La casa del sueño profundo Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Lo veo sentado en el coche bajo la lluvia, aferrado al volante, queriendo entrar, temiendo entrar, justificando la espera con esa lógica cobarde que todos usamos cuando la valentía exige mojarse más de lo que habíamos previsto.

“Un minuto más.” “Si vuelve a gritar, entro.” “Quizá lo están hablando.” “Quizá no tengo derecho.” “Quizá empeoro todo.”

Las tragedias se construyen con muchos quizás.

—No entré —dice.

—¿Cuándo entró?

Mikel se pasa la mano por la boca.

—Cuando dejó de haber voces.

El silencio de la sala se vuelve insoportable.

—La puerta estaba cerrada —continúa—. Llamé. Nadie contestó. Entonces llamé a tu móvil. Nada. Al de Elena. Nada. Di la vuelta por el jardín. La ventana de la cocina estaba entreabierta.

Veo la escena.

No sé si recuerdo o imagino.

Mikel entrando en la casa.

Lluvia en el pelo.

Agua corriendo arriba.

—Subí —dice—. La encontré en el baño.

No quiero escucharlo.

—¿Estaba viva?

Mikel no responde enseguida.

Ese segundo lo mata todo.

—Sí.

Elena seguía viva cuando Mikel entró.

Todo en mí se detiene.

—¿Qué?

—No consciente. Pero tenía pulso. Débil. Respiraba mal. Había agua en todas partes. Usted estaba en el suelo, junto a la bañera, como ido. No respondía. No me miraba.

—¿Y qué hizo?

Mikel empieza a llorar.

No de forma limpia.

No con lágrimas bonitas.

Se le rompe la cara y le tiembla la mandíbula. Un hombre enorme, hecho para cargar cuerpos, derrumbándose de pie sin permitirse caer.

—La saqué.

—¿Y llamó?

—¿Llamó? —repito.

—No al principio.

La sala se vuelve blanca.

Como la habitación 14.

Como una página sin notas.

—¿Por qué?

Mikel se tapa la boca un instante.

Luego baja la mano.

—Porque me miró.

—¿Quién?

—Usted.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Qué hice?

—Me dijo que si llamaba, dirían que la había matado yo.

El silencio deja de ser silencio.

Se convierte en un animal.

—No.

—Sí.

—No.

—Me dijo que todo apuntaría a mí. Que yo estaba enamorado de ella. Que había entrado en vuestra casa. Que no tenía coartada. Que ella iba a dejarle por mí, o que eso podía parecer. Que yo había tocado el cuerpo, movido la escena, sacado a Elena de la bañera.

—Y usted me creyó.

—No.

—Entonces ¿por qué no llamó?

Mikel me mira.

Hay odio en sus ojos.

No hacia mí solamente.

Hacia sí mismo.

—Porque durante unos segundos le creí.

La confesión queda desnuda.

Durante unos segundos.

A veces toda una vida cabe en unos segundos de miedo.

—Y después —dice—, cuando reaccioné, cuando cogí el teléfono, cuando llamé por fin… ya era tarde.

Cincuenta y dos minutos.

No fui el único que no llamó.

Elena murió entre las esperas de dos hombres que decían quererla de formas distintas.

Una risa horrible intenta subir por mi garganta.

Me doblo un poco hacia delante, como si me hubieran golpeado en el estómago.

Clara se acerca, pero Insausti la detiene.

—No —dice la directora.

No quiero que nadie me toque.

No merecemos tocar nada.

—¿Por qué está usted aquí? —pregunto a Mikel.

—Después de la investigación, Insausti me contactó. Elena ya había muerto. Usted se derrumbó. Negaba todo. Luego confesaba cosas contradictorias. Luego intentó matarse. Yo declaré lo que había pasado.

—¿Todo?

Mikel baja la mirada.

—No.

—Claro.

—No dije cuánto tardé en llamar.

—Claro.

—No dije que había estado fuera antes.

—Claro.

—No dije que había oído los gritos.

—Claro.

Cada claro es una piedra.

Mikel acepta todas.

—Entré a trabajar aquí porque Insausti me lo pidió. Porque dijo que usted reaccionaba a mí. Que yo podía servir como ancla. Como testigo.

—Como carcelero con remordimientos.

—Sí.

—Como expiación.

—Sí.

—Como forma de seguir cerca de Elena a través del hombre que la dejó morir.

Mikel se estremece.

Lo quiero con una claridad fea.

Y esa claridad me asusta, porque se parece demasiado a algo que quizá ya fui.

—Sí —dice.

No se defiende.

Insausti habla al fin.

—Elena no dejó esa nota.

—¿Perdón?

Señala el papel.

—No sabemos de dónde ha salido. Pero Elena no escribió eso aquí. No físicamente.

—Qué alivio. Por un momento temí que los muertos empezaran a participar en la documentación del caso.

—Adrián.

—No. No vuelva a colocarme en una explicación antes de que termine de sentir asco.

Insausti se calla.

Arriaga, muy pálido, dice:

—Esto no puede continuar así. Hay que estabilizarlo.

Mikel se vuelve hacia él.

—No.

—Está en riesgo.

—No.

—Mikel, no estás en condiciones…

—He dicho que no.

Arriaga mira a Insausti.

La directora no responde.

La autoridad se ha desplazado.

O se ha roto.

—¿Dónde está Arozarena? —pregunto.

Por eso es necesaria.

Lucas dijo que él ya sabía cuál era su crimen. Dijo que yo había matado para seguir dormido. Dijo que las llaves eran ideas con dientes. Dijo demasiadas cosas y la mitad eran veneno. La otra mitad, quizá medicina.

Insausti se tensa.

—Está aislado.

—Lucas está muerto —recuerdo.

—Lo que encontramos en el ala infantil está aislado.

—Qué manera tan hermosa de evitar nombrarlo.

—No sabemos qué es.

—Pues quiero hablar con él.

—No.

—Sí.

—Acaba de recibir información devastadora.

—Estoy empezando a coleccionarla. Una más no desentonará.

—Adrián, no.

—Quizá debe hacerlo.

Insausti le mira como si acabara de traicionarla.

Quizá lo ha hecho.

—Lucas ha estado guiando todo esto —dice Mikel—. O lo que sea que lleva su cara. Sabe cosas que no debería saber. Y si el ciclo se ha contaminado, no vamos a arreglarlo encerrándole otra vez en la catorce.

—No le corresponde decidirlo.

—No. Pero ya decidimos demasiado por él.

También a Insausti.

Mikel no parece aliviado al decirla. Parece más condenado.

—Quiero verle —repito.

La directora guarda silencio.

Mide el riesgo.

Quizá también mide la culpa.

—Cinco minutos —dice al fin.

—Sus cinco minutos empiezan a ser literatura.

—Con Mikel presente. Sin contacto físico. Sin objetos.

Miro el papel de Elena en mi mano.

—Los objetos ya han aprendido a venir solos.

El pabellón C parece más estrecho que antes.

Quizá porque ahora sé que no solo guarda a los pacientes de la casa. Guarda versiones de todos nosotros. Basterra con sus dobles enterrados. Rafael con su pensión. Carmen con sus puertas. Clara con su culpa. Mikel con la llamada que no hizo. Yo con el agua.

Cada habitación acolchada es una forma distinta de decir: aquí alguien no pudo soportar una verdad y la verdad aceptó disfrazarse.

Mikel camina a mi lado.

A mi lado.

No hablamos durante el trayecto. No porque no haya nada que decir, sino porque hay demasiado y todo llega tarde. La confesión de Mikel sigue entre nosotros como un cadáver que nadie ha podido sacar de la playa.

Insausti viene detrás, con Arriaga a cierta distancia. Clara no ha recibido permiso para acompañarnos. Antes de salir, me ha mirado como si quisiera decir algo. No lo ha hecho.

No tengo sitio para más advertencias.

Llegamos a la zona de aislamiento.

La puerta de Lucas está al final del corredor.

C-14.

—Qué casualidad.

—La numeración es anterior.

—En esta casa todo es anterior. Es una de sus enfermedades.

Mikel abre la primera cerradura.

Insausti la segunda.

La puerta tiene una mirilla rectangular.

Antes de abrir, miro por ella.

La habitación está vacía.

No hay Lucas.

No hay cama deshecha.

No hay navaja.

Solo una sábana colgando del respiradero del techo.

Y un cuerpo suspendido.

Lucas Arozarena cuelga en el centro de la celda.

Cabeza inclinada hacia un lado.

Gafas caídas en el suelo.

La escena no me golpea de inmediato.

Primero la observo como médico.

Altura. Ángulo. Sábana retorcida. Color de la piel. Probable muerte por suspensión. Tiempo indeterminado.

Después la observo como hombre.

Y entonces entra el frío.

—No —dice Insausti.

No como negación clínica.

Mikel abre la puerta de golpe.

Arriaga grita algo, pero no le escucho.

Mikel sujeta el cuerpo para aliviar la tensión. Yo subo a la cama, alcanzo la sábana, intento aflojar el nudo. Mis manos se mueven antes de que la mente decida. La muerte sigue siendo muerte aunque uno no sepa si el muerto ya lo estaba.

Cortan la sábana con una herramienta que alguien trae. Lucas cae sobre la cama con un peso blando, definitivo. Mikel inicia maniobras que ambos sabemos inútiles. Arriaga comprueba pulso. Insausti se queda en la puerta, inmóvil.

—Está muerto —dice Arriaga.

No cierra nada.

En la pared, escrita con algo oscuro, hay una nota.

Yo elijo mi verdad.

Tú también puedes.

Debajo hay otra línea, más pequeña.

Pregúntale a Elena quién abrió el grifo.

La leo dos veces.

La tercera ya no hace falta.

En el suelo, junto a las gafas de Lucas, hay una llave antigua.

Paciente 0.

Pero la etiqueta tiene otra palabra escrita al dorso.

Insausti no me detiene.

Nadie lo hace.

Quizá porque ya no queda ningún protocolo intacto.

Entonces suena la campana.

Desde algún lugar profundo de la casa, los pacientes del pabellón C empiezan a susurrar.

No todos a la vez.

—Yo elijo mi verdad.

Mikel se queda arrodillado junto al cuerpo de Lucas.

Insausti cierra los ojos.

Yo miro la llave.

Y por primera vez no siento que la casa me empuje hacia arriba.

Siento que Elena lo hace.

No para perdonarme.

No para condenarme.

Para terminar una frase que todos dejaron a medias.