Capítulo 12
No vienen de la puerta de la torre.
No vienen de la escalera.
Vienen del armario metálico.
Mikel está a mi lado, con el rostro vuelto hacia el sonido. Insausti también lo mira, inmóvil, como si la casa acabara de pronunciar su nombre en un idioma que no quiere reconocer.
El armario no es grande. Gris, estrecho, con dos hojas y una cerradura sencilla. Hace unos minutos Insausti sacó de ahí la memoria del ciclo siete. Lo abrió con llave. Lo cerró. Nadie entró. Nadie pudo entrar. Es un armario, no un pasadizo. No una celda. No una boca.
Tres golpes más.
El sonido no es fuerte.
No hay desesperación detrás. No hay uñas. No hay alguien atrapado pidiendo ayuda. Es una llamada educada. Casi administrativa. Como si lo que hubiese dentro quisiera que le abrieran por puro protocolo.
—Mikel —dice Insausti.
No es una orden completa.
Mikel avanza un paso.
Yo le agarro del brazo.
—No.
Él me mira.
—Suélteme.
—No lo abra.
—Adrián.
—No lo abra.
Mi voz sale más baja de lo que esperaba. Más seria. Sin ironía. A veces el miedo verdadero tiene la decencia de quitarte los adornos.
Mikel mira a Insausti.
—Hay que comprobarlo.
—No —repito—. No hay que comprobarlo todo. Esa es precisamente la trampa. Esta casa deja una puerta cerrada y todos corréis a abrirla como si el horror tuviera derecho a una inspección técnica.
Insausti me mira entonces, y en sus ojos hay algo que no había visto antes.
No miedo. No del todo.
Durante un segundo creo que me va a hacer caso.
El armario golpea otra vez.
Y con el tercer golpe, mi mano marcada empieza a arder.
TICHÉ.
La palabra se calienta bajo la piel, como si alguien hubiera encendido una cerilla dentro de mis venas. Aprieto los dientes. No quiero mirar. Miro igualmente.
La tinta azul se ha vuelto casi negra.
—¿Qué pasa? —pregunta Mikel.
—Nada.
Mikel la ve.
—Muéstreme la mano —dice ella.
—Ahora no.
—Adrián.
—He dicho que ahora no.
El armario deja de golpear.
Ese silencio es peor.
Porque tiene intención.
Mikel se acerca a la cerradura. Saca una llave del cinturón. La introduce despacio.
—No —digo.
Pero ya gira.
La cerradura hace clic.
Mikel abre una hoja del armario.
No hay nadie dentro.
Por supuesto que no.
La decepción me atraviesa de una manera casi humillante. Una parte de mí esperaba un cuerpo, una anciana mojada, Lucas Arozarena sonriendo entre cables, Elena con los pies descalzos y los ojos marrones. Algo imposible, sí, pero al menos coherente con la locura del lugar.
En cambio, hay objetos.
Un abrigo gris de interno colgado de una percha.
Una caja de metal.
Y, en la balda inferior, una grabadora antigua.
Con el botón de reproducción hundido.
La cinta está girando.
Mikel se inclina.
De la grabadora sale una respiración.
No una voz.
Muy cerca del micrófono.
La misma respiración que oí detrás de mi puerta.
Mikel aprieta el botón de parada.
La cinta se detiene.
Durante un segundo nadie habla.
Después, desde la grabadora apagada, mi voz dice:
—No la abras.
Mikel suelta el aparato como si le hubiera mordido.
La grabadora cae dentro del armario, golpea una balda y queda de lado. El botón de reproducción sigue sin estar pulsado.
Pero mi voz continúa.
—No abras la puerta, Adrián.
Siento que el suelo de la torre se aleja.
Esa voz es mía.
No la mía de ahora.
La del vídeo. La del ciclo siete. Más rota. Más cansada. Más cerca del fondo.
—No importa lo que oigas —dice la grabadora apagada—. No importa si llora. No importa si te llama amor. No importa si te promete que esta vez podrá explicarte por qué volvió a casa. No abras.
Insausti cierra el armario de golpe.
La voz se corta.
El sonido metálico rebota en la sala circular.
Mikel respira con dificultad.
Yo no estoy seguro de hacerlo.
—¿Qué era eso? —pregunto.
—¿Qué era eso?
Insausti no mira el armario.
Me mira a mí.
—Material residual.
No puedo evitarlo.
Es una risa breve, seca, completamente inadecuada. O quizá la única respuesta posible.
—Material residual —repito—. Admirable. Una grabadora apagada habla con mi voz desde un armario cerrado y usted lo archiva como material residual. La medicina moderna no deja de emocionarme.
—No era una grabadora apagada.
—La he visto.
—El dispositivo pudo quedar activado.
—No me insulte.
—No intento…
—Sí. Sí intenta. Todo el tiempo. Con suavidad, con bata, con palabras limpias. Pero intenta insultar mi percepción lo justo para que dude de ella sin poder llamarlo mentira.
Mikel se acerca.
—Adrián, baje la voz.
—No quiero bajar nada.
—Está subiendo demasiado rápido.
—¿Qué? ¿Mi voz? ¿Mi pulso? ¿Mi probabilidad de ser sedado por personal especializado?
Mikel no contesta.
Esa es la respuesta.
Insausti guarda la memoria del ciclo siete en la carpeta rígida. Sus manos se mueven con precisión, pero por primera vez noto algo en ellas: prisa.
—Bajaremos ahora —dice.
—No.
—Sí.
—Quiero ver el contenido completo del armario.
—No.
—Quiero esa cinta.
—No.
—Quiero el vídeo de Elena.
—No.
—Entonces quiero una explicación que no parezca redactada por un comité de encubrimiento.
Insausti se vuelve hacia mí.
—Está entrando en escalada.
—Estoy entrando en claridad.
—No. Está perdiendo discriminación.
—¿Eso también lo dice el expediente?
—Lo dice su cuerpo.
—Mi cuerpo acaba de ver una grabadora hablar apagada. Tiene derecho a algunas opiniones.
Mikel da otro paso.
—No me toque.
—No iba a hacerlo.
—Siempre va a hacerlo.
Y cuando sale, los dos la reconocemos.
Mikel se queda quieto.
Siempre va a hacerlo.
No es una frase de ahora.
No nació en la torre.
No nació con la grabadora.
Viene de otro sitio.
Una sala blanca.
La habitación 14.
Yo contra una pared acolchada. Mikel delante. Una jeringuilla. Mis muñecas sujetas. Mi voz, o la de otro Adrián, diciendo: Siempre vas a hacerlo. Siempre vienes cuando ya he empezado a recordar.
El recuerdo se corta.
Pero deja sangre.
—No quiero hacerle daño —dice Mikel.
—Eso también lo dirá siempre.
—Sí.
Porque no lo niega.
No se defiende.
No se coloca del lado cómodo de los inocentes.
Siempre lo dirá.
Quizá porque siempre será cierto.
Quizá porque nunca bastará.
Insausti abre la puerta de la torre.
—Bajamos.
—No he terminado.
—Sí.
—No.
—Adrián.
—Doctor Valtierra.
La corrección sale débil.
Insausti la oye. Mikel también.
Ese título, que ayer era una armadura, empieza a sonar como una contraseña caducada.
—Doctor Valtierra —dice ella, con una suavidad peligrosa—, está en un estado de activación aguda. Ha tenido intrusiones visuales, auditivas y somáticas. Ha visto material audiovisual de alto impacto. Ha recibido estímulos no controlados que desconocemos. Si sigue forzando, puede romperse.
—Puede.
—No es una metáfora.
—Ya casi nada lo es.
—Necesito trasladarle a una sala segura.
Qué hermoso modo de decir habitación acolchada.
—No.
Mikel baja la mirada.
—No le estoy pidiendo permiso.
Mi cuerpo decide antes que mi dignidad.
Corro hacia la otra puerta.
No la de la escalera. La pequeña, situada al fondo de la sala circular, junto a la antigua maquinaria del faro. No sé adónde conduce. Quizá a una pasarela exterior. Quizá a un cuarto de mantenimiento. Quizá a ninguna parte. No importa. Es una puerta que no está ocupada por ellos.
Llego a tocar el pomo.
Mikel me alcanza en dos zancadas.
Me sujeta por detrás.
No con brutalidad.
Mi cuerpo reacciona como si llevara años esperando esa presión. Me revuelvo. No pienso. Golpeo hacia atrás con el codo. Impacto contra algo blando. Mikel gruñe, pero no me suelta. Insausti dice mi nombre. O mi título. No lo sé.
—¡Suélteme!
—No puedo.
—¡Suélteme!
—No puedo, Adrián.
El pánico no es miedo.
El miedo mira alrededor.
El pánico se convierte en pasillo.
Empujo, pataleo, intento girarme. Mikel me inmoviliza los brazos contra el cuerpo. Es más fuerte. Mucho más. Y sabe exactamente cómo sujetarme sin romperme. Eso me enfurece hasta un lugar sin lenguaje.
—¡No voy a volver ahí!
No sé dónde es ahí.
Pero mi cuerpo sí.
Mi cuerpo lo sabe con una certeza que no necesita expediente.
Habitación 14.
La voz del interfono.
Despertarás en el ferry.
Insausti aparece delante de mí con una jeringuilla.
No sé de dónde la ha sacado.
Claro que sí lo sé.
Siempre hay una jeringuilla cerca cuando alguien ha decidido que tu verdad es demasiado ruidosa.
—No —digo.
Esta vez no grito.
Insausti se detiene.
solo uno, parece que le duele.
—Es una dosis baja.
—No.
—Para bajar la activación, no para dormirle.
—No.
Mikel habla junto a mi oído:
—Míreme.
—No.
—Adrián, míreme.
Sus ojos están húmedos.
Los carceleros no deberían tener ojos húmedos.
—Respire conmigo —dice.
—Váyase a la mierda.
—Después.
A pesar de todo, una risa rota intenta salir de mi pecho.
Insausti se acerca.
—Lo siento.
—No lo sienta —digo—. Recuerde.
No sé de dónde sale.
—¿Qué ha dicho?
Mikel afloja un poco la presión.
—Recuerde —repito.
Y entonces no sé si se lo digo a ella o a mí.
Insausti se queda inmóvil.
La aguja tiembla apenas entre sus dedos.
Desde el armario metálico vuelve a sonar un golpe.
Los tres miramos.
La puerta del armario se abre sola.
La grabadora está en el suelo.
Y aun así, otra vez mi voz.
Pero no la del ciclo siete.
La de ahora.
—Si me sedan, empieza.
—No puede ser.
La grabadora continúa:
—Si me sedan, empieza. Si me llevan a la catorce, empieza. Si despierto en el ferry, no era un reinicio. Era una fuga.
La cinta hace un ruido seco.
Después otra voz.
Elena.
—Adrián, corre.
Entonces las luces de la torre se apagan.
Mikel me suelta por instinto, solo un segundo.
Un segundo basta.
Me escapo hacia la escalera.
Bajo a tientas.
Oigo a Insausti gritar algo detrás de mí. Mikel. Pasos. La jeringuilla cae al suelo y rueda. No la veo, pero la oigo. La escalera de caracol se convierte en una espiral de piedra, viento y respiración. Bajo demasiado rápido. Resbalo. Me golpeo el hombro contra la pared. Sigo.
La mano izquierda arde.
TICHÉ.
Las letras parecen iluminarse en la oscuridad.
No puede ser.