Capítulo 15
La llave de la torre
La campana sigue sonando.
Después pierde toda utilidad numérica y se convierte en otra cosa. No avisa. No convoca. No llora al muerto. La campana de la Casa del Sueño Profundo tiene una función más antigua: recordarle al edificio que algo acaba de repetirse.
Lucas Arozarena yace sobre la cama, con la sábana cortada aún alrededor del cuello.
Los muertos tienen una manera miserable de ocupar una habitación.
Mientras están vivos, incluso los más insoportables dejan huecos alrededor.
Se mueven, respiran, obligan al espacio a adaptarse a ellos.
Muertos, en cambio, pesan hacia todas partes.
Lucas llena la celda entera. Llena el aire.
Llena los silencios. Llena incluso a los que no queremos mirarle.
Mikel sigue arrodillado junto a él.
Tiene una mano apoyada en el colchón y la otra sobre su propia rodilla. No reza. No comprueba nada. No hace nada útil. Solo está ahí, respirando con dificultad, como si el cadáver de Lucas no fuera un cuerpo, sino la confirmación física de que todos hemos llegado tarde otra vez.
Insausti permanece en la puerta.
No entra del todo.
La doctora Insausti ha entrado en salas de aislamiento, en sótanos, en habitaciones acolchadas y en mentiras mucho más profundas que esta. Pero ahora se queda en el umbral, con una mano apoyada en el marco y el rostro inmóvil. No parece asustada del muerto.
Parece asustada de la frase escrita en la pared.
Yo elijo mi verdad.
Tú también puedes.
Pregúntale a Elena quién abrió el grifo.
La leo por cuarta vez.
Una parte de mí esperaba que lo hiciera. Que la tinta se corriera, que la frase se borrase, que apareciera una explicación más amable debajo, quizá una disculpa. Pero la casa no se disculpa. Como mucho, reorganiza el horror para que parezca una pista.
Tengo la llave en la mano.
Paciente 0.
La etiqueta cuelga entre mis dedos como una orden.
—Esto no lo escribió Lucas —dice Insausti.
Su voz sale muy baja.
No sé si pretende convencerme a mí o salvarse a sí misma.
—Tiene una seguridad admirable para una mujer que lleva dos días diciendo “no lo sé” con creciente frecuencia.
—Lucas estaba bajo vigilancia.
Miro el cuerpo.
—Se ve.
Mikel levanta la cabeza.
No me mira con rabia.
Me mira con un cansancio que ya no tiene dónde caerse.
—Adrián.
—¿Qué?
—No ahora.
—¿Cuándo? —pregunto—. ¿Después del informe? ¿Después de limpiar la pared? ¿Después de decidir si esto encaja mejor como síntoma mío, brote colectivo o material residual?
Insausti entra por fin.
—Nadie va a limpiar nada.
—Qué detalle.
—La habitación queda sellada.
—¿Y Lucas?
—Arriaga certificará la muerte. Se avisará a las autoridades en cuanto haya comunicación exterior estable.
—Siempre en cuanto haya algo. Comunicación, marea baja, estabilidad, permiso del mar, autorización de los fantasmas.
La ironía me sale seca.
Casi sin sangre.
Estoy cansado incluso de mi propia manera de defenderme.
Arriaga aparece en la puerta con dos auxiliares detrás. Mira el cuerpo, mira la pared, mira a Insausti. Su cara tiene ese tono gris de los profesionales que sienten que la realidad acaba de comprometer su responsabilidad civil.
—Hay que trasladarlo —dice.
—No —responde Insausti.
—Doctora, no podemos dejar…
—He dicho que no.
Arriaga se calla.
La autoridad de Insausti aún funciona en ciertas zonas del edificio. En otras, sospecho, ya no.
Clara no está.
Me doy cuenta de pronto.
—¿Dónde está Clara?
Mikel se pone en pie.
—¿No venía detrás?
Insausti se vuelve hacia Arriaga.
—¿La ha visto?
—Estaba en la sala de observación cuando salimos.
—Eso fue hace diez minutos.
En esta casa diez minutos bastan para que un cadáver aparezca, una cartera se seque, una llave cambie de dueño o una vida termine de arruinarse por no llamar.
Mikel sale al corredor.
—Clara.
Su voz rebota contra las puertas acolchadas.
Los internos siguen susurrando.
—Yo elijo mi verdad.
—Yo elijo mi verdad.
—Clara —repite Mikel.
Insausti va hacia el control de enfermería.
Yo la sigo.
—Usted no —dice.
—No tengo intención de quedarme a solas con un muerto que escribe consejos matrimoniales.
—No está en condiciones de moverse por el pabellón.
—Y, sin embargo, aquí estoy. Otro triunfo del protocolo.
Llegamos al control.
Las luces parpadean.
Dentro, la silla de Clara está vacía. Sobre la mesa hay una taza de café a medio beber, una carpeta abierta y una radio con interferencias. En el tablero de llaves faltan dos.
Mikel lo ve antes que nadie.
—No.
Insausti se acerca.
—¿Cuáles?
Mikel toca los huecos.
—Ala infantil.
—¿Y?
Él no responde.
Ya lo sé antes de que lo diga.
—Torre —murmuro.
Mikel me mira.
—La llave de servicio de la torre.
Aprieto la llave antigua en mi mano.
Una antigua en mi mano.
Una moderna desaparecida con Clara.
La casa, siempre tan generosa, nos ofrece rutas duplicadas hacia la misma desgracia.
—Ha ido allí —digo.
Insausti niega con la cabeza.
—No lo sabemos.
—Claro que lo sabemos.
—Puede haber ido al ala infantil.
—No.
—Puede estar ayudando a un paciente.
—No.
—Puede…
—Insausti.
Mi voz la detiene.
No es alta.
—La nota dice torre. La llave dice torre. Falta la llave de la torre. Clara lleva días intentando decirme cosas que usted le impide decir. Si ahora fingimos que quizá ha ido a ordenar mantas, empiezo a pensar que su problema no es el control, sino la timidez narrativa.
Mikel ya está en la puerta.
—Voy.
—Voy con usted —digo.
—No.
—Sí.
—Vamos todos.
Mikel gira hacia ella.
—Doctora, si Clara está allí…
—Precisamente.
—No con Arriaga.
Arriaga abre la boca.
Quizá aún le queda una forma básica de supervivencia.
Insausti decide rápido.
—Mikel, usted y yo. Doctor Valtierra, detrás. Arriaga, selle esta zona. Nadie entra en la celda de Arozarena. Nadie toca la pared. Nadie mueve el cuerpo.
—¿Y si los pacientes se alteran? —pregunta Arriaga.
Desde una de las habitaciones, alguien ríe.
Luego otra voz susurra:
—Ya estamos alterados, doctor.
Mikel ya camina.
Insausti a mi lado.
Y el pabellón C nos despide con un murmullo que se convierte poco a poco en una letanía.
—Yo elijo mi verdad.
—Yo elijo mi verdad.
—Yo elijo mi verdad.
Al salir de la verja, noto algo extraño.
El pasillo exterior, la zona noble, la madera encerada y las lámparas cálidas ya no parecen más reales que el pabellón C. Antes había una frontera. Enfermos allí, personal aquí. Delirio allí, administración aquí. Mentira allí, método aquí.
Ahora todo forma parte de la misma habitación.
Solo cambian las cerraduras.
Subimos hacia la torre por una ruta distinta.
No la escalera principal ni el pasadizo sobre el patio interior.
Mikel nos conduce por una escalera de servicio que asciende entre muros estrechos, sin ventanas, con escalones desiguales y olor a piedra vieja.
El trayecto parece pensado no para llegar, sino para que uno pierda la noción de dónde está dentro del edificio.
—¿Cuántos accesos tiene la torre? —pregunto.
—Tres —dice Mikel.
—¿Y cuántos planos?
Insausti, detrás de mí, habla:
—La casa fue ampliada muchas veces. Hay zonas que no se corresponden del todo con los planos actuales.
—Qué útil para un sanatorio de alta seguridad.
—No era un sanatorio cuando se construyó.
—Aquí nada era lo que es cuando se construyó.
La mano izquierda, la de la cicatriz, me duele.
No arde como TICHÉ. No ilumina. No anuncia nada. Solo duele. La marca rosada tira de la piel con cada movimiento, recordándome que algo sobrevivió al reinicio. No una palabra. Una herida. Quizá eso sea más honesto.
Llevamos unos minutos subiendo cuando oigo agua.
—¿Lo oís?
Insausti se queda quieta.
No lluvia contra los cristales.
Un flujo continuo, doméstico, cercano.
Un grifo abierto.
La escalera se estrecha alrededor de mí.
—No —digo.
No a ellos.
No a la casa.
No al recuerdo.
Mikel mira hacia arriba.
—Viene de la torre.
—En la torre no hay baño —dice Insausti.
Casi me río.
—Eso antes significaba algo.
El sonido aumenta.
Agua cayendo sobre cerámica.
Agua golpeando una superficie llena.
El cuerpo reconoce ese sonido con una brutalidad que la mente no puede impedir.
La garganta se me cierra. Las manos se me enfrían.
Durante un segundo no estoy en la escalera.
Estoy en el pasillo de mi casa. Luz encendida en el baño.
Elena diciendo no me toques. Agua. Mikel fuera. Yo dentro. Nadie llamando a tiempo.
Apoyo una mano en la pared.
Mikel se vuelve.
—¿Puede seguir?
—No.
La verdad sale sola.
Mikel baja un escalón.
Insausti se adelanta.
—Podemos parar.
—No he dicho que vayamos a parar.
—Ha dicho que no puede seguir.
—Hay muchas cosas que no puedo hacer y aun así aquí estamos.
Mikel me mira con algo parecido al dolor.
—No tiene que demostrar nada.
—Ese es el problema. Tengo que demostrar demasiado. Que no estoy loco, que no soy inocente, que no soy monstruo, que no soy su paciente, que no soy solo su culpa andando con camisa seca. Estoy agotado de demostrar. Así que voy a subir.
No con valentía.
A veces la rabia es un bastón indecente, pero sirve.
Llegamos a una puerta estrecha.
Mikel prueba la llave de servicio.
—Clara la ha echado desde dentro —dice.
El agua se oye al otro lado.
—¡Clara!
Vuelve a golpear.
—¡Clara, abre!
Insausti se acerca al marco.
—Clara, soy la doctora Insausti. Abra la puerta.
Al otro lado, una voz responde:
—No.
Algo en Mikel se afloja y se tensa al mismo tiempo.
—Clara —dice—. Abre.
—No hasta que él oiga la cinta.
Miro a Insausti.
La directora no finge sorpresa esta vez.
—¿Qué cinta? —pregunto.
Mikel apoya la frente en la puerta.
—Clara, esto no ayuda.
—Nunca ayuda nada —contesta ella desde dentro—. Solo retrasa.
El agua sigue corriendo.
—¿Estás sola? —pregunta Mikel.
—No.
La escalera se queda sin aire.
Mikel mira a Insausti.
Insausti mira la cerradura.
Yo miro mi llave antigua.
Paciente 0.
—Quizá esta sí.
—No —dice Insausti.
Pero no con autoridad.