Capítulo 13 #2
No una mano de hombre que ha estado en cubierta. Una mano de algo guardado en un sitio sin sangre.
La cicatriz del dorso empieza a arder.
No como TICHÉ.
Me suelto de un tirón.
—No me toque.
Su rostro cambia.
Durante un instante ya no parece marinero. O quizá nunca lo ha parecido. La piel curtida se vuelve más pálida, la boca más fina, los ojos más hundidos. Y detrás de esa cara aparece otra. No completa. Solo una impresión.
El hombre de las llaves químicas.
El marinero vuelve a ser marinero.
—Bonito truco —digo.
—No sabe lo que está rompiendo.
—Ustedes tampoco.
Aparto la cortina.
Hay una escalera estrecha que baja.
No debería existir.
Los ferris tienen salas de máquinas, cubiertas inferiores, camarotes quizá, pero esta escalera no pertenece a un barco. Es de piedra. Húmeda. Con una barandilla de hierro. La misma escalera del sótano.
Carmen Uranga se levanta detrás de mí.
—No lleve la culpa delante —dice.
—¿Qué?
—Si baja con la culpa delante, todo lo que vea adoptará su forma.
—¿Entonces qué llevo?
La anciana mira mi mano.
—La pregunta.
—¿Cuál?
—No qué hice. Qué pasó después.
El marinero intenta acercarse de nuevo.
No le doy tiempo.
La escalera huele a humedad, gasóleo y lavanda.
Una combinación absurda.
Es decir, perfectamente coherente con mi vida actual.
Bajo despacio, sujetándome a la barandilla. Arriba oigo voces. El marinero. Carmen. Tal vez el hombre de la gorra. Tal vez nadie. A medida que desciendo, el ruido del motor del ferry se mezcla con otro sonido: agua cayendo en alguna parte. Goteo de tuberías. O una bañera rebosando.
No mires el mar.
No empieces por el mar.
Lleva la pregunta.
Qué pasó después.
La escalera termina en un pasillo blanco.
No de barco.
No de sótano.
Luces fluorescentes. Suelo de linóleo. Puertas a ambos lados. Olor a lejía, plástico, medicación. Al fondo, un cartel indica:
URGENCIAS
Debajo, otra palabra aparece y desaparece como si el letrero no supiera decidir qué versión sostener:
REPOSO
El cartel vuelve a decir:
URGENCIAS
Mis zapatos suenan sobre el suelo.
No llevo abrigo.
No sé cuándo lo he perdido.
Tampoco llevo el maletín.
Miro mis manos. La cicatriz sigue ahí. En la derecha no hay venda. La herida de la palma no existe. O todavía no ha ocurrido. O ya ha sido reemplazada por otra cosa.
Una puerta se abre a mi izquierda.
Dentro hay una sala de espera.
Elena está sentada en una silla de plástico.
El pelo mojado por la lluvia. Una manta térmica sobre los hombros. Un corte pequeño en la frente. Los ojos marrones clavados en el suelo. Lleva una pulsera hospitalaria en la muñeca.
No se mueve.
No me ve.
O no quiere verme.
Me quedo en el umbral.
Todo mi cuerpo quiere correr hacia ella, pedir perdón, caer de rodillas, comprobar si respira, preguntarle por qué volvió a casa, tocarle la cara, suplicarle que elija una versión donde yo aún no sea del todo lo que temo.
No la culpa.
—¿Qué pasó después? —susurro.
Elena levanta la cabeza.
Ahora sí me ve.
No parece sorprendida.
—Tardaste —dice.
Su voz no viene de la sala.
Viene de mi memoria.
O del pasillo.
O de la cicatriz.
—No sé desde dónde vengo.
—Nunca lo sabes.
—Elena…
—No empieces.
No por el mar.
No por la culpa.
No por el perdón.
—¿Qué pasó después del accidente? —pregunto.
Elena cierra los ojos.
Durante un segundo vuelve a ser la mujer del coche. La lluvia. Los faros. El golpe. Luego la mujer de la sala de espera. Viva. Herida. Temblando.
—Me llevaste a urgencias —dice.
No encaja con la versión de Insausti.
Me pidió que no llamara a la policía. La llevé a casa.
—No —digo.
Elena abre los ojos.
—Sí.
—Insausti dijo que te llevé a casa.
—Insausti necesita que una versión respire lo suficiente para sujetar las demás.
—¿Miente?
—Insausti teme.
—¿Qué teme?
Elena mira hacia el pasillo.
Al fondo, bajo el cartel de URGENCIAS, aparece Mikel.
Sin uniforme gris.
Con ropa de calle.
Y sangre en la camisa.
El mundo se me estrecha.
—No —murmuro.
Mikel joven avanza hacia la sala de espera. No me ve. O no puede verme. Cruza el pasillo, entra en la sala y se acerca a Elena.
Ella se levanta.
No como desconocidos.
No como enfermero y paciente.
Se abrazan como se abraza a alguien que ha estado a punto de perderse.
El suelo parece inclinarse.
—No.
Elena, la del recuerdo, llora contra el pecho de Mikel.
Y Mikel le dice:
—No puedes volver con él.
Mi cuerpo se queda sin aire.
La escena se rompe.
Ahora estoy en un aparcamiento de hospital. Noche. Lluvia fina. Elena discute con Mikel junto a un coche. Yo estoy a unos metros, quizá saliendo por una puerta automática, quizá escondido bajo un toldo. No sé si lo veo desde mis ojos o desde una cámara que nunca existió.
—Tiene que saberlo —dice Elena.
Mikel niega con la cabeza.
—No ahora.
—No puedo seguir así.
—Elena, está descompensado.
—No es un paciente.
—Esta noche sí.
—Es mi marido.
Mikel mira hacia la entrada del hospital.
Aunque no debería verme.
—Precisamente.
La escena vuelve a saltar.
O una casa que reconozco como nuestra porque el cuerpo la reconoce antes que los muebles. Pasillo. Luz encendida en el baño. Agua corriendo. Elena sube las escaleras con dificultad, una mano en las costillas. Yo la sigo.
—¿Por qué estaba él allí? —pregunta mi voz.
—No empieces.
—¿Por qué te abrazó así?
—Adrián, por favor.
—¿Desde cuándo?
—No es eso.
—¿Desde cuándo?
—No es eso.
Elena entra en el baño.
No para bañarse.
Para lavarse la sangre de la frente.
El agua corre.
Yo aparezco en el umbral.
Tengo el rostro desencajado.
No solo borracho.
No solo asustado.
Esa palabra nace dentro de mí con una facilidad peligrosa. Traicionado. Qué cómoda resulta la traición cuando uno necesita desplazar la culpa hacia alguien que ama.
—Él te llamó —dice mi yo.
—Le llamé yo.
—¿Por qué?
Elena se vuelve.
—Porque iba a dejarte.
No la casa del recuerdo.
La del sueño profundo.
La de piedra negra y acantilados.
Siento que en algún lugar, muy lejos, algo escucha con atención.
—No por él. Por mí. Porque ya no podía salvarte de ti mismo. Porque llevaba años intentándolo. Porque te quería y eso se estaba convirtiendo en una forma muy lenta de desaparecer.
Mi yo del recuerdo no responde.
Solo la mira.
Y en su silencio hay algo peor que rabia.
No un cálculo criminal.
Un cálculo de hombre desesperado buscando una frase, una salida, una forma de no quedarse solo en el mundo que acaba de romper.
—No puedes irte —dice.
Elena se ríe.
Una risa triste.
—Eso no lo decides tú.
—No estás pensando bien.
—Estoy pensando por primera vez en años.
—Has tenido un golpe.
—Y tú has bebido.
—Elena.
—No.
Y esa negativa, tan limpia, tan sencilla, parece empujarme hacia un sitio que no quiero mirar.
La escena tiembla.
No quiero seguir.
Pero esta vez no aparto la vista.
Qué pasó después.
Mi yo entra en el baño.
—No me toques.
La primera versión.
—No voy a hacerte daño.
—Apártate.
—Solo quiero hablar.
—No así.
Ella tropieza con la alfombra del baño. Cae contra el borde de la bañera. Se golpea la cabeza. No fuerte. Pero lo suficiente para marearse. Yo intento agarrarla. Ella se revuelve. Me empuja. Yo la sujeto por los brazos.
No con intención de matar.
Pero con fuerza.
Ella intenta soltarse.
—¡Mikel!
El nombre sale de su boca como una traición.
Mi yo se queda helado.
Y entonces la rabia deja de ser pequeña.
La escena se rompe antes del gesto siguiente.
No veo si la empujo.
No veo si cae.
No veo si la sujeto.
Agua en la bañera.
Agua en el suelo.
Elena dentro, inconsciente o muerta o a punto de serlo.
Yo de rodillas.
Mis manos bajo sus hombros, sacándola.
—No, no, no, no…
Vuelvo al pasillo blanco.
La puerta de la sala de espera está cerrada.
No hay Elena.
No hay Mikel.
No hay urgencias.
Solo el cartel, que ahora dice:
DESPUÉS
Debajo, una flecha.
Camino hacia ella.
No sé si lo hago con el cuerpo o dentro del cuerpo.
Quizá esa es la fuga interior: no salir de la casa, sino salir de las versiones que la casa sabe controlar.
Si el relato empieza en el ferry, no mirar el mar.
Si la culpa adopta forma de asesinato, preguntar por la omisión.
Si el perdón llega demasiado pronto, sospechar.
Si Elena aparece muerta, buscar el momento en que estuvo viva.
La flecha conduce a una puerta metálica.
En la placa leo:
ARCHIVO AUDIOVISUAL — MATERIAL NO INTEGRADO
No hay cerradura.
Dentro está la sala del faro.
No hay Insausti. No hay Mikel. No hay armario golpeando. No hay proyector encendido. Solo la mesa del vídeo, la silla y una pantalla negra.
Sobre la mesa hay una cinta.
No una memoria digital.
Una cinta pequeña de casete.
CICLO 0.
La mano me tiembla.
El plástico está templado.
Como si alguien acabara de dejarla allí.
La pantalla se enciende.
Mi rostro aparece.
Pero no el de ahora.
No el del ciclo siete.
Otro más joven.
Mucho más joven.
Sin barba gris. Sin ojeras profundas. Sin la mirada de quien ya ha aprendido a desconfiar de los espejos.
Estoy sentado en una consulta.
No en la casa.
Una consulta moderna. Estanterías. Libros. Un diploma en la pared. Luz de Madrid entrando por una ventana. En el escritorio hay un grabador.
Y frente a mí, fuera de campo, una mujer habla.
—Doctor Valtierra, ¿puede explicar el objetivo del modelo?
Mi yo joven sonríe.
Con esa seguridad insoportable de los hombres inteligentes antes de descubrir el precio de tener razón.
—El objetivo es sencillo —dice—. Si el trauma crea una ficción defensiva, no debemos combatirla frontalmente. Debemos construir una ficción más estable alrededor. Una casa narrativa. Un espacio donde el sujeto pueda vivir sin ser destruido por la verdad, hasta que esté preparado para atravesarla.
La voz de la mujer pregunta:
—¿Y si nunca está preparado?
Mi yo joven sonríe más.
Qué ganas de pegarle.
—Entonces la ficción habrá salvado una vida.
—¿Aunque sea mentira?
—La identidad siempre es una mentira útil.
La imagen se detiene.
No se corta.
Mi rostro joven queda en la pantalla, sonriendo con una suficiencia grotesca.
Detrás de mí, alguien aplaude lentamente.
Lucas Arozarena está sentado en la silla de la torre.
No lleva ropa de interno. Lleva traje. Gafas redondas. Pelo canoso peinado hacia atrás. Parece un profesor universitario invitado a una conferencia, no un muerto que se pasea por un sanatorio.
—Brillante —dice—. De verdad. Una teoría preciosa. Muy limpia. Casi dan ganas de perdonarle por ella.
—Usted está muerto.
—Eso dicen siempre cuando alguien resulta inoportuno.
—¿Esto es un recuerdo?
—No exactamente.
—Esa frase debería estar prohibida.
Lucas se levanta.
—Esto es una habitación que ellos no terminaron de amueblar. Una zona ciega. Un pasillo entre lo que usted inventó y lo que ellos usaron.
—¿Inventé la terapia?
—Inventó la coartada intelectual. Ellos pusieron paredes, fármacos, turnos, llaves y ese aire tan profesional de quien hace daño con formulario.
Miro la pantalla congelada.
Mi yo joven.
La casa narrativa.
El sujeto protegido por una ficción.
—Yo lo escribí.
—Sí.
—Y luego me lo aplicaron.
—Con su firma.
—¿Yo lo pedí?
Lucas se acerca.
—Eso es lo hermoso de las tragedias bien diseñadas, Adrián. Llega un punto en que todos pueden demostrar que tenían permiso.
—¿Maté a Elena?
Lucas me observa.
Por primera vez no sonríe.
—Hizo algo peor que una cosa.
—No entiendo.
—Claro que entiende. Una acción puede juzgarse. Una cadena de cobardías se administra.
—El accidente —digo.
—Primera cobardía.
—No llamar a la policía.
—Segunda.
—Llevarla a casa.
—Tercera.
—Mikel.
Lucas inclina la cabeza.
—Ah. Mikel.
—¿Eran amantes?
—Quiere una etiqueta porque las etiquetas convierten el dolor en algo manejable. Amante. Traición. Celos. Homicidio. Accidente. Suicidio. Tratamiento. Protocolo. Paciente. Doctor.
—¿Qué eran?
—Mikel era la persona a la que Elena llamó cuando dejó de poder salvarle sola.
Una infidelidad habría sido más sencilla.
Más útil para odiarla.
Esto me deja a mí en el centro exacto de la vergüenza.
—¿Y después? —pregunto.
Lucas sonríe apenas.
—Bien.
La pantalla cambia.
Ahora muestra el baño.
Pero la imagen no es de mis ojos.
Es desde arriba.
No debería haber una cámara en mi baño.
El ángulo es fijo, alto, torcido, como si viniera de un dispositivo colocado en una estantería o un detector de humo.
Yo entro detrás.
No hay sonido.
Ella dice algo. No puedo leer sus labios. Yo me acerco. Ella retrocede. Tropieza. Cae contra el borde de la bañera.
Yo me acerco.
Durante unos segundos parece que voy a ayudarla.
Entonces me detengo.
No la toco.
No la levanto.
Solo me quedo allí, mirándola.
El tiempo pasa.
No sé cuánto.
En la imagen parece una eternidad.
Elena se mueve.
Mi yo se lleva las manos a la cabeza.
Sale del baño.
La deja allí.
La deja allí.
La deja allí.
El cuerpo no grita.
El cuerpo se vacía.
—No —susurro.
Lucas no dice nada.
En la pantalla, regreso al baño con el móvil en la mano.
Lo dejo sobre el lavabo.
Me siento en el suelo.
Elena vuelve a moverse.
Su mano toca el borde de la bañera.
Cae hacia dentro.
El agua empieza a correr.
No sé quién ha abierto el grifo.
Quizá ella al agarrarse.
Quizá yo antes.
Quizá el mundo, harto de sutilezas.
Yo sigo sentado.
No la empujo.
No la sujeto.
No la salvo.
Después —mucho después— salto hacia ella.
La saco del agua.
Pero ya es tarde.
La pantalla se apaga.
No hay misericordia en el negro.
Solo falta de luz.
Me quedo de pie, sin poder respirar.
No la maté.
No con las manos.
No de la forma fácil de confesar.
Hice algo peor que una cosa.
Dejé que ocurriera.
Durante esos cincuenta y dos minutos.
Una muerte que usted pudo impedir y no impidió.
Insausti no mentía.
No decía toda la verdad.
Pero no mentía.
—¿Quién grabó eso? —pregunto.
Lucas no responde.
Me vuelvo hacia él.
La silla está vacía.
En su lugar, sobre el asiento, hay una llave antigua.
Paciente 0.
Y una nota.
No con mi letra.
Con la de Elena.
No sé cómo.
Pero la reconozco.
No fuiste el único que no llamó.
El mundo se abre.
Detrás de mí, la puerta metálica golpea una vez.
Me despierto de golpe.
No estoy en la torre.
No estoy en el pasillo blanco.
No estoy en el ferry.
Estoy en la habitación 14.
Sentado en la silla.
Las correas no están cerradas, pero descansan sobre mis muñecas.
Al otro lado del espejo, Insausti, Mikel, Clara y Arriaga me observan.
La luz es suave.
Mi mano izquierda sigue teniendo la cicatriz.
En mi palma derecha hay algo.
Un trozo de papel, húmedo de sudor, apretado con tanta fuerza que casi se ha deshecho.
Lo abro despacio.
Letra de Elena.
No fuiste el único que no llamó.
Levanto la vista hacia el espejo.
Mikel está blanco.
Blanco de verdad.
Como un hombre que acaba de ver escrito su propio nombre en una sentencia.
Y entonces entiendo que la fuga interior no me ha sacado de la casa.
Me ha llevado hasta otra celda.
La de él.