Capítulo 14
El hombre que no llamó
Mikel está blanco.
Hay una diferencia. La palidez pertenece al cansancio, al susto, a una mala noche, a una bajada de tensión o a la simple cobardía del cuerpo cuando se queda sin argumentos.
Pero aquello no es palidez. Es vaciamiento.
Como si alguien hubiera abierto una puerta dentro de él y toda la sangre hubiera decidido marcharse por educación.
Al otro lado del espejo, Insausti se vuelve hacia él.
Arriaga no entiende nada.
Eso resulta casi reconfortante: todavía queda alguien en la sala que no sabe exactamente qué secreto acaba de levantar la cabeza.
Yo sigo sentado en la silla de la habitación 14, con las correas abiertas sobre los reposabrazos y el papel húmedo en la mano.
No fuiste el único que no llamó.
La letra es de Elena.
No sé cómo lo sé. No debería saberlo. No recuerdo sus notas, sus listas de la compra, los mensajes que me dejaba pegados en la nevera.
O quizá sí los recuerdo y mi mente ha decidido clasificarlos en una sección a la que solo se accede mediante trauma, espejos rotos y habitaciones acolchadas.
Pero sé que es su letra. La inclinación suave de las efes.
La forma abierta de las aes. Esa manera casi impaciente de unir unas letras con otras, como si pensar fuera siempre más rápido que escribir.
Elena escribió eso.
O alguien quiere que lo crea.
Últimamente ambas posibilidades tienen la mala costumbre de parecer igual de razonables.
Levanto el papel hacia el espejo.
—¿Quién no llamó?
Mi voz suena tranquila.
A mí también.
Hay momentos en que uno grita porque aún espera algo del mundo. Después hay otro momento, más bajo, más frío, en que el grito se retira y deja una calma que no es serenidad, sino precisión. Como cuando un cirujano descubre por fin dónde está la hemorragia.
Insausti se acerca al micrófono.
—Adrián…
—No.
Una sola palabra.
El interfono sigue abierto. Oigo su respiración.
—No me hable usted. Le he preguntado a Mikel.
Mikel no se mueve.
Clara da un paso hacia él.
—Mikel…
Él levanta una mano.
No para detenerla.
Para pedirle que no le tenga piedad todavía.
—Sacadme de aquí —digo.
Insausti tarda en responder.
—No es conveniente.
—Doctora, si la conveniencia tuviera forma humana, en esta casa llevaría bata y mentiría con voz suave. Abra la puerta.
—Está alterado.
—Estoy sentado. No grito. No golpeo el espejo. No intento suicidarme, escaparme ni hablar con muebles. Diría que, para sus estándares, rozo lo ejemplar.
Arriaga murmura algo.
Insausti le lanza una mirada que lo silencia.
Mikel se acerca al micrófono.
Su voz llega baja.
—Abrid.
Insausti se vuelve hacia él.
—No.
—Abrid.
—Mikel, no está…
—Abrid la puerta.
Hay una autoridad en su voz que no le había oído antes. No la autoridad del enfermero que obedece protocolos ni la del hombre grande que sabe imponer su cuerpo. Es otra cosa. Una autoridad nacida de la culpa, quizá. De esas que llegan tarde, pero cuando llegan no piden permiso.
Clara corre hacia el panel.
Insausti no la detiene.
La cerradura de la habitación 14 suena con un clic.
Me levanto despacio.
La silla permanece detrás de mí, quieta, paciente, como un animal domesticado que sabe que volveré. No la miro. Hay objetos que uno no debe despedir si no quiere darles esperanzas.
Abro la puerta.
La sala de observación me recibe con su luz fría, sus monitores, su mesa de control y cuatro personas que parecen haber envejecido en los últimos tres minutos.
Insausti está junto al micrófono. Clara, cerca del panel, con los ojos enrojecidos.
Arriaga junto al armario, abrazado a una carpeta como si los papeles pudieran protegerle de una revelación sin consentimiento informado.
Mikel está frente al cristal.
No me mira a los ojos.
Mira el papel.
Se lo tiendo.
No lo coge.
—Léalo —digo.
—Ya lo he leído.
—Entonces respóndalo.
—Este no es el lugar.
Me vuelvo hacia ella.
—Es exactamente el lugar. Una sala diseñada para observar lo que otros no pueden soportar decir en voz alta. No se me ocurre uno mejor.
Clara baja la mirada.
—Esto es irregular.
Casi me da ternura.
—Doctor Arriaga, en las últimas veinticuatro horas he despertado en un ferry que quizá es una terapia, he visto una cartera seca en medio de un temporal, he hablado con un muerto, he encontrado notas de mi esposa fallecida y acabo de salir de una habitación que aparentemente se abre desde dentro de sí misma.
Si esto le parece irregular, le felicito por conservar una vida interior muy ordenada.
Arriaga se calla.
Mikel respira hondo.
—Elena me llamó —dice.
Bastan para que el aire cambie.
No fuiste el único que no llamó.
—¿Cuándo? —pregunto.
—Después del accidente.
La sala se estrecha.
El ferry, el pasillo blanco, el baño, la pantalla, el hospital. Todo vuelve en fragmentos, pero ahora hay un hilo nuevo. Mikel.
Mikel joven en urgencias.
No puedes volver con él.
—La llevé a urgencias —digo.
No es pregunta.
Necesito oírselo decir a alguien vivo.
—Sí.
Insausti cierra los ojos un segundo.
No porque le sorprenda.
Porque sabe que ya no puede detener esto.
—Estaba consciente —continúa Mikel—. Herida, pero consciente. Tenía una contusión en la cabeza, dolor en las costillas y un corte en la frente. Nada que pareciera mortal en ese momento.
—¿Y usted qué hacía allí?
Mikel traga saliva.
—Ella me llamó desde la ambulancia.
—No.
—Sí.
—No hubo ambulancia.
—Sí la hubo.
Miro a Insausti.
—Usted dijo que la llevé a casa.
—Dije que volvió a casa con usted.
—Eso no es lo mismo.
—No.
La diferencia es pequeña.
De esas que permiten mentir sin faltar del todo a la verdad. Me dan ganas de romper algo, pero no hay objeto suficientemente culpable a mano.
—Explíquelo —digo.
Mikel se apoya en el borde de la mesa.
No se sienta.
Quizá teme no poder levantarse después.
—Después del accidente, alguien llamó a emergencias. No fue usted.
—¿Quién?
—Un camionero. El del otro vehículo.
Siento una punzada detrás de los ojos.
—Elena y usted fueron trasladados a urgencias —continúa—. Usted estaba muy alterado. Tenía alcohol en sangre. No dejaba de repetir que no podía constar en ningún informe, que perdería la licencia, que todo se destruiría. Elena estaba consciente, pero asustada. No por el accidente.
La última frase queda flotando.
—Por mí —digo.
—Ella le llamó —insisto.
—Sí.
—¿Por qué a usted?
El silencio posterior tiene nombre propio.
Clara mira al suelo.
Insausti se queda quieta.
Arriaga finge revisar una carpeta que no está leyendo.
Mikel se pasa una mano por la cara.
—Porque éramos amigos.
—No.
No por certeza.
Mikel la acepta.
—Porque éramos algo que nunca llegó a tener un nombre limpio.
Algo peor para un marido vanidoso: la posibilidad de que su mujer hubiera encontrado refugio emocional en otro hombre antes de tocarlo siquiera. Una intimidad sin coartada carnal. Una traición, para el orgullo, mucho más imperdonable que una cama.
—¿Se acostaban?
Mikel recibe la pregunta como un golpe esperado.
—No.
—¿Le creo?
—No lo sé.
—¿La quería?
Mikel cierra los ojos.
Esa sí le duele.
—Sí.
El mundo no se cae.
Es decepcionante, casi.
Uno espera que las verdades importantes rompan lámparas, abran grietas en el suelo, detengan relojes. Pero no. La luz sigue fría. Los monitores siguen encendidos. Arriaga sigue respirando. Clara sigue sujetándose las manos. Insausti sigue sin saber dónde colocar su culpa.
Mikel quería a Elena.
Elena quizá quería a Mikel.
Y yo, en algún lugar de esa noche, convertí ese descubrimiento en una excusa para no llamar a tiempo.
—¿Ella quería dejarme? —pregunto.
Mikel abre los ojos.
—Sí.
—¿Por usted?
—Por ella.
—No se disfrace ahora de hombre decente.
Mikel agacha la cabeza.
—No lo soy.
—¿Qué pasó en urgencias?
—Elena pidió el alta voluntaria.
—¿Por qué?
—Porque usted se lo pidió. Porque insistió en que podían irse, que no era nada, que lo hablarían en casa. Porque ella aún estaba en shock. Porque usted sabía convencer cuando necesitaba salvarse.
Me cuesta respirar.
No por sorpresa.
Yo sabía convencer.
Sabía colocar frases. Sabía hacer de la culpa de otros un espacio habitable para mí. Sabía diagnosticar mientras manipulaba. Sabía sonar razonable incluso cuando el razonamiento era solo miedo con corbata.
—¿Usted lo permitió? —pregunto.
Mikel me mira.
—No era médico allí. No tenía autoridad.
—Pero estaba.
—Sí.
—Y no llamó.
Mikel se queda inmóvil.
—No llamé.
—¿A quién?
—A la policía. A un juez. A alguien que impidiera que se marchara con usted.
—¿Por qué?
Mikel tarda en responder.
No porque no sepa.
Porque sabe demasiado.
—Porque ella me lo pidió.
—¿Qué?
—Me dijo que no lo hundiera. Que ya hablaría con usted.
Que al día siguiente vendría conmigo, o con su hermana, o con quien hiciera falta.
Que esa noche solo quería evitar que todo explotara allí, en urgencias, delante de guardias, médicos y policías.
Me dijo que usted no era un monstruo. Que estaba enfermo. Que estaba asustado.
Una risa rota me sube desde el pecho.
Elena, incluso entonces, salvándome.
Qué amor tan mal invertido.
—Y usted aceptó.
—Sí.
—Porque la quería.
—Sí.
—Y porque quería que ella decidiera por fin dejarme sin que fuera la policía quien lo hiciera por ella.
—Pero no llamó —digo.
—No llamé.
—Y yo tampoco.
—No.
No fuiste el único que no llamó.
El papel tiembla en mi mano.
No por el papel.
—¿Después fue a mi casa? —pregunto.
Mikel mira a Insausti.
—Conteste —digo.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Demasiado tarde.
—¿Cuánto es demasiado tarde?
—Casi una hora después de que os marcharais de urgencias. Quizá más. No lo sé exacto. Conduje hasta vuestra casa. Me quedé fuera.
—¿Fuera?
—En el coche.
—¿Por qué no entró?
Mikel no puede mirarme.
—Porque vi luces. Oí voces. Pensé que estabais discutiendo. Pensé que tenía que dejar que ella hablara contigo.
—¿Oyó gritos?
—Sí.
—¿De Elena?
—Sí.
—¿Y no entró?
Sale con algo peor.
Porque lo veo.