La casa del sueño profundo Capítulo 13
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Capítulo 13

La fuga interior

Despierto con la sensación de haber muerto mal.

No la pienso.

No la invento.

Está ahí, entera, colocada en la primera línea de mi conciencia como si alguien la hubiese escrito por mí en una página que no recuerdo haber abierto.

Despierto con la sensación de haber muerto mal.

Y después, el dolor.

La cabeza. La nuca. Los ojos. Ese martillo sordo dentro del cráneo, insistente, paciente, casi profesional. Parpadeo. La luz amarillenta de una lámpara se balancea sobre mí. Hay madera vieja, un banco duro bajo mi espalda, olor a gasóleo, humedad, sal. Un motor ronronea en algún lugar profundo.

Estoy en un ferry.

El pensamiento llega con una familiaridad infame.

No como una deducción.

Como una frase repetida demasiadas veces.

Estoy en un ferry.

Me incorporo demasiado deprisa y el dolor me muerde detrás de los ojos.

—Joder…

Mi voz suena igual que antes.

Antes de qué.

El hombre de la gorra duerme tres bancos más allá, abrazado a una bolsa de lona. La lámpara se balancea. La ventanilla está empañada. La mujer mayor mira el mar.

Todo está en su sitio.

Demasiado en su sitio.

Siento un frío lento subir por la espalda.

No un escalofrío de miedo. Algo más preciso. La incomodidad de reconocer una habitación donde, según tu memoria, nunca has estado. Una escena repetida con actores que aún no saben que ya han dicho sus frases.

Bajo la mirada hacia mi mano izquierda.

No hay tinta.

No está TICHÉ.

Durante un segundo siento alivio.

Después veo la cicatriz.

Está en el dorso de la mano, justo donde debería estar la palabra.

Una línea fina, reciente, rosada, ligeramente inflamada.

No forma letras. No exactamente. Pero su curva recuerda una te mal cerrada, una i sin punto, una marca hecha deprisa por alguien que no quería escribir, sino impedir que algo se borrara del todo.

El dolor sigue siendo una prueba pobre, pero al menos tiene la educación de presentarse cuando se le llama.

Me quedo mirando la cicatriz.

Entonces llega la voz.

No desde fuera.

No desde la mujer del ferry.

No desde el mar.

Esta vez no empieces por el mar, Adrián.

Elena.

No es una aparición. No hay olor a lavanda. No hay vestido mojado. No hay ojos marrones abiertos al otro lado de un espejo. Solo una frase alojada en mi cabeza con una claridad que no pertenece al sueño.

Esta vez no empieces por el mar.

Mi maletín está a mis pies.

Negro. De cuero. Iniciales A. V.

Doctor Adrián Valtierra.

Paciente 0.

Las dos identidades chocan dentro de mí como dos animales encerrados en la misma jaula. Una quiere ordenar. La otra quiere gritar. Ninguna tiene la cortesía de estar equivocada del todo.

Abro el maletín.

Dentro encuentro lo esperado: carpeta con documentos, muda de ropa, bloc, bolígrafos, analgésicos, una novela. Pedro Páramo . La ironía del objeto me resulta tan conocida que casi me enfada. Incluso el libro está repitiendo su papel.

Busco la llave.

Busco el fragmento de espejo.

Busco la fotografía de Elena.

Hay, sin embargo, algo que no estaba antes.

O que no recuerdo haber visto.

En el bolsillo interior del maletín, escondido entre las costuras del forro, hay una hebra de tela azul.

La saco con cuidado.

No es una hebra.

Es un trozo diminuto de tela gris azulada, como arrancado de una chaqueta infantil.

Lucas.

Sala de juegos.

El que despierta, pierde.

El recuerdo llega en pedazos, no como una escena sino como una bolsa rota: nombres escritos en tiza, BAÑERA, una navaja oxidada, gafas redondas, una frase.

Usted mató para seguir dormido.

No puedo dejar que la memoria vuelva como una avalancha. Ya he visto lo que ocurre cuando intento sostenerlo todo a la vez. Me rompo. Me reinician. O me convenzo de que me reinician, que viene a ser casi lo mismo si despierto otra vez en un ferry con dolor de cabeza y menos dignidad.

Esta vez no empieces por el mar.

¿Qué significa eso?

En el ciclo anterior —si lo fue— lo primero que hice fue salir a cubierta. Mirar la isla. Ver la figura en la ventana. Hablar con el marinero. Escuchar la advertencia. Dejar que el mar colocara las reglas.

Si la instrucción tiene sentido, debo hacer otra cosa.

No mirar el mar.

No buscar la isla.

No dejar que el escenario me arrastre.

Miro a la mujer mayor.

Está sentada junto a la ventanilla. Pelo blanco, abrigo azul, manos sobre el regazo. Debería girarse hacia mí. Debería preguntarme si estoy bien. Debería decir que en la isla da mucha jaqueca.

Sigue mirando fuera.

El hombre de la gorra ronca suavemente.

La lámpara se balancea.

El ferry avanza.

Todo parece esperar que yo diga mi primera frase.

No lo hago.

Abro el bloc.

Cojo un bolígrafo.

Los bolígrafos no funcionan.

O funcionaban y luego el papel se quedaba blanco.

O mis notas nunca habían existido.

Aprieto la punta contra la cicatriz del dorso de mi mano.

No para escribir.

El dolor me ordena.

Después escribo en la página:

No empezar por el mar.

La tinta aparece.

La miro como si acabara de ocurrir un milagro menor, de esos que no curan a nadie pero permiten seguir respirando.

Ferry = inicio del relato.

No seguir pasos anteriores.

No mirar isla hasta decidir.

Buscar lo que no estaba preparado.

Elena sobrevivió al accidente. Preguntar por qué volvió.

No aceptar versión donde todo encaja demasiado bien.

No entregar la cicatriz.

No sé qué significa.

Pero lo he escrito.

Y, por ahora, el bolígrafo funciona.

La mujer mayor gira la cabeza.

Sus ojos pequeños, azules, desteñidos, se posan en mí.

—¿Se encuentra bien?

El primer anzuelo.

Siento una tentación casi absurda de responder como antes. Sí, solo es jaqueca. Entrar en el carril. Dejar que la escena siga. Hay una comodidad indecente en repetir el error cuando el error ya conoce el camino.

No lo hago.

—No —digo.

La mujer parpadea.

—¿Perdón?

—No me encuentro bien.

La anciana me observa.

—Aquí da mucha.

—Jaqueca —termino por ella.

Su rostro cambia apenas.

Una arruga más profunda junto a la boca.

—Sí.

—Eso ya me lo dijo.

El ferry parece inclinarse un poco.

No por una ola.

Por la frase.

La anciana no aparta los ojos de mí.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—Entonces no se lo dije.

—Aquí las cosas pasan antes de pasar.

La mujer baja la vista hacia mi mano.

—No debería conservar eso.

—Me lo imaginaba.

—Si lo ven, intentarán quitárselo.

—¿La cicatriz?

—Lo que queda dentro.

Me incorporo un poco más.

—¿Quién es usted?

—Carmen Uranga.

En el ciclo anterior, si lo fue, el nombre apareció después. En la casa. En contradicción. Sedada, descalza, imposible. Ahora lo dice ella misma en el ferry, sin abrigo de misterio, aunque lo lleva puesto.

—Usted no debería estar aquí —digo.

—Nadie debería estar donde está.

—No me sirven los acertijos.

—Entonces está en el lugar equivocado.

No con burla.

—¿Está viva? —pregunto.

Carmen Uranga mira por la ventanilla.

No empiezo por el mar.

—Depende de quién esté recordando.

—Respuesta equivocada.

—Es la única que tengo.

—En la casa me dijeron que estaba sedada.

—En la casa dicen muchas cosas para no admitir que algunas puertas ya no les obedecen.

—¿Está en el ferry de verdad?

—Usted también.

—Eso no responde.

—Responde lo suficiente.

El marinero aparece junto a la puerta de cubierta.

Delgado. Cigarrillo en los labios. Piel curtida. Mismo cartel de prohibido fumar sobre su cabeza, mismo gesto de hombre que lleva años incumpliendo normas pequeñas para sobrevivir a otras más grandes.

—La cubierta resbala —dice.

No me he levantado.

Lo dice igualmente.

Como si la frase necesitara salir aunque nadie la haya invitado.

—No voy a salir.

El marinero se queda quieto.

El cigarrillo cuelga de su boca.

—¿No?

—No.

La mujer mayor cierra los ojos.

parece aliviada.

El motor del ferry cambia de sonido.

Un traqueteo más profundo, irregular.

El marinero mira hacia la puerta de cubierta. Luego hacia mí.

—Entonces quizá llegue antes.

—¿Adónde?

—Adonde va todo el mundo cuando deja de mirar el paisaje.

No sé si me habla él o la casa usando su boca.

Empiezo a tener poca paciencia para distinguirlo.

—Necesito hablar con el capitán —digo.

El marinero suelta una risa breve.

—Aquí no hay capitán.

—Es un ferry.

—Y usted es médico.

No por su contenido.

Por el tono.

No es burla. Es constatación.

La mujer mayor susurra:

—No suba.

El marinero la mira.

—Carmen.

Ella se encoge un poco, como si el nombre en su boca pesara más que en la mía.

—He dicho que no suba —repite.

—Usted ya habló demasiado en otros viajes.

—Y aun así seguimos viajando.

El marinero da un paso hacia ella.

No heroicamente. No con valentía. Solo me levanto. A veces la dignidad es una reacción muscular antes que moral.

—Déjela.

El marinero me mira.

Sus ojos son grises.

—Doctor, siéntese.

—No.

La lámpara se balancea con más fuerza. El hombre de la gorra se despierta, murmura algo y se vuelve hacia la pared. La mujer del abrigo azul aprieta las manos sobre el regazo.

El marinero sonríe.

—Está aprendiendo.

—Eso espero.

—Demasiado tarde, seguramente.

—También.

La sonrisa se le borra.

—¿Dónde está la escalera? —pregunto.

—¿Qué escalera?

—La que no se usa si el pasajero mira el mar.

El marinero me observa durante un segundo largo.

Después aparta la mirada hacia el fondo de la cabina.

Allí, junto a una puerta baja que no había visto antes, hay una cortina verde.

No recuerdo esa cortina.

Pero quizá significa todo.

Camino hacia ella.

El marinero se interpone.

—No es zona de pasajeros.

—Me alivia. Empiezo a cansarme de ser pasajero.

—Doctor.

—Paciente.

El marinero se queda quieto.

Carmen Uranga deja escapar una respiración.

—Paciente —repito—. Doctor. Marido. Culpable. Elija una etiqueta. Todas aprietan.

No sé de dónde sale la frase.

Del Adrián que firmó el ciclo siete.

El marinero me mira como si acabara de cometer una infracción más grave que cruzar una puerta.

—Si baja, no podrá volver a empezar igual.

—Es la idea.

—No sabe lo que hay abajo.

—Arriba tampoco me ha ido especialmente bien.

Me agarra del brazo.

Su mano es fría.