa de metal oxidado.

La puerta se abre.

La sala de la torre no es la misma.

La maquinaria oxidada del faro está en el centro. Las ventanas estrechas dan al mar. El proyector sigue junto a la pared. El armario metálico continúa cerrado. Pero hay algo nuevo, o algo que antes no estaba visible: una bañera en mitad de la sala.

Una bañera antigua.

De patas metálicas.

Llena hasta el borde.

El grifo está abierto.

El agua cae y cae, rebosando sobre la piedra, extendiéndose por el suelo circular en una lámina fina que refleja las ventanas, la maquinaria, nuestras caras.

Clara está de pie junto a la bañera.

Tiene el uniforme empapado hasta las rodillas y una llave moderna en la mano. En la otra sostiene una cinta pequeña. Una casete.

A su lado está Carmen Uranga, sentada en una silla, envuelta en una manta. La anciana mira el agua con expresión tranquila, como si llevara años esperando que la torre recordase que también podía ser baño.

No hay nadie más.

Al menos nadie que el ojo quiera admitir.

Mikel entra primero.

—Clara.

Ella levanta la cinta.

—No podía dejar que lo enterraran otra vez.

Insausti cierra la puerta detrás de nosotros.

—Dame la cinta.

—No.

—No sabes lo que contiene.

Una risa pequeña, rota.

—Sí lo sé. Por eso estoy aquí.

El agua sigue cayendo.

El sonido me golpea desde dentro.

No puedo apartar la vista de la bañera.

No hay cuerpo.

—¿Por qué una bañera? —pregunto.

Clara me mira.

Tiene los ojos rojos, la cara pálida, pero la voz firme.

—Porque la casa ya no necesita metáforas.

Mikel da un paso hacia ella.

—Clara, escúchame.

—Te escuché demasiado, Mikel.

Él se detiene.

—¿Qué significa eso? —pregunto.

Clara mira a Mikel.

Luego a mí.

—Que todos construisteis la casa. Usted con la teoría. Insausti con el protocolo. Mikel con el silencio. Yo con la obediencia.

—Clara —dice Insausti.

—No.

Muy parecida a la de Elena en mi recuerdo.

El agua rebosa sobre el borde.

Una gota llega hasta mis zapatos.

—¿Qué hay en la cinta? —pregunto.

Clara me la tiende.

Insausti da un paso.

Mikel la intercepta.

No la toca.

Solo se coloca entre ella y Clara.

Ese gesto lo cambia todo.

La directora lo mira.

—Mikel.

—No.

Cojo la cinta.

La etiqueta está amarillenta.

Escrita a mano.

No con mi letra.

No con la de Elena.

Con letra clínica, ordenada, pequeña.

SESIÓN CERO — E.R. / M.A. / A.V.

E.R.

M.A.

A.V.

—¿Sesión cero? —pregunto.

Insausti guarda silencio.

Carmen Uranga responde desde la silla:

—Antes de que hubiera pacientes, hubo testigos.

—¿Qué hace usted aquí?

—Recordar lo que ellos no pudieron archivar.

—Carmen —dice Insausti con cansancio—, por favor.

La anciana sonríe.

—Siempre pide por favor cuando ya no tiene llaves.

Clara señala el reproductor situado junto al proyector.

—Póngala.

No me muevo.

Por primera vez, no sé si quiero saber.

No como frase. No como recurso. De verdad.

Hay verdades que uno reclama por orgullo y otras que, cuando aparecen, muestran los dientes desde lejos. Esta segunda clase no te hace sentir valiente. Te hace sentir ridículo por haberla llamado.

Mikel habla sin mirarme:

—No tiene que hacerlo.

—Eso ya me lo dijeron antes.

—Esta vez lo digo yo.

—Precisamente.

Todo lo que nos une es horrible.

Y aun así, hay algo parecido a la confianza.

No porque él sea inocente.

Porque ya no puede permitirse seguir fingiendo que lo es.

—¿Sabes qué contiene? —pregunto.

—No todo.

—¿Algo?

—La voz de Elena.

El agua sigue cayendo.

La bañera ya ha desbordado por completo. La lámina de agua rodea nuestros zapatos. A cada segundo, la torre se parece menos a un faro y más a un recuerdo mal evacuado.

Introduzco la cinta en el reproductor.

Insausti cierra los ojos.

Clara respira hondo.

Carmen Uranga sonríe al agua.

Luego una voz de mujer.

Elena.

—Me llamo Elena Rivas. Grabo esto por indicación de la doctora Insausti, aunque no sé si algún día debería escucharlo nadie.

Se me detiene el corazón.

No desde una puerta.

No desde un espejo.

No desde mi culpa.

Desde una cinta.

—Si Adrián oye esto —continúa—, es que algo ha salido muy mal. O muy bien. Con él nunca se sabe. Incluso sus derrumbes tienen tendencia a querer parecer inteligentes.

Una risa pequeña se le escapa en la grabación.

El dolor me atraviesa de una forma tan limpia que casi me parte.

—No sé qué va a recordar —dice Elena—. No sé qué versión habrá sobrevivido.

Supongo que habrá una donde él me mató, otra donde yo me maté, otra donde todo fue un accidente, otra donde la culpa es de Mikel y otra donde la doctora Insausti parece más culpable de lo que es.

Adrián siempre tuvo mucho talento para construir mundos en los que el dolor quedaba repartido con cierta elegancia.

Insausti baja la cabeza.

Mikel no respira.

—La verdad —dice Elena— es menos elegante.

Luego su voz vuelve.

—Después del accidente, fui a urgencias.

Quise dejarle. Llamé a Mikel porque no sabía a quién más llamar.

No porque fuera mi amante. No porque hubiera una historia romántica preciosa esperando detrás de la tragedia.

Ojalá. Habría sido más sencillo. Le llamé porque era la única persona que me había dicho, sin adornos, que querer a alguien no te obliga a dejar que te arrastre al fondo.

La voz sigue entrando.

—Volví a casa con Adrián porque le tuve miedo a las consecuencias. A las suyas. A las mías. A lo que ocurriría si aquella noche explotaba todo. Y porque, aunque suene estúpido, aún le quería. El amor tiene esos momentos de idiotez terminal.

Carmen Uranga suelta una risa triste.

—Discutimos. Sí. Me caí. Sí. Me golpeé. Sí. Adrián no reaccionó bien. Ninguno reaccionó bien. Yo tampoco. Abrí el grifo.

La sala cambia.

Pero todos lo sentimos.

Yo abrí el grifo.

Elena.

—lo hice —dice la cinta—. Quizá quería limpiarme la sangre. Quizá quería que el ruido del agua tapara la discusión. Quizá quería asustarle. Quizá quería asustarme a mí misma lo suficiente para irme. No lo sé. La verdad no siempre viene con una explicación digna.

El agua de la bañera real sigue cayendo sobre la torre.

—Adrián salió del baño. Yo me quedé dentro.

Llamé a emergencias, pero colgué. No por él.

Por mí. Porque si hablaba, ya no podría volver atrás.

Porque tendría que decirlo todo. El accidente.

El alcohol. Mikel. Mi miedo. Mi vergüenza por haber tardado tanto en irme.

Y entonces me sentí tan cansada que me senté en el borde de la bañera.

La voz tiembla por primera vez.

—Me mareé. Caí. No sé cuánto tiempo pasó. Recuerdo agua. Recuerdo intentar incorporarme. Recuerdo a Adrián en la puerta. Recuerdo sus ojos. Estaba allí, pero no estaba. Nunca le había visto tan lejos dentro de sí mismo.

No puedo respirar.

Mikel da un paso hacia mí.

No me toca.

—Él pudo ayudarme antes —dice Elena—. Eso es verdad.

Mikel pudo entrar antes. También es verdad.

Yo pude llamar y no colgar. También. La tragedia no fue que uno de nosotros hiciera una sola cosa monstruosa.

La tragedia fue que tres personas esperaron unos minutos más de lo que debían. Y el agua no espera.

El agua no espera.

Sobre la torre.

Sobre la casa entera.

—Si Adrián escucha esto —continúa Elena—, quiero que sepa algo.

No para absolverle. No merece una absolución sencilla.

Nadie la merece. Quiero que lo sepa porque, si no, convertirá mi muerte en un laberinto y se quedará a vivir dentro.

Adrián: no me mataste con tus manos. Pero tampoco me salvaste con ellas.

La cinta cruje.

Mi cuerpo tiembla.

No con llanto todavía.

El llanto está más lejos.

O más hondo.

—Y eso —dice Elena— vas a tener que recordarlo sin convertirlo en una novela donde eres inocente o monstruo. Fuiste cobarde. Fuiste cruel. Fuiste débil. Fuiste humano en el peor sentido de la palabra. Y aun así, no tienes derecho a seguir resucitándome para matarme de formas distintas.

Me llevo una mano a la boca.

La cicatriz del dorso roza mis labios.

—Déjame morir una vez —susurra la cinta—. Solo una. La verdadera.

La cinta sigue unos segundos con estática.

Luego se oye otra voz.

—Elena…

Ella responde, muy cerca del micrófono:

—No, Adrián. Esta vez no hablas tú.

Después, Elena añade:

—Doctora Insausti, si algún día usa mi voz para salvarle, asegúrese de que no la convierte en una jaula.

La cinta se corta.

El reproductor sigue girando unos segundos.

Luego se detiene con un clic.

El agua sí.

El grifo sigue abierto.

Llenando una bañera llena.

Haciendo rebosar una verdad que ya no cabe en la torre.

Camino hacia ella.

Mikel dice mi nombre.

No me detengo.

Meto la mano en el agua.

Fría como una mañana sin perdón.

Busco el grifo.

El silencio que queda después es inmenso.

Por primera vez desde que llegué a la Casa del Sueño Profundo, no oigo agua.

No oigo mar.

No oigo voces.

Solo mi respiración.

Y, al fondo de todo, algo que no sé si es dolor o principio.

Me vuelvo hacia Insausti.

—¿Por qué no me enseñó esto?

La directora tarda en responder.

Cuando lo hace, no parece directora.

Parece una mujer vieja.

—Porque cada vez que lo escuchaba, intentaba morir.

—¿Y por eso me dio versiones?

—Por eso intenté llevarle hasta ella poco a poco.

—No. Me dio versiones.

—Sí.

—Me hizo médico para que no tuviera que ser marido.

—Sí.

—Me hizo investigador para que no tuviera que ser culpable.

—Sí.

—Me hizo paciente para que no tuviera que ser responsable.

Insausti cierra los ojos.

—Sí.

La honestidad llega tarde.

—¿Y Lucas?

—Lucas descubrió la cinta antes que usted. La usó. La fragmentó. La convirtió en arma. Después se suicidó. O eso creímos.

—Hoy ha vuelto.

—Algo ha vuelto.

Carmen Uranga habla desde la silla:

—No volvió Lucas. Volvió lo que todos dejasteis sin enterrar.

—¿Y usted qué es, Carmen?

La anciana sonríe.

—Yo soy una mujer que recuerda demasiado. En una casa así, eso parece sobrenatural.

Entonces Clara grita.

No de miedo.

—¡El agua!

Miro la bañera.

El grifo está cerrado.

Pero el agua empieza a moverse.

No por desborde.

No por vibración.

Como si algo respirara debajo.

Mikel me aparta de un tirón.

La superficie se hincha.

Y entonces, desde el fondo de la bañera, emerge lentamente una mano.

Con una alianza en el dedo.

Elena.

La mano se aferra al borde.

Otra mano aparece.

Clara empieza a llorar.

Insausti murmura algo que no entiendo.

Yo no me muevo.

La cabeza emerge después.

Pelo oscuro pegado al rostro.

El cuerpo se incorpora dentro de la bañera con una lentitud imposible.

No es Elena.

Es mi memoria de Elena.

Mi culpa de Elena.

La casa usando a Elena.

O Elena al fin cansada de que otros hablen por ella.

Abre los ojos.

—Ahora sí, Adrián. Elige una verdad.

La campana de la casa suena abajo.

Y todas las luces se apagan.