Capítulo 12 #2
Pero las veo.
Una luz tenue, azulada, bajo la piel.
O una señal de salida.
La oscuridad no es completa gracias a esa luz absurda en mi mano. Me aferro a la barandilla. Oigo a Mikel detrás, más arriba.
—¡Adrián!
La escalera termina.
Empujo la puerta inferior.
—¡No!
Busco el pomo, el pestillo, cualquier mecanismo. La mano marcada ilumina apenas la madera. Veo una placa pequeña que antes no estaba.
HABITACIÓN 14.
Estoy en la torre.
He bajado por la escalera de la torre.
Esa puerta no puede ser la habitación 14.
Empujo otra vez.
La puerta se abre hacia dentro.
Y entro en la sala acolchada.
Paredes blancas envejecidas.
Silla en el centro.
No hay pasillo detrás de mí.
No hay escalera.
La puerta se cierra sola.
Esta vez sí oigo la llave.
Me quedo inmóvil.
La luz vuelve.
No estoy solo.
Al otro lado del espejo hay gente.
Mikel.
Todos detrás del cristal, observándome desde la sala de control.
Estoy del otro lado.
La habitación 14, al otro lado.
No recuerdo haber cruzado.
No recuerdo haber sido reducido.
No recuerdo haber bajado más de la mitad de la torre.
Pero estoy aquí.
En la sala acolchada.
Con la mano marcada.
Con la palma vendada.
Con el corazón golpeando como un animal encerrado.
Me acerco al espejo.
No me refleja.
O no solo.
Veo la sala de observación con claridad, como si el cristal hubiera dejado de fingir. Insausti habla con Arriaga. Mikel tiene una mano apoyada contra el cristal. Clara llora. O parece llorar. No la oigo.
Levanto el puño y golpeo el espejo.
Como los golpes del armario.
Mikel cierra los ojos.
El interfono cruje.
La voz de Insausti llena la sala.
—Adrián.
Golpeo otra vez.
—¡Sacadme de aquí!
Mi voz rebota contra las paredes acolchadas.
Insausti respira al otro lado del altavoz.
—Está a salvo.
La risa se rompe enseguida.
—No vuelva a decir eso.
Mikel se inclina hacia un micrófono.
—No hemos podido hacer otra cosa.
—¡Mientes!
—No.
—¡Mientes!
—Se ha descompensado en la torre. Ha intentado saltar por la ventana del faro.
Me quedo helado.
—No.
—Tuvimos que contenerle.
—No.
—No recuerda el traslado.
—No.
—No le hemos sedado.
—Entonces ¿cómo he llegado aquí?
Ese maldito silencio lleno de cosas.
—¿Cómo he llegado aquí? —repito.
Clara se aparta de la mesa de control. La veo discutir con Arriaga. Él intenta retenerla. Ella se suelta. Se acerca al micrófono.
—No le sedaron —dice.
Su voz tiembla por el interfono—. La sala estaba vacía cuando llegamos.
Mikel gira hacia ella.
—Clara —dice la directora.
—La habitación 14 se abrió desde dentro —continúa Clara—. Y usted ya estaba ahí.
El interfono se corta.
Veo a Insausti apartarla del micrófono.
Me apoyo en el espejo.
El frío del cristal me sube por la frente.
—No —susurro.
Al otro lado, Mikel vuelve al micrófono.
—Escúcheme. Vamos a sacarle, pero necesito que se siente.
—No.
—Adrián…
—No.
—Tiene que bajar la activación.
—No.
—Si no, Arriaga va a medicarle.
—Que lo intente.
Arriaga, al otro lado, no parece muy interesado en aceptar invitaciones.
Insausti vuelve al micrófono.
—Adrián, estamos en un punto crítico. Necesitamos estabilizar el ciclo.
—No soy un ciclo.
—No he dicho eso.
—Lo piensa.
—No.
—Sí.
—No.
Me aparto del espejo.
Camino hacia la silla.
No me siento.
Está atornillada al suelo. En los reposabrazos hay marcas. Antiguas. Arañazos. Algo oscuro incrustado en una junta. Piel, quizá. Sangre. O solo suciedad acumulada en una casa con mucho talento para parecer culpable.
—¿Aquí empiezan? —pregunto.
—¿Qué?
—Los reinicios.
Insausti guarda silencio.
—¿Aquí me sentáis, me contáis una historia, me quitáis unas cosas y me dais otras? ¿Aquí vuelve el ferry? ¿El guardacostas? ¿La mujer del abrigo azul? ¿Arozarena desaparecido? ¿El doctor Valtierra llamado a investigar?
El interfono queda mudo.
No necesito más.
Mikel habla al fin.
—No siempre.
—Qué consuelo.
—A veces empieza en el sueño.
—La Casa del Sueño Profundo —digo.
El nombre cae con todo su peso.
—No voy a volver al ferry.
—No queremos reiniciar ahora —dice Insausti.
—¿Ahora?
—No.
—¿Y cuándo?
—Cuando no haya otra opción.
—Siempre encuentran otra opción después de decidir que no la hay.
Me acerco otra vez al espejo.
Allí están todos.
Versiones de mi culpa con uniforme.
—Quiero hablar con Elena —digo.
Insausti se queda inmóvil.
—No.
—Quiero hablar con Elena.
—No.
—Usted dijo que sobrevivió al accidente. Quiero saber por qué volvió a casa.
Mikel mira a Insausti.
Clara, detrás, se cubre la boca.
Arriaga parece sinceramente confundido. Buen dato. No todo el mundo sabe todo.
Insausti habla despacio:
—Elena está muerta.
—Eso no responde.
—No puede hablar con ella.
—Esta casa lleva dos días demostrando lo contrario.
—No.
—¿Por qué volvió a casa después del accidente?
—¿Por qué? —grito.
La voz me rompe la garganta.
El espejo vibra.
O quizá soy yo.
—¿Por qué volvió conmigo si estaba viva? ¿Por qué no fue a un hospital? ¿Por qué no llamó a alguien? ¿Por qué acabó en una bañera? ¿Qué pasó después?
Mikel baja la mirada.
Pero algo en ella cede.
—Porque usted se lo pidió —dice.
No me muevo.
—¿Qué?
—Después del accidente, usted le pidió que no llamara a la policía. Había bebido. Tenía miedo de perder su licencia, su carrera, su reputación. Elena estaba herida, pero consciente. Usted le dijo que la llevaría a casa, que allí llamarían a un médico de confianza, que podrían arreglarlo.
No porque sea suya.
Porque suena mía.
—No.
—Ella volvió porque le creyó.
—No.
—Porque le quería.
—No.
—Y porque todavía pensaba que usted, debajo del miedo y del orgullo, era un hombre bueno.
Un hombre bueno.
Qué expresión tan inútil.
Los hombres buenos también conducen borrachos. También piden favores miserables. También retrasan ambulancias para salvar carreras. También convierten el amor de una mujer en la última herramienta disponible para protegerse a sí mismos.
—¿Murió por eso? —pregunto.
Mi voz no parece mía.
Insausti no responde enseguida.
—No lo sabemos con certeza.
—No vuelva a esconderse ahí.
—Llegó viva a casa. Eso consta.
—¿Y después?
—Después hubo una discusión. Vecinos oyeron gritos. Hubo una llamada incompleta a emergencias desde el móvil de Elena. Duró siete segundos. No llegó a hablar.
—¿Y después?
—Después usted llamó cincuenta y dos minutos más tarde.
Cincuenta y dos.
El número me golpea más que cualquier palabra.
Cincuenta y dos minutos.
Una vida cabe en menos.
Una muerte, también.
—¿Estaba en la bañera?
—Sí.
—¿Ahogada?
—Sí.
—¿La maté?
Insausti cierra los ojos.
Al otro lado del cristal, Mikel se pasa una mano por la cara.
—¿La maté? —repito.
—No pudimos determinar si fue homicidio directo, accidente durante una crisis, suicidio, o una muerte que usted pudo impedir y no impidió.
Una muerte que usted pudo impedir y no impidió.
La que no permite absolución ni condena completa.
La que no deja respirar.
Caigo sentado en la silla.
No porque quiera.
Porque las piernas deciden abandonar la conversación.
La silla me recibe con una familiaridad horrible.
Como si me conociera.
Como si me hubiera estado esperando.
El interfono cruje.
La voz de Clara se cuela, baja, desesperada, antes de que alguien pueda apartarla otra vez:
—No fue así todas las veces.
Insausti gira hacia ella.
Pero yo ya la he oído.
—¿Qué significa eso? —pregunto.
Clara no responde.
Mikel vuelve al micrófono.
—Adrián, míreme.
—No.
—Míreme.
—No.
—No va a reiniciarse nada.
La luz de la sala parpadea.
Todas las personas detrás del cristal miran hacia el techo.
La voz del sistema de megafonía se activa con un chasquido.
No es Insausti.
No es Mikel.
No es Clara.
Es mi voz.
La del ciclo siete.
O la del armario.
O la de ahora dentro de unos minutos.
—Protocolo de inmersión preparado.
Insausti se vuelve hacia la consola.
—Apágalo.
Arriaga empieza a pulsar controles.
—No responde.
La voz continúa:
—Ciclo ocho. Punto de inicio: ferry.
Me levanto de golpe.
—No.
La puerta de la habitación 14 no se abre.
La luz cambia.
El espejo se oscurece.
Ya no veo la sala de observación.
Solo mi reflejo.
Pero no me imita.
Al otro lado del cristal, o dentro de él, o detrás de mis propios ojos, mi reflejo levanta una mano.
En su palma sostiene un billete de ferry.
La voz del sistema dice:
—El paciente ha sufrido una convulsión.
No he convulsionado.
Estoy de pie.
—Reiniciamos protocolo.
—¡No!
Golpeo el espejo con ambas manos.
—¡No!
La luz se apaga.
Y en la oscuridad, justo antes de que todo se vuelva blanco, oigo la voz de Elena.
No desde el interfono.
No desde la puerta.
Desde mi memoria.
—Esta vez no empieces por el mar, Adrián.
Estoy sentado en un ferry.
Tengo un dolor de cabeza terrible.
El motor ronronea bajo mis pies.
La lámpara del techo se balancea.
Y en mi mano izquierda, donde debería estar escrita la palabra TICHÉ, solo hay una cicatriz nueva.